Vicente de Paúl, Conferencia 130: Conferencia Del 30 De Mayo De 1659

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA CARIDAD

(Reglas comunes, cap. 2, art. 12)

El padre Vicente enumera los diversos actos de caridad con el prójimo.

Mis queridísimos hermanos, éste es el artículo 12 del capítulo segundo de las máximas evangélicas que figura en nuestras reglas:

Los actos de caridad con el prójimo estarán siempre en vigor entre nosotros, como son: primero, hacer a los demás el bien que querríamos razonablemente que nos hicieran; 2.° no contradecir nunca a nadie, y verlo todo bien en nuestro Señor; 3.° soportarnos mutuamente sin murmurar; 4.° llorar con los que lloran; 5.° alegrarse con los que se alegran; 6.° adelantarse a honrarnos mutuamente; 7.° demostrar afecto a los demás y servirles cordialmente. En resumen, hacerse todo a todos para ganarlos a todos para Jesucristo. Todo esto se entiende, en el caso de que no haya nada en contra de los mandamientos de Dios o de la Iglesia ni contra nuestras reglas o constituciones.

Así pues, hermanos míos, el tema de la conferencia de esta tarde es sobre la caridad con el prójimo o, mejor dicho, sobre los actos que proceden de esta caridad, sobre las obras que tiene que realizar.

Esta caridad es de obligación; es un precepto divino que abarca otros. Todos saben que en el amor de Dios y del prójimo están comprendidos toda la ley y los profetas (2), Todo se condensa en ello; todo se dirige allá; y este amor tiene tanta fuerza y primacía que el que lo posee cumple las leyes de Dios, ya que todas se refieren a este amor, y este amor es el que nos hace hacer todo lo que Dios pide de nosotros; qui enim diligit proximum legem implevit.

Pues bien, esto no se refiere únicamente al amor de Dios sino a la caridad con el prójimo por amor de Dios; fijaos bien, por amor de Dios; esto es tan grande que el entendimiento humano no lo puede comprender; es menester que nos eleven las luces de lo alto para hacernos ver la altura y la profundidad, la anchura y la excelencia de este amor.

Santo Tomás propone la cuestión siguiente: ¿quién es el que más merece? ¿el que ama a Dios y descuida el amor al prójimo o el que ama al prójimo por amor de Dios? Y da él mismo la respuesta a esta duda, diciendo que es más meritorio amar al prójimo por amor de Dios que amar a Dios sin entrega al prójimo. Y lo prueba así, de una forma que parece paradójica: «Dirigirse al corazón de Dios, encerrar en él su amor por completo, no es lo más perfecto, ya que la perfección de la ley consiste en amar a Dios y al prójimo». Dadme a un hombre que ame a Dios solamente, un alma elevada en contemplación que no piense en sus hermanos; esa persona,sintiendo que es muy agradable esta manera de amar a Dios, que le parece que es lo único digno de amor, se detiene a saborear esa fuente infinita de dulzura. Y he aquí otra persona que ama al prójimo, por muy vulgar y rudo que parezca, pero lo ama por amor de Dios. ¿Cuál de esos dos amores creéis que es el más puro y desinteresado? Sin duda que el segundo, pues de ese modo se cumple la ley más perfectamente. Ama a Dios y al prójimo. ¿Qué más puede hacer? El primero no ama más que a Dios, mientras que el segundo ama a los dos. Hemos de entregarnos a Dios para imprimir estas verdades en nuestras almas, para dirigir nuestra vida según este espíritu y para hacer las obras de este amor. No hay nadie más obligado a ello que nosotros y ninguna comunidad que tenga que dedicarse más al ejercicio de una caridad cordial.

¿Y por qué? Porque Dios ha suscitado a esta compañía, como a todas las demás, por su amor y beneplácito. Todas tienden a amarle, pero cada una lo ama de manera distinta: los cartujos por la soledad, los capuchinos por la pobreza, otros por el canto de sus alabanzas; y nosotros, hermanos míos, si tenemos amor, hemos de demostrarlo llevando al pueblo a que ame a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo. Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas. ¡Si supiéramos lo que es esta entrega tan santa! ¡Jamás lo comprenderemos bien en esta vida, pues si lo comprendiéramos, obraríamos de manera muy distinta, al menos yo, miserable de mí!

