SOBRE LA VOCACION DEL MISIONERO
El estado de los misioneros es un estado evangélico. La pobreza y la humildad caracterizan y protegen la vocación.
El estado de los misioneros es un estado conforme con las máximas evangélicas, que consiste en dejarlo y abandonarlo todo, como los apóstoles, para seguir a Jesucristo y para hacer lo que conviene, a imitación suya. Así pues, como me decía una persona en cierta ocasión, solamente el diablo tiene que decir algo en contra de este estado; porque ¿acaso hay algo más propio de un cristiano que ir de aldea en aldea ayudando al pobre pueblo a salvarse, como veis que se hace, con tantas fatigas e incomodidades? Fijaos en esos hermanos nuestros que están trabajando ahora en un pueblo de la diócesis de Evreux, donde tienen que dormir sobre paja. ¿Y para qué? Para hacer que vayan las almas al cielo mediante la instrucción y el sufrimiento. ¿No está esto muy cerca de lo que vino a hacer nuestro Señor? El ni siquiera tenía una piedra donde reposar su cabeza (1), e iba y venía de un sitio a otro para ganarle almas a Dios, hasta que murió por ellas. Ciertamente, no podía hacernos comprender mejor cuánto las quiere, ni convencernos con mayor eficacia para que no ahorráramos esfuerzos para instruirlas en su doctrina y lavarlas en la fuente de su preciosa sangre. Si queremos que nos conceda esta gracia, hemos de esforzarnos en la humildad, pues cuanto más humilde sea uno, más caritativo será con el prójimo. El cielo de las comunidades es la caridad, la caridad es el alma de las virtudes, y la humildad es la que las atrae y las conserva. Hay algunas congregaciones humildes como los valles, que atraen sobre sí todo el jugo de las montañas; cuando nos vaciemos de nosotros mismos, Dios nos llenará de él, pues no puede tolerar el vacío.
Humillémonos, pues, hermanos míos, de que Dios haya puesto sus ojos sobre esta pequeña compañía para servir a su Iglesia, si es que puede llamarse compañía a un puñado de gente, pobres de nacimiento, de ciencia y de virtud, la escoria, la basura y el desecho del mundo (2). Todos los días le pido a Dios, tres o cuatro veces, que nos aniquile si no somos útiles para su gloria. Pues ¿qué, hermanos míos? ¿nos gustaría estar en el mundo sin agradar a Dios y sin procurar su mayor gloria?







