SOBRE LA CASTIDAD
(Reglas comunes, cap. 4)
Motivos para practicar especialmente esta virtud. Naturaleza de la castidad. Medios para practicarla.
Hermanos míos, el viernes pasado no hice más que terminar lo que había dejado de decir en la charla anterior sobre la pobreza, y aunque leí todo el capítulo cuarto, que trata de la castidad, no pude hablar de él por falta de tiempo. Vamos a hablar de él esta tarde; y para que las ideas estén más frescas en vuestro ánimo, volveré a leerlo otra vez.
El Salvador del mundo ha demostrado muy bien hasta qué extremo llegaba su amor a la castidad y cómo deseaba inculcarla en el corazón de los hombres, ya que quiso pasar Por encima del orden que había establecido en la naturaleza, para nacer, por obra del Espíritu Santo, de una Virgen inmaculada. Y sintió tan grande horror del vicio contrario que, aunque permitió que le imputasen falsamente los crímenes más enormes, para verse lleno de oprobios por el deseo que de ellos tenía, sin embargo no se lee que nadie, ni siquiera sus mayores enemigos, le censurase nunca ni lanzase siquiera la sospecha de este vicio; por tanto, es muy conveniente que la congregación tenga un deseo singularísimo y ardentísimo de esta virtud y que en todo tiempo y lugar haga profesión especial de practicarla con toda perfección. Y es preciso que tengamos en ello tanto más interés, cuanto que nuestras ocupaciones en la Misión nos obligan más estrechamente a tratar casi continuamente con los seglares de uno y de otro sexo. Por eso cada uno pondrá por su parte todo el cuidado, diligencia y precaución posible para conservar enteramente esta castidad, tanto en lo que se refiere al cuerpo, como en lo que atañe al alma.
Pues bien, para que, con la ayuda de Dios, se pueda hacer todo esto, habrá que guardar muy cuidadosamente los sentidos, tanto interiores como exteriores; no se hablará nunca con las mujeres a solas, fuera de su debido tiempo y lugar; habrá que abstenerse por completo de hablarles y de escribirles con términos demasiado afectuosos, aunque sea sobre materias de devoción; no habrá que acercarse demasiado a ellas al confesarlas, ni al hablarles fuera de la confesión; y cuidar mucho de no presumir de nuestra castidad.
Y como la intemperancia es como la madre y la nodriza de la impureza, todos serán moderados en la comida y, en cuanto sea posible, usarán de los alimentos comunes y aguarán mucho el vino.
Además, todos estarán convencidos de que no basta con que los misioneros se distingan por esta virtud, sino que además hay que hacer todo lo posible para que nadie en el mundo pueda sospechar lo más mínimo de ninguno de nosotros del vicio contrario, ya que la sola sospecha, aunque infundada, perjudicaría a la congregación y a sus santas ocupaciones más que todos los demás crímenes que se nos pudieran falsamente imputar, sobre todo porque entonces se recogería muy poco o ningún fruto de nuestras misiones. Por consiguiente, no nos contentaremos solamente con emplear los medios ordinarios para prevenir o para reparar este mal, sino que utilizaremos incluso, si fuera necesario, los extraordinarios, como sería, por ejemplo, abstenerse a veces de realizar acciones que fuesen por otra parte lícitas, e incluso buenas y santas; entendiendo esto cuando, a juicio del superior o del director, esas cosas pudieran dar lugar a temer esa sospecha.
Y puesto que la ociosidad es la madrastra enemiga de las virtudes, principalmente de la castidad, todos huirán tanto de este vicio que en toda ocasión se les encontrará útilmente ocupados.
Bien; cubrámonos. Hemos de hablar de la virtud de la castidad. Vamos a dividir esta charla en tres puntos, como de ordinario: en el primero hablaremos, añadiendo poca cosa, de los motivos que nos insinúa la regla y que nos obligan a poner especial interés en la práctica de la virtud de la castidad; en el segundo punto, indicaremos en qué consiste estas virtud de la castidad y en qué hemos de practicarla especialmente; en el tercer punto, señalaremos los medios para ello.
