El domingo…, el padre Vicente fue al Nombre de Jesús para comenzar a enseñar a los pobres obreros de la familia de Jesús la doctrina cristiana. Una vez llegado les dijo: «Rezaremos ahora el rosario y luego os daré una plática». Y después de haberlo rezado, empezó a decir:
Hijos míos, creo que haremos una cosa muy agradable a Dios si hablamos de la doctrina cristiana, y para ello os preguntaré sobre los principales misterios de la fe y de la señal de la cruz. Pero no os asustéis si no la sabéis hacer; no, hijos míos; pero tenéis que hacer todo lo posible por aprenderlo; el motivo de ello es que vuestro fundador, vuestro sostenedor, os ha admitido aquí con esta intención, atendiendo especialmente a la salvación de vuestras almas. Esta razón os obliga a hacer todo lo posible para aprender bien lo que se os enseñe.
Este es el deseo de vuestro fundador; me ha dicho lo siguiente: «Padre, no me interesa el cuerpo, sino el alma. Yo entrego mis bienes para su mantenimieno, no solamente para sacarles de su miseria, sino para que sean instruidos y se les enseñe todas las cosas que se necesitan para su salvación».
Fijaos, hijos míos, lo hermoso que es que Dios haya dado estos pensamientos a un hombre, y un hombre de mundo. ¿Verdad que es maravilloso que Dios haya dado tales sentimientos a uno de sus siervos para con vosotros?
Esta es, por tanto, la primera razón que tenéis para aprenderlo bien. Otra razón es que, si no, no conseguiréis la salvación. Estáis obligados a saber los principales misterios de la fe, si es que queréis salvaros. Ved si no es éste un poderoso motivo para aprenderlos bien y caed en la cuenta del gran favor que Dios os ha hecho al poneros con su bondad en un sitio en el que tenéis tantos medios, y tendréis muchos más todavía, según espero.
Hijos míos, tenéis que hacer todo lo posible por retener bien las instrucciones que os den, en la seguridad de que estáis obligados a ello como cristianos e hijos de Dios. El doctor angélico santo Tomás dice que nadie puede salvarse sin saber ni creer que existe un Dios en tres personas. Y los teólogos dan la razón de ello, diciendo que se trata de medios necesarios para la salvación. Pues bien, el que no se preocupa de los medios que ayudan a la salvación no podrá salvarse.
Así pues, éstas son las dos principales razones que tenéis para aprender bien. Voy a empezar a preguntaros; aunque no sepáis responder bien, no os preocupéis de ello. Os preguntaré si sabéis hacer bien la señal de la cruz; aunque no lo sepáis, no tenéis que apenaros por ello. No sois los únicos que no lo sabéis. ¡Cuántos hay en la corte, y hasta presidentes, que no la saben hacer! Esto tiene que animaros a superar la vergüenza que sentimos muchas veces cuando no sabemos contestar a lo que nos preguntan. Es el orgullo el motivo de esa vergüenza, porque siempre nos gusta aparentar más de lo que somos y sabemos. Tenéis que hacer como esas buenas gentes del campo que demuestran tantas ganas de saber que vienen ante nosotros y nos dicen: «Padre, tengo mucho miedo de no saber todo lo que es menester que yo sepa. No me ha instruido nadie. Haga el favor de preguntarme para ver qué es lo que sé». Fijaos bien, hijos míos, cómo esas buenas gentes no tienen vergüenza de parecer ignorantes. Eso es lo que hay que hacer.
El padre Vicente, después de haber dicho todo lo que hemos referido, empezó a preguntar a aquellos buenos hombres uno después de otro sobre la señal de la santa cruz y a enseñarles cómo había que hacerla, haciéndola él mismo varias veces para enseñárselo no sólo de palabra sino con su ejemplo. Y dijo:
La señal de la cruz, que es la señal de los cristianos, ha sido siempre muy usada desde el tiempo de los apóstoles y discípulos de nuestro Señor, que adoptaron esta señal para conocerse los unos a los otros, de forma que, cuando dos cristianos se encontraban en algún lugar, para saber si eran discípulos de nuestro Señor, se hacían la señal de la cruz y se reconocían por medio de esa señal, sin decirse una sola palabra, porque no se atrevían a descubrirse abiertamente. Pero, como se habían dado aquella señal para reconocerse, nadie se daba cuenta más que ellos, que veían enseguida quiénes eran cristianos. Y entonces se abrazaban, se demostraban cariño y afecto y se decían palabras de consuelo. Así es como usaban de ella los cristianos de la primitiva iglesia.
