SOBRE LA ORACION
Las consideraciones tienen que subordinarse a los afectos y a las resoluciones.
Un hermano, en la repetición de la oración, confesó ingenuamente que no tenía bastante talento para meditar. De las facultades del alma sólo le servía una: la voluntad. Apenas se proponía el tema, sin ningún esfuerzo de raciocinios, se ponía a producir afectos. Pasaba el tiempo dando gracias a Dios, pidiéndole perdón por sus faltas, provocando en su corazón la confusión y la pena por haberlas cometido, implorando la gracia de imitar a nuestro Señor en alguna virtud; luego tomaba algunas resoluciones, etcétera. El padre Vicente intervino entonces:
Basta, hermano; no se preocupe usted por las aplicaciones del entendimiento, que se hacen únicamente para excitar la voluntad, ya que la de usted, sin esas consideraciones, se inclina tan fácilmente a los afectos y a las resoluciones de practicar la virtud. ¡Que Dios le dé la gracia de continuar así y de hacerse cada vez más fiel a sus deseos!







