(04.08.58)
El domingo, día 4 de agosto de 1658, nuestro venerado padre tuvo la bondad de venir a casa a hablar con cuatro de nuestras hermanas, a las que había escogido su caridad para ir a ayudar a las que habían ido a Calais a atender a los pobres enfermos por orden de la reina.
Su caridad, apenas entrar, les abrió su corazón y les demostró el gozo que sentía por la ocasión que le había traído, y les dijo: Hijas mías, vengo a tomar parte en vuestro gozo y en la alegría de la señorita Le Gras por la elección que Dios ha hecho de esta pequeña Compañía, que él mismo se ha formado. ¡Qué dicha, hijas mías, veros preferidas a tantas otras Compañías que seguramente lo habrían hecho mejor que vosotras! Sin embargo, esa elección es evidente que se debe a una disposición de su voluntad, ya que os ha llamado a ello por medio de la reina.
¿Qué habrá que hacer, hijas mías? Humillarse mucho y llenarse de sentimiento de gratitud. ¿Quién habría dicho, hermana Enriqueta, usted que es una de las primeras de la Compañía, que esta Compañía tendría que trabajar en obras tan admirables? No os extrañéis de ello, mis queridas hermanas, pues es evidente que Nuestro Señor la ha querido modelar según su estilo de vida. ¿Qué vino él a hacer a este mundo, sino a salvar a los pobres? ¿Y en qué andan trabajando vuestras queridas hermanas, sino en salvar la vida a tantos pobres hombres a quienes se la han querido quitar?
Y el tierno corazón de nuestro venerado padre, llenándose de ternura derramó lágrimas de sus ojos, y dijo:
¿No es eso lo que nuestras hermanas han hecho y hacen actualmente, habiendo llegado algunas a perder su vida en esta tarea? ¡Qué dichosas son de haberla perdido por un motivo tan digno! Mis queridas hermanas, las otras también han caído enfermas; ¿sabemos acaso lo que Dios ha dispuesto de ellas? Entreguémonos a Dios para cumplir siempre su santa voluntad.
Esto es poco más o menos lo que nuestro venerado padre dijo en general, para dar a conocer a las hijas de la Caridad que es muy necesario ir a cualquier parte adonde Dios quiera llamarlas para el servicio del prójimo. Luego dijo:
Pasemos a las razones particulares. No puedo deciros otras, hijas mías, sino las que tuvo Nuestro Señor cuando vino a encarnarse, esto es, el cumplimiento de los designios de su divino Padre, que desde toda la eternidad había visto que así habría de hacerse para la salvación de los hombres, y el plan que en esa misma eternidad ha tenido Dios sobre vosotras; porque, hijas mías, él os ha visto no sólo en general, como a todas las criaturas, sino en particular a cada una de vosotras. Todas estabais en su presencia lo mismo que ahora delante de mí. Hijas mías, con la mirada de Dios no pasa como con la mirada de los hombres; en él no hay pasado ni futuro, sino que todo le está presente, de forma que os tenía delante de él desde toda la eternidad y sabía lo que ibais a hacer. El veía a la Compañía y las tareas que habría de confiarle. ¡Cómo habéis de alegraros por ello, hijas mías!
Esta mañana decía en la repetición de la oración: «Padres, ¿habéis oído decir alguna vez que haya habido en la Iglesia una Compañía de vírgenes y de viudas que haya tenido como fin principal el servicio del prójimo, como la de la Caridad? ¿Habéis oído decir alguna vez que unas muchachas iban a abandonar a sus padres, sus bienes y, lo que es más, su propia persona, para ir… ¿a qué?…a servir a unos pobres soldados enfermos? Habéis oído que unas mujeres iban a reparar los daños que causa la guerra? Conocéis muy bien la historia de todo lo que se ha hecho en los siglos pasados: ¿habéis visto jamás cosas semejantes? ¿Habéis oído decir jamás que haya habido muchachas que se entregasen de tal forma al servicio del prójimo que se les ve unas veces en tal casa asistiendo a un enfermo, otras veces en tal otra, dispuestas siempre a ir y venir a todos los sitios adonde Dios las llame? ¿Habéis visto esto alguna vez?». No hijas mías, nunca se había visto hacer lo que, gracias a Dios, estáis haciendo ahora vosotras; es algo nunca oído. Hijas mías, estáis haciendo algo nunca visto.
