SOBRE LA MORTIFICACION
(Reglas comunes, cap. 2, art. 8 y 9)
El padre Vicente exhorta a la compañía a la práctica del renunciamiento. Invita especialmente a los misioneros a renunciar al afecto desordenado a los parientes. Diversos medios para trabajar en esta completa renuncia de sí mismo.
Hemos llegado, hermanos míos, al octavo capítulo de las máximas evangélicas, que es el siguiente:
Puesto que Jesucristo ha dicho: «El que quiera venir en pos de mí, renuncie a sí mismo y lleve su cruz cada día», y san Pablo añadió con este mismo espíritu: «Si vivís según la carne, moriréis; pero si, por medio del espíritu, mortificáis los movimientos de la carne, viviréis», todos trabajarán cuanto puedan en esto, o sea, en la mortificación continua de su propia voluntad y de su propio juicio y de todos sus sentidos.
Si el artículo noveno no dice lo mismo, al menos se le parece mucho; dice así:
Igualmente todos renunciarán al afecto inmoderado a sus parientes, según el consejo de Jesucristo, que excluye del número de sus discípulos a todos aquellos que no odian a su padre, a su madre, a sus hermanos y hermanas, y que promete el ciento por uno en este mundo y la vida eterna en el otro a quienes los hayan dejado por seguir el consejo del evangelio; haciéndonos ver de esta forma el gran obstáculo que elapego a la carne y a la sangre supone para la perfección cristiana. Sin embargo, no hay que dejarlos de amar, pero con un amor espiritual y según el espíritu de Jesucristo.
Este es, hermanos míos, el tema de la conferencia de esta tarde, que habla por sí mismo. Esta regla es tan evidente e inteligible que me parece que probaría vuestra paciencia hablando de una cosa tan clara y que sería oscurecer su sentido empeñarme en añadirle nuevas ideas.
Se trata de un consejo que les da nuestro Señor a quienes desean seguirle, a quienes se presentan a él para eso. «¿Queréis venir en pos de mí? Muy bien. ¿Queréis conformar vuestra vida a la mía? Perfectamente. Pero ¿sabéis que hay que comenzar por renunciar a vosotros mismos y seguir llevando vuestra cruz?». Pues bien, esto no se les concede a todos, sino a unos pocos; de ahí que muchos millares de personas, que le seguían para escucharle, lo abandonaron y se retiraron, por no haber sido encontrados dignos de ser sus discípulos, ya que no lo seguían dispuestos de la manera con que nuestro Señor decía que había que estarlo. No estaban en la disposición de vencerse a sí mismos. «Yo lo quiero, les decía, seguidme; pero hay que hacer dos cosas: la primera, renunciar a vosotros mismos, esto es, dejar al viejo Adán; y la segunda, llevar vuestra cruz, y esto todos los días. Y sobre este fundamento, mirad a ver si sois capaces de seguirme y de permanecer en mi escuela».
Por tanto, hay que renunciar a sí mismo; se trata de una necesidad para el que quiera ser discípulo de este divino maestro. Hemos de ver de cuántas maneras renuncia uno a sí mismo; lo que voy a decir, lo sacaré en parte de la misma regla, que señala cuatro, y en parte de san Basilio, cuya lectura es muy interesante en este caso.
