Vicente de Paúl, Conferencia 126: Conferencia Del 18 De Abril De 1659

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA HUMILDAD

(Reglas comunes, cap. 2, art. 7)

Naturaleza de la virtud de la humildad. Belleza de esta virtud. Medios para ponerla en práctica. Condiciones necesarias para poseerla realmente.

Hermanos míos, hemos llegado al artículo séptimo del capítulo segundo de nuestras reglas. En la última conferencia sobre este tema, dijimos que nuestro Señor nos ha invitado a que aprendiéramos de él una lección que nos ha enseñado: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».

«Que soy manso»: de eso ya hablamos entonces; «que soy humilde de corazón»: no hablamos entonces, aunque había pensado hacerlo. Pasó el tiempo y mi miseria es tan grande que no logro avanzar. Nos quedamos, pues, en la segunda lección, de la que vamos a hablar ahora. Esto es lo que dice nuestra regla:

Pues bien, esta humildad, que tantas veces nos recomienda Jesucristo con su palabra y su ejemplo y en cuya adquisición debe trabajar la compañía con todas sus fuerzas, ha de tener tres condiciones: la primera, juzgarnos con toda sinceridad dignos de desprecio; la segunda, sentirnos contentos de que los demás conozcan nuestros defectos y nos desprecien por ellos; la tercera, ocultar el poco bien que Dios haga por medio de nosotros o en nosotros, pensando en nuestra propia bajeza, y si esto no es posible, atribuirlo totalmente a la misericordia de Dios y a los méritos de los demás. Aquí es donde está el fundamento de la perfección evangélica y el nudo de toda la vida espiritual. Quien tenga esta virtud obtendrá fácilmente todas las demás; y el que no la tenga, se verá también privado de las que parece que tiene y vivirá en continuas preocupaciones.

El sentido de este artículo de nuestras reglas está tan claro que no hay nadie que no lo entienda, y casi no tiene necesidad de ninguna explicación.

Se trata pues, hermanos míos, de la santa humildad, tan estimada y tan recomendada por nuestro Señor, y que hemos de abrazar precisamente por recomendación y por consejo suyo. Si mandase hablar a alguno de la compañía, cualquiera que fuese, nos diría un montón de motivos y de razones para ello; también yo os podría decir algunos; pero para honrar lo que nuestro Señor dijo de esta virtud y sus sentimientos sobre ella, solamente diremos que él mismo nos la recomendó: «Aprended de mí, que soy humilde». Si fuera un apóstol, si fuera san Pedro o san Pablo el que nos diera esta lección, si fueran los profetas o algún santo, se podría decir que eran alumnos como nosotros; si fueran filósofos… ¡Ay! Ellos no han conocido esta virtud y Aristóteles nada dice de ella, a pesar de que habló tan bien de las demás virtudes morales.

Solamente nuestro Señor es el que ha dicho y ha podido decir: Discite a me quia mitis sum et humilis corde. ¡Oh, que palabras! Aprended de mí, no de otro, no de un hombre, sino de un Dios; aprended de mí… ¿Qué quieres, Señor, que aprendamos? Que soy humilde. ¡Oh Salvador, qué palabra! ¡Qué eres humilde! Sí, yo lo soy, no sólo en lo exterior, por ostentación o por jactancia, sino humilde de corazón: no por una humillación ligera o pasajera, sino con un corazón verdaderamente humillado ante mi Padre eterno, con un corazón humillado siempre ante los hombres y por los hombres pecadores, buscando siempre las cosas viles y rastreras, y abrazándolas siempre cordial, activa y pasivamente. Aprended de mí cuán humilde soy, y aprended a serlo también vosotros.

Hermanos míos, esto es tan contrario al espíritu del mundo y a lo que en él se practica, está tan lejos de la disposición de los hombres y de la naturaleza de cada uno que, si Dios no lo hubiese dicho y lo hubiese hecho, nadie querría ni siquiera oír hablar de ello, pues todos aprecian tanto lo que hay en ellos y lo que hacen, que no hay ni uno solo que naturalmente no quiera tener una buena reputación y no haga todo lo posible por ser estimado, alabado y preferido; debido a nuestra naturaleza estropeada por el primer hombre, todo el mundo cae en esta inclinación maligna y en esta trampa miserable.

