(24.07.60)
Nuestro venerado padre, después de haber rezado el Veni Sancte Spiritus, dijo:
Mis queridas hermanas, el ten a de la conferencia de hoy es sobre la difunta señorita Le Gras, vuestra querida madre, tal como la habéis visto y tenido en medio de vosotras. Estáis obligadas a seguir sus ejemplos; si deseáis ser buenas hijas de la Caridad, estáis obligadas a poner los ojos en sus virtudes. ¡Dios mío! ¡Qué obligación la nuestra! Hemos visto ese hermoso cuadro delante de nosotros; ahora está allí arriba. Nos queda todavía hacer de ella un modelo; y para eso, es preciso que la conozcamos. Y puesto que Dios ha inspirado a la Compañía la idea de hablar sobre las virtudes de las hermanas difuntas, tal como se ha hecho hasta ahora con una bendición tan grande que después de las charlas todas quedabais muy edificadas al ver las gracias que Dios había derramado sobre ellas, dándoles en tal alto grado la humildad, la caridad, el don de oración y tantas otras virtudes, y cómo teníais muchos motivos para alabar los ejemplos que os habían dejado y que teníais que imitar, por todos estos motivos, ¡con cuánta mayor razón tenéis que poner vuestros ojos en la que es vuestra madre, porque os ha engendrado! No os habéis hecho a vosotras mismas, hijas mías; ha sido ella la que os ha hecho y os ha engendrado en Nuestro Señor.
El primer punto de esta charla, hijas mías, es sobre las razones que tenemos para hablar de las virtudes de nuestras hermanas que descansan en Dios y especialmente de las de la señorita Le Gras, vuestra querida madre; el segundo punto es sobre las virtudes que habéis observado en ella, el tercer punto es sobre la virtud que os habéis propuesto imitar.
No hablaremos hoy del primer punto, pues sería demasiado largo. ¡Que Dios nos conceda la gracia de sacar mucho fruto de esta charla!
Luego, nuestro venerado padre, empezando a preguntar a una hermana, dijo:
Hermana, haga el favor de decirnos cuáles son las virtudes que observó en ella.
Padre, la señorita Le Gras tenía mucha presencia de Dios en todas sus acciones y elevaba siempre su espíritu a Dios antes de hacer alguna advertencia a una hermana. Deseaba conocer las cosas a fondo ante de amonestar a nadie. Y en vez de exagerar las cosas, siempre excusaba a la persona de quien se hablaba.
Es verdad lo que dice, hermana; así es como lo hacía. Excusaba siempre a los demás; es una gran lección para vosotras y para mí: no exagerar nunca, sino excusar siempre al prójimo.
Padre, siempre nos demostraba que era por caridad por lo que nos reprendía de nuestras faltas, juzgándose ella misma culpable del mal que hacía la Compañía. Decía muchas veces que sus pecados eran la culpa de todo.
¡Dios la bendiga, hija mía! ¿Y usted?
Padre, yo advertí en la señorita Le Gras una gran humildad; un día del viernes santo la vi besar los pies de todas las hermanas con muchos sentimientos de humildad y lavar los platos.
Si alguna vez reprendía a una hermana con cierta dureza, le hacía ver que lo hacía precisamente por su bien.
También nos enseñaba cómo teníamos que tener paciencia unas con otras y nos daba ejemplo ella misma soportándonos a todas con mucha caridad.
¿Y usted, hermana?
Padre, observé en sus cartas un estilo muy humilde. A pesar de que muchas veces había merecido una buena reprimenda, ella cargaba mis faltas sobre sí y hablaba con gran dulzura. Tenía también mucha compasión con las enfermas.
Siempre tenía el espíritu ocupado en Dios, como ya se ha dicho.
Tenía mucha caridad con las hermanas y tenía miedo de molestarlas. Hacía todo lo posible por no dejar a nadie descontento y excusaba siempre a los ausentes. Esto no le impedía reprender sus faltas, pero siempre lo hacía con mucho acierto y amor.
