Vicente de Paúl, Conferencia 106: Distribución del día, art. 8-15. Explicación del evangelio de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes. Devoción a santa Catalina

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(25.11.58)

Mis queridas hermanas, vamos a hacer dos cosas en esta conferencia: la primera será leeros algunos artículos de vuestras reglas, y la otra charlar al estilo de una conferencia sobre la fiesta de santa Catalina, que hoy se celebra. Si el tiempo lo permite, les preguntaré a algunas sobre los pensamientos que les haya inspirado el evangelio que hoy hemos leído.

La señorita Le Gras le preguntó si se refería a los pensamientos de la oración de la mañana; el padre Vicente le respondió:

No, señorita; serán sobre los que se ocurran de momento.

Hijas mías, no vamos a hacer otra cosa más que leer sencillamente vuestras reglas, sin explicarlas, por dos razones. Primero, porque las guardáis, porque están en uso entre vosotras y, gracias a Dios, las conocéis por la práctica. La segunda razón es que, al explicaros las demás reglas, probablemente habremos explicado ya éstas.

Dice así el artículo octavo de vuestras reglas sobre la distribución del día:

«8.° Después del silencio hay que continuar el trabajo; se podrá seguir hablando como antes de cosas de edificación, etcétera».

Esto, hijas mías, por lo que se refiere a lo que viene después de la hora de silencio; acabamos de decir cómo lo debéis pasar.

«9.° A las cinco y media harán la oración hasta las seis, etcétera».

¡Qué hermoso es esto! ¡Haber visto a Nuestro Señor por la mañana y haber hablado con él, y volver a hacerlo luego por la tarde! ¡Qué felicidad, Salvador mío! Pero si hay algunas que no son fieles en la observancia de esta regla de hacer oración por la tarde, ¡Dios mío!, estad seguras de que las veréis ir cayendo poco a poco hasta hundirse en una situación muy digna de lástima. Si hasta entonces habían tenido humildad, dejarán de tenerla; si habían tenido amor a Dios y al prójimo, se quedarán sin él. En una palabra, si tenían alguna buena costumbre, como la de conversar de cosas buenas, ya no quedará nada de todo eso, por no haber sido exactas en el cumplimiento de esta regla. Y si veis cierto relajamiento en alguna de vosotras, si nosotros lo vemos entre nosotros (¡qué sé yo si lo hay o no lo hay!), pero si lo hubiera, es por no haber sido fieles en hacer esta oración y las otras, pero sobre todo ésta, ya que es a esta hora de la tarde cuando se encuentran mayores dificultades.

«10. Después de cenar, se pondrá a hacer cada una su oficio y observarán todo lo demás que se ha prescrito para la recreación del mediodía».

Esto es, se trata de que tengáis bien vuestro recreo. ¡Cuánto me gustaría que os portaseis en él como es debido! ¡Así se lo pido a Dios con todo mi corazón!

«11. A las ocho, se dirigirán al lugar destinado para hacer en común el ejercicio de la noche, etcétera».

«12. Los viernes asistirán a la pequeña conferencia que se tiene después de las oraciones de la noche en presencia de la superiora o de quien la represente».

Hijas mías, es éste un ejercicio que es muy hermoso y muy útil, a mi entender, cuando se hace como es debido. No sé si lo practicáis en las parroquias. Hermana, ¿lo hacen ustedes así en su casa?

– Sí, padre, a no ser que nos lo impida en algunas ocasiones el servicio de los pobres.

– ¡Gracias a Dios! Bien, hija mía, sigan con esa buena costumbre siempre que puedan, a no ser que el servicio de los pobres les prive de ese tiempo, pues es razonable que se sirva primero a los pobres. Los pobres son nuestros amos; son nuestros reyes; hay que obedecerles; y no es una exageración llamarles de ese modo, ya que Nuestro Señor está en los pobres.

Mirad, acordaos bien de esto; la conferencia de los viernes se ha establecido para que os acuséis de las faltas contra las reglas de la Compañía y toméis los medios de corregiros. Cada una tiene que decir sus faltas de rodillas. Se trata de algo muy hermoso. ¿Lo hacen así, señorita?

– Padre, empezamos con la invocación al Espíritu Santo

Luego, a veces, aunque no siempre, empiezo señalando alguna de las faltas que he observado, bien en general o bien en particular, si me acuerdo. Después, las hermanas van diciendo sus faltas.

– ¿Se ponen de rodillas?