Por tanto, nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra; ¿para qué? Para abrazar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo consuma todo? Mis queridos hermanos, pensemos un poco en ello, si os parece. Es cierto que yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo. He de amar a mi prójimo, como imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que a su vez los hombres amen a su Creador, que los conoce y reconoce como hermanos, que los ha salvado, para que con una caridad mutua también ellos se amen entre sí por amor de Dios, que los ha amado hasta el punto de entregar por ellos a la muerte a su único Hijo (6), Esa es mi obligación. Dios mío, ¡cuántas faltas contra esto! ¡qué poco he conocido la importancia de mi regla y qué poca atención he puesto en esa caridad activa y pasiva a la que Dios me llama! Todos hemos de estar convencidos de ello delante de Dios. Digámosle todos: «Dios mío, ¡qué atrasado estoy en este punto!; perdóname las faltas pasadas y concédeme la gracia de que tu santo amor se imprima bien hondo en mi alma, que sea la vida de mi vida y el alma de mis acciones, para que, al salir fuera, entre y actúe también en las almas a las que yo me entregue».

Pues bien, si es cierto que hemos sido llamados a llevar a nuestro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios, si hemos de inflamar con él a todas las naciones, si tenemos la vocación de ir a encender este fuego divino por toda la tierra, si esto es así, ¡cuánto he de arder yo mismo con este fuego divino! ¡Cómo he de inflamarme en amar a aquello con quienes vivo, edificando a mis propios hermanos por el ejercicio del amor e impulsándoles a que practiquen los actos que de él emanan! En la hora de la muerte veremos lo mucho que hemos perdido sin remedio, si no todos, al menos los que no tienen ni practican como es debido esta caridad fraterna. ¿Cómo se la daremos a los demás, si no la tenemos entre nosotros? Observemos bien si existe, no ya en general, sino cada uno dentro de sí, y si ha alcanzado el grado que debía; pues, si no es ardiente, si no nos amamos mutuamente como nos amó Jesucristo y no producimos actos semejantes a los suyos, ¿cómo vamos a esperar que podremos llevar este amor por todo el mundo? No se puede dar lo que no se tiene. ¿Cómo una congregación que no tiene ese amor, podrá inflamar los corazones con la verdadera caridad?

Convendría explicar aquí esta virtud según nuestro método habitual y decir en qué consiste; pero vamos a dejarlo; todos lo sabéis; fijémonos en sus efectos.

¿Cuál es su primer acto? ¿Qué produce en el corazón que está animado por ella? ¿Qué es lo que sale de él, y lo que no sale del corazón de un hombre que está privado de ese amor y no tiene más que movimientos animales? Hacer a los demás lo que razonablemente querríamos que nos hicieran a nosotros: en eso consiste el quid de la caridad. ¿Es verdad que yo le hago al prójimo lo que deseo de él? ¡Es un examen muy serio el que tenemos que hacer! Pero ¿cuántos misioneros hay que tengan al menos esta disposición interior? ¡Dios mío! ¿Dónde están? Se encontrarán muchos como yo, que no se preocupan de dar a los demás lo que les gustaría recibir de ellos; y si no existe este afecto, no hay caridad; pues la caridad hace que le hagamos al prójimo el bien que con justicia se puede esperar de un amigo fiel.

Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡qué llama de amor! Jesús mío, dinos, por favor, qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tormentos que has recibido. ¡Oh Salvador! ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Hermanos míos, si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás.   Este primer acto enciende la luz en el entendimiento; esta luz produce la estima, y la estima mueve la voluntad al amor; hace que la persona que ama tenga el convencimiento de que ha de honrar y amar a su prójimo, que se llene de este sentimiento y lo demuestre en sus palabras y acciones.

El que tiene este afecto y este cariño al prójimo, ¿podrá hablar mal de él? ¿podrá hacer algo que le disguste? Si tiene estos sentimientos en el corazón, ¿podrá ver a su hermano y a su amigo sin demostrarle su amor? De la abundancia del corazón habla la boca (8); de ordinario, las acciones exteriores son un testimonio de lo interior; los que tienen verdadera caridad por dentro, la demuestran por fuera. Es propio del fuego iluminar y calentar, y es propio del amor respetar y complacer a la persona amada. ¿Hemos sentido alguna vez cierta falta de estima y de afecto a algunas personas? ¿No nos hemos entretenido más o menos en pensar a veces contra ellas? Si es así, es que no tenemos esa caridad que expulsa los primeros sentimientos de menosprecio y la semilla de la antipatía; pues, si tuviéramos esa divina virtud, que es una participación del Sol de justicia (9), disiparía esa humareda de nuestra corrupción y nos haría ver lo que hay de bueno y de hermoso en nuestro prójimo, para honrarle y quererle. Confieso que, si a veces se ha notado entre nosotros algún descuido en esto, ahora Dios nos mira con ojos de misericordia.