Sin embargo, padres, os voy a decir una cosa extraña: habiendo preguntado muchas veces tanto en el confesionario como en las visitas: «¿Cuál es la virtud que más desea usted? ¿Por cuál siente más atractivo?», he observado que casi todos me han respondido que es la humildad. «Es una virtud, me han dicho, a la que tengo especial afecto; a pesar de ello, no dejo de sentirme lleno de orgullo, soy un importuno con todos los demás poniéndolos por debajo de mí, y resulto insoportable para mí mismo, que no querría elevarme tanto como lo suelo hacer». ¿De qué proviene todo esto? De que, aunque sintamos una inclinación natural a la soberbia, también la sentimos hacia la humildad, debido a su belleza; o al menos, ya que en una misma persona no puede haber al mismo tiempo dos inclinaciones contrarias, nos gustaría tener esta inclinación hacia la humildad. ¿Y por qué? Porque la gracia que hemos recibido en el bautismo nos da esta apetencia. Sí, el espíritu de nuestro Señor pone en nosotros la misma inclinación hacia la virtud que la que pone la naturaleza hacia el vicio.

Si os preguntase, hermanos míos, cuál es la virtud que más queréis, y si me lo preguntase a mí mismo, todos diríamos que es la humildad; pero si se nos preguntase: «¿Y cómo se encuentra usted respecto a ella? ¿Practica esta virtud?»  No, me siento muy lejos de ella; me inclino a las acciones exteriores que me dan a conocer, deseo que me honren, quiero que me escuchen, peso mis palabras, modulo mis períodos, en una palabra, me gusta presumir» «Pero, ¿no sabe usted que eso es predicarse a sí mismo, y no a Jesucristo? ¿que eso es hacerse inútil al pueblo con esas elevadas predicaciones que se lleva el viento?» «Es verdad; pero es necesario que los demás me estimen». ¡Qué ceguera! ¡Qué desgracia! Padres, si quisiera la bondad de nuestro Señor sacarnos de esta práctica detestable y ponernos en la práctica de la santa humildad, si quisiera darnos esta gracia santificante de querer nuestro desprecio, ¡qué gran gracia sería esto, Dios mío! ¡cuánto deberíamos apreciarla!

Es preciso confesar que todos sentimos un extraño atractivo hacia el vicio contrario y que hay en el hombre una fuerza secreta y muy poderosa del espíritu maligno que nos obliga, a pesar del conocimiento que tenemos de la belleza y de la santidad de la humildad, a que nos dejemos llevar por la violencia del orgullo. Pero, ¡Oh Salvador!, hermanos míos, ¿no va siendo ya tiempo de resistirla? El Hijo de Dios nos ha dicho que seamos humildes, y nos ha asegurado además: «El que se humille, será ensalzado». Se trata de una doctrina de salvación venida del cielo; ¿y no es acaso un prodigio y un motivo de extrañeza que creamos en la verdad de estas palabras, pero nos neguemos a buscar sus efectos?

Sabemos que nuestro Señor dijo en cierta ocasión: «El que se humilla, será ensalzado; el que se ensalza, será humillado». Pero hay algunos que quieren pasar por sabios, por espíritus decididos y juiciosos, por hombres prudentes, por buenos superiores y encargados responsables; y no se dan cuenta de que entonces precisamente es cuando se verán rebajados y humillados. ¡Oh Salvador, qué locura!

Bien, padres, ¿no vamos a reconocer que es verdaderamente desgraciado aquel que, a pesar de conocer las ventajas de la humildad, no hace todo lo posible por ocultarse en las entrañas de la tierra, que no huye del honor, de la estima y del aprecio de los hombres y no se considera el menor de todos? ¡Salvador mío! ¡Qué bien nos han enseñado también de obra aquella lección que antes nos explicaste con palabras: «Aprended de mí, que soy manso y humilde»!

Padres, ¿qué otra cosa es su vida sino una serie de ejercicios de humildad? Es una humillación continua, activa y pasiva; él la amó tanto, que no se apartó nunca de ella en la tierra; y no sólo la amó mientras vivía, sino incluso después de su preciosa muerte, ya que nos dejó un monumento inmortal de las humillaciones de su persona divina, un crucifijo, para que lo recordáramos como criminal y ajusticiado, y quiso que la Iglesia nos lo presentara ante los ojos en ese estado de ignominia, muerto así por nosotros. Dios ha querido que nuestro bienhechor se nos representase como un malvado y que el autor de la vida sufriese la muerte más afrentosa y más infamante que podemos imaginarnos. ¡Salvador mío! ¡Hasta dónde llevaste tu amor a esa virtud! ¿Por qué te entregaste a ese envilecimiento supremo? Porque conocías la excelencia de las humillaciones y la malicia del pecado contrario, que no sólo agrava los demás pecados, sino que hace viciosas las obras que de suyo no son malas, e incluso las que son buenas, y hasta las más santas.

