SOBRE LA OBRA DE LOS ORDENANDOS
Grandeza del estado eclesiástico. Responsabilidad de los misioneros que preparan a los ordenandos. Desorden y santidad en el clero. La compañía debe edificar a los ejercitantes por su modestia y piedad.
Bien, padres y hermanos míos, estamos a punto de empezar esta gran obra que Dios ha puesto en nuestras manos; mañana, Dios mío, hemos de recibir a los que tu providencia ha resuelto enviarnos, para que contribuyamos contigo a hacerlos mejores. ¡Qué gran palabra ésta, hermanos míos! ¡Hacer mejores a los eclesiásticos! ¿Quién podrá comprender la altura de esta misión? Es la más elevada de todas. ¿Qué cosa hay más grande en el mundo que el estado eclesiástico? No pueden compararse con él los reinos ni los principados. Sabéis que los reyes no pueden, como los sacerdotes, cambiar el pan en el cuerpo de nuestro Señor, ni perdonar los pecados, ni todas las otras ventajas que ellos tienen por encima de las grandezas temporales. Sin embargo, ésas son las personas que Dios nos envía para santificarlas; ¿hay algo semejante? ¡Qué obreros tan pobres y ruines! ¡qué poco preparados estáis para la dignidad de este oficio! Pero, puesto que Dios le ha hecho a esta compañía, la última y la más pobre de todas, el honor de dedicarla a ello, es menester que, de nuestra parte, pongamos todo el interés en hacer que tenga éxito este trabajo apostólico, que tiende a disponer a los eclesiásticos a recibir las órdenes mayores y a cumplir bien sus funciones; porque unos serán párrocos, otros canónigos, otros prebostes, abades, obispos, sí, obispos. Esas son las personas que recibiremos mañana.
La semana pasada se celebró una reunión de obispos para remediar la embriaguez de los sacerdotes de cierta provincia; había muchos obstáculos para ello. Los santos doctores dicen que el primer paso de una persona que desea adquirir la virtud es dominar su boca; pues bien, la boca domina a las personas que le dan todo lo que pide. ¡Qué desorden! Son sus siervos, sus esclavos; no son más que lo que ella quiere; no hay nada tan villano, tan digno de lástima como ver a unos sacerdotes, casi todos los de una provincia, sujetos a ese vicio, hasta obligar a reunirse a sus prelados, llenos de preocupación, para encontrar algún remedio a esta desgracia. ¿Qué hará el pueblo al ver esto? ¿Y qué hemos de hacer nosotros, hermanos míos, para darnos a Dios a fin de ayudar a retirar a sus ministros y a su esposa de esta infamia y de tantas otras miserias en que los vemos hundidos? No es que todos los sacerdotes estén en semejante desorden; no, oh Salvador, ¡también hay santos eclesiásticos! Muchos vienen a hacer el retiro con nosotros, sacerdotes y párrocos, desde muy lejos, para ordenar debidamente su espíritu. ¡Y cuántos y cuán buenos sacerdotes hay también en París! Hay muchos; entre estos señores de las conferencias (1) que se reúnen aquí, no hay ni uno solo que no sea muy ejemplar; todos trabajan con frutos muy notables.
Hay también malos eclesiásticos en el mundo, y yo soy el peor, el más indigno y el más pecador de todos. Pero también, en contraposición, hay otros que alaban mucho a Dios con la santidad de su vida. ¡Qué dicha que Dios no sólo haya querido servirse de unos pobres como nosotros, sin ciencia ni virtud, para ayudar a enderezar a los eclesiásticos caídos y desordenados, sino también para perfeccionar a los buenos, como vemos que se consigue con su gracia! ¡Qué dicha la vuestra, hermanos míos, de poder derramar con vuestra devoción, afabilidad, modestia y humildad, el espíritu de Dios sobre estas almas, y servir a Dios en la persona de sus mayores servidores! ¡Qué dicha la vuestra de poderles dar buen ejemplo en las conferencias, en las ceremonias, en el coro, en el refectorio y en todas partes! ¡Y qué felices seremos todos si, por nuestro silencio, discreción y caridad, respondemos a las intenciones por las que Dios nos los envía, usando de una vigilancia especial para ver, observar y proporcionar inmediatamente todo lo que pueda contentarles mostrándonos ingeniosos en atender y servir a sus necesidades! Los edificaremos si obramos así. Hemos de pedirle esta gracia a nuestro Señor; ruego a los sacerdotes que celebren la santa misa, y a nuestros hermanos que la oigan, por esta intención.