Aquí el padre Vicente levantó agradecido los ojos al cielo y repitió:

¡Dios nos mira con ojos de misericordia! Ha tenido piedad de nosotros, apartando de la compañía a algunos espíritus mal hechos que eran la causa de esta mengua de amor, de modo que últimamente me decían: «Fíjese, padre, parece que vivimos aquí como niños, en la libertad de la inocencia y en el ejercicio mutuo de una sincera amistad; no se oye a nadie presumir ni decir palabras mordaces; todos se respetan; nadie se eleva por encima de los demás».

¡Oh Salvador!, tú que has desterrado de la compañía los actos contrarios a este primer acto de caridad, consérvala en esta cordial unión en que ahora se encuentra, por tu gracia. No permitas que se vea nunca agitada por un soplo de orgullo, ni por el espíritu de división, que la echaría a perder, ni que se sienta jamás en la situación en que otras veces se ha visto desgraciadamente; hablo de otras veces, pues ya hace tiempo que tu bondad la ha sacado de allí; de modo que dentro de veinte años, de cincuenta años, siempre, pueda vivir esta compañía en esta cordialidad y aprecio mutuo.

Os ruego, padres, que se lo pidáis frecuentemente a Dios y que recéis mutuamente unos por otros, para que los misioneros se amen siempre entre sí. Consolémonos de que así ocurra al presente y pidamos a Dios que no permita que abandonemos alguna vez esta práctica del amor fraterno. Bien, pasemos a los otros actos.

El segundo acto de la caridad consiste en no contradecir a nadie. Estamos juntos; se habla de algo bueno; uno dice lo que le parece y otro le replica indiscretamente: «No es así; usted no me lo sabría demostrar». Hacer esto es herir al que se le contradice; si no es humilde, querrá sostener su opinión, y ya está la discusión que acabará matando la caridad. No ganaré nunca a mi hermano contradiciéndole, sino aceptando buenamente en nuestro Señor lo que él propone; quizás tenga él razón, y no yo; él quiere contribuir a mantener una conversación amable, y yo me empeño en convertirla en disputa; lo que dice, lo dice en un sentido que, si yo lo supiese, lo aprobaría. ¡Fuera, pues, la contradicción que divide los corazones! Evitémosla como una fiebre que quita la razón, como una peste que lleva consigo la desolación, como un demonio que destruye las más santas congregaciones, echemos a ese maldito espíritu con nuestras oraciones; elevémonos a Dios con frecuencia, y sobre todo cuando tengamos ocasión de entrar en los sentimientos del otro, para que nos conceda la gracia de obrar así, en vez de contradecirles y entristecerlos; ellos dicen buenamente lo que piensan, aceptemos también nosotros buenamente lo que dicen. Si algunos critican o se burlan, si así fuese, (¡no lo permitas nunca! ¡oh, Salvador!), no hay que reprenderles en público; no, no es eso lo que indican la regla, ni la teología, ni las máximas del envangelio; hay que hacerlo en particular y en secreto.

Algunas veces me he puesto a pensar si nuestro Señor corrigió en alguna ocasión a los discípulos en presencia de los demás; sólo se me ha ocurrido un ejemplo, cuando contradijo a Pedro diciéndole: «Satanás», y esto en el campo; y otra vez que se gloriaba de que seguiría al Maestro hasta la muerte: «Esta noche me negarás tres veces».

Sea lo que fuere, vemos que nuestro Señor fue muy reservado en contradecir; ¿por qué no lo vamos a ser nosotros? El tenía derecho a reprochar en público a los suyos, ya que era el camino y la verdad; pero nosotros, que podemos extraviarnos, hemos de tener mucho cuidado en no contradecir nunca a los que hablan, por miedo a dejarlos confundidos, promover una discusión y combatir la verdad. Entreguémonos a Dios, padres, para evitarlo. Si somos de opinión contraria, o callémonos, o digamos sencillamente las cosas como las sabemos, sin impugnar el sentido que los otros les dan, ni la manera con que las refieren, creyendo que tienen razón al hablar así. Por eso dice san Pablo que la caridad es benigna (13). Y éste es el segundo acto.