En cuanto a los motivos, ¡Oh Salvador! ¿quién no los conoce? ¿hay un niño, por muy pequeño que sea, que no haya oído de sus padres que es pecado, y pecado muy grave, cometer acciones impuras? ¡Oh Salvador! Tú sabes los motivos que nos obligan a practicar esta virtud, no sólo en cuanto a las acciones exteriores, sino también en cuanto a la pureza interior; imprime vivamente en nuestra alma esos motivos, para que practiquemos con toda fidelidad esta virtud. La práctica de la castidad, como sabéis, está mandada por Dios, mientras que está prohibido el vicio contrario a esta virtud: «No serás lujurioso de cuerpo ni de consentimiento». No hay por qué detenerse en una cosa qué habla por sí misma.
Nuestra regla indica como primer motivo la gran distancia que nuestro Señor quiso que hubiese entre él y todo lo que es contrario a la castidad, hasta el punto de que, al tener que hacerse hombre, no quiso que fuera por la vía ordinaria, sino de una forma extraordinaria, por medio del Espíritu Santo. Su madre siguió siendo virgen y fue siempre casta, y fue el Espíritu Santo el que obró esta gran maravilla.
¡Oh, Señor! Hemos de decir que tiene que haber algo grande en esta virtud, ya que el santo de los santos rompió el orden de la naturaleza para ser concebido y nacer de una forma que demuestra lo mucho que apreciaba la castidad.
Un segundo motivo, no menos importante, mencionado igualmente en nuestra regla, es que nuestro Señor, tanto durante los treinta años que vivió familiarmente con su padre y su madre, trabajando en su taller (lo que dio motivo para que se dijera: Nonne hic est faber et fabri filius?, como después de haberlos dejado para predicar su evangelio, con tanto éxito que todo el mundo le seguía, hombres y mujeres, aunque trataba con los unos y con las otras, a pesar de que sus enemigos le calumniaban y le dirigían mil reproches y mil acusaciones, llamándole impostor, borracho, endemoniado, etcétera, nunca jamás permitió que le acusaran de algo en contra de la castidad.
Es éste un motivo muy poderoso. ¡Oh Salvador, nos dirigimos a ti para obtener esta virtud tan preciosa! La naturaleza no llega hasta ese extremo; por el contrario, suscita mil y mil tentaciones, imágenes y fantasías contrarias a esta virtud. ¡Señor, concédenos la gracia de que ni la compañía en general, ni ninguno de sus miembros en particular, caiga jamás en el vicio contrario, ni de cerca ni de lejos!
Nuestro Señor da un paso más y dice que el que no deja a su mujer no es digno de él: ¡tan grande es su afecto a esta virtud! Por eso, los apóstoles y discípulos que tenían esposa, la dejaron para seguirle, y las mujeres dejaron a sus maridos; muchos de los primeros cristianos hicieron lo mismo y no trataban con sus mujeres en el uso del matrimonio. Pero, poco después, el demonio, enemigo de esta virtud, hizo de manera que los hombres no guardaran por mucho tiempo esta resolución y que el trato íntimo de unos con otros, junto con la gran fragilidad de la naturaleza humana, les hiciera caer a algunos en acciones contrarias a esta virtud. Muchos se retiraron a los desiertos de Libia y de Egipto, empujados por el recelo de no poder vivir en una castidad tan perfecta en medio del mundo; y de esta forma los desiertos se poblaron de personas que practicaban fielmente esta virtud. Desde aquellos tiempos empezaron a surgir monasterios para permitir separarse de los pecados y de los placeres del mundo y vivir en castidad. Hermanos míos, elevémonos todos a Dios en estos momentos para pedirle y obtener de él que esta pobre y pequeña compañía no se vea contaminada en su cuerpo ni en sus miembros. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir: ni la compañía en general ni ninguno de los que pertenecen a ella. Vamos por todo el mundo predicando la castidad e inculcándosela al pueblo. ¡Qué importancia tiene que nosotros tengamos una gran castidad!
