Vicente de Paúl, Conferencia 120: Conferencia Del 14 De Febrero De 1659

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

SOBRE LAS MAXIMAS DEL EVANGELIO

(Reglas comunes, cap. 2, art. 1)

Necesidad de seguir la doctrina de Jesucristo y de huir del mundo. Razones y medios propios para adherirse a la doctrina de Nuestro Señor.

Hermanos míos, el tema propuesto para la conferencia es sobre el empleo del tiempo. Ayer por la tarde, hablando con el padre Gicquel, dudaba de si podría abusar de vuestra paciencia esta tarde, pero hoy me encuentro con menos molestias y he pensado, in nomine Domini, hablaros del segundo capítulo de nuestras reglas y retrasar el tema del empleo del tiempo para otro día.

Hasta ahora, hermanos míos, se os ha hablado del fin de la compañía, que es el de trabajar ante todo y sobre todo por la propia perfección, por la propia perfección (y repitió estas palabras con un tono grave y pausado, para inculcar este sentimiento en la compañía); y esto, imitando las virtudes que nuestro Señor nos ha enseñado con su ejemplo y sus palabras. Por consiguiente, hemos de tener siempre este divino cuadro ante los ojos. En segundo lugar, asistir a las pobres gentes del campo, instruirlas en las virtudes cristianas, exhortarlas a una buena vida, ayudarles a hacer una buena confesión general y todo lo demás. En tercer lugar, servir al estado eclesiástico.según nuestra pobreza, según la poca ciencia y virtud que tenemos; y aunque estos señores tengan más que nosotros, sin embargo hemos de atenderles en ello.

A continuación dice la regla que la compañía está compuesta de eclesiásticos y de laicos; que la tarea de los primeros es ir de aldea en aldea evangelizando a los pobres, dirigir los seminarios y las conferencias y dedicarse a las demás obras que la compañía tiene costumbre de realizar en favor del prójimo.

En cuanto a los hermanos, su tarea es la de Marta, que consiste en trabajar corporalmente al lado de los eclesiásticos,

contribuyendo a sus funciones espirituales con sus oraciones, lágrimas, mortificaciones y buenos ejemplos. Se ha dicho que el espíritu de Jesucristo es necesario a los unos y a los otros para realizar útilmente sus obligaciones; pues ¿qué es el espíritu del hombre, sino miseria y vanidad? Por tanto, hay que estar animados de su espíritu para realizar las obras señaladas en nuestras reglas. Pues bien, para conocer y para tener este espíritu, se ha dicho que los siguientes artículos indicarían en que consiste y los medios para adquirirlo. Leamos el capítulo segundo de este librito de nuestras reglas; esto es lo que dice:

«Ante todo, procure cada uno mantenerse bien en esta verdad, que la doctrina de Jesucristo nunca puede engañar, mientras que la del mundo siempre lleva a la mentira, ya que el mismo Jesucristo nos asegura que ésta es semejante a una casa construida sobre arena y que la suya se parece a un edificio construido sobre tierra firme; por consiguiente, la congregación hará profesión de obrar siempre según la doctrina de Jesucristo, y nunca según las máximas del mundo; y para ello, cumplirá especialmente lo que sigue«.

Así pues, hay que poner como fundamento de todo que la doctrina de Jesucristo hace lo que dice, mientras que la del mundo no da nunca lo que promete; que los que hacen lo que Jesucristo enseña construyen sobre la roca, y que ni la inundación de las aguas ni el ímpetu de los vientos podrán derribarlo; y quienes no hacen lo que él ordena se parecen a quien construye su casa sobre la arena movediza, que se cae ante el primer huracán. Por tanto, quien dice doctrina de Jesucristo, dice roca inquebrantable, dice verdades eternas que son seguidas infaliblemente de sus efectos, de modo que el cielo se derrumbaría antes de que fallase la doctrina de Jesucristo. Por eso la regla concluye que es menester que la compañía haga profesión de abrazar siempre y practicar la doctrina de Jesucristo, y nunca la del mundo, y que al obrar de esta forma se llenará y se revestirá de Jesucristo.

Para explicar bien esta regla y, en consecuencia, para sacar fruto de ella, mantendremos el orden que ya hemos observado en la explicación de algunos de los artículos anteriores, y que seguiremos quizás en los siguientes, si el tema nos obliga a ello, como el de hoy. Diremos, pues, en qué consiste la doctrina de Jesucristo y lo que se entiende por la del mundo; 2.° señalaremos algunos motivos para aficionarnos a ella; 3.° indicaremos algunos medios para practicarla.