Así pues, toda su vida fue una continua humillación. El cuerpo admirable formado por el Espíritu Santo permaneció largo tiempo encerrado en el seno de una virgen. Quiso que se dijera que le habían negado la posada y que había tenido que nacer en un establo (5); que, después de haber recibido el homenaje, parte del cielo y parte de la tierra, de los ángeles y de los hombres, cayó enseguida en el desprecio, se vio obligado a huir a Egipto pobremente, como un niño, ¿qué digo?, como un Dios débil e impotente.

Sería esta la ocasión de imaginarnos, si el tiempo nos lo permitiera, cómo toda la vida de nuestro Señor fue un continuo acto de estima y de afecto al menosprecio; su espíritu estaba lleno de esa estima; si hubiéramos hecho su anatomía, como se ha hecho a veces con los santos, abriéndolos para ver lo que tenían en el corazón, donde muchas veces se veían las señales de lo que más habían amado durante su vida, habríamos encontrado sin duda en el corazón adorable de Jesús que estaba allí especialmente grabada la santa humildad y quizás, no creo que exagere al decirlo, con preferencia sobre todas las demás virtudes.

¡Dios mío!, hermanos míos, ahora que ha llegado el momento en que su divina bondad nos permite hablar de todo esto, pidámosle con toda humildad que nos conceda la gracia de participar en esa humildad suya y de practicarla como él lo hizo, durante toda la vida. ¡Dichosos de nosotros, si se pudiera decir de cada uno lo que san Pablo decía de nuestro Señor humillado: Humilliavit semetipsum, formam servi accipiens.

¡Padre eterno, que quisiste que tu Hijo se revistiera de nuestra carne para ser semejante a nosotros, in similitudinem hominum factus et habitu inventus ut homo, revístenos de su virtud de la humildad, para que seamos semejantes a él!

¡Oh Salvador! ¡Qué deseo, qué ardor, qué sed tenías tú por esta virtud, ya que trabajaste incesantemente en ella, y te esforzaste en rebajarte ante todos, y quisiste que todas las criaturas contribuyesen a tu humillación! ¿Quién podrá imitarte? ¿Quién podrá aunque sólo sea hablar de esta virtud? Señor, concédenos la gracia de hablarnos tú mismo de ella, las palabras de los hombres hieren los oídos, pero no penetran en el interior; pero una de las tuyas, pronunciadas en el oído de nuestros corazones, nos hará renunciar a la vana reputación por la que la mayoría de la gente se queda sin el mérito de sus acciones. Hay muchas personas que son buenas en apariencia, pero están llenas de ese humo de la propia estimación, y por eso carecen de peso y de consistencia y se disipan como una nube.

Tú sabes, Dios mío, que en nuestra naturaleza se da una gran repugnancia a esta renuncia al honor; que, si tú no nos hablas, nunca empezaremos a tomarlo en serio. Háblanos, pues, Señor; háblanos tú mismo; seremos como otros tantos siervos que te escuchan. Los hijos de Israel querían que les hablase Moisés y no tú; temían que el esplendor de tu majestad les hiciese morir; nosotros, por el contrario, te suplicamos que nos hables tú, para que vivamos, y vivamos la vida de Jesucristo. Decid, pues, hermanos míos, decidle a Dios: «Háblanos, Señor, háblanos tú, y no ese pobre hombre que nos está hablando, porque lo que él nos dice es tan vulgar y tan poco eficaz que no nos impresiona. Hijo único del Padre, dinos de una vez: Aprended de mí la humildad; y haz que esta palabra realice en nosotros lo que significa».