El tercero se muestra en la tolerancia mutua de nuestras debilidades. ¿De quién diremos que es perfecto? Nadie es perfecto en la tierra. Y ¿quién no es imperfecto? Pues si todos los hombres tienen algún defecto, ¿quién no tiene necesidad de que lo soporten? El que se examine bien, notará en sí mismo muchas debilidades y defectos, y reconocerá incluso que no es capaz de impedirlos ni, por consiguiente, de ser una molestia para los demás. Y esto, tanto en el cuerpo como en el espíritu. A veces se encontrará uno, como a todos nos pasa, con cierta antipatía extraña en contra de otro que, aunque no sea malo, nos resulta desagradable en todo lo que hace: si mira, si escucha, si habla, si hace algo, todo nos parecerá mal, por la mala disposición de nuestra naturaleza. Otro hablará con claridad, observando todas las reglas gramaticales; pero sus ideas nos parecerán oscuras y sus palabras vacías, sólo por esa antipatía que le tenemos y que, sin embargo, no es voluntaria; por eso, si él llega a darse cuenta, nos alegramos de que lo comprenda y nos excuse; ¿por qué no le vamos a excusar nosotros a él cuando nos ponga mala cara o reproche nuestras palabras y nuestras acciones? Esa antipatía que le tenemos, podría también él tenerla hacia nosotros. Unas veces estamos alegres y otras tristes; ayer nos veían llenos de gozo y hoy hundidos en la melancolía. Si queremos que los demás tengan paciencia con nosotros en estos excesos de nuestro buen o mal humor, ¿no es justo que nosotros la tengamos con ellos en ocasiones semejantes?

Hagámonos un buen reconocimiento; que cada uno examine sus piezas, las debilidades de su cuerpo, el desorden de sus potencias, su inclinación al mal, la exuberancia de su imaginación, su infidelidad y su ingratitud para con Dios y su mala conducta con los hombres; encontraremos en nosotros más actos de malicia y más motivos para humillarnos que en cualquier otro hombre que hayamos podido conocer. Entonces que cada uno se atreva a decirse a sí mismo: «Soy el pecador más grande y el hombre más insoportable». Sí, si nos estudiamos bien, veremos que somos una carga muy grande para todos los que tratan con nosotros; el que conoce todas sus miserias, que es un fruto de la gracia de Dios, estad seguros que verá muy bien la obligación que tiene de soportar también a todos los demás; no verá ya faltas en ellos o, si las ve, las comparará con las suyas; y de esta forma, en medio de su debilidad, soportará con caridad a su prójimo. ¡Admirable paciencia la de nuestro Señor! Fijaos en ese poste que sostiene todo el peso del techo; sin él, todo se derrumbaría; también Jesucristo nos ha sostenido en todas nuestras caídas, nuestras cegueras y nuestra pesadez de espíritu. Todos estábamos como aplastados de iniquidades y de miserias corporales y espirituales, y nuestro bondadosos Salvador se las ha cargado para sufrir su pena y su oprobio. Si lo pensamos bien, veremos el castigo y desprecio que merecemos, por ser tan culpables, sobre todo yo, miserable porquero, que voy acumulando faltas día tras día por mis malos hábitos y por mi ignorancia, que es tan grande que casi no sé lo que digo.

Acabo de decir que, cuando uno se conoce bien, sabe soportar fácilmente a los demás… Ahora no sé dónde estoy ni adónde voy… Tened paciencia conmigo, por favor. ¿Qué significa eso de soportarse? Se trata de aquello: alter alterius onera pórtate. ¿Qué es lo que hacéis al soportaros mutuamente?: cumplís la ley de Jesucristo. Digámosle todos: «Señor mío, en adelante sólo quiero fijarme en mis propios defectos; haz que, desde ahora, iluminado por el esplendor de tu ejemplo, lleve a todos los hombres en mi corazón y los soporte con tu ayuda; concédeme la gracia de obrar así e inflama mi corazón en tu amor».