Así pues, ¿qué es lo que quiere decir renunciar a sí mismo? La regla nos dice que es renunciar a su juicio, a su voluntad, a sus sentidos y a sus parientes. ¡Qué vida, padres, esa de renunciar a sí mismo por amor de Dios, acomodar su juicio al del prójimo, someterse por virtud a los superiores, atenerse todos al juicio que Dios tiene de las cosas! Esto es lo que hacía nuestro Señor. Por juicio se entiende la ciencia, la inteligencia, el entendimiento. Pues bien, el Hijo de Dios quería que se supiese que él no tenía juicio propio, que su juicio era el del Padre por medio de estas palabras: Mea doctrina non est mea, sed ejus qui misit me, mi conocimiento y mi entendimiento no son míos, sino de mi Padre; yo me fijo en el juicio que él hace de las cosas y juzgo de la misma forma. ¡Hermanos míos! ¡Hermanos míos! ¡qué ventaja para un cristiano someter sus luces y su razón por amor de Dios! ¡Qué maravilla! Esa fue la práctica de nuestro Señor: renunciar a su propio juicio. ¿Quién renuncia mejor a sí mismo que el que somete su juicio? Se plantea una cuestión, y cada uno expone su parecer. Pues bien, para renunciar a sí mismo en esta ocasión, no hay que negarse a decir lo que uno piensa, sino que hay que someter sus razones, y el que tiene el juicio sumiso prefiere seguir el juicio de los demás antes que el suyo. Nuestro Señor, que era la misma sabiduría, no hace uso de su juicio, sino que se somete a su Padre. Y nosotros, para ser verdaderos misioneros y discípulos suyos, hemos de someter el juicio a Dios, a nuestras reglas, a la santa obediencia y a todos los hombres, por medio de la condescendencia; en eso está la virtud. Como os decía hace poco, san Vicente Ferrer opinaba que el medio para santificarse era acomodarse al juicio de otro, renunciando al nuestro. Así pues, ajustemos nuestro juicio, lo mismo que nuestro Señor, al juicio de Dios, tal como lo conocemos en las sagradas escrituras. No hagamos ningún uso del nuestro, a no ser en los asuntos en que ni nuestras reglas ni los superiores digan alguna cosa. Entonces, in nomine Domini, podremos formar nuestro razonamiento según el sentido más conforme con el espíritu del evangelio.
Renunciar a su voluntad: Quae placita sunt el, facio semper; yo hago siempre la voluntad de Dios. Esto es lo que decía y hacía la misma sabiduría, nuestro Señor, su Hijo. Si quisiera su divina bondad concedernos la gracia de hacer siempre la voluntad de Dios, de las reglas y de la obediencia, entonces seríamos dignos de estar en su escuela; pero mientras que sigamos nuestra propia voluntad, Señor mío, no estaremos en la debida disposición para seguirte, ni tendremos ningún mérito para soportar nuestras fatigas, ni participación contigo, mientras que sucederá lo contrario si realmente renunciamos a nuestra propia voluntad por amor de Dios.
La tercera cosa que hemos de mortificar son nuestros sentidos exteriores e interiores; hemos de vigilarlos continuamente y procurar sujetarlos a Dios. ¡Miserable de mí! ¿cómo me atrevo a hablar así, estando tan alejado de esta práctica y disipado continuamente en mi vista y mi oído, y tan sensual en mi gusto? Concédeme la gracia, Dios mío, de perdonarme el pasado y de mortificarme en el futuro. La curiosidad por ver es frecuente y peligrosa; y me siento tentado por esta pasión. La curiosidad por oír, ¡cuánta fuerza tiene también en el espíritu! Si algunos se dejan llevar por estos deseos desarreglados de la vista y del oído, tienen que rezarle mucho a nuestro señor Jesucristo, para que les conceda la gracia de renunciar a ello. La curiosidad perdió a nuestro primer padre, y él efectivamente se habría perdido si no se hubiera encontrado a sí mismo por la penitencia, como se dice en la Sabiduría. La curiosidad en el tacto puede tener también malas consecuencias. Pues bien, habrá que velar mucho sobre nosotros mismos, para no soltar nunca la brida a estas pasiones, ni dar contento a nuestro sentido.
La regla dice también una cosa que parece dura, pero ante la que hemos de bajar la cabeza; el Hijo de Dios ha dicho claramente que, para renunciar a nosotros mismos, hemos de odiar a nuestros padres; esto ha de entenderse, en el caso de que ellos nos quieran impedir seguir tras de él; pues cuando nos llevan a él, o nos dejan seguirle, no pretende que los odiemos, sino sólo cuando nos apartan de él; entonces, qui non odit patrem suum et matrem et uxorem et filios et fratres et sorores, adhuc autem et animan suam, non potest meus esse discípulus; el que no odia a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia alma, no puede ser su discípulo. No se trata propiamente de odiarlos, sino sólo de portarse como si se les odiase, esto es, abandonarlos, desobedecerles, etcétera, cuando traten de impedirnos que obedezcamos a Dios y sigamos a nuestro señor Jesucristo.
