Somos como los mozos de carga de los obreros apostólicos.
Seamos, hermanos míos, como aquel aldeano que llevaba la carga de san Ignacio y de sus compañeros cuando iban de viaje y que, cuando veía que se ponían de rodillas al llegar a algún lugar para detenerse allí, también él se arrodillaba; cuando les veía rezar, también él rezaba; y como aquellos santos varones le preguntaran una vez por qué lo hacía, les contestó: «Le pido a Dios que haga lo que vosotros le pedís; soy como un pobre animal que no sé hacer oración y le ruego que os escuche a vosotros; me gustaría decirle lo que le decís, pero no sé, y por eso le ofrezco vuestras oraciones».
Padres y hermanos míos, hemos de considerarnos como los mozos de carga de esos dignos obreros, como unos pobres idiotas que no saben decir nada, y que son el desecho de los demás, como esos pequeños espigadores que van detrás de los grandes segadores Demos gracias a Dios de que acepte nuestros humildes servicios. Ofrezcámosle con nuestras pobres espigas las grandes cosechas de los demás y estemos siempre dispuestos a hacer todo lo que podamos por el servicio de Dios y la ayuda del prójimo. Si Dios le dio tan hermosa idea y tan poderosa gracia a aquel pobre aldeano, que por eso mereció que hablara de él la historia, esperemos que, si hacemos lo posible, como él lo hizo, para contribuir a que Dios sea honrado y servido, su divina bondad recibirá en gran parte nuestras oblaciones y bendecirá nuestros humildes trabajos.







