Vicente de Paúl, Documento 024: Relación De Carlos Demia Sobre La Estancia De San Vicente En Chatillon-Les-Dombes

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Paúl .
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El señor Carlos Demia, sacerdote, doctor en decretales por la universidad de París, residente en el seminario de la Misión de Bons-Enfants y de san Sulpicio de París, ha recogido sucintamente de las charlas que ha mantenido con los habitantes principales y más antiguos de Châtillon todo lo que sigue, concerniente a lo que ocurrió mientras el venerable Vicente de Paúl, sacerdote, residió y fue párroco de Châtillon. Afirmo haberlo oído así verdaderamente y así lo han firmado quienes saben escribir para que pueda utilizarse este documento con mayor autenticidad donde fuere preciso.

En el año 1617, estando vacante la parroquia de Châtillon-les-Dombes, en el país de Bresse, por la muerte del señor Soyront, beneficiado de la santa Cruz de Lión y párroco de Châtillon, los señores condes de Saint-Jean, de quienes depende esta parroquia y a los que especialmente corresponde el nombramiento de párrocos, impulsados por el celo de la casa de Dios, se dirigieron al padre Bence, superior del Oratorio, para que les indicase algún buen eclesiástico en quien poder proveer el cargo, exponiéndole la suma necesidad de esta parroquia.

Hacia casi cuarenta años que dicha parroquia era poseída solamente por beneficiados de Lión, que no venían a Châtillon más que para obtener las rentas de ese beneficio y para no dar lugar a prescripción. Además, los señores Beynier, Garron, Guichenon, Alix y los principales habitantes de esta ciudad eran hugonotes. No había más que seis ancianos sacerdotes agregados, que vivían en gran libertinaje, sin haber ningún religioso ni religiosa en la ciudad, que tenía casi dos mil habitantes, y la mayor parte de aquellos sacerdotes tenían en sus casas muchachas y mujeres con gran escándalo de la gente, y otros muchos abusos. Así lo expuso el señor conde a aquel buen sacerdote del Oratorio, el cual, al no ver ningún sujeto indicado para remediar tantos males y nadie que quisiera emprender esta tarea, dado que esta parroquia era de mucho trabajo y sólo había en aquellos tiempos una renta de quinientas libras, escribió al señor de Bérulle en París, rogándole que le indicase alguna persona de bien que, sin buscar sus propios intereses, buscase puramente los de Jesucristo. El señor de Bérulle, habiéndole propuesto todo ello al padre Vicente de Paúl, le hizo aceptar este empleo, de modo que, poniéndose inmediatamente en camino para Lión, una vez llegado allí, el reverendo padre Métezeau, que conocía al señor Beynier, uno de los principales de Châtillon, le entregó una carta de presentación, rogándole que por consideración a él atendiese al padre Vicente en todo cuanto pudiese.

El padre Vicente llegó a Châtillon por la cuaresma del año 1617 y entregó aquella carta; el señor Beynier lo recibió en su casa y le alojó en ella, tanto por amistad con el padre Métezeau, como porque la casa parroquial estaba inhabitable y ruinosa.

El señor Beynier, que era de la religión reformada, vivía con todo el libertinaje que le permitir su juventud y la abundancia de bienes que poseía y que fomentaba su trato con otras personas pervertidas; pero, habiéndose convertido, fue para todos un ejemplo de virtud, como luego se verá.

Inmediatamente después de llegar a Châtillon el padre Vicente, se informó por medio de algunas personas piadosas de la situación de esta parroquia, y al saber la verdad de los desórdenes que el señor de Bérulle le había señalado y al descubrir otros muchos, se dio cuenta enseguida de la gran necesidad que había de una poderosa ayuda; esto le obligó a buscar algún buen eclesiástico que le secundase, que fue el señor Luis Girard, sacerdote, doctor en teología, de la parroquia de Jayat 1 en Bresse, muy estimado, especialmente en aquella provincia, por su piedad y por su saber, que después sucedió al padre Vicente.

Pero, a fin de proceder con más orden en las declaraciones que los mencionados habitantes de Châtillon nos hicieron en diversas ocasiones, y en las preguntas que les dirigí, he creído conveniente establecer algunos artículos particulares sobre la manera cómo se comportó con su familia, con Dios, consigo mismo y con los eclesiásticos, con sus feligreses y finalmente con su iglesia.

Artículo primero

La manera como se comportó el padre Vicente con su familia, las conversiones que hizo y lo que le sucedió.

Antes de empezar a desarraigar todos los abusos de que hemos hablado, el padre Vicente hizo una visita general de toda la parroquia para conocer su situación, procurando ganarlos a todos bien con su cordialidad extraordinaria o bien mediante una limosna.