Creo, padres, que nuestro Señor lo entendió de esa manera: que hay que abandonar a los padres que se oponen a la felicidad de sus hijos, que quieren entregarse a Dios; en ese caso hay que renunciar al afecto de los padres. Pero, padre, nuestro Señor no lo hizo, ya que vivió siempre con san José y la santísima Virgen, y trató con sus parientes. Sí, pero sus padres tenían siempre su entendimiento y sus deseos sujetos a ese divino niño y sus acciones y afectos se conformaban con la divina voluntad gracias a la sabiduría adorable y a la providencia eterna del Padre, que lo había hecho el director y la guía de san José y de la santísima virgen. Y nuestros parientes, por el contrario, muchas veces están lejos de esta sumisión a los designios de Dios y se empeñan en impedirnos -que lo sigamos; y entonces tenemos que odiarlos y abandonarlos. Pero no son así. Mejor entonces; hemos de amarlos en nuestro Señor, no ya sintiendo afecto hacia ellos por ser buenos, sino porque se despegan de nosotros, para que seamos mejores siguiendo a nuestro común Salvador, que es el único perfecto.
Dicen los cánones que los padres o las madres que se encuentren en un caso de extrema necesidad tienen derecho a reclamar a sus hijos, en cualquier lugar o condición en que se hallen, para ser socorridos por ellos en medio de sus sufrimientos, cuando se trata de una necesidad natural, y que los hijos pueden incluso salirse de su congregación, después de haber pedido permiso a los superiores, tanto si lo obtienen, como si no lo obtienen. Esto se entiende, como he dicho, en caso de verdadera necesidad, y no de una necesidad supuesta. Por tanto, pueden salir y acudir a su lado, y volver luego al sitio o estado de donde habían salido, tal como muchos lo han hecho; podría poner muchos ejemplos. Pero muchas veces los padres fingen que tienen necesidad de vosotros; no se sienten a gusto; les gustaría estar mejor; no es la necesidad presente la que les apremia, sino el temor del futuro, por no tener confianza en Dios; o, si son pobres por su condición, les gustaría vivir sin trabajar. Si así es, hay que contentarse con rezar a Dios por ellos y contribuir, de la forma que se pueda, a su consuelo y alivio, para que amen y sirvan a Dios. Y hemos de arreglar todo esto de forma que no nos dejemos llevar por la pasión de ir a verlos, ya que, con el pretexto de atender a su salvación, pondríamos la nuestra en peligro, abandonaríamos las ocupaciones en que Dios nos ha puesto y, en vez de renunciar a los parientes, iríamos a buscarlos, dejaríamos a nuestro Señor por ellos y entonces caeríamos en el reproche que él nos dirige: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Fijaos, a los que quieren ser sus discípulos les dice llanamente que tienen que apartarse del afecto a sus padres. ¿No le dijo también a Abrahán: «Sal de tu tierra y de tu parentela»? Y así lo hizo inmediatamente este hombre santo.
¡Qué obediencia! Pero, ¡oh bondad de Dios!, con ello has querido mostrarnos que nuestro país y nuestros parientes son un obstáculo para nuestra perfección; y es esto mismo lo que también nos enseñó nuestro Señor cuando dijo a uno de sus discípulos, que le pedía permiso para ir a enterrar a su padre: «Dejad que los muertos sepulten a los muertos» (13), y a otro, que deseaba vender sus bienes para dárselos a los pobres, no le permitió que se separase de él. «Seguidme», les dijo a los dos. Por eso hemos de pensar que hay muchos inconvenientes en volver a nuestro país, una vez que hemos salido de él por el servicio de nuestro Señor; la experiencia se encarga con frecuencia de demostrárnoslo, tanto dentro como fuera de nuestra congregación. Ya hemos perdido a varios, desde el principio, por la indulgencia que tuvimos al dejarles ir a su casa; pues, una vez allí, la presencia de los objetos que antes habían querido les hizo volver de nuevo a sus primeros sentimientos, recordaron aquellos cariños de su juventud y ciertos afectos desordenados, contrarios a la piedad y al temor de Dios; o por lo menos, se enredaron en los intereses de sus familias, en sus sentimientos de adversidad o de prosperidad, en sus quejas inútiles o en sus vanas alegrías, y cayeron en ellos como una mosca que se enreda en los hilos de una araña, sin poder librarse de ellos.
