SOBRE LA MANSEDUMBRE EN LAS DISPUTAS
Sólo la mansedumbre y la afabilidad abren la puerta de los corazones. Cuando se discute contra alguien, si uno se enfrenta con él dejándose llevar de la altanería parece como si quisiera dominarle; por eso procura resistir, en vez de disponerse a recibir la verdad; de modo que, en esta discusión, en vez de conseguir que se abra su espíritu, se cierra ordinariamente la puerta de su corazón. Por el contrario, la mansedumbre y la afabilidad se la abren. Tenemos un hermoso ejemplo de esto en la persona del bienaventurado Francisco de Sales que, aunque era muy hábil en las controversias, sin embargo convertía a los herejes más con su mansedumbre que con su doctrina. A este propósito, el cardenal Perron decía que él valía mucho para convencer a los herejes, pero que sólo era capaz de convertirlos el obispo de Ginebra. Acordaos, hermanos míos, de aquellas palabras de san Pablo a aquel gran misionero, san Timoteo: Servum Domini non oportet litigare: un siervo de Jesucristo no tiene que recurrir a litigios o disputas. Puedo deciros que nunca he visto ni he sabido que se haya convertido ningún hereje por la fuerza de la disputa, ni por la sutileza de los argumentos, sino por la mansedumbre. Pues es cierto que esta virtud tiene mucha fuerza para ganar a los hombres para Dios.







