Vicente de Paúl, Conferencia 181: Repeticion De La Oracion

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA HUMILDAD

Humillarse en la práctica. Aprecio en general por la humildad. Efectos que producían en el padre Vicente las personas humildes. Prácticas concretas de humildad.

Una buena práctica es llegar a los detalles de las cosas humillantes, cuando la prudencia nos permite que las digamos en voz alta, debido al provecho que de ello se saca, superando la repugnancia que se experimenta al descubrir y manifestar lo que la soberbia querría tener en oculto. El propio san Agustín publicó los pecados secretos de su juventud, componiendo un libro para que todo el mundo conociese todas las impertinencias de sus errores y los excesos de sus desvaríos. Y aquel vaso de elección, san Pablo, aquel gran apóstol que fue arrebatado hasta el cielo, ¿no confesó que había perseguido a la Iglesia? Y lo puso incluso por escrito, para que hasta la consumación de los siglos se supiera que había sido un perseguidor. Ciertamente, si uno no está muy atento sobre sí mismo y si no se hace cierta violencia para declarar sus miserias y sus defectos, no dirá más que las cosas que puedan ser para su gloria y ocultará las que le den confusión: es lo que hemos heredado de nuestro primer padre Adán, que después de haber ofendido a Dios corrió a ocultarse.

He hecho varias veces la visita a algunas casas de religiosas y les he preguntado con frecuencia a algunas de ellas cuál era la virtud que más estimaban y apreciaban; se lo pregunté incluso a las que sabía que estaban más lejos de las humillaciones; pero apenas he encontrado a una de cada veinte que no me dijera que era la humildad, hasta tal punto resulta esta virtud bella y amable. ¿De dónde viene entonces que tan pocos la abracen y muchos menos la posean. Es que se contentan con considerarla, pero sin esforzarse en adquirirla. Es muy hermosa en teoría, pero en la práctica tiene un rostro muy desagradable a la naturaleza; sus ejercicios nos disgustan, porque nos llevan a escoger siempre el lugar más bajo, a ponernos detrás de los demás, incluso de los más pequeños, a sufrir las calumnias, a buscar el desprecio, a amar la humillación, que son cosas por las que naturalmente sentimos cierta aversión. Sin embargo, es menester que pasemos por encima de esta repugnancia y que todos se esfuercen en llegar al ejercicio actual de esta virtud; de lo contrario, no la adquiriremos jamás. Sé muy bien que, por la gracia de Dios, hay algunos entre nosotros que practican esta hermosa virtud, y que no sólo no tienen en mucha opinión sus talentos, ni su ciencia, ni su virtud, sino que se juzgan muy miserables y quieren ser reconocidos como tales, colocándose por debajo de todas las criaturas; es preciso que confiese que no veo nunca a esas personas, sin que se llene mi alma de confusión, pues me reprochan silenciosamente el orgullo que hay en mí, que soy tan abominable. Pero esas almas están siempre contentas y su alegría se refleja en su cara, llenándolas de paz, de forma que no hay nada capaz de turbarlas. Si se les contradice, ellas lo aceptan; si se les olvida, creen que los demás tienen razón; si se les carga de ocupaciones, trabajan de buena gana; y por difícil que sea lo que se les manda, se dedican a ello de todo corazón, confiando en la virtud de la santa obediencia. Las tentaciones que sufren no sirven más que para afianzarlos en la humildad y para que recurran a Dios a fin de quedar victoriosos sobre el diablo; de forma que el único enemigo con que han de luchar es su orgullo, que no nos da nunca tregua en esta vida, sino que ataca incluso a los mayores santos que hay en la tierra de diversas maneras, llevándoles a unos a la vana complacencia en los bienes que han hecho, y a otros a la satisfacción por la ciencia que han adquirido; a éstos a que presuman de ser los más inteligentes, y a aquéllos a que se crean los mejores y los más firmes.

Por eso tenemos muchos motivos para pedir a Dios que nos garantice y nos preserve de este vicio tan pernicioso, que es tanto más de temer cuanto que todos sentimos una inclinación natural hacia él. Además hemos de mantenernos en guardia y hacer todo lo contrario de aquello a lo que nos quiere llevar la naturaleza corrompida: si nos eleva, rebajémonos, si nos mueve a desear el aprecio de los demás, pensemos en nuestra debilidad, si al deseo de aparecer, ocultemos todo lo que nos pueda exaltar y prefiramos las acciones bajas y viles a las esplendorosas y dignas de admiración. Finalmente, recurramos con frecuencia la humillación, que es el refugio seguro para ponernos al abrigo de semejantes incitaciones, que la inclinación que tenemos al orgullo suscita en nosotros continuamente. Pidámosle a nuestro Señor que se digne atraernos hacia él por el mérito de las humillaciones adorables de su vida y de su muerte. Ofrezcámosle, cada uno en particular, y solidariamente los unos de los otros, todas las que podamos practicar y esforcémonos en este ejercicio por el único motivo de su gloria y de nuestra confusión.

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