(21.07.58)
(Reglas comunes, art. 43)
Mis queridas hermanas, dice así el texto de la última de vuestras reglas: «Tendrán todas un gran aprecio de las reglas y de las costumbres laudables que hasta el presente han observado, considerándolas como medios que Dios les ha dado para adelantar en la perfección propia de su estado, y para conseguir más fácilmente su salvación. Por eso se aficionarán a ellas y se afanarán a ponerlas en práctica».
Mis queridas hermanas, este último artículo de vuestras reglas os recomienda que sintáis un gran aprecio de todas vuestras reglas y de las santas costumbres de esta casa, o sea, que estiméis mucho todo lo que aquí se ha observado hasta el presente. Pues bien, la primera razón por la que tenéis que observar estas reglas es porque han sido inspiradas por Dios, de forma que debéis mirarlas, no ya como reglas de los hombres, sino como reglas dadas por Dios e inspiradas por Dios a aquellos que ha escogido para dirigiros.
Esta es la primera razón por la que tenéis que mirarlas como reglas dadas por Dios; pues es preciso que sepáis que no está dentro de la facultad del hombre tener un solo buen pensamiento (1), si Dios no se lo inspira. Por este motivo, cuando se consideran las reglas, no solamente las vuestras, sino hablando en general, hay que mirarla, no como ideas o como órdenes de los hombres, sino como venidas de Dios, que las ha inspirado para el buen gobierno de las comunidades. Según esto, hijas mías, vuestras reglas os las ha dado Dios, y tenéis que mirarlas como venidas de Dios y no de los hombres. Por eso, cuando oigáis leer vuestras reglas, tenéis que decir: «Voy a escuchar lo que Dios me dice», y recibir lo que os indica la regla como si Dios hablase a vuestro corazón. Este es el primer motivo que os tiene que hacer estimar mucho vuestras reglas.
La segunda razón por la que tenéis que apreciarlas es, mis queridas hermanas, que todas vuestras reglas tienden a convertiros de buenas cristianas en buenas siervas de Dios y buenas hijas de la Caridad. Según esto, tienden a haceros santas, porque todo lo que aconsejan son cosas que se refieren a los mandamientos de Dios, para hacer que los observéis mejor, y a los consejos evangélicos. En una palabra, tienden a haceros llegar a la santidad. Mostradme una hermana entre vosotras que observe bien sus reglas y os diré lo que decía el difunto papa: «Si me aseguran de un religioso o religiosa o de una persona perteneciente a alguna comunidad que guarda bien sus reglas, la canonizaré». Hijas mías, ¡qué razón tan poderosa para haceros observar vuestras reglas! Según esto, si una hija de la Caridad es exacta en el cumplimiento de sus reglas, podemos decir que vivirá y morirá al estilo de los santos que hay en el cielo. ¡Qué hermosas virtudes practicaréis, si guardáis vuestras reglas! ¿No os acordáis de las que visteis en vuestras queridas y bienaventuradas difuntas, de su ardiente amor a Dios, de aquel deseo que tenían de servir al prójimo? Cuando escuchabais la relación de lo que hacían, ¿no os daba la sensación de que se trataba de las mismas cosas que leemos en las vidas de los santos? Por lo que a mí se refiere, así lo creía y que ellas practicaron lo mismo que se lee en la vida de los santos y en la de Jesucristo, de modo que apreciaba en ellas cierta participación de la divinidad. Porque mirad, hijas mías, las virtudes de los cristianos, de todos los que han recorrido el mundo por amor de Dios, es una participación de las virtudes que hay en Nuestro Señor; gracias a ello, esas personas humildes que lo dejaron todo por el servicio de Dios participan del espíritu de Dios; y esa participación es la que Nuestro Señor les ha dado de su humildad. Y lo mismo con las otras virtudes. De modo que, cuando veáis a una hermana practicar esta virtud y que lo hace así por imitar a Nuestro Señor, podemos decir de esa persona que vive del espíritu de Nuestro Señor Jesucristo. Pues bien, hijas mías, vuestras reglas os pondrán en ese estado de perfección, si queréis practicarlas. ¡Cuánto debéis estimarlas y quererlas, sin faltar a una sola!