En cuanto al primer punto, la doctrina de Jesucristo se define de este modo: una ley divina positiva, dada a todos los hombres por Jesucristo, legislador, maestro de costumbres, institutor del santo sacrificio y de los sacramentos nuevos. Esta es la definición. Pues bien, propiamente hablando, una ley obliga a que se la observe. Pero hay que saber que esta doctrina de Jesucristo consiste en mandamientos y en consejos, que se llaman evangélicos. Los mandamientos obligan al entendimiento y a la voluntad, como éste: Hoc est praeceptum meum, ut diligatis invicem: mi mandamiento es que os améis los unos a los otros. Esta es una ley coactiva que manda; pero hay otras que no son coactivas, sino leyes directivas, que nos proponen los consejos evangélicos para la perfección, como por ejemplo: «Vended todo lo que poseáis y dadlo en limosna». Se trata de una ley divina y positiva que se señala y propone a todos los hombres para que cada uno la abrace según su condición y según las disposiciones y atracción que tenga para ello; pero no obliga so pena de pecado a que se la practique, aunque todos estén obligados a respetarla, de forma que pecarían si la despreciasen. Pues bien, esta doctrina o ley de Jesucristo está contenida en el nuevo testamento, bien en lo que nos enseñan los apóstoles, por vía de inspiración, o bien por sí mismo, en los evangelios, donde él nos habla de viva voz.

Para entenderlo mejor, hay que saber que el nuevo testamento se divide primero en la explicación de la sagrada escritura y la ampliación de la misma para instrucción y buena vida del pueblo; en segundo lugar se divide en la institución del santo sacrificio, de los sacramentos y de las órdenes que Jesucristo ha establecido; y en tercer lugar, en doctrina preceptiva, que manda, y directiva o de dirección, que aconseja, y que es lo que llamamos consejos evangélicos. De esta tercera clase de doctrina evangélica, tanto preceptiva como directiva, es de la que queremos hablar en esta charla y de la que hace mención la regla. También las llamamos máximas evangélicas.

Sé muy bien que, propiamente hablando, las máximas, llamadas con otro nombre axiomas, son ciertos principios que carecen de pruebas, de los que se sacan consecuencias concluyentes; pero, comúnmente hablando se las toma, no sólo como primeros principios, sino también por las conclusiones que de ellos se infieren, tanto mediata como inmediatamente, e incluso por las sentencias y dichos notables que tienden, directa o indirectamente, a la práctica de alguna virtud o a la huída de algún vicio. En todos estos sentidos tomamos la palabra máxima y así se la entiende en este capítulo de nuestras reglas, titulado: Sobre las máximas evangélicas.

¿Y cuáles son estas máximas? Hay un gran número de ellas en el nuevo testamento, pero las principales y fundamentales son las que se detallan en el sermón que tuvo nuestro Señor en la montaña, que comienza: «Bienaventurados los pobres de espíritu»; este sermón comprende los capítulos 5, 6 y 7 de san Mateo. Pongamos por ejemplo ésta, que es de las fundamentales: «Id y tened con vuestro prójimo el mismo trato con que os gustaría ser tratados». Esta máxima es la base de la moral, y sobre este principio se pueden regular todas las acciones de la justicia secular; sobre ella estableció Justiniano sus leyes y los jurisconsultos han regulado el derecho civil y canónico. Y como toda conclusión que se saca de uno o de varios principios tiene que mostrar con seguridad lo que ordenan para la práctica de la virtud, o lo que prohíben para la huída del vicio, así también de estas máximas evangélicas se sacan consecuencias ciertas que llevan, según los designios de nuestro Señor, no sólo a huir del mal y a seguir el bien, sino también a procurar la mayor gloria de Dios, su Padre, y a adquirir la perfección cristiana.

Para tener una mayor inteligencia de estas máximas y distinguir mejor las que obligan de las que no obligan, es conveniente añadir aquí que hay algunas que obligan a su observancia, como éstas: «Guardaos de toda avaricia», «Haced penitencia», porque son mandamientos absolutos. Otras no obligan, según santo Tomás, más que quoad praeparationem animi, esto es, a la disposición de recibirlas en caso necesario, cuando se le propongan a uno y éste tenga poder para cumplirlas, como ésta: «Haced bien a los que os odian». Hay otras que son puramente consejos, como por ejemplo: «Vended todo lo que poseéis y dadlo en limosna» porque nuestro Señor no obliga a nadie a vender todos sus bienes para dárselos a los pobres; esto es sólo para una mayor perfección. Finalmente, hay otras que son también puros consejos evangélicos, pero que sin embargo obligan a veces a observarlos por haberse convertido en preceptos; esto sucede cuando se ha hecho voto de guardarlos, haciendo voto de pobreza, castidad y obediencia, ya que los consejos evangélicos se refieren y se reducen a estas tres virtudes, pues no hay ninguno que no tenga que ver con la pobreza, con la castidad o con la obediencia.

