Al padre Vicente, superior general de la congregación de la Misión.
Padre:
La virtud honra al nacimiento, iguala a la humildad con la grandeza, a la sumisión con el mando, a la pobreza con los tesoros. Cuando una persona se pone por encima de los ataques de la envidia de los demás por su eminente perfección, no hay nadie que no la admire. La verdadera santidad es apreciada por los espíritus profanos. La devoción sencilla obliga incluso a los impíos a venerarla. En medio de los ardientes deseos que la mayor parte tienen de poner riquezas y honores, el que sabe despreciarlos y pone todo su afecto en las cosas celestiales tiene que ser considerado como un prodigio. No desear ser más que lo que Dios nos ha hecho, no desear más que lo que él desea, no tener más voluntad que la suya ni más finalidad que su mayor gloria, es encontrar las dulzuras del paraíso en la tierra y hacer en cierto modo bienaventurada nuestra condición mortal. No me cabe duda alguna de que Dios tiene muchos servidores que están ocultos a los ojos del mundo para defenderse de los movimientos de vanidad que él inspira. Pero usted, padre, me parece que es el único de nuestros tiempos provisto de los dones y cualidades que pueden librarle de ese temor. Su rectitud no está sujeta a cambios. Su bondad es constante y segura. Usted está en la corte como si viviera lejos de ella. Usted es humilde entre los grandes, pequeño con los pequeños, pobre entre los ricos; y lo que es un milagro continuo ante los ojos de quienes le conocen, es que usted agrada a todos, aunque procedan de distintos orígenes y tengan destinos contrarios. El difunto rey quiso exhalar su último suspiro en su regazo; la reina, siguiendo su ejemplo, le abre los más puros sentimientos de su alma; los ministros de estado confían plenamente en su integridad, que no puede ser seducida ni sorprendida en la distribución de los bienes de la iglesia ni en la elección de los prelados. Un hombre de bien reconoce enseguida a los que se parecen a él. A quién se le podría por consiguiente confiar esta misión sino a quien no busca más recompensa que el trabajo que en ello pone? Usted ha levantado el orden sacerdotal a la gloria que le es debida, fundando comunidades que predicando por todas partes siguen el ejemplo de los apóstoles y discípulos en sus misiones; y si no lo hacen con tantos milagros como ellos, trabajan al menos con mucho celo y piedad, ya que es tan difícil enseñar la ciencia de la salvación a los fieles ignorantes como echar los primeros fundamentos de la religión cristiana.
Teniendo en cuenta todo esto, cometería una equivocación en mi obra si no le diera a usted un lugar entre los prelados. Escoja usted el que mejor le plazca y créame, padre, su, etc.







