PRIVACIONES QUE IMPONE A LA COMUNIDAD LA HELADA DE LAS VIÑAS
El padre Vicente pone el ejemplo de las ciudades sitiadas y de los barcos en apuros, donde se reduce el alimento y la bebida. Anuncia a la comunidad que la ración de vino se reducirá a un cuarto de litro y la invita a someterse a la voluntad de la providencia.
Un día, habiéndose helado los trigos y las viñas con los fríos tardíos, el santo habló a los suyos y terminó su discurso con estas palabras:
Hemos de gemir bajo la carga de los pobres y sufrir con los que sufren; si no, no somos discípulos de Jesucristo. ¿Qué vamos a hacer? Los habitantes de una ciudad asediada miran de vez en cuando los víveres de que disponen. ¿Cuánto trigo tenemos? Tanto. ¿Cuántas bocas? Tantas. Y según esto tasan el pan que debe tener cada uno y dicen: «Con dos libras por día, podemos tirar hasta tal fecha». Y cuando ven que el asedio puede durar más y que los víveres van disminuyendo, se limitan a una libra de pan, a diez onzas, a seis o a cuatro onzas para resistir más tiempo e impedir ser conquistados por el hambre. Y en el mar, ¿qué es lo que hacen cuando un barco ha sido arrojado por la tempestad y detenido mucho tiempo en algún rincón? Cuentan las galletas, toman nota del agua que queda y, si hay poco para poder llegar adonde desean ir, disminuyen la ración; y cuanto más tardan, más la racionan. Pues bien, si los gobernadores de las ciudades y los capitanes de los barcos obran de ese modo, y si la prudencia misma requiere que obren con esa precaución, ya que de otra forma podrían perecer, ¿por qué no vamos a hacer nosotros lo mismo? ¿Acaso los demás ciudadanos no recortan también su presupuesto y las mejores casas no miden también su vino, al ver que este año no se podrá vendimiar y quizás resulte difícil encontrar vino el año que viene? Ayer mismo, algunas personas de la ciudad de buena posición, que vinieron a verme, me decían que en la mayor parte de las casas tendrían que privar totalmente de vino a sus sirvientes; les dirán: «Buscadlo vosotros; aquí no hay vino más que para el dueño».
Todo esto, hermanos míos, nos ha hecho pensar en lo que teníamos que hacer; ayer reuní a los sacerdotes antiguos de la compañía para pedirles su parecer; hemos creído conveniente reducir el vino a un cuarto de litro por comida, por este año. Esto les disgustará a algunos que creen necesitar un poco más; pero como están acostumbrados a someterse a las órdenes de la providencia y a superar sus apetitos, sabrán aceptar este contratiempo, lo mismo que hacen cuando se trata de otra clase de mortificación, que no se quejan. Quizás algunos se quejen por estar apegados a sus propias satisfacciones: espíritus carnales, hombres sensuales e inclinados a sus placeres, que no quieren perder ninguno y que murmuran de todo lo que no les sale a su gusto. ¡Oh Salvador, líbranos de este espíritu de sensualidad!.