Según esto, hermanos míos, nosotros que hemos hecho voto de guardar estos tres consejos evangélicos estamos obligados a observarlos; y al observarlos, podemos estar seguros de edificar sobre la roca y de levantar un edificio permanente. Esos son los consejos y las máximas de las que habla nuestra regla y las que dice que ha de abrazar nuestra compañía. Esta obligación nos compromete al mismo tiempo a huir de las máximas del mundo, ya que son opuestas a las de evangelio; y para poder huir de ellas, hay que saber cuáles son. Os he prometido explicaros qué es lo que se entiende por estas máximas del mundo. Pues bien, no sabría describirlas mejor que haciéndoos ver cómo se oponen a las de Jesucristo y en qué las contradicen. Expliquemos cómo.

En primer lugar, las máximas de nuestro Señor dicen: «Bienaventurados los pobres»; y las del mundo: «Bienaventurados los ricos». Aquellas dicen que hay que ser mansos y afables; éstas, que hay que ser duros y hacerse temer. Nuestro Señor dice que la aflicción es buena: «Bienaventurados los que lloran»; los mundanos, por el contrario: «Bienaventurados los que se divierten y se entregan a los placeres» «Bienaventurados los que tienen hambre y sed, los que están sedientos de justicia»; el mundo se burla de esto y dice: «Bienaventurados los que trabajan por sus ventajas temporales, por hacerse grandes».

«Bendecid a los que os maldicen» dice el Señor; y el mundo dice que no hay que tolerar las injurias: «al que se hace oveja, lo comen los lobos»; que hay que mantener la reputación a cualquier precio, y que más vale perder la vida que el honor.

Y esto basta para conocer cuál es la doctrina del mundo y qué es lo que pretende. Por consiguiente, nuestra regla, al comprometernos a seguir la doctrina de Jesucristo, que es infalible, nos obliga al mismo tiempo, como hemos dicho, a ir contra la doctrina del mundo, que es un abuso. No es que en el mundo no haya proverbios que sean buenos y que no se opongan a las máximas cristianas, como éste: «Haz bien y encontrarás bien». Esto es verdad; los paganos y los turcos lo confiesan, y todos están de acuerdo en eso.

Un día estaba viajando con un consejero del consejo mayor; me decía que las buenas máximas del mundo son como los consejos evangélicos. Por ejemplo: «El que mucho abarca, poco aprieta». Es una verdad constante y comprobada; todos lo han experimentado. En el mundo hay máximas buenas y máximas malas; las buenas son aquellas en las que todos están de acuerdo y no contradicen al evangelio; las malas son las que se oponen a las de Jesucristo y sólo las aprueban los malvados y los mundanos.

Sin embargo, existe cierta diferencia entre las buenas máximas de este mundo y las del evangelio; porque en aquellas estamos de acuerdo por la experiencia, por haber comprobado sus efectos; mientras que de las de nuestro Señor conocemos su infalibilidad por su espíritu, que nos da su conocimiento y que nos hace ver cuáles son sus divinas consecuencias, ya que, como nos las enseña la verdad eterna, son muy verdaderas y siempre alcanzan su efecto.

Los buenos hombres del campo saben que la luna cambia, que hay eclipses de sol y de los demás astros; hablan con frecuencia de ello y son capaces de ver esos sucesos, cuando tienen lugar. Pero un astrónomo no sólo los ve como ellos, sino que los prevé de antemano, conoce los principios del arte o de la ciencia; dirá: «Tal día, a tal hora y en tal minuto habrá un eclipse». Pues bien, si los astrónomos, por su ciencia, tienen esta penetración infalible, no sólo en Europa, sino entre los chinos, y en medio de esta oscuridad del futuro penetran tan hondo con su vista que conocen con certeza los extraños efectos que tienen que ocurrir por el movimiento de los cielos de aquí a cien años, a mil años, a cuatro mil años, y hasta el fin del mundo, gracias a las reglas que tienen, si los hombres tienen este conocimiento repito, ¡cuánto más esta luz eterna, que penetra hasta en las más pequeñas circunstancias de las cosas más ocultas, ha visto la verdad de estas máximas!