¿Y en qué consiste la humildad? En querer el desprecio,. en desear la humillación, en alegrarse cuando nos vemos humillados, por amor a Jesucristo. Es algo muy difícil; pero ¿qué es lo que no puede la gracia, y el hombre con ella? El amor al menosprecio y lo que acabo de deciros es lo mismo. Por consiguiente, hemos de sentirnos felices de que nos tengan por espíritus ruines, por personas antipáticas, por hombres sin virtud, sujetos a toda clase de pobrezas y de que, efectivamente, nos injurien y rechacen, nos traten como ignorantes, reprochen nuestros defectos y digan de nosotros que somos viciosos e insoportables.

Pero, padre, ¿qué es lo que usted dice? ¡Eso está muy lejos de nuestras prácticas pasadas y de nuestra disposición actual! Durus est hic sermo.  Ciertamente, esto es muy duro; pero, cuando se dice que se trata de hacer todo esto por amor de Dios y que Dios ha ligado grandes ventajas a la práctica de la humildad, como por ejemplo, que los últimos serán los primeros y los que se hagan pequeños serán los más grandes, y que los que se humillan serán exaltados, todo esto tiene que animarnos en la adquisición de esta virtud. Por tanto, yo quiero abrazarme con ella, con la gracia de Dios, puesto que él así lo quiere. Haremos algo muy agradable a sus ojos si nos decidimos todos a practicarla, no ya por algún tiempo, sino para siempre, renovando frecuentemente nuestra intención, que es. la de honrar a Dios, glorificarle, darle gusto y amarlo. No hay nada tan importante como la voluntad de Dios, nada más emocionante que el pensamiento de su bondad y de sus deseos, nada que nos dé tantas fuerzas como decir: «Quiero humillarme por un Dios que me ama; quiero esta humillación por él». Así hay que hacerlo, hermanos míos; todos tenemos que llegar a ello, y hacer que llegue también a la compañía.

Ya es algo que uno particularmente se aficione a este desprecio de sí mismo, pero no basta: hay que aficionarse también por la compañía. No basta con que aceptemos las humillaciones cada uno en particular; hemos de aceptarlas en general, contentos de que se diga que la Misión es inútil en la Iglesia, que está compuesta de unos pobres hombres, que hace mal todo lo que hace, que no saca ningún fruto de sus trabajos en el campo, que van mal los seminarios, que las ordenaciones son un desorden. Fijaos, hermanos míos: si tenemos el espíritu de Dios, hemos de aceptar que la compañía sea considerada tal como acabamos de decir y puesta por debajo de todas las demás congregaciones, y no desear que digan maravillas de ella, ni que se sepa que ha hecho esto o aquello, que es apreciada por los grandes y bien vista por los obispos. ¡Que Dios nos guarde de esta locura! Solamente el espíritu del mundo y la malicia del orgullo pueden sugerirnos estos pensamientos. Por el contrario, hemos de desear y de alegrarnos de que se vea actualmente menospreciada; y digan lo que digan la naturaleza y la prudencia de este siglo, apegarnos a este menosprecio, mientras quiera Dios que dure y por muy grande que sea.

Y todo lo que se refiera a la primacía, la virtud, la utilidad, la buena fama, hemos de cedérselas a todo el mundo y hablar siempre bien de todas las comunidades, y nunca con desprecio de ellas, atribuyéndoles todos los éxitos y los bienes que se consigan. Encontraré gente que habla mal de ellas, pero no les creáis: sólo quieren destruir a unos y halagar a otros. Tened en mucho aprecio todos los estados y todas las órdenes de la Iglesia, pero estimadlas en Dios para mérito suyo, y amadlas con todo el corazón, y no creáis que les hacéis mucho. favor al preferirlas a esta nada que somos nosotros.

Nuestro Señor ha concedido a varios de la compañía la gracia de ir a vuelo de águila en esta virtud, de animar sus acciones con el deseo de su propio anonadamiento y buscar su propio ocultamiento y confusión. Dios mío, concédenos a todos la gracia de obrar de esta manera, para que la humildad sea la virtud de la Misión. ¡Qué virtud tan santa y tan hermosa! ¡Oh, pequeña compañía, qué amable serás si Dios te concede esta gracia!

