Considerando delante de Dios lo que tenía que hacer en esta ocasión, pensé que según la regla del evangelio tenía que decírselo a Dámaso en secreto y en forma de Parábola. Así pues, hablando un día familiarmente con él, le dije: «Padre, como es usted un gran predicador, tengo que pedirle un consejo sobre una cosa que nos ocurre a los misioneros cuando vamos a trabajar al campo y nos encontramos a veces con personas que no creen en las verdades de nuestra religión; no sabemos entonces qué hemos de hacer para convencerlas; por eso le ruego que me diga lo que usted cree que podemos hacer en esas ocasiones, para inducirlas a creer en las cosas de la fe».
Entonces Dámaso me respondió con cierta emoción: «¿Por qué me pregunta usted eso?».
Le repliqué: «Es que los pobres se dirigen a los ricos para obtener alguna asistencia y ayuda; y como nosotros somos unos pobres ignorantes, no sabemos de qué manera hemos de tratar las cosas divinas y nos dirigimos a usted para rogarle que nos instruya en esto».
Dámaso se recobró enseguida y me respondió que a él le parecería bien enseñar las verdades cristianas: primero por la sagrada Escritura, luego por los Padres, en tercer lugar por algún razonamiento, en cuarto lugar por el asentimiento de los pueblos católicos de los siglos pasados, en quinto lugar por tantos mártires que habían derramado su sangre por la confesión de estas mismas verdades, y finalmente por todos los milagros que Dios había hecho para confirmarlas.
Después que acabó, le dije que me parecía muy bien todo aquello y que rogaba que pusiera todas aquellas cosas por escrito sencillamente y sin artificio y que me las enviara. Así lo hizo al cabo de dos o tres días, trayéndomelas personalmente. Le di las gracias diciéndole: «Se lo agradezco mucho y siento un gozo especial al verle en tan buenos sentimientos y de que me los demuestre usted mismo; pues, además del provecho que sacaré de ello para mi uso particular, me servirá también todo esto para justificarle a usted. Quizás le cueste a usted trabajo escuchar lo que voy a decirle, pero es muy verdadero: hay personas muy convencidas de ello que andan diciendo que usted no tiene buenos sentimientos a propósito de las cosas de la fe. Así pues, vea usted la forma de concluir con lo que tan bien ha comenzado; y después de haber sostenido tan dignamente su fe por escrito, entréguese a Dios para vivir de una manera no solamente apartada de esa falsedad que andan diciendo de usted, sino que además pueda servir de edificación a la gente». Añadí que cuanto más elevada de condición era una persona, como él, tanto más obligada estaba a entregarse a la virtud; y que por esa misma razón los que escribieron la vida de san Carlos Borromeo dijeron que la virtud era tanto más virtud cuanto más distinguida era la persona en que se encontraba; y que era como una piedra preciosa, que tenía un esplendor mucho más brillante cuando estaba engastada en una sortija de oro que cuando esa sortija era de plomo.
Se mostró conforme Dámaso con lo que le dije y aseguró que en adelante procuraría obrar de ese modo; se marchó y me dejó muy contento al verle en tan buena resolución.