Y paso enseguida al cuarto efecto de la caridad. Consiste en no ver sufrir a nadie sin sufrir con él, no ver llorar a nadie sin llorar con él. Se trata de un acto de amor que hace entrar a los corazones unos en otros para que sientan lo mismo, lejos de aquellos que no sienten ninguna pena por el dolor de los afligidos ni por el sufrimiento de los pobres. ¡Qué cariñoso era el Hijo de Dios! Le llaman para que vaya a ver a Lázaro; va; la Magdalena se levanta y acude a su encuentro llorando; la siguen los judíos llorando también; todos se ponen a llorar. ¿Qué es lo que hace nuestro Señor? Se pone a llorar con ellos (15), lleno de ternura y compasión. Ese cariño es el que lo hizo venir del cielo; veía a los hombres privados de su gloria (16) y se sintió afectado por su desgracia. También nosotros hemos de sentir este cariño por el prójimo afligido y tomar parte en su pena. ¡Oh, san Pablo, qué sensible eras tú en este punto! ¡Oh, Salvador, que llenaste a este apóstol de tu espíritu y de tu cariño, haznos decir como él: Quis infirmatur, et ego non infirmor?: ¿hay algún enfermo, con el que yo no me sienta enfermo?

¿Y cómo puedo yo sentir su enfermedad sino a través de la participación que los dos tenemos en nuestro Señor, que es nuestra cabeza? Todos los hombres componen un cuerpo místico; todos somos miembros unos de otros (18), Nunca se ha oído que un miembro, ni siquiera en los animales, haya sido insensible al dolor de los demás miembros; que una parte del hombre haya quedado magullada, herida o violentada, y que las demás no lo hayan sentido. Es imposible. Todos nuestros miembros están tan unidos y trabados que el mal de uno es mal de los otros. Con mucha más razón, los cristianos, que son miembros de un mismo cuerpo y miembros entre sí, tienen que padecer juntos. ¡Cómo! ¡ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias.

También es un acto de caridad alegrarse con los que se alegran. Ella nos hace entrar en los motivos de su alegría. Nuestro Señor ha querido con sus máximas hacer que seamos una sola cosa espiritualmente en la alegría y en la tristeza; desea que entremos en los sentimientos de todos los demás. El evangelio de san Juan nos cuenta que el bendito precursor, hablando de sí y de Jesucristo, decía que el amigo del esposo se llena de alegría al oír su voz. «Mi gozo, exclamaba, ya se ha cumplido; es preciso que él crezca y que yo mengüe». Alegrémonos también cuando oigamos la voz de nuestro prójimo que se alegra, ya que nos representa a nuestro Señor; alegrémonos de sus éxitos y de que nos supere en el honor y el aprecio del mundo, en talento, en gracia y en virtudes. Así es como hemos de entrar en estos sentimientos de alegría.

También hemos de sentir con él cuando tenga algún motivo de tristeza; hagamos por virtud lo que hacen muchas veces las gentes del mundo por respeto humano. Cuando van a ver a una persona afligida que ha perdido a su padre, a su esposa, a un pariente, ¿qué es lo que hacen? De ordinario, se visten de negro; si tienen joyas, adornos u otras señales de alegría, se las quitan y van cubiertos de luto; al llegar, muestran un aspecto triste y acercándose a la persona afligida le dicen: «¡Ay! No sé como expresarle el dolor que siento por la pérdida que hemos sufrido; me siento inconsolable; quiero mezclar mis lágrimas con las suyas»; y otras palabras por el estilo, para demostrar que participan de su aflicción.

¿De dónde proviene esta costumbre? Sabéis mejor que yo que las buenas ceremonias de los cristianos son muy antiguas; tienen su origen en el evangelio y en las cartas de san Pablo. Los primeros cristianos solían visitarse, compadecerse y consolarse mutuamente. Esos deberes de amistad han llegado hasta nosotros, proceden del fondo del cristianismo, que hizo esto y lo sigue haciendo todavía. No se ve nada parecido entre los turcos, ni entre los indios, ni siquiera entre los judíos; nunca se descubren para saludarse. Así pues, en su origen estas cosas eran acciones de caridad, y lo malo es que las hemos separado de su fuente; ordinariamente se usan mal ahora en la forma en que se hacen, ya que se hacen por ostentación, por zalamería, por interés o por afecto natural, y no por esa unidad de espíritu y de sentimiento que vino a traer a su Iglesia el Hijo de Dios, para que los fieles, teniendo un mismo espíritu con Jesucristo, y como miembros suyos, se alegrasen o entristeciesen con la alegría o la tristeza de sus hermanos. Según esto, hemos de considerar las desgracias de los demás como si fueran nuestras.

