El estado de pena y de aflicción no es un estado malo de suyo; Dios nos pone en él para ejercitarnos en la virtud de la paciencia y para enseñarnos la composición con los demás. El mismo quiso probar este estado, para que tuviésemos un pontífice capaz de compadecer nuestras miserias y de animarnos con su ejemplo a la práctica de esta virtud.
Una de las señales más ciertas de que Dios tiene grandes planes sobre una persona es cuando le envía desolación tras desolación y pena tras pena; el verdadero tiempo para reconocer el provecho espiritual de un alma es el de la tentación y tribulación, va que como uno se porta en esas pruebas, se portará también luego de ordinario. En un solo día de tentación podemos adquirir más méritos que en muchos otros de tranquilidad.