Siempre nos recomendó que tuviéramos mucho cuidado de los pobres y consideraba como hecho a ella misma el servicio que se les hacía. Aconsejaba con frecuencia en sus cartas que observáramos las reglas y que viviéramos muy unidas entre nosotras.
¿Y usted, hija mía?
Yo observé, padre, que es muy cierto todo lo que nuestras hermanas han dicho. Además, tenía una paciencia de santa, mucha caridad y una humildad admirable. Un día iba con ella y, sin darme cuenta, me puse a caminar por delante de ella; apenas lo advertí, le dije que lo sentía mucho; pero ella me dijo: «¡Ay, hermana! Yo soy mucho peor que usted».
¿Y usted?
Yo he observado una gran humildad en todas sus palabras Decía a menudo que era ella la causa de todas las faltas de la Compañía. Un día se creyó obligada a hablar con un eclesiástico un tanto duramente. Sin embargo, lo sintió tanto que le pidió, perdón de rodillas, con lágrimas en los ojos, antes de salir.
Decía que sus enfermedades se debían a sus pecados.
Apenas se encontraba sola, se ponía siempre en oración. Cuando se acercaba una a ella, ponía un rostro tan alegre que nunca daba la sensación de que se la molestase, aunque tuviera que dejar sus oraciones. A veces un gran número de hermanas le hablaban al mismo tiempo de diferentes asuntos. Les respondía a todas con tranquilidad de espíritu, sin pedirles que la dejaran en paz.
Aunque a veces se sentía muy enferma, no lo tenía en cuenta para nada. Con frecuencia se cansaba de hablar tanto, pero no quería que las hermanas se marchasen con alguna preocupación, por no haberlas atendido, aunque estuviera muy enferma. Si no les podía hablar, les mostraba un rostro lleno de afecto y de cariño. Siempre mostraba en sus enfermedades un rostro alegre v contento.
Tenía una gran ternura y devoción a la sagrada comunión; derramaba entonces tantas lágrimas que a veces se quedaba el mantel totalmente empapado.
Le oí decir que amaba mucho a todas las hermanas y que deseaba que todas fuéramos tan perfectas como nuestro modelo Jesucristo.
A veces hacía penitencia por las faltas de las hermanas.
Tenía mucha caridad con los pobres. Un día vino a vernos a Bicêtre a dos o tres hermanas que estábamos enfermas. Cuando la vimos, nos pareció que ya estábamos curadas. Le dijimos que nos había curado ella; pero ella dijo que había sido Dios.
Un día, durante su última enfermedad, le pregunté qué es lo que le pediría a Dios para mí y para todas las hermanas. Me dijo que le pediría que nos concediera la gracia de vivir como verdaderas hijas de la Caridad, con mucha unión y caridad, tal como él quiere de nosotras, y que las que hicieran esto conseguirían una gran recompensa, mientras que las que no lo hicieran,.. Pero no acabó la frase. Me dijo otras muchas cosas, pero como yo no las practico, no las puedo decir. Padre, le pido perdón humildemente a Dios por ello.
¡Dios la bendiga, hija mía, por el acto de humildad que acaba de hacer! Hijas mías, ¡qué hermoso cuadro ha puesto Dios ante vuestros ojos y que vosotras mismas habéis pintado! Sí, es un cuadro que poseemos y al que tenéis que mirar como un prototipo que os tiene que animar a hacer lo mismo, a adquirir esa humildad, esa caridad, esa paciencia, esa firmeza en su forma de gobernar, acordándoos de cómo tendía en todas las cosas a conformar sus acciones con las de Nuestro Señor. Hacía lo que dice san Pablo: «No soy yo el que vivo, sino Jesús el que vive en mí» (1) De esa manera, intentaba hacerse semejante a su Maestro por la imitación de sus virtudes. Es lo que se vio en aquella alma tan buena que tan bien supo formarse en las virtudes de Nuestro Señor. Por tanto, hijas mías, tenéis que mirar a ese cuadro, un cuadro de humildad, de caridad, de mansedumbre. de paciencia en las enfermedades. ¡Ved qué cuadro! ¿Y cómo vais a utilizarlo, hijas mías? Procurando conformar vuestra vida con la suya.