Pero ¿en qué consiste esta virtud? Los niños oyen ya hablar a sus padres de la malicia del pecado contrario a esta virtud. ¡Qué virtud tan hermosa! Hay dos o tres especies de castidad: la castidad conyugal, que modera los afectos del placer carnal; y la que arranca del corazón todos esos afectos. Esta última es una virtud muy excelsa, ya que lleva a quienes la practican a vivir con toda pureza. La castidad conyugal no nos interesa, ya que consiste en la moderación de los placeres de la carne y nosotros no debemos tener ninguno. Por tanto, es de la otra de la que tenemos que hablar. Esa virtud pide de nosotros que arranquemos del corazón todos los afectos hacia las acciones de impureza, las malas inclinaciones y todo lo demás; no voy a hablar más de ello, ni en concreto de sus actos particulares. ¡Qué virtud tan singular y cómo procura el demonio hacer que la perdamos! Dios quiere a veces probar las almas santas, permitiendo que el demonio las tiente con malos pensamientos con malas imaginaciones, con representaciones groseras, incluso en las cosas santas. Yo he conocido a un alma religiosa que no sentía tentaciones de impureza y carnales más que a la hora de comulgar; fuera de entonces, nunca se vio tentada, pero jamás comulgaba sin esas tentaciones. Ved hasta dónde llega la malicia del demonio, que se sirve de las cosas más santas para tentarnos de impureza. Por tanto, esta virtud consiste en arrancar de nuestros corazones, no sólo de nuestra fantasía y de nuestro espíritu, sino de nuestro corazón, las afecciones a la impureza. ¡Oh, Señor, ayúdanos a arrancar del corazón estos afectos malditos de impureza, y de la memoria el recuerdo de las personas que se han conocido con demasiada familiaridad, con las que quizás se ha cometido antiguamente alguna mala acción! ¡Dios mío, arranca de nuestros corazones ese recuerdo!
Hay pureza de cuerpo y pureza de espíritu. El que tiene pureza de cuerpo no por eso tiene castidad; es la pureza de espíritu la que constituye esta virtud y le da la perfección, e incluso la esencia; ella es la que echa del pensamiento, del espíritu, de la memoria, de la fantasía, todos los malos pensamientos. En esto consiste, por tanto, todo nuestro ejercicio: arrancar del corazón, etcétera, si queremos tener la castidad que pide de nosotros la regla, acordándonos de que nuestro Señor, cuando vino al mundo, hizo tanto caso de ella que quiso cambiar la naturaleza de las cosas y nacer de una virgen. Por causa de esta virtud dijo también que las vírgenes acompañarían por todas partes al Cordero cantando cánticos nuevos. ¡Cuánto debe apreciar esta virtud la compañía en general y cada uno de nosotros en particular, haciendo todo lo posible por tenerla y perfeccionarse en ella cada día más!
Pero, ¿qué es lo que nos ayudará en ello? La guarda de los sentidos. Es lo que dice la regla. La guarda de la vista. ¡Qué peligrosa es la vista! ¡Dejar que los ojos vayan de acá para allá, mirando toda clase de objetos! ¡Qué malo es esto! David, aquel hombre tan santo, por haber visto a una mujer cayó en el pecado contrario a la castidad y todavía hizo algo peor, pues a aquel pecado añadió uno nuevo, esto es, el homicidio; ya conocéis la historia (8).
El oído, la guarda del oído. Los que habéis confesado por las aldeas e incluso por la ciudad, ya sabéis que muchas personas aprenden lo que es la impureza viendo y oyendo a esos saltimbanquis, a esos comediantes que representan acciones deshonestas y tienen malas conversaciones. ¡Qué peligroso es todo esto!
Así pues, hay que guardar los sentidos: la vista, sí, la vista, el oído y los demás sentidos exteriores, el tacto; hacerse dueño de los sentidos tanto como uno pueda. La vista, el oído, el tacto.
Otro medio es no encontrarse nunca solo, en un lugar o en un tiempo indebido, con una persona del otro sexo (lo dice la regla), ya que en ese tiempo y lugar es donde el demonio despierta la concupiscencia. Somos hombres como los demás; por ello ¡cuidado! No tengo más remedio que deciros la gran falta que cometen los que hablan en el locutorio pequeño con una mujer o una joven a solas. ¡Cuánto me disgusta saber que alguno lo hace así, ocupando el rincón más oscuro, con la otra persona enfrente dándole la luz, y así durante dos o tres horas! Estas son ocasiones muy peligrosas.