Sabiendo que el que no cuida de los de su casa es peor que un infiel, procuró arreglar la casa de la persona que le daba alojamiento haciendo de ella una especie de comunidad religiosa. Se levantaban a las cinco, hacían media hora de oración, luego arreglaba cada uno sus habitaciones, que estaban en el segundo piso, separadas unas de otras, luego iban al oficio, decía la santa misa y a continuación visitaba la parroquia. Este orden, sin embargo, no se observó debidamente hasta el final.

Pero como los que están más cerca del sol o del fuego sienten más el calor y participan más de su influencia, así también la casa y la familia del señor Beynier recibió tantas bendiciones con la residencia entre ellos de este virtuoso huésped, que resulta fácil ver y afirmar que le acompañaba la mano del Señor, al considerar los cambios extraordinarios que se llevaron a cabo durante el tiempo que vivió entre ellos.

Toda la familia del señor Santiago Garron, anteriormente oficial de las tropas del señor duque de Montpensier, cuñado del señor Beynier, era de la religión reformada. Toda esta familia se convirtió por obra del padre Vicente. Santiago y Filiberto Garron fueron los primeros en convertirse, pero su padre, después de haber apelado ante el juzgado al edicto de Grenoble contra el padre Vicente y el señor Beynier como autores de su conversión, murió del disgusto, después que fueron inútiles los intentos que el padre Vicente hizo por su conversión, valiéndose de la ayuda de su hijo Santiago Garron. Poco más tarde el padre Vicente absolvió también de la herejía a Renato y a Juan Garron. Una vez convertidos estos señores Santiago, Renato y Filiberto Garron, entregaron luego casi todos sus bienes a obras piadosas y llevaron a cabo acciones admirables debidamente instruidos por el padre Vicente, habiéndose hecho capuchino el hijo mayor y la hija tomando el hábito de religiosa ursulina.

El señor Beynier se convirtió también por completo con la residencia en su casa del padre Vicente, dejando la religión reformada y abandonando el cargo de abad de Malgouvernés (?), donde había llevado una vida muy licenciosa. Restituyó el dinero a los particulares, reparó las iglesias hizo otros legados piadosos muy considerables, siguiendo los consejos del padre Vicente. Vivió célibe hasta los cuarenta y cinco años, dedicado a las obras de caridad, especialmente durante el hambre y la peste que asolaron a Châtillon, hasta llegar a empobrecerse con sus limosnas, a pesar de que había sido antes una persona muy acomodada.

Artículo segundo

Cómo se portó el padre Vicente con Dios,

consigo mismo, con los eclesiásticos, con la iglesia, etc.

Los testigos afirman que siempre vieron al padre Vicente con el cabello y con el alzacuellos muy corto, la sotana talar, muy modesto y recogido, tanto en la iglesia como en los demás sitios, muy generoso con los pobres, sin reclamar nunca sus derechos; todos ellos reconocieron en él una profunda humildad y una prudencia y caridad extraordinarias.

Los eclesiásticos de aquel tiempo estaban realmente muy alejados de la manera de obrar de los de hoy; unos tenían en su casa mujeres sospechosas, otros frecuentaban las tabernas y los juegos y hacían otras muchas cosas en las que el padre Vicente logró un notable cambio, tanto en sus acciones como en sus costumbres; todo ello por su manera de obrar tan especial. Por consejo del padre Vicente echaron a aquellas mujeres, se prohibieron las confesiones en voz alta y el pago que había que hacer por confesarse, otros excesos que se cometían en el campanario a lo que se llamaba el Reino, y otros muchos abusos y escándalos. Les hizo vivir en común e impidió que se empleasen mal los bienes de la iglesia.

En cuanto a las iglesias de Châtillon, sólo había dos por entonces, en muy mal estado, tanto en su edificación como en su ornato interior. Desde entonces se empezaron a reparar por el cuidado y los consejos que les dio a algunos el padre Vicente. Estableció que se usase el palio para llevar el santísimo sacramento a los enfermos, pues antes no se practicaba esta costumbre. Impidió las fiestas populares y los bailes el día de la Ascensión y los demás, y que se hicieran los bautizos de noche, que las mujeres entrasen en el coro, que se celebrasen en la iglesia las reuniones de la ciudad, que se tuvieran las bodas en casa y llevó a cabo otras muchas cosas tanto para la disciplina de la iglesia como para repararla, que seria demasiado largo y difícil referir en particular.

En cuanto al interés que puso el padre Vicente en la parroquia, hizo la visita general y trató con los maestros y las maestras de escuela, inspirándoles mucha devoción. Los domingos y días de fiesta tenía con el señor vicario, padre Girard la predicación de la mañana y el catecismo por la tarde. Las fiestas principales hacía venir a los padres jesuitas para predicar y confesar. Al administrar los sacramentos, muchas veces explicaba las ceremonias. Atendía asiduamente a las confesiones, a las que venían muchas personas de los lugares cercanos, que habían estado muchos años sin oír sermones ni catecismos ni haberse acercado a los sacramentos. Aprendió a hablar en bresano para que aprovechasen más sus ejercicios. El mismo practicaba lo que enseñaba a los demás y se empobreció por sus muchas limosnas.