¡Qué hermoso cuadro, Dios mío! ¡Qué humildad, qué fe, qué prudencia, qué buen juicio, y siempre con la preocupación de conformar sus acciones con las de Nuestro Señor! Hijas mías, os toca ahora a vosotras conformar vuestras acciones con las suyas e imitarla en todas las cosas, especialmente en la modestia. Esta virtud brilla, gracias a Dios, en gran parte de vosotras, lo mismo que la abstinencia. Hijas mías, tenéis que poner mucho cuidado en que no desaparezca, sobre todo la modestia. Me atrevería a decir, hijas mías, que parece que os vais relajando un poco. Ya no se nota tanta modestia, tanto silencio, tanto recogimiento. Gracias a Dios, es poco lo que se advierte. Por el contrario, en las verdaderas hijas de la Caridad, que edifican a todo el mundo, no se nota este defecto. ¡Cuántas personas distinguidas me han dicho que no hay nada que las edifique tanto como las hijas de la Caridad!
Así pues, hijas mías, mucha modestia. Entrad en la vida interior mediante la búsqueda de esta virtud. Hijas mías, seguramente os acordáis por las conferencias que hemos tenido sobre vuestras hermanas difuntas de cómo brilló en muchas esta virtud y cuánto edificaron con ella a todo el mundo, cómo decíamos de ellas que caminaban en la presencia de Dios y practicaban la humildad, la caridad, la mansedumbre, el celo por el servicio de los pobres y tantas otras virtudes. Todo esto lo practicaban esas hermanas de tal forma que habría sido difícil encontrar más en la vida de muchos santos.
I lijas mías, es preciso que os habituéis a ello. La que no lo haga, sino que haga todo lo contrario, una hermana que lleve el nombre de amor de Dios y se contente con eso sin preocuparse de su vida interior, se dejará arrastrar por sus pasiones. Hijas mías, ¡cuánta pena tendréis de ver a unas hermanas que llevan el nombre de hijas de la Caridad y no lo son en realidad!
Sobre todo, hijas mías, esforzaos en practicar la santa modestia. La modestia es de dos clases. La primera se refiere a la compostura del cuerpo. La modestia exterior consiste en que hay que hacer las cosas pausadamente, tranquilamente, sin que los ojos vayan vagabundeando ni los oídos estén atentos a escuchar los defectos del prójimo. Hijas mías, ¿y qué diremos de la maledicencia? ¡Eso sí que es peligroso!
La segunda clase se refiere a la modestia interior, que consiste en tener nuestro interior, nuestra voluntad, nuestra memoria y nuestra inteligencia ocupadas en Dios.
¿Y qué tenéis que hacer para adquirir esta virtud? Os esforzaréis en quitar de vosotras todo lo que desagrade a Dios; y para ayudaros a ello, leeréis algún libro bueno y os mantendréis en la presencia de Dios. Esto os apartará de las ocasiones y Dios os concederá la gracia de que os podáis deshacer de vuestros malos hábitos.
Esto hará que vuestra pequeña Compañía, a la que Dios mismo ha fundado, sacándola de la masa corrompida del mundo para servirse de ella, le seguirá agradando. De cada una de las hijas de la Caridad se dirá que es imposible acercarse a ella sin sentir devoción. La hermana modesta atraerá a otras, pues no hay nada que conquiste tanto el corazón como la modestia. Y de esta manera la Compañía realizará un progreso maravilloso y todas viviréis de la vida de Dios.
Por tanto, hijas mías, modestia ante todo y celo por trabajar durante toda la vida en haceros virtuosas. Evitad hablar mal unas de otras. Si caéis en este defecto en casa de vuestra madre la señorita Le Gras, decid inmediatamente: «¿Cómo es posible que me haya dejado llevar a hablar de este modo?». Hijas mías, siguiendo el ejemplo de vuestra buena madre, tomad la resolución de trabajar por vuestra perfección y por despegaros de todo lo que le disgusta a Dios en vosotras.
