Vicente de Paúl, Conferencia 142: Conferencia Del [28 De Noviembre De 1659]

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE EL DESEO DE OBTENER BENEFICIOS

(Reglas comunes, cap. 3, art. 10)

Razones para no aspirar a ningún beneficio. Medios para guardar bien esta regla.

Como se puede pecar contra la virtud de la pobreza con el solo deseo desordenado de tener bienes temporales, todos procurarán con mucho cuidado que este mal no se apodere de su corazón, ni siquiera respecto a los beneficios, que se podrían buscar con la excusa de hacer algún bien espiritual. Por tanto, nadie aspirará a ningún beneficio o dignidad eclesiástica bajo ningún pretexto.

La primera razón es que de la observancia o falta de observancia de esta regla depende el robustecimiento de la compañía o su ruina total. ¿Quién no ve que, si la compañía se decidiese alguna vez a aspirar a los beneficios, se quedaría al poco tiempo desierta y sería únicamente un ir y venir continuo de gente, que entrarían y saldrían? Se podría muy bien comparar entonces a la compañía con una hostería, en la que se pasan una o dos temporadas, esto es, dos o tres años, para partir luego a otro lugar; y lo más condenable de todo sería que la ambición encontraría aquí mejor ambiente que en el mundo y desempeñaría mejor su papel, pues, so capa de piedad o de cierto renombre que aquí se habría adquirido, se conseguiría mejor lo que se deseaba.

En una palabra, esta compañía no sería ya una compañía firme y permanente, como lo es ahora, gracias a Dios, sino un campamento volante; no sería una compañía de Dios, sino un retiro de gentes ambiciosas que tendrían un pie en esta compañía y otro en el mundo. ¿Qué fruto podría entonces conseguirse? ¿Cómo fiarse de semejantes personas, que nos darían la espalda a la primera mortificación que tuvieran que soportar, que estarían hoy para dejarnos mañana, como demuestra la experiencia que ocurre en las compañías que no tienen las puertas cerradas a los beneficios, mientras que florecen las congregaciones donde sucede lo contrario? San Ignacio conocía bien esta verdad…

La segunda razón es que se aspiraría a los beneficios, o para hacer más fruto entre las almas, o para vivir más a gusto y sensualmente. Si es para vivir sensualmente, ¿quién no ve que se trata de una tentación y de algo muy malo? Si es para hacer más fruto entre las almas y ganarlas para Dios, el engaño es tan grande como el otro; incluso sería más de temer, ya que a primera vista la cosa parece razonable. Queréis obtener un beneficio; queréis ser párrocos para dedicaros quizás más al prójimo. Vamos a ver. ¿Qué hacen los párrocos que no hagamos nosotros? Los párrocos confiesan a sus feligreses, y -nosotros también, etcétera. Y no sólo tenemos esto de común con ellos, sino incluso más que ellos, pues no solamente somos curas de una parroquia, sino que Dios ha puesto en nuestras manos la cura de todas las almas. ¿Qué es lo que hace un obispo, que no hagamos nosotros? Tendrá seminarios de eclesiásticos: también los tiene la compañía; ordenandos: también nosotros, etcétera. Incluso tenemos esta ventaja, que ellos se sirven de nosotros para hacer todas estas cosas; y entonces nosotros tenemos mayor parte en el bien que allí se hace, porque somos las causas más próximas. Por esto se puede juzgar del engaño del diablo, que a veces nos hace perder la vocación con pretextos tan especiosos…

La tercera razón es que muchas veces esos beneficios que pensamos encontrar no se encuentran tan fácilmente en este siglo La experiencia les ha demostrado a muchos la dificultad de ello: se han visto frustrados en sus esperanzas y son ahora la irrisión de la gente; se les mira como a personas que se han dejado engañar, como a niños que han corrido detrás de mariposas, o como esos que quieren correr detrás de su sombra para atraparla: pues eso son los vanos honores, etcétera. El diablo nos hace ver maravillas; nos imaginamos a veces que todo nos vendrá mientras dormimos, pero nos vemos cogidos; todo nos parece de oro y de plata, pero en realidad no es más que plomo…

La cuarta razón es que desear un beneficio (aun cuando pudiera hacerse esto sin hacer de antemano bancarrota en la vocación, suponiendo que fuésemos seculares en el mundo) es exponerse a un grave peligro; es cargar sobre las espaldas un fardo muy pesado: ¡tener cuidado de las almas! ¡y además buscar honores, dejándose llevar por ellos! En la compañía tenemos la fatiga, pero no las preeminencias que van anejas a esos cargos; por eso nuestra vocación es más segura…

La quinta razón es el ejemplo de los santos y de los grandes personajes, como san Ambrosio, san Martín, san Atanasio, que huían con tanto celo de los cargos que les querían dar, como los mundanos ansían las dignidades y los honores. Y conviene advertir cómo este oficio no era entonces tan peligroso como ahora, ya que los honores no eran tan grandes y eran muchas las cruces y los martirios que había que soportar. Por tanto, ¿no vamos a cumplir nosotros con lo que nos ordenan nuestras reglas, si lo hicieron esos santos, a pesar de que no estaban ni mucho menos obligados a ello y tenían las virtudes adecuadas para estos cargos? Un ejemplo de ello es el padre Pillé, que en la hora de la muerte lamentaba haber sido párroco…

La sexta y más poderosa es que, habiendo hecho voto de vivir y de morir en la compañía y no pudiendo vivir en ella con la posesión de un beneficio, lo cual es incompatible, necesariamente hay que renunciar a él, si no se quiere sin más ni más renunciar a la vocación. Además, esto va contra el voto de pobreza…

Medios para remediar este inconveniente

El primero, olvidarse de los parientes, despojarse de ese afecto pernicioso que nos hace desear beneficios para elevar su posición, cuando los alcancemos; ésa es de ordinario la causa de tales cavilaciones…

El segundo, ir a verlos las menos veces que sea posible y hablar con ellos cuanto menos mejor; pues las proposiciones de beneficios proceden ordinariamente de los parientes que, por un amor insensato, son con frecuencia la culpa de nuestra perdición…

El tercero, tener en mucha estima nuestra vocación, considerando que el mayor beneficio que podemos alcanzar es ser misionero, diciendo como David: Elegi abjectus esse in domo domini mei, etcétera.

El cuarto, no escribir jamás ni recibir ninguna carta, sin enseñársela al superior; acercarse lo menos posible a los prelados, a no ser cuando nos envíen los superiores; tener las menos visitas posibles de los externos, especialmente de las personas constituidas en dignidad…

Descubrir oportunamente esta tentación al director, diciéndole incluso los medios que hemos meditado de antemano para llevar a cabo nuestra empresa…

En fin, entregarse a Dios de todo corazón en la compañía, sin mirar nunca detrás de sí ni pensar en los parientes o amigos, diciendo: Pater meus et mater mea dereliquerunt me, Dominus autem assumpsit me, Deus pars haereditatis meae et calicis mei, etcétera.

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