Yo mismo puedo ponerme como testigo de esta verdad. Cuando todavía estaba en casa del señor general de las galeras, antes de que se fundase nuestra congregación, sucedió que, estando las galeras en Burdeos, me enviaron allá a tener una misión con los pobres condenados; así lo hice por medio de religiosos de diversas órdenes de aquella ciudad, dos en cada galera. Pues bien, antes de salir de París para aquel viaje, avisé a dos amigos míos de las órdenes que había recibido y les dije: «Amigos míos, me voy a trabajar cerca del lugar donde nací; no sé si sería oportuno que me diera una vuelta por mi casa». Así me lo aconsejaron los dos: «Vaya, padre, su presencia será un consuelo para los suyos; podrá hablarles de Dios, etcétera». La razón que tenía para dudar de ello es que había visto a varios buenos eclesiásticos que durante algún tiempo habían estado haciendo cosas maravillosas fuera de su país y que, después de haber ido a ver a sus padres, volvieron muy cambiados y ya no sabían hacer nada útil a la gente; se entregaban por entero a sus asuntos familiares; todos sus pensamientos se dirigían allá, en vez de dedicarse a sus obras habituales, prescindiendo de la sangre y de la naturaleza. Tengo miedo, me decía, de apegarme de esta misma forma a mis parientes. En efecto, después de pasar ocho o diez días con ellos para hablarles del camino de su salvación y apartarles del deseo de poseer bienes, hasta decirles que no esperasen nada de mí, pues aunque tuviese cofres de oro y de plata no les daría nada, ya que un eclesiástico que posee alguna cosa, se la debe a Dios y a ]os pobres, el día de mi partida sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parientes que no hice más que llorar durante todo el camino, derramando lágrimas casi sin cesar. Tras estas lágrimas me entró el deseo de ayudarles a que mejorasen de situación, de darles a éste esto y aquello al otro. De este modo, mi espíritu enternecido les repartía lo que tenía y lo que no tenía; lo digo para confusión mía y porque quizás Dios permitió esto para darme a conocer mejor la importancia del consejo evangélico del que estamos hablando. Estuve tres meses con esta pasión importuna de mejorar la suerte de mis hermanos y hermanas; era un peso continuo en mi pobre espíritu. En medio de todo esto, cuando me veía un poco más libre, le pedía a Dios que me librase de esta tentación; se lo pedí tanto, que finalmente tuvo compasión de mí; me quitó estos cariños por mis parientes; y aunque andaban pidiendo limosna, y todavía andan lo mismo, me ha concedido la gracia de confiarlos a su providencia y de tenerlos por más felices que si hubieran estado en buen acomodo.
Le digo todo esto a la compañía, porque hay algo grande en esta regla, hecha según el evangelio, que excluye del número de los discípulos de Jesucristo a todos los que no odian a su padre y a su madre, a sus hermanos y hermanas. Y que, según esto nos exhorta a renunciar al afecto inmoderado a nuestros parientes. Pidamos a Dios por ellos y, si podemos servirles caritativamente, hagámoslo, pero mantengámonos firmes en contra de la naturaleza que, al inclinarse siempre hacia ese lado, nos apartará, si puede, de la escuela de Jesucristo. Seamos firmes en esto.
He aquí, pues, cuatro maneras de renunciar a sí mismo: 1.° a su juicio; 2.° a su voluntad; 3.° a sus sentidos y 4.° a sus parientes. Es lo que esta regla nos recomienda, y la gracia que hemos de pedir a Dios.
San Basilio habla de todo esto y dice que esta renuncia nos hace también que olvidemos la vida pasada; si no, pensaremos en la juventud que hemos tenido, en las cosas que quisimos con cariño, o en los disgustos que hemos recibido. En definitiva, hay que renunciar al recuerdo de todo esto, ya que nada suscita tanto el apetito de las cosas prohibidas como el pensamiento de sus falsas dulzuras. Por tanto, hemos de olvidarnos de todos estos malos pasos para renunciar debidamente a todos estos peligrosos incentivos de la pobre juventud.
