SOBRE EL CARGO DE CAPELLAN DE UN NOBLE
Por qué aceptar este cargo de capellán. Cualidades requeridas para ello. Forma de celebrar la misa, de tener la instrucción, de tomar la comida. Ejemplo de un capellán el propio padre Vicente que impidió a su señor batirse en duelo.
Los motivos son:
1.° Porque se habla muy poco de esta materia, que es tan importante.
2.° Porque Dios puede recibir mucha gloria de ello.
3.° Porque la compañía dirige a muchos eclesiásticos.
Sus cualidades:
1.° Sería de desear que fuese un santo, no de una santidad consumada, que solo pertenece a los santos consumados, sino de virtud sólida, no mediocre ni como la de un neófito, sino que sea la de un hombre muy interior.
2.° Habrá de tener un aspecto exterior bien ordenado; si no, será el hazmerreír de todos los criados de la casa.
3.° Una gran castidad.
4.° Despreciar los honores y las riquezas; hacer poco caso de lo que estiman los grandes, que de ordinario sólo piensan en honores y riquezas; y para ello no actuar con la esperanza de obtener un beneficio. Se dijo que una persona opinaba que esto era simonía mental.
5.° Mucha prudencia. Poca comunicación con los demás.
No referiré aquí los medios. Esto es lo que dijo el padre Vicente:
«Hermanos míos, me parece que hemos tenido razón en escoger este tema para nuestra charla, ya que alguno de la compañía puede ser escogido por Dios para servirle en este cargo. Bendigo a Dios por las luces que les ha dado a los que ya han hablado de esto.
Sobre los deberes, el primero es, respecto a sí mismo, mucha vigilancia sobre todas sus acciones, y para ello ser fiel al pequeño reglamento de la compañía, especialmente a la oración. En cierta ocasión me pidieron a una persona para servir en este cargo y habiéndoles propuesto a uno me preguntaron: ¿Es un hombre de oración? Aseguré que lo era, y en seguida me dijeron que había motivos para esperar de él toda clase de bendiciones, pues era preferible una gran piedad a una gran ciencia, ya que tendría tiempo para esta última en las horas libres. Entregarse a Dios para tener en gran estima a su señor y a su esposa; adorar a Dios en su señor, y a la santísima Virgen en su señora. El segundo deber es hacer lo que hace el párroco en su parroquia, ya que es propiamente un párroco. El difunto señor Duval creía que en el campo el capellán era el párroco del señor del que era capellán».
El padre Vicente dijo que esto se observaba en la corte, donde el capellán mayor era el párroco de todos los de la corte; tal es la intención de la Iglesia. Por tanto, ha de hacer lo que hace el párroco con sus feligreses:
«1.° Ofrecer el santo sacrificio con devoción, para ello, no ser demasiado breve ni demasiado largo, circum circa. Después de la misa, hacer las reverencias acostumbradas con el espíritu debido. Nuestro buen padre de Ginebra, después de celebrar la misa en presencia de un gran señor, hizo una gran reverencia. ¿En quién creéis, hermanos míos, que pensaba nuestro bienaventurado? No se preocupaba mucho de pensar en cortesías ni cumplimientos mundanos, sino que adoraba el señorío de Dios en esas personas.
2.° Instruir. Sería bueno tener la instrucción en público pero de ordinario no puede hacerse así, pues cada uno tiene que ir a sus asuntos; hay que ganarse a los sirvientes, al personal de la cocina, y tomarlos en particular para instruirles. En la mesa hay que dar la bendición, a no ser que esté presente algún otro eclesiástico de calidad que lo haga. Si al señor le parece bien que hable durante la comida, tiene que hacerlo. Algunos no lo creen conveniente; otros sí, con tal que se trate de alguna materia que se refiera al estado eclesiástico o que le pidan el parecer sobre alguna cosa.
Tiene que comer luego con el mayordomo; en la mesa se pondrá después de él; ha sido la costumbre la que ha dado origen a este desorden. Tiene que saber dar allí un gran ejemplo de virtud, de moderación, no excitarse demasiado por cosas pequeñas e incluso poner a veces oídos sordos; no elevar mucho los ojos al cielo; y si por ventura escuchare, por ejemplo, que Dios es injusto, en estas ocasiones tiene que tomar la palabra, pero, fuera de estos casos, esperar a reprender en particular a esas personas y no hacerlo allí mismo, pues se trata de ordinario de personas muy aferradas a su opinión, anda por medio el demonio, y se conseguiría poco; lo que hay que hacer es ganarse de antemano al mayordomo y hacerle ver la obligación que tiene por su cargo de impedir el mal; la reina ha escogido a un hombre expresamente para eso.
Además, debe mantener al señor y a su esposa en gran unión y mucho amor. A veces tendrá que amonestarles, si siente que el dueño tiene confianza en él; si no, hacer que lo amoneste el párroco; si hubiera algún desorden, hágalo por el confesor, por el director, y a veces por sí mismo.
Hubo un capellán, hermanos míos, que al enterarse de buena fuente que su señor tenía intención de batirse en duelo, después de haber celebrado la santa misa y una vez que se habían retirado todos, fue a ponerse a los pies de su señor, que estaba de rodillas, y le dijo: «Señor, permita que con toda humildad le diga unas palabras; sé que piensa ir a batirse en duelo; le dijo de parte de Dios, al que acabo de mostrarle y al que usted acaba de adorar, que si no se aparta usted de ese malvado propósito, él descargará su justicia sobre usted y sobre toda su posteridad». Dicho esto, el capellán se retiró».