Después de que el padre Vicente les enseñó a hacer bien la señal de la cruz, les preguntó si sabían el misterio de la santísima Trinidad, les fue preguntando a uno tras otro y, para hacérselo comprender mejor, les dijo:
Hijos míos, os voy a poner una comparación, que nos enseñó san Agustín, y que está sacada del sol. De la misma manera que en el sol hay tres cosas y esas tres cosas no hacen tres soles, también en la santísima Trinidad hay tres personas, pero esas tres personas no hacen más que un solo Dios. Así pues, en el hay tres cosas, que son el cuerpo del sol, la luz y el calor.
El cuerpo del sol es ese astro tan hermoso que vemos en el cielo. La luz es lo que nos ilumina a nosotros y a todos los que están en la tierra, lo que disipa las tinieblas de la noche y lo que finalmente alegra al mundo; porque, si estuviéramos en tinieblas, ¿qué alegría podría haber? La tercera cosa que hay en el sol es el calor, un gran calor, que procede del cuerpo del sol y de la luz. Ese gran calor es el que hace madurar los frutos y las demás cosas que hay en la tierra. Cuando veis que hace calor, un calor sofocante, como el que hacía cuando hemos entrado aquí, es del sol de donde procede.
Por esa comparación podéis comprender cómo no hay más que un Dios y tres personas en Dios, que son inseparables las unas de las otras, lo mismo que el sol es inseparable de su luz y de su calor. Esas tres cosas no se separan, como muy bien sabéis por experiencia ¿Por qué no hará tanto calor esta noche como está haciendo ahora? Porque el sol se habrá retirado; y como el calor es inseparable del sol, ya no lo sentiremos, porque el sol se habrá retirado.
Empezó a preguntar a los hombres y, dirigiéndose a un muchacho, le preguntó:¿Quién es Dios, hijo mío?
Padre, es el creador del cielo y de la tierra, el señor de todas las cosas.
Bien, muy bien respondido. Es el creador del cielo y de la tierra. ¿Qué es lo que quieres decir con esas palabras: Creador del cielo y de la tierra?
Quiero decir que lo ha hecho todo.
Sí; cuando se dice «Creador del cielo y de la tierra» se quiere decir que lo ha hecho todo. Tenéis que recordarlo bien, hijos míos. Cuando oigáis pronunciar esta palabra, tenéis que recordar que creador quiere decir que él lo ha hecho todo. Pero podéis preguntarme: «¡Cómo! ¿Ha hecho Dios todo lo que hay en la tierra?». Sí, lo ha hecho todo. «Pero, padre, ¿ha hecho Dios a todas esas criaturas tan distintas que vemos en la tierra?». Lo ha hecho todo eso, y para el servicio del hombre. No hay ni una sola criatura, por muy pequeña que sea, que no la haya hecho; hasta a un mosquito, que es tan pequeño; Dios lo ha hecho. «¡Cómo! ¿Es posible que Dios haya creado eso?». Sí, es verdad que ha creado a ese mosquito que apenas se distingue sobre la piel, y a esas pequeñas hormigas que veis correr; Dios ha creado todo eso.
Los misioneros que han ido a evangelizar a esos pobres salvajes que no sabían lo que era Dios, cuando les enseñaron que había un Dios en tres personas, no sabían comprender eso, ni responder. Cuando les preguntaban: «¿Quién es Dios?», no sabían responder ni comprender, hasta que se les decía que es el creador del cielo y de la tierra, el que lo ha hecho todo. Cuando se les pregunta quién es Dios, contestan: «Es el que lo ha hecho todo». Fijaos, hijos míos, la dicha que tenéis por haber nacido en un país cristiano, donde se conoce a Dios en la medida que puede permitirlo la debilidad de nuestro espíritu.
