Vicente de Paúl, Conferencia 193: Resumen De Algunos Consejos

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA MANSEDUMBRE

Prever las ocasiones de enfado; detestar este vicio, no obrar ni hablar cuando uno está enfadado. Saber dominarse. La mansedumbre todo lo alcanza.

1.° Prever las ocasiones en que se puede faltar contra la mansedumbre; imaginarse los motivos capaces de provocar en nosotros movimientos de ira y hacer de antemano en nuestro espíritu los actos de mansedumbre que hay que practicar en todas esas ocasiones.

2.° Detestar el vicio de la cólera como desagradable a dios sin incomodarnos ni enfadarnos por vernos sujetos a ella, puesto que hay que odiar este vicio y amar la virtud contraria, no porque aquél nos disguste y ésta nos agrade, sino solamente por amor de Dios, a quien le agrada esta virtud y le desagrada este vicio. Entonces, el dolor que sintamos por las faltas cometidas contra esta virtud será manso y tranquilo.

3.° Cuando nos sintamos llenos de ira, dejar de actuar, e incluso de hablar, y sobre todo saber controlarnos hasta que se haya calmado esta pasión, puesto que las acciones hechas con esa agitación no van plenamente dirigidas por la razón, y por consiguiente no son nunca perfectas.

4.° Durante esta emoción, esforzarnos en dominarnos, hasta el punto de no dejar que se vislumbre nada en nuestro rostro. En esto no hay nada que vaya contra la sencillez, ya que uno lo hace, no para parecer distinto de lo que es, sino por su deseo sincero de que la virtud de la mansedumbre, que está en la parte superior del alma, se trasparente en el rostro, en la lengua y en las acciones exteriores, para agradar a Dios, y al prójimo por amor de Dios.

5.° Dominar especialmente la lengua mientras dure la agitación del corazón y, a pesar de todos los asaltos de la cólera y de todos los brotes de celo que tengamos, no pronunciar más que palabras mansas y agradables para ganar a los hombres para Dios. «A veces basta una sola palabra mansa para convertir a un empedernido; por el contrario, una palabra dura es capaz de desolar a un alma y de causarle una amargura que podría hacerle mucho daño?». El padre Vicente indicó varias veces que él no había utilizado «más que tres veces en su vida palabras duras para reprender y corregir a los demás, por creer que tenía cierta razón para obrar de ese modo; pero que luego se había arrepentido, porque no había conseguido nada con ello, mientras que por el contrario había conseguido siempre con la mansedumbre todo lo que había querido».

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