Un motivo que os obliga más a ello son las noticias que me han llegado por una parte y por otra de hermanas que se portan muy bien y de hermanas que obran mal y que lo estropean todo. Hace algunos días me escribieron desde Narbona hablándome maravillas de nuestras hermanas. La hermana Francisca ha estado en una ciudad, muy lejos de allí, adonde la ha enviado el señor obispo de Narbona para aprender un método excelente que allí se sigue para instruir a la juventud, Lo ha aprendido y lo aplica con mucha edificación de todo el mundo.
Pero hay también otras que no son tan edificantes. Desgarran a la Compañía lo mismo que cuando pelan y despedazan a un pollo. ¡Unas hijas despedazando a su madre! Hijas mías hace poco que hemos visto algo semejante.
Tenemos mucha necesidad de rezar a Dios y de hacer el firme propósito de romper con nosotros mismos. Manteneos fieles al cumplimiento de vuestras reglas y sobre todo a la que dice que tenéis que hacer de vuestras habitaciones un claustro, sin dejar entrar allí nunca a los hombres, especialmente a los sacerdotes ¡¿de qué tenéis que tratar con los confesores, a no ser en confesión?¿, ni tampoco a las mujeres sin necesidad. Por eso os recomiendo esto sobre todo. Me acuerdo de un accidente que ocurrió en cierto lugar. No mencionaré a nadie. Hubo que acudir a los guardias para hacer que saliera un muchacho de aquel sitio. Os digo esto para que veáis la obligación que tenéis de andar con mucho cuidado.
De nuestras hermanas de Polonia me escriben que tienen en una casa un gran número de muchachas para formarlas y que lo hacen con tanta edificación que el rey y la reina, al regresar de un largo viaje, han querido pasar un día en aquella casa, llenos de admiración por ella. ¡Ay, hijas mías!, es un motivo para dar muchas gracias a Dios.
Hijas mías, venid todos los meses a vuestra casa para tener vuestra revisión. Si se viera en una parroquia a dos hermanas ir a dos confesores distintos, sería un gran desorden y un escándalo. ¿Y qué hay que tratar con los sacerdotes sino para confesarse o para hablarles de nuestros enfermos? Pero que sea en la iglesia y mirándolos en Dios. No permitáis nunca que entren en vuestras habitaciones, a no ser para las que estén enfermas. Hijas mías, haced el firme propósito de no dejar nunca que entren los hombres en vuestras habitaciones, ni tampoco las mujeres, sin necesidad. Vuestras habitaciones son un lugar de delicias; Dios se complace en ver a una hermana que guarda su habitación. Dios se complace en estar en la soledad con su esposa; es la sagrada Escritura quien lo dice: Deliciae meae, y todo lo demás. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué hermoso es todo esto!
Una hermana que, al salir de aquí, vuelve a casa con el corazón lleno de esta divina unción, diciendo en su interior: «No quiero ser de mí misma, sino que en todo lo que haga deseo buscar a Dios y caminar derechamente hacia él», esa hermana agrada a Dios, que mira todo lo que hace como hecho a él mismo, que se complace en ver esa marmita, ese cesto de pan que lleva. La señorita Le Gras y todas los otras hermanas que descansan en Dios comprendían muy bien todo esto.
Bien, hijas mías, vamos a terminar. Tenéis que procurar, a cualquier precio que sea, haceros muy virtuosas. Dios mío, haz que empiecen a amarte perfectamente, a hacerlo todo por ti, a poner todo su interés en complacerte en todas las cosas. ¡Ay, hijas mías! ¡Qué hermoso es ver a una hermana con ese espíritu! Por el contrario, una hermana que no obra así, ¡qué desagradable resulta! ¿Y yo, miserable de mí, que peco continuamente, que todavía no he empezado a hacerlo todo por Dios y que estoy lleno de defecto, cómo es que sigo viviendo?