Ya hemos observado cómo, con su ejemplo y sus discursos, los de la familia del señor Beynier y los feligreses que trataban más frecuentemente con el padre Vicente hacían limosnas extraordinarias, como los señores Beynier, Garron, Blanchard, las señoritas Baschet de la Chassaigne, de Brie y otras.

El cambio extraordinario del señor Beynier, del señor de Rougemont y de las mencionadas señoritas de la Chassaigne fueron también fruto de sus instrucciones. Todos ellos dejaron su forma mundana de vivir y, poniéndose bajo la dirección del padre Vicente, ejecutaban acciones muy cristianas y ejemplares. El señor conde de Rougemont murió con el hábito de capuchino después de una larga enfermedad. Empleó sus muchos bienes en la fundación de monasterios y otras obras piadosas, y las mencionadas señoritas contribuyeron además a la fundación de los capuchinos en Châtillon. En fin, después de la llegada del padre Vicente a Châtillon, se fueron convirtiendo todas las familias de hugonotes que allí había y cambiaron por completo los habitantes y la iglesia.

El ocho de diciembre de dicho año fundó una compañía de hijas de la Caridad con ocasión de unos pobres enfermos a quienes había recomendado en uno de sus sermones. Fue aprobada por el señor de Marquemont. Los pobres recibieron de ella mucha asistencia, sobre todo durante la peste y el hambre que asolaron a Châtillon, y siguen recibiendo todos los días mucho consuelo. Sería difícil relatar los frutos espirituales que esta cofradía ha logrado con la conversión y trasformación de los enfermos que esas señoras han asistido. Siguiendo el ejemplo de la de Châtillon, se establecieron también otras semejantes en Bourg y en otros lugares cercanos.

Así es como el padre Vicente trabajaba por arrancar, desarraigar y destruir los abusos que había en la viña donde Dios le había puesto; y cuando se disponía a plantar en ella, un gentil hombre que venía de parte, según se cree, del señor de Bérulle y del señor general de las galeras, le entregó varias cartas, entre otras una del señor de Bérulle, que ciertamente causó diferentes sentimientos en su alma; pero, después de haber tratado con él y rezado ante el santísimo sacramento, pronto partió hacia Lión, tanto para decidir sobre aquel asunto tan importante, que encomendó mucho a las personas piadosas, como para obtener la aprobación del señor arzobispo para la cofradía de la Caridad, que obtuvo tal como hemos dicho.  Y al volver de Lión, el ocho de diciembre, día de la Inmaculada Concepción de nuestra Señora, procedió a la ejecución y fundación de dicha cofradía de la Caridad en la capilla del hospital, después de lo cual se procedió al nombramiento de las responsables, tal como se deduce de las actas del ocho y del doce de diciembre, cuya copia enviamos anteriormente al superior del seminario de Bons-Enfants de París.

Poco tiempo después distribuyó sus hábitos y toda su ropa a los pobres de aquella parroquia y partió para París, después de haber indicado, en la exhortación que dirigió a todos que cuando la Providencia le había llevado a Châtillon, no pensaba que les abandonaría, pero que como esa misma Providencia disponía las cosas de otra manera, era preciso conformarse a su divina voluntad, como él lo hacía, pidiendo insistentemente las oraciones de todos, de las que tenía grandísima necesidad; así lo repitió varias veces con mucha ternura. No puede explicarse las lágrimas que derramaban y los gritos que se oían por todas partes cuando supieron que el padre Vicente los abandonaba.

El último día de enero del siguiente año, el padre Vicente presentó la dimisión pura y simple por medio de un acta ante el señor Tomás Gallot, notario de París, después de lo cual los señores condes de Saint-Jean nombraron al señor Luis Girard, vicario de dicho Châtillon, que tomó posesión el día diez de julio de dicho año.

Finalmente, los abajo firmantes reconocen que seria imposible señalar todo lo que se llevó a cabo en tan poco tiempo por obra del padre Vicente, y que hasta seria difícil de creerlo, si ellos mismos no lo hubieran visto y oído. Tienen de él tan alta estima que sólo hablan del mismo como de un santo. Publican en alta voz que jamás han tenido ni tendrán un párroco semejante, a pesar de que tuvo que abandonarlos tan pronto. Creen que hay motivos suficientes para canonizarlo solamente por lo que hizo en Châtillon y no dudan de que, si en todas partes se ha portado de la misma manera, llegará a serlo algún día. Y a fin de dar una prueba más auténtica de todo lo que hemos dicho, todos cuantos lo vieron y oyeron quisieron firmar la presente.

GARRON, BLANCHARD, BESSON BUY, ESTEBAN TELY

MICHAUD, director del hospital, DEMIA sacerdote

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