Realizar nuestras acciones por agradar a Dios.
Dios no se fija tanto en el exterior de nuestras acciones como en el grado de amor y en la pureza de intención con que las hacemos. Las acciones pequeñas, hechas por agradar a Dios, no están tan sujetas a la vana gloria como las otras acciones más brillantes, que muchas veces se van en humos. En fin, si queremos agradar a Dios en las acciones grandes, hemos de habituarnos a agradarle en las pequeñas.