Hijas mías, aunque en algunas vea cierta falta de modestia, no son muchas gracias a Dios. Por el contrario, en muchas veo una imagen de Dios. Animaos con el ejemplo de la señorita Le Gras, de nuestras buenas hermanas que están en el cielo y preparaos a hacer una buena confesión general. En cuanto a las demás a las que no veo en esta situación, que pidan a Dios les conceda la gracia de obrar siempre cada vez mejor. ¡Animo! La buena señorita Le Gras os ayudará. Ella ha estado presente en todo lo que hemos dicho.
Esto es, mis queridas hermanas, lo que tenéis que hacer, y yo, miserable de mí, el primero de todos. Entretanto habrá que proceder a la elección de una superiora en lugar de la señorita Le Gras. ¿Y de dónde la sacaremos entre vosotras, hijas mías? Habéis de orar mucho a Dios y desprenderos de todas vuestras satisfacciones. ¡Ay, Dios mío! ¿De dónde sacaremos a una hermana para ponerla en lugar de una santa? Hijas mías, si alguna sintiera ganas de ser superiora, que diga: «Renuncio a ello, Dios mío». Tampoco tenéis que hablar entre vosotras y decir: «Me gustaría tal y tal oficiala». Haced como las hijas de Santa María, que tienen órdenes de no hablar nunca de la elección. Pues, apenas se pone uno a hablar de ella, pronto dirá: «¿Le parece que fulanita tiene condiciones para ser oficiala?». Y lo mismo de otra. Y entonces todo está perdido. Cada una juzga según su inclinación. Se fomenta el aprecio por aquella por la que se sienten ciertas simpatías. Por tanto, hijas mías, no habléis nunca de esto; pues, como os he dicho, las cosas de Dios que salen a relucir por fuera dejan de ser negocios de Dios. Pero ¿y si me pregunta el confesor? ¿y si me dice algo una dama? Hijas mías, en ese caso tenéis que decir: «Soy hija de obediencia; no tengo que hablar de eso; tengo que someterme a lo mandado; me lo han prohibido». Y en efecto, os renuevo a todas la recomendación que os hice de que guardarais silencio. ¿Qué pasará, hijas mías, si lo guardáis? Aquella dama, en vez de molestarse, entrará en sí y se dirá: «Esta es una buena hermana; tiene en cuenta sus reglas». Si, por el contrario, fueseis fáciles en decirlo todo, no se os tendría muy en cuenta. Por tanto, hijas mías, no digáis nada a nadie, más que al buen Dios. «¡Oh Dios mío! Tú has querido escoger de nuestra pequeña Compañía, que no es más que barro y cenizas, a una persona para que ocupe el lugar de una santa; haré todo lo que pueda de mi parte para contribuir a pedir que des a conocer tu santa voluntad, lo mismo que a los apóstoles. No queremos ninguna superiora ni oficiala de manos de los hombres, sino de tu mano, Dios mío». Por tanto, hijas mías, un candado en la boca.
Todavía tendremos una conferencia. Os avisaré con tiempo y os diré las oraciones que hay que rezar para eso. Será menester que acudáis en el mayor número posible.
Renovad el propósito que habéis hecho de trabajar seriamente en vuestra perfección, y sobre todo en la santa modestia. Agradeced a Dios las gracias que os ha concedido, las que así lo practicáis; y las que no, procurad corregiros. No puedo pasar sin advertíroslo, para que la Compañía se perfeccione. A veces pasan cosas desagradables en las Compañías; y Dios lo permite así; no hay que extrañarse de ello, hijas mías. También hubo defectos en la Compañía de los apóstoles: Judas vendió a su Maestro y Pedro lo negó. Dios lo permite para que os humilléis y para su gloria. El supo sacar su gloria de las faltas de los apóstoles; pedid que la saque también de las faltas de las que están en esta Compañía.
Esta es, Salvador mío, la súplica que te hago por esta Compañía y por mí, miserable pecador: que te plazca sacar tu gloria de nuestras faltas y perdonarnos. Es la oración que dirijo a Dios con todo mi corazón.
Benedictio Domini nostri…
Sancta Maria, succurre miseris…