La quinta manera de renunciar a nosotros mismos, dice este santo, es renunciar a las pompas; dice expresamente: «Al demonio y a sus pompas». Pero! padre, somos unos pobres sacerdotes que ya hemos renunciado a esto, que no tenemos más que unos pobres hábitos, unos muebles austeros y nada que huela a pompa. Podemos tener un espíritu pomposo, padres. Sí. Afanarse en hacer unos sermones elegantes, en procurar que hablen de nosotros, en publicar el bien que hacemos, en hincharse de orgullo, todo eso es tener un espíritu pomposo; y para combatirlo, más vale hacer menos bien una cosa, que complacerse en haberla hecho bien. Hay que renunciar a la vanidad y a los aplausos; hay que entregarse a Dios, hermanos míos, para alejarse de la propia estima y de las alabanzas del mundo, que constituyen la pompa del espíritu.
Hace poco me hablaba un predicador y me decía: «Padre, cuando un predicador busca el honor y la fama popular, se pone en manos de la tiranía del público; y creyendo distinguirse por sus hermosos discursos, se convierte en esclavo de la reputación». A eso podemos añadir que el que viste los pensamientos ricos con un estilo pomposo se opone al espíritu de nuestro Señor, que dijo: «Bienaventurados los pobres de espíritu» (16), En esto la sabiduría eterna nos enseña que los obreros evangélicos tienen que evitar la magnificencia en las acciones y en las palabras, y seguir una manera de obrar y de hablar humilde, fácil y sencilla. Es el demonio el que nos pone bajo esa tiranía de querer tener éxito y el que, al vernos inclinados a proceder lisa y llanamente, nos dice: «Fíjate que vulgar; eso es demasiado basto e indigno de la majestad cristiana». ¡Qué astucia la del demonio! Tened cuidado, hermanos míos, renunciad a estas vanidades; os lo pido por las entrañas de nuestro Señor, renunciad a esos artificios mundanos y diabólicos; tened ante los ojos la conducta de nuestro Señor, tan humilde y tan contraria a todo eso.
El podía dar un gran esplendor a sus obras y una virtud soberana a sus palabras, pero no lo hizo. Les decía a sus apóstoles: «Haréis lo que yo hago, y más todavía». Señor, ¿por qué queréis que haciendo lo que tú has hecho, hagan todavía más?. Porque nuestro Señor quiere dejarse superar en las acciones públicas, para distinguirse él en las humildes y secretas; él quiere los frutos del evangelio y no los aplausos del mundo; por eso ha hecho más por medio de sus servidores que por sí mismo. Quiso que san Pedro convirtiese una vez a tres mil (18), otra vez a cinco mil personas (19), y que toda la tierra se viera iluminada por sus apóstoles. En cuanto a él, a pesar de ser la luz del mundo (20), no predicó más que en Jerusalén y en sus alrededores, y predicó allí sabiendo que en otras partes tendría mucho más éxito. Sí, el se dirigió a los judíos como a los más capaces de despreciarle y de contradecirle. Por consiguiente, fue muy poco lo que hizo, mientras que sus pobres discípulos, ignorantes y vulgares, animados de su virtud, hicieron mucho más que él. ¿Por qué? Porque quiso ser humilde en esto.
Padres, ¿somos así nosotros? Que cedamos siempre la ventaja a los demás y que escojamos lo peor y lo más humillante para nosotros! Esto sería, sin duda, lo más agradable y lo más honroso para nuestro Señor: y esto es lo único que deberíamos pretender. Démosle esta parte. Tengo que llevar a cabo una acción en público; podría seguir adelante con ella; pero no lo haré; recortaré esto o aquello que podría darle algún brillo, y a mí cierta fama. De las dos ideas que se me ocurren, haré exteriormente la menos importante, para humillarme, y me quedaré con la más hermosa, para sacrificársela a Dios en el secreto de mi corazón. Nuestro Señor no busca ni se complace mas que en la humildad y en la sencillez de las palabras y acciones; será inútil buscarlo en otro lugar. Si queréis encontrarlo, hermanos míos, renunciad a la afición a brillar, a la pompa del espíritu, lo mismo que a la del cuerpo, y a todas las vanidades y afectos de la vida.