Sé muy bien que a veces hay dos reglas que se contradicen entre sí. La regla que se refiere la distribución de la jornada os llama a la oración de la mañana, mientras que la orden de asistir a los pobres os manda que vayáis a visitarles y a llevarles las medicinas. ¿Qué hay que hacer en ese caso? Las dos son reglas dadas por Dios. Según lo que acabo de decir, si observo la una y dejo la otra, no hago lo que él quiere que haga. En ese caso, la santa obediencia lo pone todo de acuerdo y quiere que dejéis la oración para ir a servir a los pobres, como se os ha enseñado tantas veces; entonces se trata de dejar a Dios por Dios. Pues bien, cuando os parezca que no podéis observar una regla sin dejar otra, no tenéis que andaros con escrúpulos, pues eso se llama dejar a Dios por Dios. Pero fuera de ese caso en que puede haber contradicción entre dos reglas, no hay que faltar nunca a ellas; por ejemplo, cuando suena la campana y os llama a oración, hay que dejarlo todo, pues es Dios el que os dice: «Venid, hijas mías». Por eso tenéis que obedecer al sonido de la campana como a la voz de Dios, con la seguridad de que, cuando lleguéis a la capilla, Nuestro Señor os mirará con agrado y se alegrará de veros. Porque sois sus esposas y, como a tales, él se complace en miraros, lo mismo que un padre se complace en ver a su hijo; ¿no veis cómo un padre deja todas las cosas por el placer que siente en ver a sus hijos? ¿Y por qué? Sabed que, cuanto más fiel sea una hermana al cumplimiento de sus reglas, tanto más se acercará a la santidad. Pero acordaos de que vuestras reglas deben ser escuchadas de tal forma que os sintáis obligadas a guardarlas, sin pensar en adquirir otras virtudes más que las que allí se indican. Esto os convertirá en santas. Sí, hijas mías, estad seguras de que, si Dios os concede la gracia de observar bien vuestras reglas, llegaréis a una gran perfección. No se verá en vosotras más que un amor ardiente a Dios, una caridad inflamada por el prójimo, un gran deseo de veros menospreciadas. Vuestras reglas tienden precisamente a estas virtudes.
Así pues, hijas mías, ¿no queréis hacer un firme propósito y decir desde ahora: «Sí, padre; me entrego de todo corazón a Dios para observarlas; prometo cumplirlas sin faltar ni a una sola»? Si hubiera que faltar a alguna, que sea por la contradicción entre dos reglas o por caridad. Quiero creer que así lo prometéis, que todas tenéis esta intención, y con un propósito tanto más firme cuanto que sabéis muy bien que no se necesita ninguna otra cosa para llegar a la perfección. ¡Animo, hijas mías! Si sois fieles a esto, Dios os concederá la gracia de hacer grandes cosas en su servicio; sí, Dios hará por medio de la Compañía cosas de las que nadie ha oído hablar jamás, si sois fieles a lo que él pide de vosotras.
¿No lo estáis ya viendo? ¿Se había oído decir alguna vez que unas hermanas iban a servir a los pobres criminales? ¿Se había visto a algunas hermanas entregarse al servicio de los pobres niños abandonados por sus padres? Pues ahora se ve, y Dios se complace en verlo. Pues bien, si los padres se alegran de ver a sus hijos, que quizás son malos y enemigos de su padre, ¡con cuánta más razón querrá Nuestro Señor a un alma que hace todo lo que puede por complacerle! Mis queridas hermanas, acordaos de que como a los padres les gusta todo lo que hacen sus hijos, también a Dios le agradan los actos de virtud que hacéis, de forma que, como a queridas esposas de Nuestro Señor, él se agrada en veros frecuentemente en la oración. El ve cómo una se dedica a considerar su bondad, su sabiduría y sus otras perfecciones, y cómo se eleva a él por actos de amor. «Salvador mío, te amo y de todo corazón; y como no puedo amarte como tú mereces, te ofrezco el amor que nos tiene tu Padre». El ve cómo otra tiembla a la vista de sus faltas y cómo busca los medios para levantarse de ellas; todo esto lo mira lleno de gozo. Cuando una falta por descuido, por pereza o por otros motivos, mirad, hijas mías, le dais un disgusto que no es posible decir. Pero, fuera de ese caso, todo es una hermosa armonía. Todo lo que se hace en la oración le agrada tanto a Dios que os está esperando allí para veros. Y no sólo es una armonía muy agradable a Nuestro Señor todo lo que se refiere a este ejercicio de la oración, sino todo lo que hacéis cuando observáis vuestras reglas. Al ver con qué espíritu hacéis vuestro trabajo, la confianza que tenéis en él, todo esto lo mira con tanto gozo que parece que no es posible otro mayor. ¿Por qué? Porque se ve a sí mismo en ello, cuando ve esas virtudes en vosotras. Por eso no puede menos de amaros, pues también nosotros amamos a las cosas que se nos parecen. Y una vez que una persona ha llegado a ese grado, Dios se complace en su alma, al ver en ella las huellas de las divinas perfecciones, que ha puesto allí por su gracia, de su amor, de su bondad, de su sabiduría. El Hijo ve allí su conformidad con la voluntad de su divino Padre y pone allí sus complacencias.