Fijaos bien en esto: si alguna vez habéis oído hablar a alguien de los bienes que ha hecho la compañía, habréis visto cómo se debe esto a que han visto en ella una pequeña imagen de la humildad en sus acciones bajas y humildes, como la de instruir a los aldeanos y servir a los pobres. Si os fijáis en los ordenandos que se marchan llenos de edificación de nuestras casas, es porque han visto en ellas la manera de obrar humilde y sencilla, que es una novedad para ellos y un encanto y atractivo para todo el mundo. En la última ordenación hubo uno que me entregó por escrito las impresiones que se llevaba de aquí, y hablaba de ese tinte de humildad que aquí pudo observar.

La Iglesia, que conoce la importancia de esta virtud, cuando investiga la vida de un santo para canonizarlo, entre las diversas preguntas que hace, me parece que acostumbra hacer ésta entre las primeras: «¿Era humilde?» Si uno de los primeros artículos de un investigador es la humildad, hermanos míos, ¿por qué no la ponemos también nosotros entre las primeras, e incluso la primera de todas, en nuestro corazón y en nuestros exámenes, sabiendo que es el fundamento de todas las demás virtudes?

Si Dios quisiera poneros a todos en esa humilde disposición que desea de vosotros, ¡cuántas gracias os concederá, para vuestra propia santificación y para la salvación del prójimo! Pidámosle, pues, no solamente cada uno para sí mismo, sino para todos juntamente, el conocimiento de nuestra propia miseria, el odio contra toda estima, alabanza o reputación, junto con el amor a nuestro menosprecio.

Nuestro Señor no sólo fue humilde en sí mismo, sino también en su pequeña compañía, que quiso estuviera compuesta de unos pocos hombres, pobres y sin educación, sin ciencia ni urbanidad, que ni siquiera estaban de acuerdo entre sí, que acabaron abandonándolo y que, después de su muerte, se vieron tratados como él, expulsados, menospreciados, acusados, condenados y ajusticiados. Ayudémonos mutuamente, hermanos míos, para participar todos de sus humillaciones; ellos recibieron las primeras instrucciones y el ejemplo de nuestro Maestro; no tengamos vergüenza de seguirles. El mismo nos habla también a nosotros. En este momento, os dice como a ellos: «Aprended de mí, que soy humilde de corazón; haced lo que me habéis visto hacer a mí, ya que desde mis primeros pasos hasta el fin os he enseñado la práctica de la humildad; siempre ha sido esta lección la que os he enseñado».

Estaba el otro día con algunos señores de fuera, y me decía uno de ellos: «No sé lo que es la humildad, a no ser de la forma con que la describen los filósofos: una modestia educada, un recato honesto, una deferencia respetuosa, etcétera».

«Pero, señor, le dijeron, ¿quién conocía la naturaleza de las virtudes mejor que nuestro Señor? ¿Quién conoce mejor que él la importancia de la humildad, la fuerza de atracción que posee sobre las demás virtudes y que, sin ella, un cristiano queda desposeído de los adornos de la gracia que deben acompañarle?». La cosa todavía fue adelante… Pero más vale que me calle.

Los apóstoles hicieron un símbolo: Credo in Deum Patrem, etcétera, no sólo para estar de acuerdo en su creencia, sino también para distinguir a los cristianos de los judíos y de los infieles, de forma que, cuando se les preguntaba: «¿Tú que eres?», ellos respondían: Credo in Deum; credo in Jesum Christum.

Hermanos míos, si nos fuera posible tomar hoy a la humildad como el sello de un misionero, de forma que se le distinguiera más por esta virtud que por su nombre entre los demás cristianos y sacerdotes, ¡qué gracia tan importante nos haría nuestro Señor para nuestro estado! Pidámosle que, cuando nos pregunten sobre nuestra condición, nos permita decir: «Es la humildad». Que sea ésta nuestra virtud. Si se nos dice: «¿Quién va?» «La humildad». Que sea esta nuestra contraseña.

Nuestra regla dice que esta humildad debe tener tres condiciones, la primera de las cuales es despreciarse a sí mismo. Realmente, si nos fijamos bien, veremos que esto es perfectamente razonable. Sí, después de que nos hayamos examinado sobre la corrupción de nuestra naturaleza, la ligereza de nuestro espíritu, las tinieblas de nuestro entendimiento, el desorden de nuestra voluntad y la impureza de nuestros afectos, y después de que hayamos pesado con el peso del santuario nuestras obras y nuestros frutos, veremos que todo eso es digno de desprecio. ¡Cómo! ¿Las predicaciones que hemos hecho, las confesiones que hemos oído, las fatigas y esfuerzos que hemos puesto por el prójimo y por todos nuestros asuntos? ¡Sí! Si repasamos las cosas mejores que hayamos hecho, descubriremos que nos hemos portado mal en cuanto a la manera de hacerlas, que nos hemos equivocado respecto al fin, que de todas formas se ha hecho más mal que bien.