¡Ay, padres! Estemos convencidos de que estas máximas, que nos ha propuesto la infinita caridad de Jesucristo, no pueden engañarnos. Lo malo es que no nos fiamos de ellas y atendemos más a la prudencia humana. ¿No veis que obramos mal al fiarnos más de los razonamientos humanos que de las promesas de la eterna sabiduría, de las apariencias engañosas de la tierra más que del amor paternal de nuestro salvador, que ha bajado del cielo para librarnos del error? ¡Oh Salvador, bien sabes- tú el valor de esta máxima cuando nos la has dado, a pesar de que pocos pueden comprenderla: «Si te abofetean en una mejilla, pon la otra»! Tu providencia permite que a veces veamos su importancia, pero nos dejamos llevar por lo contrario. Por favor, hermanos míos, ¿qué máxima será la mejor? ¿la de que presentemos la mejilla izquierda cuando nos han abofeteado en la derecha, o la del mundo que quiere que nos sintamos ofendidos? ¿Quién conoce mejor la naturaleza de estas máximas: el mundo que pide venganza o el Hijo de Dios que nos aparta de ella? Por ejemplo, un hidalgo recibe un bofetón; el resentimiento le hace echar mano a la espada; todo el mundo se pone a su lado para ayudarle a vengar esta afrenta; la venganza le lleva a la lucha: pero entonces resulta que se ve en peligro de perder sus bienes por confiscación, su vida en aquel duelo, su alma por aquel crimen, su mujer y sus hijos por esta desgracia. ¿No hubiera sido mejor que aquel desgraciado se hubiese atenido a la máxima de nuestro Señor, que habría mantenido su persona y su casa en la prosperidad y le habría atraído las gracias de Dios, en vez de seguir las máximas del mundo, que le han puesto en un trance tan apurado, con peligro inminente de eterna condenación?

¿No veis cómo las máximas del mundo son falsas, mientras que las de nuestro Señor resultan siempre ventajosas en la práctica, aunque parezcan difíciles? Por tanto, hay que atenerse a esas verdades, hermanos míos; hay que portarse siguiendo las luces del cielo.

Hay una máxima que prohíbe pleitear: «Si te quitan el manto, dales también el vestido». ¿Qué consejo creéis que se debe seguir: sostener un proceso cuando quieren quitaros una cosa bien adquirida, o dejarla sin llegar a disputar? ¡Ay, padres, ya hemos experimentado demasiado bien en nosotros mismos las malas consecuencias de lo primero con la pérdida de Orsigny, que servirá de escarmiento a la compañía para que evite los procesos! ¿No hubiera sido mejor dejar aquella finca, aunque nos la dieron sin haberla buscado? Ya sabes tú, Dios mío,- que nosotros nada hicimos por tenerla; tú lo sabes, Dios mío, tú lo sabes. ¿No hubiera sido mejor dejarla de antemano a pesar de los grandes gastos que habíamos hecho en ella, en vez de pleitear, como hemos hecho, deseando conservar aquel bien tan justamente adquirido, ya que de esta forma lo hemos perdido todo? Dios lo ha permitido así para que aprendiéramos a costa nuestra cuán engañosa es la prudencia humana, y cómo su divina palabra merece todo crédito y amor.

«¡Pues qué!, dirá alguno, ¿hemos de dejarnos despojar vivos sin decir ni una sola palabra contra la injusticia? ¿No es mejor defenderse para conservar lo que tenemos?». Le diré que a veces uno está obligado a ir ante el juez. Así lo hizo nuestro Señor y san Pablo sostuvo un proceso, defendiendo él mismo su causa (15). Cuando la justicia nos llama, estamos obligados a responder; pero previamente conviene que la compañía, para honrar el consejo de nuestro Señor y tener devoción a esta máxima, se disponga a preferir antes perder que litigar, y procure apagar toda clase de desavenencias, cueste lo que cueste, antes de obstinarse en sostener sus derechos, de forma que no acuda nunca a los tribunales sin haber buscado antes un arreglo. Démosle a Dios esta gloria, hermanos míos, y al público este ejemplo. Nuestra regla nos obliga, pues, a mantener con firmeza las máximas de nuestro Señor; por tanto, hermanos míos, hemos de entregarnos a Dios para estimarlas y amarlas y observarlas cada una a su debido tiempo. Pidámosle esta gracia con oraciones y sacrificios; empleemos todos los medios que Dios ha inspirado a su Iglesia, para entrar en estas verdades divinas y dirijamos toda nuestra vida, nuestro proceder y nuestro afecto en esta dirección. He aquí algunas razones para excitarnos a ello.