San Basilio habla de una sexta manera de renunciar a nosotros mismos: renunciar a la pasión de vivir bien, de conservarse bien, de hacer todo lo posible y lo imposible por la conservación del individuo. En efecto, esta preocupación por vivir, este miedo a sufrir y esta debilidad de algunos que ponen todo su espíritu, capaz de cosas buenas, en el cuidado de su pobre vida, son un obstáculo para el servicio de Dios. Esos no tienen libertad para seguir a Jesucristo. Somos sus discípulos, pero él nos encuentra encadenados como esclavos. ¿A qué? A un poco de salud, a un remedio imaginario, a una enfermería en la que no falte nada, a una casa que nos guste, a un paseo que nos distraiga, a un descanso muy parecido a la pereza. Pero me ha dicho el médico que no me esfuerce tanto, que vaya a tomar el aire, que cambie de clima. ¡Qué miseria! ¿Acaso dejan los grandes su residencia ordinaria, por sentirse a veces indispuestos: un obispo, su diócesis; un gobernador, su plaza; un ciudadano, su ciudad; un comerciante, su comercio? ¿Lo hacen los mismos reyes? Muy pocas veces. Si se ponen enfermos, se quedan en donde se encuentran. El difunto rey estuvo enfermo cuatro o cinco meses en San Germán, y se quedó allí sin moverse, hasta que murió con una muerte muy hermosa y cristiana. El apego a la vida busca enseguida pretextos. Inmisit in faciem ejus spiraculum vitae. Es una participación de Dios, se dirá; hay que conservarla. Sí, pero es el amor propio el que desea mantenerse; por eso nuestro Señor dijo: «El que salve su vida la perderá», y en otro lugar añade que no es posible hacer un acto de amor mayor que el de dar la vida por un amigo. ¿Y no es Dios nuestro amigo? ¿No lo es el prójimo? ¿No seríamos indignos de gozar del ser que Dios nos da, si nos negásemos a darlo por unos motivos tan dignos? Ciertamente, sabiendo que hemos recibido nuestra vida de su mano generosa, cometeríamos una injusticia si no la gastásemos según sus designios.
Otra manera de renunciar a nosotros mismos consiste en spoliare veterem hominem et induere novum, esto es, en despojarse del hombre viejo para revestirse del nuevo. Por eso decimos todos los días al revestirnos para la santa misa: Exue me, Domine, veterem hominem et indue me novum, etc. Padres, obramos así cuando procuramos despojarnos de nuestras pasiones y de nuestras imperfecciones, exue me, Domine, cuando el que está manchado se purifica. Yo era orgulloso: me aparto de esa situación haciendo actos de humildad; y así me despojo de mis viejos hábitos. Al remediar mis pasadas negligencias y combatir mi actual desidia, ¿qué es lo que hago? Purgarme de esa vieja levadura que corrompe toda la masa, y dar vida a mis acciones por medio de la vigilancia y de la intención que pongo en ello. De modo que trabajar así toda la vida, no sólo por corregirse de los vicios y malas inclinaciones, sino también por poner las costumbres y las actitudes al nivel de las del hombre nuevo, nuestro señor Jesucristo, es ir despojándose continuamente del viejo Adán y revistiéndose del nuevo. En fin, exue me, Domine, veterem haminem et indue me novum.
San Pablo dice que por el bautismo nos revestimos de Jesucristo: «Los que habéis sido bautizados en Jesucristo os habéis revestido de Jesucristo»: quicumque in Christo baptizati estis, Christum induistis. ¿Qué hacemos cuando nos situamos en la mortificación, en la paciencia, en la humildad, etcétera. Situamos en nosotros a Jesucristo; y los que se esfuerzan en todas las virtudes cristianas pueden decir, como san Pablo: Vivo ego, non jam ego, vivit vero in me Christus: no soy yo el que vivo, sino que es Jesucristo el que vive en mí. Yo vivía, vivo ego; pero ya no vivo, vivit vero in me Christus.