Y necesariamente tiene que ser así, hermanos míos, pues ¿qué puede esperarse de la debilidad del hombre? La nada, ¿qué es lo que puede producir? ¿Qué puede hacer el pecado? ¿Y qué es lo que somos nosotros? Si cada uno se examina debidamente, verá que no merece más que desprecio, no sólo en algunas cosas, sino generalmente en todas. Tengamos por cierto, hermanos míos, que somos despreciables en todo y siempre, debido a la oposición que llevamos dentro de nosotros mismos contra el ser y la santidad de Dios, y lo muy alejados que estamos de la vida y de las obras de Jesucristo. Y de lo que nos persuade esta virtud es de la inclinación natural y continua que tenemos al mal, de nuestra impotencia para el bien y de la experiencia que tenemos de que, incluso cuando creemos que hemos acertado en alguna acción o que hemos tenido razón en nuestros juicios y opiniones, sucede lo contrario; y Dios permite que seamos despreciados por ello.

Estudiémonos bien y veremos que en todo lo que pensamos, decimos y hacemos, en la substancia o en las circunstancias, estamos llenos y rodeados de motivos de oprobio y menosprecio. Estudiémonos bien, pero bien: no sólo nos sentiremos peores que los demás hombres, sino peores que los diablos. Hay en la compañía algunos que se creen peores que los demonios del infierno, ya que, si esos miserables espíritus tuvieran a su disposición los medios que tenemos nosotros para ser mejores, los utilizarían mil y mil veces mejor que nosotros. En efecto, ¿no dijeron ellos a ciertas personas: «¡Desgraciado de ti! ¡Estás ahora en situación de poder honrar a Dios y lo ofendes! Si nosotros no tuviéramos contra él este odio y esta perversidad en el mal de la que no podemos apartarnos, si nos fuese posible hacer penitencia, si su Hijo nos hubiera concedido la gracia de morir por nosotros, si nos hubiese dado los buenos pensamientos, las ayudas y el tiempo que vosotros tenéis para enmendaros y servirle, y sobre todo el ejemplo de sus humillaciones prodigiosas, ¡oh!, entonces nos portaríamos de manera muy distinta que vosotros. ¡Cómo! ¡Creéis en Dios y vivís tan mal! ¡Recibís con tanta frecuencia los sacramentos y os llueven encima cada día tantas gracias, y no sois mejores!»? ¡Oh, cielos,! ¡Oh, tierra! ¡Pasmaos ante tamaña insensibilidad e ingratitud ante los beneficios de Dios! ¡Qué confusión, hermanos míos! ¡Somos peores que los demonios!

La segunda condición que debe tener nuestra humildad es que veamos de buena gana que los demás conozcan nuestros defectos y nos desprecien por ellos. La verdad es que esto no resulta muy agradable al hombre viejo, y que todos podríais decirme: «Durus est hic sermo; es algo muy difícil». Pero hay que llegar hasta ese extremo; hay que aceptar que los demás desprecien nuestro estado, nuestras personas, nuestra manera de obrar, nuestra forma de hablar. Nuestro Señor podía evitar las burlas, las injurias y los reproches que recibió de los judíos, y no los evitó. No quiera Dios, hermanos míos, que cuando haya que sufrir alguna confusión, la rechacemos y busquemos excusas, pues eso es lo que la santa humildad no puede permitir.

Sonó entonces el reloj y el padre Vicente se detuvo a preguntar si eran las nueve; como le dijeran que sí, demostró su sorpresa y dijo que todavía le quedaban muchas cosas por decir. Y añadió:

¡Qué vamos a hacer! Tenemos que dejarlo; Dios os dirá lo restante en la oración de mañana, en la que escucharéis su lenguaje mucho mejor que el mío. Fijaos en la recomendación que él os hace de que practiquéis esta virtud y pedidle que os dé la inteligencia de ella.

