(19.10.59)
(Reglas para las hermanas de las parroquias, art. 3-5)
Esta es, hijas mías, la tercera regla que se refiere a las hermanas de las parroquias, que vamos a leer sencillamente, pues no necesita explicación. Habla por sí misma. «Pensarán a menudo en el fin principal para que Dios las ha enviado a la parroquia donde están, que es para servir a los pobres enfermos, no sólo corporalmente, administrándoles el alimento y las medicinas, sino espiritualmente, procurando que reciban dignamente y a tiempo todos los sacramentos, de suerte que los que están en peligro de muerte salgan en buen estado de este mundo, y los que hayan de sanar tomen la firme resolución de vivir bien en adelante».
He aquí, hijas mías, esta regla. Se entiende por sí misma. Habéis sido enviadas a ese lugar para ayudar a los pobres enfermos a bien vivir o a bien morir. Ese es el motivo de que os hayan enviado a una parroquia.
Dice así la regla cuarta: «Y para mejor procurarles este socorro espiritual, contribuirán a ello en la medida de sus posibilidades y del poco tiempo de que disponen y según lo requieran la calidad y la disposición de los enfermos. Pues bien, el socorro que procurarán darles será principalmente consolarlos, animarlos e instruirlos en las cosas necesarias para la salvación, haciéndoles hacer actos de fe, esperanza y caridad hacia Dios y hacia el prójimo, de contrición de sus pecados, de reconciliación con sus enemigos, pidiendo perdón a los que hayan ofendido, de conformidad con la voluntad de Dios, sea para sufrir, sea para morir, sea para sanar, sea para vivir, y otros actos semejantes; pero no todos de una vez, sino algunos cada día y muy brevemente, por temor de cansarles».
Así pues, hijas mías, tenéis que preocuparos de consolar a los enfermos, de hacer esos actos brevemente y enseñárselos. Esto está bien claro. Hay que enseñarles la manera de vivir bien y de morir bien, como buenos cristianos.
Se está haciendo tarde. Nos quedaremos aquí.
Luego, algunas hermanas pidieron perdón por las faltas que habían cometido contra las instrucciones que se les había dado; el padre Vicente les dijo:
¡Dios os bendiga, hijas mías! ¡Dios os bendiga y os conceda la gracia de crecer cada vez más en esta virtud de la caridad de unas con otras! Esto impedirá que os vayáis quejando unas de otras.
Os ruego, hijas mías, que pidáis mucho a Dios por el rey y la reina y por los asuntos del rey. También os ruego que pidáis a Dios por el rey y la reina de Polonia y por nuestras queridas hermanas, a las que aquella buena reina siente tanto afecto que quiere tener a su lado a una de nuestras hermanas, a sor Margarita. Le ha dado, en lo que se refiere a los pobres, el cargo que tenía la señorita de Villers, y desea que la acompañe en sus viajes. Ved qué honor ha concedido esa buena reina a vuestra Compañía y cuánto os estima. ¡Qué consuelo tener a una de vosotras junto a ella! Ved si no merece esto, hijas mías, que os améis unas a otras. Si una reina quiere tanto a la Compañía, ¿qué deberéis hacer vosotras para aumentar la caridad en todas, de forma que no os améis más que en Dios y por Dios? Y si veis en ellas algunos defectos, no os extrañéis; ¿quién no los tiene? Excusadlas de la misma manera que queréis os excuse a vosotras. ¡Que Dios os bendiga, hijas mías!







