SOBRE LA ORACION
La falta de gusto por la oración puede ser una prueba o una consecuencia de la negligencia. No poner el espíritu en tensión.
Un hermano se puso de rodillas para pedir perdón a la comunidad de que hacía algún tiempo que no hacía nada en la oración e incluso le costaba aplicarse a ella; entonces el padre Vicente dijo estas palabras:
Hermano, Dios permite a veces que se pierda el gusto que uno sentía y el atractivo que tenía por la oración, e incluso que le resulte penosa. Pero se trata de ordinario de una prueba que nos envía, por lo que no hay que angustiarse ni dejarse llevar por el desaliento. Hay almas buenas que a veces son tratadas de ese modo, como lo han sido muchos santos. Sí, conozco personas muy virtuosas que no tienen más que sinsabores y sequedades en la oración, pero como son muy fieles a Dios, hacen muy buen uso de todo ello y esto contribuye mucho a su progresó en la virtud. Es verdad que, cuando estos sinsabores y sequedades les ocurren a los que empiezan a darse a la oración, hay a veces motivos para temer que provengan de alguna negligencia por parte de ellos; y en eso, hermano mío, debe usted poner un poco de cuidado.
Entonces el santo le preguntó al hermano si le dolía la cabeza. Este le respondió que, en efecto, desde que en el último retiro intentó hacerse sensibles al espíritu los temas de la oración, sufría con frecuencia dolores de cabeza. Entonces el padre Vicente añadió:
Hermano, no hay que obrar de esa manera ni esforzarse en hacerse sensible en la oración lo que no lo es por su naturaleza; es el amor propio el que busca eso. Hemos de obrar por espíritu de fe en la oración y considerar los misterios y las virtudes que meditamos con ese espíritu de fe, mansa y humildemente, sin esforzar la imaginación, y aplicar más bien la voluntad para los afectos y las resoluciones, que el entendimiento para las ideas.







