Vicente de Paúl, Conferencia 109: Repetición De La Oración Del 4 De Agosto De 1658

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Regreso de Francisco Le Blanc, misionero en Escocia. Enfermedad del hermano Cristóbal Delaunay. Muerte de dos hermanas de la caridad en Calais. Elogio de las hijas de la caridad.

El padre Vicente, cuando acabaron de repetir su oración tres o cuatro de la compañía, recomendó a todos que pidieran a Dios el celo por la salvación de las almas, el espíritu y las -virtudes necesarias para trabajar en ello. Recomendó luego que diéramos gracias a Dios por el regreso del padre Le Blanc y por haberlo preservado, junto con todos sus compañeros, de.tantos peligros.

Ha caído enfermo el hermano Cristóbal Delaunay, que se ha quedado en Saintes al volver de su largo viaje. Encomiendo a las oraciones de la compañía a este buen hermano; el capitán del barco de Ostende que los cogió en el mar, le ha demostrado tanto afecto y cariño que quiso tenerlo a su lado durante casi todo el mes que permanecieron en el mar, después de la toma del barco francés por los de Ostende.

También les encomiendo a las hijas de la Caridad que hemos enviado a Calais para asistir a los pobres soldados heridos. De las cuatro que enviamos, han muerto dos, precisamente las más robustas y fuertes; una de ellas, la hermana Manceau, sobrina del padre Manceau, sacerdote de la compañía, era la hermana sirviente, esto es, la encargada y directora de las demás. Era una de las hermanas más fuertes que había en la pequeña compañía de la Caridad; sin embargo fue la primera en caer, bajo el peso de esta tarea. Imaginaos lo que será aquello. ¡Cuatro pobres hermanas rodeadas de quinientos o seiscientos soldados heridos o enfermos! Fijaos un poco, por favor, en la sabiduría y la bondad de Dios, por haber suscitado en este tiempo una compañía de esta clase. ¿Para qué? Para asistir a los pobres corporal y hasta espiritualmente, diciéndoles algunas buenas palabras, sobre todo a los moribundos, para ayudarles a disponerse a bien morir. ¡Oh Salvador! ¡Oh Salvador mío! La historia no nos dice que haya habido nunca una congregación de vírgenes (aunque es cierto que hay entre ellas algunas viudas) que se hayan entregado a Dios de este modo para asistir a los enfermos y heridos. Yo al menos no he oído nunca decir ni he leído que se haga mención de ella, sino que Dios ha querido esperar hasta el presente, y en un tiempo en el que permite que su Iglesia se vea tan perseguida, afligida y casi aniquilada en algunos sitios, como en Inglaterra, Irlanda, Escocia, ¡y quiera Dios que no suceda lo mismo en Flandes! Porque se dice que Cromwell empieza a tomar bajo su protección a todos los que son de opinión contraria a la religión católica, haciéndose intercesor de ellos y todo lo demás.

¿Y quiénes son esas hermanas que componen esa compañía? Son todas ellas mujeres aldeanas, pobres criadas; excepto una o dos que son de cierta categoría, todas las demás son lo que os he dicho; no obstante, ya veis cómo las bendice Dios y cómo están llenas del celo de su gloria y de la asistencia al prójimo. Y como la compañía de la Misión, que, aunque no sea totalmente viciosa, sí que carece de muchas virtudes, tiene cierta relación con la compañía de esas pobres hermanas, y nuestro Señor se ha querido servir de la de la Misión para dar origen a la de esas pobres hermanas, por eso tenemos una obligación muy grande de ofrecerlas a Dios: así le ruego a la compañía que lo haga, dándole gracias por todos los favores que les ha concedido hasta ahora. Así pues, le pediremos que, por su bondad infinita, siga concediéndoles las mismas gracias y bendiciones en el futuro.

La reina le ha escrito a la señorita Le Gras, y a mí también, para que enviemos otras hermanas a Calais a fin de asistir a esas pobres gentes; así lo haremos. Hoy saldrán cuatro para allá. Una de ellas, de unos cincuenta años, vino a verme el viernes pasado al hospital, donde yo estaba, para decirme que había sabido que habían muerto dos hermanas en Calais y que venía a ofrecerse para ser enviada en su lugar, si me parecía bien. Le dije: «Hermana, pensaré en ello». Y ayer vino a saber la respuesta que iba a darle. Fijaos, hermanos míos, que gran celo demuestran esas pobres hermanas al ofrecerse de ese modo. ¡Ofrecerse para ir a exponer su vida como víctimas, por amor a Jesucristo y por el bien del prójimo! ¿Verdad que es admirable? Yo no sabría que decir a todo esto, sino que esas pobres hermanas serán nuestros jueces en el día del juicio; sí, hermanos míos, esas hermanas serán nuestros jueces en el juicio de Dios si no estamos dispuestos, como ellas, a exponer nuestra vida por Dios. Y el que todavía no ha llegado a eso, creedme, puede decirse de él que todavía está muy lejos de la perfección.

¡Miserable de mí que no siento o siento muy poca disposición y atractivo por ese grado eminente de virtud! ¿Qué no he de temer? ¡Hermanos míos! ¿qué no he de temer? ¿Y que no deberán temer conmigo todos los de la compañía de la Misión que estén en el mismo estado, que no sientan dentro de sí esa disposición, que es uno de los más eminentes grados interiores que se puede tener, o mejor dicho, el más eminente de todos? Por eso, los que no se encuentren en ese estado, tienen que pedir incesantemente a Dios que los ponga en él, esto es, en la disposición de dar su vida por Jesucristo. Y los que hayan recibido ya de Dios esta gracia y la sientan dentro de sí, creedme, hermanos míos, tienen que dar muchas gracias a Dios y pedirle que no permita se hagan indignos de ella por ninguna acción que le pueda disgustar.

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