Hijo mío, ¿cuántos dioses hay?
No hay más que un solo Dios.
¿Y cuántas personas hay en Dios?
Hay tres personas, pero las tres personas no hacen más que un solo Dios.
¿Podrías ponerme un ejemplo para comprender esto?
Padre, puede servirnos el ejemplo de una vela, ya que en ella hay tres cosas: la cera, la mecha y el fuego; y esas tres cosas no hacen más que una sola vela.
¡Dios te bendiga, hijo mío! Este muchacho nos ha puesto el ejemplo de una vela en la que hay tres cosas, que no hacen más que una sola vela encendida. Del mismo modo, aunque hay tres personas en la santísima Trinidad, no son tres dioses, sino uno solo. Acordaos bien de esto, de que no hay tres dioses, de que no hay seis, de que no hay diez ni veinte, como creen los paganos, pues se.imaginan que hay muchos dioses; no, no hay más que un solo Dios en tres personas.
Luego, dirigiéndose a una mujer, le preguntó:
¿Quién es Dios?
Es el creador del cielo y de la tierra.
¿Qué quiere decir creador? ¿Qué significa crear alguna cosa?
Es hacer una materia de la nada.
¡Qué lista es usted, amiga mía! Quiere usted decir que crear es hacer alguna cosa de la nada; y sólo pertenece a Dios este poder de hacer alguna cosa sin materia alguna. Los hombres pueden muy bien hacer alguna obra; pero esto se entiende de que hacen una cosa de otra, como por ejemplo hacer esta casa es hacer algo; pero como se necesitan piedras, cemento y otros materiales, eso no puede llamarse crear, sino hacer. Esta es la diferencia que hay entre hacer y crear: para hacer se necesita tener antes una materia, mientras que para crear no se necesita nada más que la omnipotencia de Dios, que puede hacer todo lo que le venga bien.
Estas son, hijos míos, las razones que os obligan a aprender bien la intención de vuestro fundador: que sin eso no hay salvación. Mirad si vale entonces la pena que os esforcéis en ello, para reconocer las gracias que Dios os ha concedido al haberos provisto de las cosas necesarias tanto para el cuerpo como para el alma. ¿Podéis desear algo más? Se os da con qué alimentaros, no ya como a los presidentes, pero al menos lo necesario. ¡Cuántos pobres hay en París y en otros lugares que no tienen la dicha que vosotros tenéis! ¡Cuántos pobres de la nobleza que se considerarían muy felices si tuvieran el alimento que vosotros tenéis! ¡Cuántos pobres trabajadores que trabajan desde la mañana hasta la noche, que no están tan bien alimentados como vosotros! Todo esto os tiene que obligar a trabajar manualmente mientras podáis, según vuestras fuerzas, en vez de poneros a pensar: «No tengo que preocuparme por hacer nada, ya que estoy seguro de que nada habrá de faltarme». ¡Hijos míos! Tenéis que guardaros mucho de esto y decir más bien que hay que trabajar por amor de Dios, ya que él mismo nos dio ejemplo trabajando continuamente por nosotros.
Este es, por tanto, el fruto que tenéis que sacar se esta instrucción: amar el trabajo, a ejemplo de nuestro Señor, que tanto trabajó por nosotros, y aprender las cosas que son necesarias para la salvación, y cuanto antes, no sea que la muerte os sorprenda. Hay muchas personas que tienen ganas de aprender; pero es cuando se encuentran en el lecho de muerte; y entonces se ponen a decir: «Enséñenos, díganos los actos que tenemos que hacer». Pero entonces muchas veces es demasiado tarde para ellos. Hagamos de manera que no nos ocurra a nosotros esta desgracia y procuremos hacer todo lo que podamos para sacar provecho de las gracias que Dios nos ha concedido. Pido a su divina bondad que nos dé la gracia de ayudarnos a hacer lo que él pide de nosotros, y a mí la de cumplir con mi deber, dándoos las instrucciones necesarias, ya que me ha escogido para serviros, a pesar de que no soy más que un pobre pecador.
Sancta María, succurre miseris…