Le ruego, pues, a la compañía que tenga cuidado en esto. Cuando haya que hablar con una mujer que esté en el locutorio pequeño, si no se la conoce y hay poco que decirle, conviene invitarla a salir, hablarle de pie, descubierto y abreviar la conversación. Muchos, por razón de su cargo, tendrán que hablar con mujeres, pero les ruego que lo hagan así, sin sentarse a su lado, a no ser que sean personas de condición y que haya que estar largo tiempo con ellas por requerirlo así el asunto. ¡Ay! ¡Cuántas veces he faltado yo en esto! ¡Y todavía sigo faltando demasiado! Pero Dios sabe la pena que siento cuando me veo obligado a hablar de esa manera. Sea lo que sea, la regla nos dice que no hablemos nunca a solas con una mujer Por tanto, exhorto a esa persona de la compañía (hay uno que así lo hace, y sólo sé de uno que esté sujeto a esta falta) a que se esfuerce en cumplir lo mandado; o mejor, si le parece bien, que se abstenga por completo, en penitencia, de esas conversaciones con el otro sexo. Dios me ha concedido algunas veces la gracia de pedirles que salgan de este locutorio al corredor y una vez allí hablo con ellas y abrevio la conversación.
Otro gran peligro para la castidad es comer mucho, sobre todo manjares delicados, y buscar la manera de aprovisionarse de ellos. ¡Qué malo es esto, especialmente beber vino, en cantidad, y totalmente puro! No tengo más remedio que hablar en contra de esto, por los inconvenientes que han surgido en la compañía por culpa de algunos que se han excedido en esto. Ya se ha acabado todo esto, gracias a Dios, pero hemos de entregarnos a su divina majestad para no beber vino o, al menos, para aguarlo abundantemente.
¿Queréis que os diga lo que hace el señor obispo de Cahors, ese santo varón, gran siervo de Dios, para no beber vino? Porque bebe solamente agua. No come, sino que por la tarde, después de las visitas, sermones u otras ocupaciones de su cargo pastoral y episcopal, come un poco de pan, verduras y fruta, con un poco de agua; y nada más; y lo hace así desde hace unos treinta años, teniendo ahora unos sesenta. Eso es lo que hace y lo que me ha hecho el honor de decirme. Aunque antes bebía vino como los demás, empezó a mezclarlo con agua a la mitad, luego con dos tercios, luego echando un poco de vino en el agua; así continuó disminuyendo cada vez más la cantidad de vino, de forma que su bebida era sólo agua un poco coloreada; así se hizo insensible al gusto del vino y, al beber tan poco que casi no valía la pena de echar en el agua, se decidió a prescindir de él por completo y así lo ha observado con toda fidelidad desde entonces.
Otro medio para guardar la castidad consiste en huir de la ociosidad, que de suyo es un gran mal. ¡Con cuánto cuidado hemos de evitarla! Sobre todo las personas que, por su manera de ser, se han hecho inútiles para el trabajo y también las que están trabajando; pues, creedme, cuando el demonio encuentra a una persona ociosa, le gusta atormentarla y tentarla con el vicio contrario a la castidad. Procurad, hermanos míos, estar siempre ocupados y entonces, si el diablo os tienta, la ocupación logrará disminuir no poco las fuerzas de la tentación.
Otro medio, que atañe sobre todo a los confesores, es que no se acerquen demasiado a las penitentes ya que, como veis y sabéis mucho mejor que yo, todas las cosas envían sus reflejos. Lo mismo que esta lámpara encendida envía sus rayos y su resplandor, también de la cabeza, del rostro, de los vestidos de las penitentes salen ciertos reflejos que, mezclándose con los que salen de los confesores, dan fuego a la tentación y, si no se pone cuidado, hacen verdaderos estragos. Exhorto, pues, a la compañía a que no se acerque a las penitentes, sino más bien que las mantengan separadas. Si algunos, por tener el oído algo duro, obran de otra forma, ¡Oh Salvador! que sepan que no debería hacerse así. Ruego a los confesores que pongan cuidado en ello y que arreglen debidamente estas cosas.
Lo que también puede hacernos mucho daño es que, al explicar el sexto mandamiento: «No serás lujurioso en el cuerpo ni en el consentimiento», preguntemos demasiadas cosas. Hay que preguntar al penitente solamente lo necesario. Los confesores han de saber lo que se necesita preguntar a los penitentes sobre este mandamiento; aquí no tenemos tiempo para decirlo; será conveniente que uno de estos días se reúnan los confesores para tratar de ello. Entretanto entreguémonos a Dios para no preguntar en la confesión más que lo necesario sobre este mandamiento pues, si nos pasamos de la regla, el diablo no dejará de ponernos grandes tentaciones contra esta virtud y las imágenes de lo que hayamos preguntado o nos hayan dicho volverán muchas veces a nuestro recuerdo, despertando la concupiscencia y haciendo verdaderos estragos.