Y si él quisiera inflamaros, aunque sólo fuera en el deseo de las humillaciones, sería ya bastante, aunque no conozcamos la humildad como nuestro Señor que, al practicarla, veía su altura, su profundidad, su anchura y toda su amplitud, y sabía la relación que guarda esta virtud con las perfecciones de Dios, su Padre, con la bajeza de la criatura y del hombre pecador. Nosotros nunca lograremos ver todo esto más que con mucha oscuridad; sin embargo, en nuestras tinieblas, tengamos confianza de que, si empezamos a sentir afecto a las humillaciones Dios pondrá y aumentará en nosotros esta virtud por medio de los actos que nos hará hacer. Una humillación atrae a otra y el primer grado de humildad sirve para bajar al segundo, y el segundo al tercero, al cuarto y al quinto.

¡Oh Salvador, oh Salvador, que dijiste que la oración del publicano había sido escuchada! Hermanos míos, si él dio ese testimonio de aquel hombre, que era un malvado, ¿qué no hemos de esperar nosotros, si somos humildes? ¿Y que pasó con el fariseo? Era un hombre separado del pueblo por su condición, que era como una congregación religiosa entre los judíos, que daba gracias a Dios, ayunaba y cumplía con la justicia. Pero Dios lo reprueba; ¿por qué? Porque él se fija en sus obras, se complace en ellas, cree que es él mismo el que las realiza.

He aquí, pues, a un justo y a un pecador; para el justo las virtudes no han sido más que vicios y la causa de su condenación, por carecer de humildad; por el contrario, para el pecador una sola humillación ha sido un medio de salvación. Se queda junto a la puerta y golpea su pecho; no se atreve a levantar los ojos al cielo y, a pesar de ser malo, se va justificado.

La humildad hace nacer en el alma todas las demás virtudes; si uno es pecador, al humillarse, se hace agradable a Dios. Aunque fuéramos unos criminales, si recurrimos a la humildad, la humildad nos cambiará en justos; y aunque fuéramos como ángeles, si estamos privados de esta humildad, aunque tengamos las demás virtudes, la verdad es que nos quedaremos sin ellas al faltarnos la humildad, y seremos semejantes a los condenados, que no tienen ninguna virtud. Un hombre, por muy caritativo que sea, si no es humilde, no tiene caridad; y sin la caridad, aunque tuviera por otra parte tanta fe que trasladase las montañas y diese sus bienes a los pobres y entregase su cuerpo al fuego, todo esto no le serviría de nada.

Hermanos míos, retirémonos con este pensamiento: «Si poseo todas las virtudes, menos la de la humildad, no tengo más que pecado, no soy más que un fariseo soberbio y un misionero abominable».

Salvador mío, persuádenos de esta verdad, danos a conocerla excelencia de esta virtud, haz que la amemos y, al amarla, rechacemos todos los pensamientos de vanidad. Empecemos desde ahora, hermanos míos, a ver qué hermosa y qué agradable es esta virtud en los que procuran humillarse siempre; cómo permanecen en paz y cómo los quieren todos los demás; cómo, por el contrario, consideramos desgraciados a los que corren tras los honores y se esfuerzan en ser estimados; ¿no es verdad que se atormentan en vano, que la mayor parte del mundo los desprecia, que se burlan y se ríen de ellos? ¿Y vamos a ver todo esto y, a pesar de ello, correr con tan poco juicio tras estos caprichos de la naturaleza ciega y corrompida?

La humildad tiene la propiedad de impedirnos pretender alguna estima que no sea de ti mismo, Dios mío, que eres el que das valor a todas las cosas. Los hombres no saben lo que vale la humildad. ¿No es locura y más que locura preferir la estima del mundo a la tuya, la sombra al cuerpo, la mentira a la verdad?

Salvador de mi alma, llénanos de ese afecto que te ha hecho humillarte tanto, de ese afecto que te hacía preferir el oprobio a la alabanza, de ese afecto que te hacía buscar la gloria del Padre en medio de tu propia confusión. Que empecemos desde ahora a rechazar todo lo que no sea tu honor y nuestro menosprecio, todo lo que pretende la vanidad, la ostentación y la propia estima; que procuremos realizar desde ahora actos de verdadera humildad; que renunciemos de una vez para siempre al aplauso de los hombres engañados y engañosos, a la vana imaginación del éxito de nuestras obras; y finalmente, Señor mío, que aprendamos a ser verdaderamente humildes de corazón, por tu gracia y por tu ejemplo.

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