Les decía también: «¿Habéis oído decir alguna vez que la reina haya hecho buscar a unas personas de su mismo sexo para ir a hacer lo que ellas van a hacer? Nunca se ha visto esto. Aunque haya otras hijas de la Caridad y otros hermanos de la Caridad, se han puesto los ojos en éstas, excluyendo a todas las demás. ¿Habéis oído decir alguna vez que haya habido personas tan desprendidas de los sentimientos de la naturaleza que, a pesar de saber que una de las cuatro hermanas que se enviaron allá ha muerto y que las otras están muy enfermas, a pesar de eso se presentan para ir a ocupar su puesto, diciendo: «Padre, estoy dispuesta», tal como habéis hecho todas, hijas mías? Porque no hay ninguna de vosotras que no lo diga en el corazón y que no lo hiciera efectivamente si fuera necesario, lo mismo que nuestras queridas hermanas que han sido escogidas por Dios para ello.
Hijas mías, esto es continuar lo que hicieron los santos. Antiguamente, apenas creaban a uno papa, le mandaban cortar la cabeza; pero enseguida se encontraba otro que ocupaba el lugar del anterior, aunque sabía muy bien que esto le costaría nada menos que la vida. Este es el motivo de que contemos hasta treinta y cinco papas que han sufrido el martirio.
¿Y qué vais a hacer, hijas mías? Vais a ocupar el lugar de la que ha muerto, vais al martirio, si Dios quiere disponer de vosotras. En cuanto a nuestra querida hermana, estoy seguro de que actualmente recibe la recompensa de los mártires; y vosotras tendréis esa misma recompensa, si tenéis la dicha de morir con las armas en la mano, lo mismo que ella. Hijas mías, ¡qué dicha para vosotras!
Me parece oír a las hermanas que aquí se quedan diciéndome: «Pero, padre, ¿adónde van nuestras hermanas? No hace mucho tiempo que vimos partir a otras cuatro; una ha muerto, las otras están enfermas y a punto de morir quizás; ¡y ahora usted manda otras cuatro en lugar de ellas, a las que quizás no volvamos a ver! ¡Vamos a perder a nuestras hermanas! ¿Qué es lo que va a pasar con la Compañía?».
Mis queridas hermanas, ésta es también la objeción que ponían a los mártires que iban a la muerte. Creían que con tantos mártires la Iglesia se debilitaría y no quedaría ya nadie para sostenerla; pero os respondo lo que se respondió entonces: Sanguis martyrum est semen christianorum; por uno que reciba el martirio, vendrán otros muchos; su sangre será como una semilla que dará fruto, y un fruto abundante. La sangre de nuestras hermanas hará que vengan otras muchas y merecerá que Dios les conceda a las que queden la gracia de santificarse.
Después de estas palabras, nuestro venerado padre se vio obligado a detenerse por la abundancia de lágrimas; luego, con una voz entrecortada por los sollozos, continuó:
Hijas mías, vais entonces a hacer el acto de amor a Dios más grande que puede hacerse y que jamás habéis hecho, pues no hay ninguno tan grande como el acto del martirio. ¡Qué gran motivo para humillaros, hijas mías, al ver cómo Dios prefiere vuestra Compañía a tantas otras, que quizás lo harían mejor que vosotras! Pero él es el dueño y hace lo que le agrada. Hay también en la Compañía otras muchas que lo harían muy bien si las enviasen a ellas; pero Dios os quiere a vosotras precisamente para eso. Os ha preferido a tantas otras hermanas vuestras para esta santa obra. ¡Cómo habéis de humillaros! Humillaos entonces, hijas mías, creyéndoos indignas de este favor. ¡Cómo, Señor! ¡Preferir a una pobre mujer sin conocimiento, en un país donde no tiene ni parientes ni nadie a quien poder dirigirse, por encima de tantas otras!