Otro medio para conservar la castidad es huir del trato con las religiosas, incluso con las más reformadas. Antes de la fundación de la compañía, el señor obispo de Ginebra, a quien tuvimos el honor de conocer y de tratar, nos obligó a cuidar de las religiosas de la Visitación; no tuvimos más remedio que hacerlo; habíamos dado palabra de ello. ¿Qué le íbamos a hacer? Pero sabed, hermanos míos, que esas conversaciones son un filtro diabólico, pues somos hombres, y hombres como los demás. Se compromete uno a ello so capa de devoción; siempre se empieza por ahí, ¡y sabe Dios dónde se va a parar! Esto va contra la finalidad de nuestro Instituto, que se dedica a los pobres aldeanos.. Y no se puede servir a dos señores. Por tanto, recomiendo a la compañía que no acepte nunca un cargo que le obligue a dirigir, guiar y tratar con las religiosas, o a conversar con ellas. Os diré, a este propósito, que al comienzo de la compañía se tuvo una misión en una aldea o en un barrio donde había religiosas. Ellas pidieron que se les diese algunas pláticas y que se las escuchase en confesión general, lo mismo que se hacía con los demás. Así se hizo. Estaba allí el buen padre de la Salle. Aquellas buenas religiosas le escribieron luego varias veces después de venirse. Apenas él se dio cuenta de que había cierto apego en ello, como era un hombre de sentido común, les respondió que deberían contentarse con lo que les había escrito y dicho en aquella ocasión, y que no tenía nada más que decirles ni escribirles. Así hemos de hacer todos, huyendo de esto como de una trampa de Satanás.
Otro medio es también no escribir nunca con mucho cariño; esto enciende el fuego, engendra el afecto y compromete a los demás a que respondan también con cariño, cada vez más, pues a nadie le gusta dejarse vencer por el otro. Por amor de Dios hermanos míos, recomiendo que os abstengáis de todo trato personal o epistolar con las mujeres. Tengo aquí una o dos de esas cartas, ¡y qué cartas! ¿Las leeré? Más vale que no lo haga. Aquel a quien van dirigidas, y que es de esta casa, no ha recibido ningún mal. Pero ¡qué cerca ha estado de recibirlo!
Otro medio es el no tener devotas. Pero nuestro Señor bien que las tenía (10), hablaba con ellas y las visitaba; también las tuvieron los apóstoles y otros muchos santos. ¡Pero qué peligroso es esto! Hay que temer por la compañía cuando vengan esas devotas alabando a aquel confesor a quien han abierto su corazón y su conciencia. ¡Mala cuestión es esa! ¡Desgraciada la compañía que tenga que sufrir a semejantes personas! ¡Son un grave peligro! Sé de un lugar donde las mujeres son tan afectuosas con su confesor que más vale no hablar.
¿Qué hacer pues en esas ocasiones? 1.° Guardar bien los sentidos; 2.° no hablar nunca con esas devotas más que en la confesión, ni siquiera de pie en la iglesia, y jamás, repito, jamás en sus casas ni en la nuestra. Recomendadles que os digan en la confesión todo lo que tengan que deciros, y nunca fuera de ella. ¡Quiera Dios concedernos la gracia de ser firmes en esto, sin hablar nunca con ellas de pie en la iglesia, ni a la puerta, ni en sus casas! Esos son los medios para conservar la castidad en la compañía. ¡Cuánto podemos esperar de ella, aquí y en otras partes, en Francia y en el extranjero, si usa de estas precauciones! Si no, Dios pondrá su rostro complacido en otras personas que le rendirán mayor servicio y le darán más gloria en las misiones.
Bien, hermanos míos, ¿qué vamos a hacer para guardar esta regla? Los medios que acabamos de proponer servirán de muy poco si no están animados del espíritu de Dios. Por tanto, hay que pedírselo a nuestro Señor, con mucha insistencia, en todas nuestras oraciones, y tener un deseo especial de entregarse a su divina majestad para conservarnos y perfeccionarnos en esta virtud, apartándonos por completo de los vicios contrarios. Si así lo hacemos y trabajamos en la adquisición, la conservación y el desarrollo de esta virtud, se extenderá por todas partes. La compañía se hará cada vez más agradable a Dios, que la mirará siempre con ojos de complacencia y le comunicará nuevas y abundantes gracias. ¡Quiera su divina majestad que así sea!