La primera, que Jesucristo, la eterna sabiduría, ha dicho que los que escuchan su palabra y la ponen en práctica son semejantes a los sabios que construyen sobre tierra firme y tienen una casa que durará para siempre; por el contrario, los que lo escuchan pero no lo siguen, se parecen a los necios que edifican sobre la arena y se exponen a la ruina (16). Si nos atenemos a las santas máximas de nuestro Señor, construiremos sobre una roca inconmovible y nos iremos elevando continuamente de virtud en virtud. Si los superiores de la compañía ponen empeño en impedir que retroceda y en hacer que siga siempre avanzando en esta santa observancia, si Dios quiere que nos mantengamos todos firmes y sólidos en esta resolución, la compañía hará grandes progresos en su perfección y en el servicio de la Iglesia y del pueblo; pero hay que poner interés en ello y convencerse de esta necesidad, si queremos evitar nuestra caída particular y general y gozar de los grandes bienes prometidos a los que se mantienen firmes.

La segunda razón se saca del capítulo 5 de san Mateo, donde nuestro Señor les dice a los apóstoles y demás discípulos: «Ved que os lo anuncio: si alguien quita un solo punto y enseña a los demás a que hagan como él, ése será un hombre malvado y muy pequeño delante de Dios; pero el que haga y enseñe lo que yo os ordeno, ése será llamado grande en el reino de os cielos». Nuestro Señor veía a algunos de esos entre ellos: «Tenemos, dirán, los mandamientos de la ley; ¿no es bastante?». Quiere obligarnos a ciertos preceptos difíciles y dice que sólo serán bienaventurados quienes los guarden. Por eso, en el capítulo 7 del mismo san Mateo, Jesucristo les responde: «Sabed que la puerta del cielo es estrecha, que el camino ancho lleva a la perdición y que es grande el número de los que entran por la puerta ancha que lleva al infierno».

Padres, no nos engañemos; lo ha dicho el Hijo de Dios, que conocía esa desgraciada inclinación de los hombres a vivir según su capricho y, al ver que serían pocos los que se violentarían por seguir el evangelio, nos lo ha advertido. Tengamos cuidado, veamos lo que han dicho los santos y cómo ellos opinan que se salvarán pocos. Pensemos que en el arca de Noé sólo entraron siete u ocho, y que todos los demás perecieron, y que de diez vírgenes sólo cinco fueron admitidas, y que de diez leprosos curados sólo uno volvió a Jesucristo.

Estos ejemplos son un indicio del escaso número de los elegidos. «Por sus frutos los conoceréis», dijo nuestro Señor; los que, habiendo sido bautizados, renuncian al mundo, al demonio y a la carne y, por medio de una fe viva, animados del espíritu de Jesucristo, realizan las obras del evangelio, esos son los que llegan al trono de Jesucristo. ¡Oh, qué pocos son esos! Usted nos habla de ese pequeño número, pero vemos que los que han observado la ley de Moisés han hecho milagros, tal como dirán ellos mismos al Salvador del mundo el último día; pero él les responde de antemano: «No todos los que me dicen: ¡Señor, Señor! entrarán en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre»; «Muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no hemos echado a los demonios, profetizado y hecho muchos prodigios en tu nombre? Y entonces yo les diré: No os conozco; marchaos, malvados, apartaos de mí; yo os abandono» ¡Qué grande será el número de esos desventurados! ¿Nos expondremos quizás nosotros a esta desgracia ya caminar con ellos por el camino ancho, después de haber sido llamados al camino estrecho, para ser del pequeño número de los que se salvan?. ¿Seremos como esos obreros de la iniquidad que construyen sobre arena y que perecen miserablemente? ¡Oh, Jesús, Salvador mío, somos tuyos y queremos, con tu gracia, abrazar tus máximas!