– Padre, las que se acusan, sí; cuando lo hacen las oficiales, entonces se arrodillan todas.

– ¡Bendito sea Dios! Me parece muy bien. ¿Se reciben de buena gana los avisos y las penitencias que se imponen?

– Padre, las penitencias no se usan. Esperamos los consejos que quiera darnos usted sobre ellas. Algunas veces se ordena rezar el Padrenuestro, pero todavía no nos hemos atrevido a imponer nada más duro.

– Bien, habrá que avisarlo y hacer que en las parroquias, en los Galeotes y en las Treize Maisons se haga poco más o menos lo mismo. Fijaos, bien, allí es donde le dais una buena paliza al espíritu maligno; pues en esa acción, si está bien hecha, borráis el mal que habéis hecho durante toda la semana.

Santo Domingo vio un día al diablo y le dijo: «Ven para acá; ¿qué estás haciendo?». El espíritu maligno le respondió: «Estoy cumpliendo mi oficio; voy de acá para allá y por todas partes consigo algo; gano en la iglesia con las distracciones en la oración; gano en el comedor por el gusto que buscan en las comidas; gano en la conversación; gano en todas partes; no hay más que un miserable lugar en donde lo pierdo todo». – «De parte de Dios, le dijo el santo, te ordeno que me digas cuál es ese lugar». – «Es en el capítulo, replicó, donde se acusan de sus faltas con tanta humildad».

Mis queridas hermanas, allí es donde el diablo pierde todo lo que ha ganado. Por eso tenéis que entregaros a Dios para hacer esa acción como es debido.

En las parroquias podéis hacerlo de esta manera. La sirviente empieza diciendo las faltas contra las reglas; por ejemplo: «Hermana, me parece que hemos faltado al no haber hecho la oración en la hora que deberíamos haber escogido si hubiéramos previsto tal cosa»; o bien: «No hemos guardado el orden debido en cuanto a la misa, o en cuanto a las demás prácticas». Luego tiene que pedir perdón. Después de que haya hablado la hermana sirviente, su compañera debe decir del mismo modo sus faltas, con el propósito de procurar corregirse mutuamente cuando alguna falte.

«13. A las nueve, después de haber tomado agua bendita y rezado de rodillas algunas oraciones, etcétera».

«14. Desde el final de las oraciones de la noche hasta después de la oración de la mañana del día siguiente guardarán estrictamente el silencio, etcétera».

Tened fidelidad en esto, hijas mías, pues es un tiempo precioso. Hay monasterios en los que casi no se atreven a abrir la boca durante las horas de silencio; y si alguna vez surge alguna necesidad de hablar, lo hacen por señas o piden permiso para decir alguna cosa.

«15. Las que tengan permiso para aprender a leer o escribir utilizarán por la mañana media hora para leer, etcétera».

Esto se entiende, hijas mías, cuando sobra algún tiempo después de servir a los enfermos; porque, si los pobres necesitan algo, hay que dejar inmediatamente la lectura y decir: «Mi Señor, que está en este pobre, me ordena ir; es preciso que sea él el primer servido.

Hemos llegado al artículo 16. Nos quedaremos aquí. Pasemos a la segunda cosa que nos habíamos propuesto.

Mis queridas hermanas, el evangelio que manda leer la Iglesia en la santa misa de hoy con ocasión de la vida de santa Catalina, o la parábola del evangelio, bien merece que le prestemos nuestra atención. La parábola nos habla de dos clases de personas que viven en religión o en comunidad; unas fueron rechazadas por Dios y otras aceptadas. De las diez vírgenes que se mencionan, cinco fueron rechazadas por el Esposo, esto es, se condenaron. Decir que Dios rechaza a uno es decir que Dios lo manda al fondo del infierno. Las otras cinco tuvieron la dicha de recibir a su Esposo, que les mereció el paraíso, porque se habían preparado para ir allá. Su Esposo se las llevó como esposas para darles parte en la gloria que posee. Mis queridas hermanas, esto es lo que Nuestro Señor dijo: «Había diez vírgenes, de las cuales cinco se condenaron y otras cinco se salvaron». Fijaos bien, diez vírgenes que vivían juntas. Y la mitad fueron rechazadas por Dios; la otra mitad fue bienaventurada. Pues bien, hijas mías, si el evangelio, que es verdadero, no fuera el evangelio, si no tuviéramos certeza de que lo que dice es verdad podríamos objetar alguna cosa. Pero principium verborum veritas: la verdad es el principio de estas palabras. Por eso no es posible dudar de su verdad; pues las palabras de Dios son efectivas y siempre consiguen su efecto. Entonces, si el evangelio nos enseña que entre diez vírgenes se condenaron cinco, ¿no es éste un motivo para que temamos por las hijas de la Caridad?

Pensad, hijas mías, que me estáis aquí escuchando cuarenta o cincuenta. Si la mitad tuvieran que salvarse y la otra mitad fuera del número de las vírgenes desventuradas, ¡ay, Salvador mío!, cada una de vosotras tendría motivos para preguntar: «Numquid ego sum, Domine?; ¡Señor!, ¿no seré yo de ese número?»; o también: «¿Tendré yo la dicha de estar entre esas vírgenes que agradaron a su Esposo?».

Hijas mías, las palabras de Dios son verdaderas; hablan por sí mismas; por eso ¿quién no temerá, al ver lo que le pasó a las vírgenes necias? Esto debe ser un motivo de temor, no solamente para las hijas de la Caridad, sino para toda clase de personas para las carmelitas y para las religiosas de la Visitación lo mismo que para vosotras. Y si vosotras tenéis motivos para temer, mis queridas hermanas, ¿qué no he de temer yo, miserable de mí, por todas las abominaciones de mi vida y por mis obligaciones sacerdotales, que son tan grandes que pocos las cumplen como es debido?

Esta parábola nos dice que todas eran vírgenes; ¡y resulta que la mitad se van al infierno! ¿No tenéis motivos para tener miedo, sobre todo las que se encuentran en la misma situación que aquellas necias? ¿No tenéis motivos para preguntaros cada una si tendréis la desgracia de que Dios os considere como a aquellas pobres miserables? Las que tenían la lámpara encendida fueron llevadas al paraíso, pero las que no tenían aceite en sus lámparas fueron rechazadas. Del mismo modo, mis queridas hermanas, aquellas de vosotras que no tengan el aceite de la caridad deben tener mucho miedo de ser de ese número. Las que no cumplen como deben con la observancia de sus reglas y sienten una voz interior que les dice: «Si yo vivo de ese modo y no mortifico mis pasiones, estoy perdida», esas, ¡Dios mío!, tienen que hacer todo lo posible por salir de ese estado.

Esta es, hijas mías, una hermosa lección que nos ofrece el evangelio de hoy. ¿Y qué hemos de hacer para aprovecharnos de ella? Hay que obrar de manera que seamos del número de las prudentes, viviendo como ellas vivieron, y salir del estado en que se encontraron aquellas desventuradas, si es que estamos en

Bien, hijas mías, os dije que os preguntaría vuestros pensamientos sobre este tema. Vamos a hablar familiarmente de este asunto. El evangelio nos dice que aquellas cinco vírgenes fueron encontradas dormidas, sin estar en vela, y que las otras cinco salieron al encuentro del Esposo. Decidme lo que se os haya ocurrido sobre esto y cuáles fueron las cosas que las adormilaron y qué es lo que hizo que las prudentes estuvieran vigilantes y preparadas para seguir al Esposo.

Hermana, ¿cuáles son sus sentimientos sobre esto?

– Padre, creo que cuando una hija de la Caridad no sigue sus reglas, está dormida.

– ¡Bendito sea Dios! El evangelio nos dice que esas doncellas no estaban en vela; hijas mías, dice esta hermana que una hija de la Caridad que no sigue sus reglas está dormida y sin velar; por consiguiente, que las cinco vírgenes desventuradas fueron rechazadas por no estar vigilando en las cosas que estaban obligadas a hacer. De la misma forma, hermanas mías, una hija de la Caridad que no vive en la observancia de sus reglas puede decirse que está dormida y que, si no se despierta, será una desgraciada porque, si es sorprendida en medio de su sueño en la hora de la muerte, se encontrará como aquellas vírgenes necias, sin aceite ¿No os parece que es una buena respuesta y que Nuestro Señor hará precisamente eso que acabamos de decir? Dios os ha escogido por esposas suyas, os ha sacado de la masa corrompida del mundo y, como señor vuestro, os ha dado unas cuantas reglas para que las observéis. Os ha dicho: «Haced esto; son cosas fáciles y que no superan vuestras fuerzas». Hijas mías, descuidar esta observancia es lo mismo que estar dormidas, como aquellas vírgenes necias.

Sor Vicenta, dígame; la hermana Antonieta nos ha dicho que las hermanas de la Caridad que no guardan sus reglas están dormidas y que, si no se despiertan, no serán recibidas por el Esposo como esposas. ¿Qué le parece, hermana? ¿Cuáles son las que puede decirse que están dormidas?

– Padre, me parece que una hermana que no hace lo que está obligada a hacer por su vocación está dormida, descuidando las obras de su salvación, o bien no portándose como es debido.

– Pero, hija mía, ¡si va a visitar a los pobres!

– Padre, eso no es ninguna gran cosa, si no se hace como Dios quiere y manda.

– Dice usted bien, pues no basta con servir a los pobres. Lo principal es trabajar por la propia perfección y faltar a eso es dormir, como usted dice, para las obras de la salvación; de forma que están dormidas las que guardan las reglas pero, no las guardan como es debido; es verdad que las cumplen, pero no con todas las circunstancias requeridas, pensando en Dios y con toda la perfección posible, tanto si son grandes como pequeñas, y por amor a Dios, que es el único fin por el que tienen que hacerse todas las cosas.

Hermana Francisca, ¿qué es lo que significa estar dormidas como esas vírgenes?

– Padre, me parece que estar dormidas equivale a hacer las cosas con negligencia, sin poner el debido interés, con cierta mezcla de espíritu mundano, esto es, mezclando el afecto a los parientes, al pueblo natal, estar apegada a la búsqueda de los placeres, y permanecer indecisas si se persevera o no, seguir tirando, cumpliendo con nuestro deber más por cumplirlo que porque tengamos afecto a la obediencia.

– Hijas mías, a ésas es a las que propiamente pertenece el nombre de dormidas, a las que no hacen por su Esposo todo lo que hacen. Esas hermanas esperan la venida del Esposo, como aquellas vírgenes necias, que seguramente no pensaban mucho en prepararse debidamente a la venida del Esposo, ya que se quedaron dormidas. Pues bien, hermanas mías, si las hijas de la Caridad y nosotros, los sacerdotes de la Misión, no cumplimos con nuestras reglas para agradar al Esposo, si en todo lo que hacemos no buscamos únicamente a Dios y no tenemos interés en complacerle, tenemos muchos motivos para temblar. ¿Por qué? Porque hacéis ciertamente las cosas exteriores, pero no las hacéis por vuestro Esposo. De forma, hijas mías, que las que están en la situación que hemos dicho son parecidas a esas vírgenes.

No os voy a decir nada más. Pero acordaos de que tenéis que hacer todo lo que hacéis para prepararos a la venida del Esposo y, para ello, enderezar vuestra intención desde por la mañana a fin de agradarle en todo, sin mezclar en ello ningún respeto humano. Si lo hacéis así, cuando él venga, os abrazará como a esposas, ya que siente un amor tan grande a las almas que le son fieles que no hay ningún esposo que quiera a su mujer tanto como él quiere a esas almas. Por tanto, esas tienen motivos para esperar ser del número de las vírgenes bienaventuradas que entraron con el Esposo.

La señorita entonces pidió permiso para hablar y dijo:

Padre, ¿no podría decirse que están dormidas también aquellas que faltan a la práctica de sus reglas, por creer que no están obligadas a ella, y las que no las aprecian?

– Eso no es solamente estar dormidas, sino estar ya medio muertas, que es mucho más que estar dormidas; pues el que está dormido se despierta, pero el que está medio muerto no puede levantarse. ¡Cómo! ¡Una hija de la Caridad recibe las reglas de Nuestro Señor y cree que no está obligada a ellas! La que vive con un espíritu negligente, o no hace sus acciones por amor a su Esposo, la que comulga, u oye la misa, o hace alguna otra cosa sin preocuparse de hacerlo como está obligada, esa es peor que aquellas vírgenes; pues ellas esperaban a su Esposo y su única falta consistió en no hacer todo lo que debían para prepararse a su venida. Pero una hermana que desprecia las órdenes que Dios le ha dado, sin preocuparse de observarlas, no hace lo que tiene que hacer. Esa hermana será más pronto o más tarde del número de los réprobos, si no se corrige. Hijas mías, si hubiera entre vosotras alguna de ese estilo, que quiere vivir de esa forma, según su humor, sin sujetarse a las reglas, esas hermanas se encuentran en un grave peligro de salvación, y podía decirse que están en un estado de perdición, si es que no están ya perdidas. Esas cinco vírgenes estaban ya perdidas en el espíritu de Dios antes de que llegara el Esposo; y las que no se preparan para salir al encuentro del Esposo, como las vírgenes prudentes, están perdidas delante de Dios, que ve su estado tan miserable. No es que estén perdidas porque él las haya visto, sino que él las ha visto porque lo están. El ve simplemente la verdad. Por eso, hermanas mías, tenemos muchos motivos para tener miedo si no nos encontramos en esta disposición.