Humillaos, pues, hijas mías. Y usted, la que acaba de tomar el hábito, más que todas las demás. No vayáis diciendo por las posadas o por los sitios en donde os detengáis que os envía la reina, que la reina os ha preferido a tantas otras. Si os preguntan: «¿Adónde vais?», responded: «Vamos adonde Dios nos llama»; o también: «Vamos a tal sitio». – «¿Y para qué?». – «A hacer lo que Dios nos mande». No digáis nada que pueda ceder en ventaja vuestra. Humillaos todas y cada una en particular, reconociéndoos como las más miserables y las más imperfectas de la Compañía.
Estad firmemente convencidas de que sois las peores, no sólo de las hijas de la Caridad, sino de todo el mundo; pues podemos decirlo así, no como una imaginación, sino de verdad: somos peores que todos los mayores pecadores que hay en el mundo, por culpa de los abusos que hemos hecho de las gracias de Dios y por nuestras ingratitudes. Este es el primer medio para conservar la gracia que Dios os ha hecho de llamaros para el cumplimiento de sus designios.
Otro medio es marchar con gran fe y llenas de confianza, pues podéis estar seguras de que ésa es la voluntad de Dios. Cuando los poderosos de la tierra ordenan hacer alguna cosa, someterse a ellos es cumplir la voluntad de Dios. Si esto es así, hemos de esperar que Dios os concederá todas las gracias que necesitéis para llevar a cabo su obra.
Además, habéis de tener mucha caridad y paciencia entre vosotras, pues tenéis que saber, hijas mías, que es necesario que os soportéis mutuamente, en las cosas que menos podéis imaginaros. La hermana Enriqueta tendrá alguna cosa que moleste a las demás y que le hará pensar: «¡Cómo! Esta hermana hace esto; ¡qué manera de obrar! ¡qué carácter!». Y también usted, hermana, tendrá algo que moleste a sor Enriqueta; y usted, hermana, verá en las otras alguna cosa que le disguste; y así las demás. ¿Qué hacer entonces? Soportarse mutuamente. La caridad lo conseguirá. Habrá que soportar a la hermana Enriqueta; a ella le ruego que os soporte como le gustaría que la soportaseis las demás, que sufra con la que tenga alguna pena, bien sea en el cuerpo, bien en el espíritu. Porque, hijas mías, el amor debe ser tan sólido entre vosotras que no haya nada capaz de alterarlo; y así, cuando vuestra hermana esté triste, estar triste con ella; y si hay una enferma, es preciso que todas se sientan enfermas con ella, como aquel que decía: Quis infirmatur, et ego non infirmor?, ¿quién está enfermo, que no esté yo enfermo con él?
Después, hijas mías, tenéis que servir a esos pobres enfermos con gran caridad y dulzura, de forma que vean que vais a asistirles con un corazón lleno de compasión. También tendréis que soportar a las oficialas, cuando hayáis llegado allá. Y si veis que los que atienden a los enfermos no cumplen bien con lo que tienen que hacer, no digáis nada, ni siquiera a nuestras hermanas, a no ser en particular.
Si hay algún aviso que dar, tenéis que dárselo a la hermana sirviente en particular. Para ello, hijas mías, miraréis a sor Enriqueta no sólo como a la hermana sirviente de las demás, sino que veréis a Dios en ella. Estad seguras de que, mientras hagáis lo que ella os diga, lo haréis todo bien. Ya habéis visto lo que aquí se hace y cómo se observan las prácticas; haced como si estuvierais aquí. Guardad vuestras reglas tanto como podáis y como os lo permita el servicio de los enfermos. Cuando no podáis hacerlo, paciencia. Si hay que dejar la oración para acudir a un enfermo, dejadla; así dejaréis a Dios en la oración y lo encontraréis en un enfermo. Guardad vuestras reglas y ellas os guardarán. Si os encontráis por el camino con personas que no puedan hacer vuestras pequeñas prácticas, no dejéis de hacer la oración en el coche lo mejor que podáis. Sor Enriqueta dará la señal de cuándo hay que comenzarla y acabarla.
Si los que van en el coche dicen algunas palabras que os disgusta escuchar, hablando del prójimo, no digáis nada por lo menos el primer día, a no ser que os preguntasen; pues entonces hay que suscitar el interés por Dios y tolerar al prójimo; pues es lo que Dios espera de vosotras. Hijas mías, si obráis de esta manera, no tengáis miedo de incomodarlos, sobre todo si introducís la práctica de decir las letanías de la santísima Virgen por la tarde, las de Jesús por la mañana y el rosario todos los días. Podéis proponérselo a los demás y decirles: «Señores, muchas personas acostumbran hacer tal y tal cosa cuando van de viaje; ¿les parece a ustedes bien que lo hagamos también nosotros?». Y si veis que no están dispuestos a ello, rezadlo entre vosotras; que una empiece en alta voz y que las demás contesten.
Cuando paséis por algún pueblo, saludaréis al ángel de la guardia de aquel lugar y, cuando llegue el coche, os informaréis de dónde está la iglesia, sino está demasiado lejos. Mientras va una a la posada a ver si hay una habitación, las demás irán a adorar el Santísimo Sacramento.
Id, mis queridas hermanas; permaneced firmes en vuestra resolución y, aunque a veces notéis algún pequeño enfriamiento, que no habrá de faltaros, no os extrañéis de los pensamientos que el espíritu maligno o la naturaleza se empeñarán en sugeriros. En cuanto a nuestras hermanas recién venidas a la Compañía, se considerarán como las últimas y para ello, hijas mías, sed muy sumisas a todo lo que os digan nuestras hermanas. Consideraos como novicias.
San Ignacio, que fundó una Compañía dedicada por completo a la salvación del prójimo, cuando le pidieron que enviara a sus hijos al ejército para anunciar allí la palabra de Dios, no tenía dificultad en enviar algunos novicios; una vez que envió a uno, éste se distinguió tanto por su virtud que todo el mundo quedó muy edificado; de modo que, al ver a un hombre de una vida tan ejemplar, le preguntaron a san Ignacio dónde había hecho su noviciado: «Lo ha hecho en el ejército», respondió aquel santo. De allí se dedujo que se podía muy bien elegir tanto a los novicios como a los más avanzados, para enviarlos adonde fuera necesario.
En cierta ocasión nosotros mandamos, junto con otros más antiguos, a dos de nuestros padres que eran totalmente nuevos en la Compañía; esto me dio la oportunidad de pedirles que se portasen como si estuvieran en el seminario. Ellos lo hicieron así con toda exactitud durante dos años. Y no recuerdo haber visto a nadie hacer un mayor servicio a Dios y al prójimo que el que hicieron aquellos dos hombres. No, no conozco a ningún misionero que lo haya hecho mejor que ellos, a pesar de que tuvieron que hacer su noviciado en medio de tan grandes ocupaciones y de tanto trabajo.
Hijas mías, no temáis; haréis bien vuestro noviciado. Lo haréis mucho mejor, porque viviréis y moriréis como mártires, sí permanecéis en la disposición que Dios os ha dado.
Abrazad a nuestras queridas hermanas que quedan en Calais, en nombre de todas las de aquí, asegurándoles que todas estas hermanas se sentirían muy dichosas de poder participar de la pena que ellas han tenido. Saludadles de parte de la señorita Le Gras y de la nuestra, y decidles que les agradecemos mucho el servicio que hacen a Dios y a los pobres, hasta con lágrimas.