Y esta es la tercera razón que nos obliga a ello: que nuestro Señor, que nos dio estos divinos consejos, fue el primero en observarlos. Que me señalen una máxima que no haya practicado este divino legislador. Es verdad que no se arrancó los ojos ni se cortó la mano; pero tampoco les ordenó estas cosas más que a los que tienen ojos ambiciosos y manos que escandalizan, y además, no hay que tomar estas cosas al pie de la letra; lo que se dice es que no hay más que cerrar los ojos para no ver la ocasión maldita que provoca al pecado, y que hay que cortar toda amistad y conversación peligrosa. Fuera de esto, se trata de perderlo todo, de no tener nada, de sufrir las injurias, de amar a los enemigos, de rezar por los perseguidores, de renunciar a sí mismo y de llevar la cruz: y todas esas cosas las hizo él para cumplir con la voluntad de su Padre. Pues bien, si somos sus hijos, hemos de seguirle, abrazando como él la pobreza, las humillaciones, los sufrimientos, despegándonos de todo lo que no es Dios, y uniéndonos con el prójimo por la caridad para unirnos con Dios mismo por Jesucristo. A todo esto es a lo que nos llevan estas máximas; y entonces construiremos sobre roca, de forma que no podrán derribarnos las tentaciones de nuestras pasiones, como derriban de ordinario a los que basan su conducta en las máximas del mundo.

Los medios para mantenernos bien en las máximas del evangelio son que todos lean con atención y devoción el nuevo testamento, especialmente los capítulos de san Mateo que las contienen, o sea, el quinto, el sexto, el séptimo y el décimo, y que, desde mañana, empiecen a leerlos con elevación del espíritu a Dios para pedirle su estima y su inteligencia, y excitarse al deseo de cumplirlas sin faltar nunca a ellas, y procurar desde el primer día ponerlas en práctica.

Pero no basta con esto; conviene hacer la oración sobre este tema. No sé todavía si pondremos como lectura de la meditación una máxima, o si cada uno en particular meditará la que crea que más necesita. Ya veremos. Entretanto, que cada uno siga la inclinación que Dios le dé después de haber leído estos cuatro capítulos, tomando como materia de la primera oración que haga luego las máximas que más le convengan.

2º  Otro medio muy bueno para llevarnos a la práctica de estas máximas es considerar con frecuencia que la compañía, desde el principio, ha tenido el deseo de unirse a nuestro Señor para hacer lo que él hizo al practicar estas máximas y hacerse, como él, agradable al Padre eterno y útil a su Iglesia, y que efectivamente ha procurado progresar y perfeccionarse en ello, si no en el grado que deberíamos haber alcanzado, sí de la forma menos mala que hemos podido. Esta consideración tiene que animar a los nuevos y a los antiguos, pensando que es ése el espíritu del que han de estar animados los misioneros de una manera especial.

Señor, perdónanos las faltas que en ello hemos cometido, renueva en nosotros el corazón con que las abrazamos un día, aumentándonos la gracia de cumplirlas tal y como están en nuestras humildes reglas, donde, al obrar de esta forma, hermanos míos, encontraremos el espíritu de nuestro Señor, el espíritu de sus máximas y todo lo que él nos señala en ellas, para hacernos dignos obreros de su evangelio. Esta ha sido la devoción que siempre ha existido entre nosotros, pero, por culpa mía, la compañía no ha producido los frutos que debería haber producido. Hay que esperar de la bondad de Dios, hermanos míos, de vuestras disposiciones actuales y de la gracia de la compañía, que ha hecho estas reglas como un resumen del evangelio, acomodado al uso que más necesitamos para unirnos a Jesucristo y responder a sus designios, que nos concederá la gracia de llevar cada máxima y cada regla al último grado de perfección. Se trata de formar una compañía animada del espíritu de Dios y que se conserve en la práctica de este espíritu. ¡Bendito sea Dios, que ha puesto los fundamentos y que os ha escogido para ello! ¡Bendito sea su santo nombre por haber puesto en vosotros estas disposiciones! Esto se demuestra en que habéis abandonado el mundo y habéis hecho los votos para aplicaros más a la santa imitación de nuestro Señor. Así pues, por su misericordia, estamos muy dispuestos y obligados a practicar sus máximas, si no son contrarias al nuevo instituto. Llenemos de ellas nuestro espíritu, llenemos nuestro corazón de su amor y vivamos en consecuencia. Recemos a los apóstoles, que tanto las amaron y tan bien las observaron; recemos a la santísima Virgen que, mejor que ningún otro, penetró en su sentido y las practicó; recemos, finalmente, a nuestro Señor, que las ha establecido, para que nos dé la gracia de ser fieles a su práctica, excitándonos a ello con la consideración de sus virtudes y con su ejemplo. Hay motivos para esperar que, al vernos aquí en camino de vivir según estas máximas, nos serán favorables en el tiempo y en la eternidad. Amén.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *