Reprensión a un misionero que había hablado de la compañía con elogio. Razones para ser humildes y referir toda alabanza a Dios. Hacer bien lo que se hace, observar bien las reglas y dejar en la compañía una tradición de virtud. Cuando volvía a París después de sus misiones, el padre Vicente se reprochaba que dejaba a las almas abandonadas. Encomienda a las oraciones de todos a Santos Bourdaise, misionero de Madagascar.
El padre Vicente hizo que repitiera la oración un sacerdote del seminario recién admitido; dicho sacerdote, hablando de la compañía, le dio el nombre de santa compañía y santa congregación. Al oír esto el padre Vicente, detuvo el discurso de aquel buen sacerdote y le dijo: Padre, cuando hablemos de la compañía, no hemos de utilizar esos términos de santa compañía o congregación, u otros términos equivalentes y laudatorios, sino servirnos más bien de éstos: la compañía, la pequeña compañía y otros por el estilo. De esta forma imitaremos al Hijo de Dios, que llamaba a la compañía de sus apóstoles y discípulos pequeño rebaño, su pequeña compañía ¡Cuánto me gustaría que quisiera Dios conceder a esta ruin compañía la gracia de fundamentarla bien en la humildad, de que construyera y se fuera levantando sobre esta virtud, que permaneciera ahí como en su puesto, en su marco! Porque, mirad, padres, no nos engañemos: si no tenemos humildad, no tenemos nada Y no hablo solamente de la humildad exterior, sino principalmente de la humildad de corazón y de la que nos mueve a creer con toda verdad que no hay ninguna persona en la tierra más ruin y miserable que nosotros, que la compañía de la Misión es la peor de todas las compañías, la más miserable, deseando que todo el mundo hable de esta manera. Pero, padres ¿qué es lo que significa querer ser estimados? Querer ser tratados de una manera distinta del Hijo de Dios, ¿no es un orgullo insoportable? ¿Qué es lo que decían del Hijo de Dios, cuando estaba en la tierra? ¿Y por qué deseó que lo tuvieran entre el pueblo? Por un loco, por un sedicioso, por un idiota, por un pecador, aunque no lo fuera; llegó incluso a tolerar que lo pospusieran a Barrabás, a un ladrón y un asesino. ¡Oh Salvador! ¡Oh Salvador mío! ¡Tu santa humildad confundirá unos pecadores como yo, miserable de mí, en el día del juicio!
Hermanos, tengamos cuidado con esto. Tened cuidado con esto vosotros, los que vais a las misiones, los que habláis en público. A veces, con mucha frecuencia, se ve al pueblo impresionado por lo que se le ha dicho; se les ve llorar a todos; se encuentran algunos que, dando un paso más, se atreven a proferir palabras como éstas: «¡Bienaventurados los vientres que os llevaron, los pechos que os dieron de mamar!». A veces hemos oído decir palabras por el estilo. Al oír todo esto, la naturaleza se llena de satisfacción, nace y se alimenta la vanidad, si uno no está atento a reprimir todas esas satisfacciones,. a renunciar a la vanidad, a sí mismo, a buscar puramente la gloria de Dios, que es lo único por lo que hemos de trabajar. Sí, fijaos bien, puramente por la gloria de Dios y la salvación de las almas; porque obrar de otra manera es predicarse a sí mismo y no a los demás; y una persona que se porta de esa manera, esto es, que predica para hacerse aplaudir, para que la aprecien, la alaben y hablen de ella, ¿qué es lo que hace esa persona, ese predicador? ¿Qué es lo que hace? ¡Comete un sacrilegio, sí, un sacrilegio!
Dios mío, Dios mío, concede a esta pobre y pequeña compañía la gracia de que ninguno de los que la componen caiga en esa desgracia. Fijaos, padres y hermanos míos, creedme, nunca seremos las personas adecuadas para realizar la obra de Dios, si no tenemos una profunda humildad, un desprecio de nosotros mismos. Si la compañía de la Misión no es humilde y no tiene ese convencimiento y esa persuasión de que no puede hacer nada que valga la pena, de que lo estropea todo, nunca podrá hacer grandes cosas; pero cuando permanezca y viva en el espíritu que acabo de decir, entonces estad seguros de que podrá trabajar en la obra de Dios, porque de esas personas es de las que Dios se sirve para las grandes obras.
Los doctores, explicando el evangelio de hoy, en el que se hace mención de diez vírgenes? de las que cinco son necias y cinco prudentes, opinan que hay que entender esta parábola de los religiosos y de las comunidades que se han apartado del mundo. Si es así, padres, entonces se pierden la mitad de los religiosos y de las comunidades: ¡cuánto hemos de temer! ¡Miserable de mí, que soy un viejo pecador y no he hecho ningún bien en la tierra! ¡Cómo he de temblar! Bien, padres y hermanos míos, animémonos, no perdamos el coraje, entreguémonos en las manos de Dios, renunciando a nosotros mismos, a nuestras satisfacciones, a nuestros gustos y apetencias, creyendo que no tenemos peor enemigo que nosotros mismos, y haciendo todo el bien que podamos.
Y aquí hay que considerar dos cosas, a saber: que no solamente hemos de obrar el bien, sino además que ese bien lo debemos hacer bien. Porque, fijaos, no basta con hacer cosas buenas, por ejemplo, dar limosna, ayunar, y todo lo demás todo eso está bien, pero no es suficiente, además hay que hacer bien todo esto, con el espíritu de nuestro Señor, de la manera como lo hizo nuestro Señor en la tierra, y puramente por la gloria de Dios. Las plantas son incapaces de producir frutos que sean más excelentes que su esencia. Nosotros, todos nosotros, somos como la esencia de los que han de venir después de nosotros, y que probablemente no producirán mejores frutos que nosotros, ni alcanzarán una perfección más alta que nosotros. Si nosotros hemos obrado bien, ellos obrarán bien. Porque fijaos, padres, esto irá pasando de uno a otro: los que queden, enseñarán a los otros la manera con que los primeros se entregaban a la virtud, al cumplimiento de la regla; y estos otros enseñarán a los que vengan detrás; y esto, ayudados por la gracia de Dios que les habrán merecido los primeros, sí, que habrán merecido los primeros. ¿De dónde proviene que veamos en el mundo ciertas familias que viven tan bien en el temor de Dios? Me acuerdo ahora de una de ellas, de la que conocí a los abuelos y a los padres, que eran todos personas muy de bien; y los hijos, a quienes también conozco, se portan de la misma forma. ¿De dónde proviene esto? De que sus padres merecieron de Dios esta gracia, por su vida buena y santa, para sus hijos, según la promesa de Dios mismo, de que recompensará la virtud y la vida buena y santa de los padres en sus hijos hasta la milésima generación.
Miremos las cosas por el otro lado. Vemos a veces a ciertas personas, un marido y una mujer, que son buenas y viven bien; sin embargo, todo se les va de las manos, no triunfan en nada. ¿De dónde proviene esto? De que el castigo de Dios que merecieron sus padres por alguna falta grave que cometieron pasó a sus hijos, según está escrito, que Dios castigará al pecador en los suyos hasta la séptima generación; y aunque esto hay que entenderlo principalmente de los bienes temporales, sin embargo podemos entenderlo también de los bienes espirituales. De forma que, si obramos bien, si guardamos con fidelidad todas nuestras reglas, si practicamos bien todas las virtudes que convienen a un buen misionero, mereceremos de Dios esta gracia para nuestros hijos, esto es, para los que vengan detrás de nosotros, y que seguirán haciendo el bien. Pero si obramos mal, hay motivos para temer que ellos harán lo mismo, y aun peor, ya que la naturaleza siempre arrastra detrás de sí e inclina continuamente al mal. Y luego se dirá de la compañía lo que se dice ordinariamente en el mundo: «Mal va la cosa; esa gente va mal; cada vez peor; ya veréis como acaba todo».
Mirad, nosotros podemos considerarnos como los padres. La compañía está todavía en la cuna; no ha hecho más que nacer; hace sólo veinticinco o treinta años que ha comenzado a nacer. ¿Qué significa esto? ¿No es estar todavía en la cuna? Y los que vengan después de nosotros, dentro de tres o cuatro siglos, nos mirarán como a padres. Incluso los que acaban de llegar serán considerados como los primeros. Los que vienen en los primeros años son considerados como los primeros padres. Cuando queréis apoyar un argumento en algún pasaje que se encuentra en algún padre de los primeros siglos, decís: «Este pasaje se encuentra en tal padre, que vivía en el primer siglo; en tal padre de la Iglesia, que vivía en los primeros siglos». Eso es lo que se dice. Lo mismo se dirá de los que actualmente forman parte de esta compañía: «En tiempos de los primeros sacerdotes de la Misión se hacía esto; ellos se portaban así; estaban en vigor tales y tales virtudes», y así en todo lo demás.
Si esto es así, hermanos míos, ¿qué ejemplo hemos de dejar a nuestros sucesores, a nuestros hijos, ya que el bien que ellos hagan depende en cierto modo del que nosotros practiquemos? Si es verdad, como dicen los padres de la Iglesia, que Dios les hace ver a los padres y madres que están condenados el mal que cometen sus hijos en la tierra, para que de esta forma aumente su tormento, y que cuanto mayores son los males que esos hijos cometen, más sufren por ellos los padres y las madres que han sido su causa por el mal ejemplo que les dieron; de la misma forma, por otra parte, dice san Agustín, Dios les hace ver a los padres y a las madres que están en el cielo el bien que hacen sus hijos que todavía están en la tierra, para que crezca su alegría. ¡Ay, padres, qué consuelo y qué gozo tendremos nosotros cuando Dios quiera hacernos ver los bienes que realice la compañía, produciendo abundante cosecha de obras buenas, observando las reglas con fidelidad y exactitud, practicando ]as virtudes que componen su espíritu, siguiendo los buenos ejemplos que les hayamos dado!
¡Miserable de mí que digo y no hago! ¡Les digo a los demás lo que tienen que hacer, pero yo mismo no lo practico! Rezad a Dios por mí, padres; rezad a Dios por mí, hermanos, para que me convierta.
Bien, pongámonos de corazón en las manos de Dios; trabajemos, trabajemos, vayamos a asistir a las pobres gentes del campo que nos están esperando. Gracias a Dios, hay casas en las que casi siempre están trabajando, unas más y otras menos, en esta misión, en aquella, de esta aldea, a aquella otra, trabajando siempre, por la misericordia de Dios.
Me acuerdo (¿es menester que lo diga?) de que antiguamente, cuando volvía de alguna misión, me parecía que, al acercarme a París, se iban a caer sobre mí las puertas de la ciudad para aplastarme; muy pocas veces volvía de la misión sin que se me ocurriera este pensamiento. La razón de esto es que pensaba dentro de mí mismo: «Tú vuelves a París, y hay otras muchas aldeas que están esperando de ti lo que acabas de hacer aquí y allá. Si no hubieses ido a aquella aldea, probablemente tales y tales personas, al morir en el estado en que las encontraste, se habrían perdido y condenado. Si has visto eso, y en aquella parroquia se cometen tales y tales pecados, ¿crees que no te encontrarás con los mismos pecados y que no se cometerán faltas semejantes en la parroquia vecina? Están esperando que vayas a hacer entre ellos lo mismo que acabas de hacer con sus vecinos; están esperando una misión, ¡y tu te vas y los dejas allí! Si entretanto mueren y mueren, sin haberse arrepentido de sus pecados, tu serás en cierto modo el culpable de su pérdida y has de temer que Dios te pida cuenta de ello». Estos eran, padres y hermanos míos, los pensamientos que ocupaban mi espíritu.
Pero terminemos. Encomiendo a las oraciones de la compañía al buen padre Bourdaise, solo en Madagascar, para que Dios quiera robustecerlo con su gracia y conservárselo a la compañía. Dios ha bendecido a ese hombre de la forma que ya sabéis. ¡Y resulta que a ese hombre varias veces habíamos estado a punto de despedirlo, porque no creíamos que tuviese ciencia suficiente para poder permanecer en la compañía! ¡Ay!, qué bueno es esperar en Dios y poner en él nuestra confianza







