Vicente de Paúl, Conferencia 239: Resumen De Una Repeticion De La Oracion

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA ENVIDIA

La envidia está en el origen del mal; merece el infierno. Ocasiones de envidia. Remedios: humildad y mortificación.

Dijo el padre Vicente que este vicio bastaba para arruinar a toda la compañía; los acontecimientos externos y los ataques del diablo no podrían abrir brecha en ella; que era de temer que en la Iglesia se formase un cisma, por causa de la envidia; que esto podía ser causa de que nuestro Señor retirase su espíritu de los clérigos para comunicárselo a los laicos; que había que combatir ese vicio con la humildad y con la caridad, haciendo que las virtudes de los otros sean nuestras por medio del amor; mientras que los que tienen virtudes y se sienten orgullosos de ellas son como esos mulos que van cargados de oro y de hermosos tapices, pero que son para los demás.

Motivos: 1.° Las dos causas de la muerte de Jesús fueron la envidia del diablo y la envidia de los judíos.

2.° Ser envidioso es estar en contra de lo ordenado por Dios; en efecto, si uno le sabe mal que otro tenga mejores dotes, no se pone en contra del que tiene esas ventajas, sino más bien en contra de quien se las dio; por eso Dios nos puede decir: An oculus tuus nequam est, quia ego bonus sum?

3.° Tener envidia es entristecerse de que no sea inútil la sangre de Jesucristo, ya que a él se le deben todas las gracias, tanto espirituales como naturales, mientras que por nuestros pecados merecemos el infierno.

4.° En la Iglesia hay comunicación de buenas obras. Un comerciante que estuviera asociado con otro, ¿se sentiría molesto de que el otro sacase grandes ganancias, si esto le aprovecha también a él? ¿Se incomodaría una parte del cuerpo porque las demás gozan de buena salud?

Las causas y las ocasiones de esta envidia son: si veo, por ejemplo, a uno que sirve para algo, mientras que yo no sirvo; si el otro camina ligero y yo no puedo seguirle; si canta bien y lo hace delante de mí, sin poder yo hacerlo como él; si al otro le conceden algún favor o privilegio y yo me entristezco por ello, etcétera.

Remedios: La humildad y la mortificación.

Para ello pensar en llevar la cruz de nuestro Señor y en lo que él nos dijo: Si quis te angariaverit mille passus, fac et adhuc decem cum eo, etcétera.

En las tareas humildes, pensar que Jesucristo tuvo un oficio de artesano, y además, que propter nos egenus factus est (3); contemplar su vida bajo el frío y el calor; representárnoslo con san Pablo en medio de las aflicciones de su espíritu: Nondum usque ad sanguinem restitistis?

Un remedio más lejano, pero muy indicado, es huir de los consuelos humanos y mortificar el deseo de que nos compadezcan; pues, si veo a alguno más hundido que yo, pero al que compadecen más que a mí, creeré que lo aprecian más, y surgirá fácilmente la envidia.

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