Quiera Dios concedernos la gracia de hacernos semejantes a un buen viñador que lleva una hoz en su mochila para cortar todo lo que encuentra de nocivo en su viña. Y como está siempre llena de maleza, más de lo que él quisiera, tiene siempre preparada la hoz en la mano para cortar todo lo superfluo apenas lo vea, para que la fuerza de la savia de la cepa llegue bien a los sarmientos, que han de dar su debido fruto. Con la hoz de la mortificación hemos de cortar continuamente todas las malas hierbas de nuestra naturaleza envenenada, que nunca deja de producir malas hierbas corrompidas, para que no impidan que Jesucristo, esa buena cepa de la que nosotros somos los sarmientos, nos haga fructificar en abundancia en la práctica de las virtudes.
Uno es buen viñador cuando trabaja continuamente en su viña; también nosotros seremos siempre buenos discípulos de Jesucristo, si mortificamos sin cesar nuestros sentidos, si procuramos reprimir nuestras pasiones, someter nuestro juicio, regular nuestra voluntad, según las formas que hemos dicho. Entonces tendremos el consuelo de decir: «Me estoy despojando del viejo Adán y hago lo posible por revestirme del nuevo». ¡Animo, hermanos míos! Dios, que es el dueño de esta viña, tras quitar de nuestras almas todo lo que es inútil y malo, nos hará que permanezcamos en nuestro Señor, como sarmientos que dan fruto para que den aún más. Al comienzo tendremos alguna dificultad, pero él nos dará la gracia de conseguir primero una cosa y luego otra, superar hoy un movimiento de cólera y mañana una repugnancia a la obediencia. ¡Animo! ¡Tras la fatiga viene el contento! Cuanto más dificultad encuentran los fieles en renunciar a sí mismos, más gozo tendrán luego de haberse mortificado. Y la recompensa será tan grande como ha sido el trabajo.
Por consiguiente, es la mortificación la que quita en nosotros lo que le disgusta a Dios; ella es la que hace que llevemos la cruz detrás de nuestro Señor y que la llevemos cada día, como él lo ordena, si nos mortificamos todos los días. La señal para conocer si uno sigue a nuestro Señor es ver si se mortifica continuamente. Esforcémonos en ello, hermanos míos, de modo que no pase un sólo día sin haber hecho al menos tres o cuatro actos de mortificación. Entonces será verdad que seguimos a nuestro Señor. Entonces seremos dignos de ser discípulos suyos. Entonces caminaremos por el camino estrecho que conduce a la vida (29) Entonces él reinará en nosotros durante esta vida mortal, y nosotros con él en la eterna.
Señor mío, ¿qué otra cosa hiciste tú durante toda tu vida, más que combatir continuamente contra el mundo, la carne y el diablo? ¿Cumplías alguna vez tu voluntad, seguías alguna vez tu juicio, escuchabas alguna vez a la sensualidad? Nunca en ti sólo había una continua mortificación y una renuncia absoluta en todas las cosas. Fijaos, hermanos míos, en su pobreza, fijaos hasta donde llegó, que ni siquiera tenía una piedra donde reposar su cabeza; fijaos en su alimento y en su frugalidad, comiendo pan seco. Por lo que se refiere al honor, fijaos cómo lo combatió y conformad con él vuestra vida y vuestras prácticas.
Padres, tengamos siempre este ejemplo ante nuestros ojos y no perdamos nunca de vista la mortificación de nuestro Señor, ya que estamos obligados a mortificarnos, para poder seguirle. Formemos nuestros afectos sobre los suyos, para que sus pasos sean la regla de los nuestros en el camino de la perfección. Los santos son santos por haber seguido sus huellas, por haber renunciado a ellos mismos y haberse mortificado en todo. Por eso, padres, hay motivos para esperar de la divina bondad que nos dé el espíritu de mortificación, que quitará de nosotros todo lo que le disgusta y que pondrá luego en nuestra alma todas las virtudes que nos harán agradables a sus ojos, pero nosotros, hermanos míos, hemos de esforzarnos en ello con ardor y fidelidad, con amor y paciencia. En ese caso, podemos estar seguros de que Dios nos concederá la gracia de llevar constantemente nuestra cruz, de seguir de cerca a Jesucristo y de vivir su vida en el tiempo y en la eternidad. Amén.