He aquí cinco o seis actos de caridad; y ahora otro: que nos adelantemos a honrar a los otros 21. ¿Por qué? Porque si no, parecería como si nos rehuyéramos o nos comportáramos como señores, como gente importante o como fríos; y eso cerraría nuestros corazones, mientras que lo contrario los abre y los ensancha. La humildad es un producto auténtico de la caridad que, cuando llega la ocasión, nos hace que nos adelantemos a honrar y respetar al prójimo y, de esta forma, nos ganemos su afecto. ¿Quién no ama a una persona humilde? Un león feroz, dispuesto a devorar a otro animal que quisiera resistirle, si lo ve derribado, y, por así decir, humillado a sus pies, se aplaca enseguida. ¿Qué puede hacerse con una persona que se humilla, sino amarla? Un misionero que se arrodilla ante los señores obispos, ante los señores párrocos, como un valle que atrae el agua de las montañas, recibe fácilmente su bendición y su benevolencia. Y si entre nosotros practicamos ese mismo respeto, practicaremos también la humillación, ya que la humildad, por ser hija del amor, fomenta la unión y la caridad.

El último efecto de la caridad es testimoniar afecto. Hemos de demostrarnos mutuamente que nos queremos de corazón. Hemos de adelantarnos a los demás, para ofrecerles cordialmente nuestros servicios y nuestras ganas de complacerles. «¡Cómo me gustaría demostrarle el cariño que le tengo!». Y, después de habérselo dicho con los labios, confirmárselo con las obras, sirviendo efectivamente a cada uno y haciéndose todo para todos. No basta con tener caridad en el corazón y en las palabras; tiene que pasar a las obras y entonces será perfecta y fecunda, al engendrar el amor en los corazones de aquellos a quienes queremos y ganando a todo el mundo.

Cuando se practican todos estos actos 22, a saber: 1.° hacer a los demás el bien que razonablemente querríamos que nos hicieran; 2.° no contradecir nunca a nadie y verlo todo bien en nuestro Señor; 3.° soportarnos mutuamente sin murmurar; 4.° llorar con los que lloran; 5.° alegrarse con los que se alegran; 6.° adelantarse a honrarnos mutuamente; 7.° demostrar afecto a los demás y servirles cordialmente, en una palabra, hacerse todo a todos para ganarlos a todos para Jesucristo; ¿qué es lo que hacemos cuando practicamos estas cosas? Ocupamos el lugar de nuestro Señor, que fue el primero en practicarlas. El ocupó el último lugar; hagamos nosotros lo mismo. El vino a demostrar su amor a los hombres y les previno con sus bendiciones; démosle también nosotros al prójimo pruebas de nuestro afecto, no de forma importuna e indiscreta, sino a propósito, con moderación y tino. Y practicar de este modo los demás actos a su debido tiempo y lugar, con tal que estos actos no sean contrarios, como dice la regla, a la ley de Dios, ni a nuestras reglas y constituciones, porque entonces la caridad no podría permitirlo. Fuera de esto, hagamos el bien siempre y en todas partes, cuando se presente la ocasión, que será frecuentemente; y cuanto mejor obremos en el espíritu de nuestro Señor, tanto más agradables seremos a sus ojos. En fin, padres, si Dios les concede esta gracia a los misioneros, ¿qué os parece que sería esta compañía? Su vida sería una vida de amor; sería la vida de los ángeles, la de los bienaventurados; sería el paraíso del cielo y de la tierra, si Dios nos concediera esta gracia de amarnos mutuamente. Se ha dicho que viviremos como hijos, pero entonces se dirá: «Como viven los bienaventurados y los ángeles entre sí».

¡Oh Salvador, que viniste a traernos esta ley de amar al prójimo como a sí mismo, que tan perfectamente la practicaste entre los hombres, no sólo a su manera, sino de una forma incomparable! ¡Sé tú, Señor, nuestro agradecimiento por habernos llamado a este estado de vida de estar continuamente amando al prójimo, sí, a este estado y profesión de entrega a este amor, ocupados en el ejercicio actual del mismo o en disposición de ello, abandonando incluso cualquier otra ocupación para y dedicarnos a las obras caritativas! De los religiosos se dice que están en un estado de perfección; nosotros no somos religiosos, pero podemos decir que estamos en un estado de caridad, ya que estamos continuamente ocupados en la práctica real del amor o en disposición de ello.

¡Oh Salvador! ¡Qué feliz soy por estar en un estado de amor al prójimo, en un estado que de suyo te habla, te suplica y te presenta incesantemente lo que hago en favor de él! Concédeme la gracia de conocer mi dicha y de querer mucho este estado bendito, para que contribuya de este modo a que esta virtud aparezca en la compañía ahora, mañana y siempre. Amén.

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