Vicente de Paúl, Documento 019: Sermón De San Vicente Sobre La Comunión

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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Que no hay que recibir indignamente el cuerpo de Nuestro Señor.

Dios, creador y soberano arquitecto de todas las cosas, habiendo creado al hombre a su imagen y semejanza, compuesto de cuerpo y alma, ha creado igualmente en consecuencia un alimento para la manutención del cuerpo y ha instituido otro para el mantenimiento del alma. El alimento del cuerpo es el pan y el vino; el del alma es el cuerpo de Nuestro Señor. Pues, lo mismo que el cuerpo no podría subsistir sin el alimento material, tampoco el alma podría mantenerse en estado de gracia sin su alimento. Este alimento ha sido instituido por Nuestro Señor que, al ver que tendría que sufrir el suplicio de la cruz, tomó pan después de haber cenado la tarde antes de su pasión y se lo dio a sus apóstoles diciéndoles: «Tomad, esto es mi cuerpo; haced esto en memoria mía». Aquella tarde cumplió lo que había prometido anteriormente en el capítulo 6 de san Juan, cuando declaró en verdad que, si no comían la carne del Hijo del hombre y no bebían su sangre, no tendrían vida en ellos, mientras que el que comiere su carne y bebiere su sangre tendría la vida eterna y resucitaría en el último día, pues el pan que él les daría sería su misma carne, entregada por la vida del mundo. De esto hemos de concluir que resucitaremos y tendremos la vida eterna por el mérito de su carne y que, por tanto nadie podrá conseguir ni la gracia ni la vida eterna si no alimenta su alma con este celestial manjar. Pero, como no basta recibirlo, sino que hay que recibirlo bien, y como los que lo reciben indignamente son reos de su muerte, como dice san Pablo, por eso es necesario que todos los cristianos sepan y estén advertidos de la importancia que tiene recibirlo con dignidad; y esto es lo que se verá claramente a continuación.

El Padre eterno, habiendo previsto desde toda la eternidad la caída del hombre por la que se haría indigno del paraíso, como es tan bueno y misericordioso, propuso enviar a su propio Hijo a este mundo para asumir la naturaleza humana y aceptar la responsabilidad y la carga de nuestros pecados, tanto para aplacar a la justicia divina como para señalar a los hombres la manera de poder ser más agradables a Dios. Pero como Dios es el padre de la providencia y el oficio de la providencia no es solamente pensar en el fin, sino designar además los medios para conseguirlo, por eso previó y decretó enviar a su Hijo a este mundo, determinando de este modo los medios para lograr su fin.

Previó, pues, que como era preciso que su Hijo tomara carne humana de una mujer, era conveniente que le tomase de una mujer digna de recibirle, una mujer que estuviera llena de gracia, vacía de pecado, enriquecida de piedad y alejada de todos los malos afectos. Presentó ya entonces ante su vista a todas las mujeres que habría en el mundo y no encontró a ninguna tan digna de esta gran obra como la purísima e inmaculada virgen María. Por eso se propuso desde toda la eternidad disponerle esta morada, adornarla de los más admirables y dignos bienes que puede recibir una criatura, a fin de que fuera un templo digno de la divinidad, un palacio digno de su Hijo. Si la previsión eterna puso ya entonces sus ojos para descubrir este receptáculo de su Hijo y, después de descubrirlo, lo adornó de todas las gracias que pueden embellecer a una criatura, como él mismo lo declaró por boca del ángel que le envió como embajador, ¡con cuánta mayor razón hemos de prever nosotros el día y la disposición requerida para recibirle! ¡Cómo hemos de adornar cuidadosamente nuestra alma de las virtudes requeridas por este tan alto misterio y que podemos adquirir por la devoción! El Espíritu santo no quiso que aquella acción tuviera lugar sin contribuir él mismo a ella y escogió la sangre más pura de la Virgen para la concepción de aquel cuerpo. Los ángeles hicieron resonar los aires con sus cánticos y alabanzas, cuando vino a este mundo. San Juan le rindió homenaje, cuando estaba todavía en el seno de su madre. Los magos, que representan a la ciencia humana, contribuyeron también por su parte a su homenaje. Los pastores, símbolo de la sencillez, le mostraron también su reverencia. ¡Y qué diremos incluso de los animales irracionales! Tampoco ellos quisieron faltar a esta adoración. Y lo que es más extraño todavía, hasta las cosas inanimadas, que carecen de inteligencia, hicieron un esfuerzo en la naturaleza para alcanzarla y poder contribuir de este modo a su fe y acatamiento.

Si Dios Padre, Hijo y Espíritu santo, si los ángeles, los niños, los hombres ilustres en dignidad y egregios en sabiduría, si los sencillos, los animales irracionales y las cosas inanimadas contribuyeron unos a prever, otros a preparar, otros a realizar, cada uno en la medida de sus posibilidades, el nacimiento del Hijo de Dios, ¿con cuánta más razón deberá el hombre prever, esforzarse y disponerse a la recepción de este mismo creador? ¿No deberemos poner en ello todos nuestros sentidos? Al obrar de este modo, habrá que desterrar de la memoria cualquier otro recuerdo que no sea el de Dios, de nuestro entendimiento cualquier otro pensamiento, de nuestra voluntad cualquier otro afecto que no sea el amor divino, considerando lo que nosotros somos y quién es aquel a quien recibimos; como no somos más que gusanillos de la tierra, vapor de humo, saco lleno de suciedad y antros de mil malos pensamientos; y Nuestro Señor, por el contrario, es un ser eterno e infinito, esplendor de la gloria y fuente de toda gracia y hermosura. Y sin embargo, ¡oh divina bondad!, él no pide para recibirle ni aquel esplendor del banquete de Asuero, ni la disposición que aquél exigía a sus mujeres de que se preparasen por seis meses antes de dormir con él, sino que pide solamente que le demos nuestro corazón, sin esperar más amor que el que le tengamos a él y a nuestros prójimos. Por consiguiente, no existe ninguna dificultad y ninguna clase de esfuerzo especial para quienes se disponen a recibirlo. El esfuerzo lo tienen que realizar solamente aquellos que, por tener el alma cauterizada y llena de afectos caducos y perecederos a la carne y a los bienes de este mundo, sienten un enorme peso, como lo sentía Prometeo, que les roe el alma por causa de su indignidad, su indisposición y su falta de devoción para poder acercarse a este sagrado banquete.

El que tiene que recibir a otra persona más digna se esfuerza y se preocupa mucho por recibirle dignamente. Arregla su hogar, lo limpia, lo alfombra, lo adorna, procura que no haya en él nada desagradable. Envía a la carnicería a comprar la mejor carne, caza algún venado, y se cuida de otros mil detalles. Pero para Nuestro Señor no hay necesidad de nada de esto; no hay que emprender ningún trabajo ni afanarse en mil preocupaciones; sin moverse, todos pueden disponerse, pensando solamente dentro de su corazón en limpiar las suciedades de su alma mediante la contrición y hacer un firme propósito de no ofender más a Dios.

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