Todo lo que hemos dicho, hijas mías, tiende a que seáis generosas para hacer todo lo que Nuestro Señor quiere que hagáis, lo mismo que hizo santa Catalina que, llena de compasión al oír hablar de la matanza que pensaba hacer el emperador Maximino, tuvo el coraje de salir a su encuentro para decirle que se extrañaba de su osadía por empeñarse en derramar sangre cristiana, haciéndolo así para apartarle, si pudiera, de hacer tanto daño. ¡Qué bien vigilaba aquella mujer! ¡Qué bien guardaba las reglas que Dios le había dado! Ella velaba por el cumplimiento de las leyes cristianas y no faltó nunca a ellas. Velaba por las reglas de la caridad con el prójimo, tal como resulta de la lectura de su vida.

Hijas mías, tened devoción a santa Catalina; pedid a Dios la gracia de velar como ella, que se atrevió a dirigirle la palabra a un emperador para reprenderle por su crueldad; pero, al no poder conseguir nada con él, conquistó a cincuenta filósofos, a Porfirio con doscientos soldados y hasta a la mujer de Maximino, que fueron todos martirizados juntamente con ella. Aquel rey, no pudiendo tolerar en su mujer las máximas del cristianismo, como era tan cruel, la hizo morir la primera.

Hijas mías, nosotros no tenemos ocasión de presentarnos a los tiranos, como santa Catalina, pero podéis guardar vuestras reglas por amor a vuestro Esposo. Cuando hablemos, cuando hagamos alguna acción, entreguémonos a Dios para hacer que todo tienda al Esposo, y tengamos siempre la intención de hacerlo todo por él.

¡Oh Compañía de las hijas de la Caridad! ¿Si quisiera Dios animarte de su espíritu, para que no mirases más que a Dios en todas tus acciones y sufrimientos, qué vida tan santa llevarías entonces! Ved, hijas mías, ved hasta dónde podéis llegar si tenéis este espíritu y guardáis vuestras reglas. Si no todas lo tienen, es muy de temer que se pierdan, ya que la puerta del paraíso es muy estrecha. Desterremos de nuestro espíritu toda preocupación por nuestros parientes, por el sitio en que hemos nacido, la preferencia por una hermana en lugar de otra, el deseo de estar en tal parroquia, el afecto a esa dama. ¡Salvador mío! Desterremos todo esto de nosotros y hasta el cuidado de nuestras propias personas para no pensar en otra cosa más que en prepararnos para la venida del Esposo. Y si hay algo que haya que temer, es veros apegados a alguna otra cosa que no sea vuestro Esposo. Pues bien, las que mantengan algún afecto por las cosas que acabamos de decir, esperan ciertamente al Esposo, pero no se preparan para recibirlo. Por eso, hijas mías procuremos desterrar de nosotros todo lo que pudiera hacernos caer en la desgracia de esas vírgenes necias. Tomad esta resolución desde ahora mismo, para que no tengáis que escuchar en la hora de vuestra muerte esta maldición de boca de vuestro Esposo: «Estabais dormidas en la observancia de vuestras reglas; ahora ya no os conozco como esposas; marchaos, os abandono». Mis queridas hermanas, obremos de tal forma que nos veamos libres de esa desdicha por medio de nuestra fidelidad, para que tengamos la suerte de ver a ese divino Esposo con toda tranquilidad y ser vistas por él con agrado.     ¡Salvador mío! Quien pudiera ver el amor que tienes a las almas buenas sería imposible que no se viera arrastrado por el amor a un Esposo que quiere con tanto cariño a sus esposas. Es un fuego que hace arder a todos cuantos se le acercan como es debido. Pero las que no son vigilantes, que se despierten y que no esperen a mañana, no sea que venga el Esposo y las rechace. Hijas mías, afiancémonos en esta resolución de hacerlo todo por complacer al Esposo. Pero, como no podemos nada por nosotros mismos en este asunto, ruego a Nuestro Señor que nos conceda esta gracia. Y de su parte pronunciaré las palabras de la bendición.

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