Mis queridas hermanas, si esto es así, ¿no queréis entregaros a Dios para observar vuestras reglas? Creo que todas estáis decididas. Mientras guardéis las reglas, seréis tan agradables a Nuestro Señor que él se complacerá en veros. ¿Por qué? Porque, cuando cumplís vuestras reglas, cumplís necesariamente la voluntad de Dios. Porque estad seguras de que no hay reglas, por pequeñas que sea, que no sea agradable a Dios. ¡Cuánto consuelo para vosotras saber que no sólo la oración es agradable a Dios, sino también todas las ocupaciones, hasta las más bajas, cuando se hacen para seguir las reglas, como lavar los pies a los pobres, besar la tierra, ver a un enfermo, ir a limpiar los platos! Todo esto es tan agradable a Dios que a veces él prefiere esas cosas tan pequeñas a otras mayores, sobre todo si se hacen como es debido; y los santos creen que el cumplimiento de las reglas más pequeñas agrada más a Dios que el de las más grandes.
Cumplid vuestras reglas; ellas os harán santas. ¿Se ha oído decir hasta ahora que unas hermanas se hayan entregado a Dios para servir a los locos que echan sus padres de su casa para encerrarlos en calabozos? Seguid así, hijas mías; ¡adelante! Vosotras no veis lo que Dios quiere hacer con vosotras; no vemos lo que él pretende de la Compañía. Lo que sí vemos es lo que ha hecho hasta ahora; por lo demás, no sabemos lo que quiere de vosotras y cómo quiere emplearos en ciertas cosas que ni vosotras ni yo acabamos de ver, con la condición de que guardéis las reglas que os ha dado.
Pero, padre, ¿qué hemos de hacer para eso? – Hijas mías, es menester que con el tiempo tengáis todas una copia, impresa o de otro modo, y que todos los días leáis un artículo. Además, tenéis que llevarlas sobre vosotras; y cuando tengáis que estar en algún sitio esperando a otra hermana, tomar vuestras reglas del bolso y leerlas. Las que no sepan leer, In nomine Domini, se acordarán de que Nuestro Señor es su regla y que él será su lector; de modo que no hay que dejar pasar ni un solo día sin leer algún artículo.
¡Ojalá hicieseis todas lo que hacen en un monasterio de París, que visito algunas veces! Nunca veo a aquellas religiosas sin un libro en la mano; y me parece que son sus reglas.
Padre, ¿por qué leer tantas veces esas reglas que sabemos de memoria? Es de suponer que también ellas lo sepan. – Hijas mías, es que el espíritu de Dios se oculta dentro de ellas. Por eso no dejan nunca de leerlas y releerlas, y Dios da nuevos impulsos de devoción, para practicarlas, a las almas que le temen. Los capuchinos las leen muchas veces. ¿Por qué? ¿Es que ellos no saben sus reglas? No son más largas que las vuestras, y por tanto se las saben muy bien. Al parecer, no sería necesario que las leyesen tanto; sin embargo, las leen todos los viernes, pues esperan que al escucharlas Dios le dará cada vez más luces para observarlas. Por eso es necesario que adoptéis esta práctica y que todos los años, al hacer los ejercicios, las volváis a leer para ver si faltáis en algún punto. ¿Las he observado? Sí, gracias a Dios. Si he fallado en algo, habrá que humillarse y hacer penitencia por las faltas contra las reglas que hayamos cometido. Hay algunas que tienen la devoción cada tres meses, poco más o menos, cuando tienen la comunicación con el superior, o cuando se confiesan, de pedir penitencia por la falta de observancia de las reglas, y Dios les concede a esas hermanas la gracias de crecer de virtud en virtud. De ellas se dice: «¡Qué observante es esa hermana y cómo cumple las reglas!». Pues esto es fácil de ver en esta casa; por el contrario, también se ve a las que no las cumplen. Las hermanas que guardan bien las reglas, las veréis siempre recogidas y con la vista baja; mientras que con las que no las cumplen pasa todo lo contrario. Por eso, hijas mías, pedid a Nuestro Señor la gracia de observarlas.
Pero, padre, es que cuesta mucho cumplirlas como es debido. – Hijas mías, siempre he oído comparar lo que cuesta la observancia de las reglas con lo que cuesta llevar un anillo al dedo porque uno se acostumbra a ello. Pues bien, cuando una persona está acostumbrada a la observancia de sus reglas, tiene la misma dificultad en ello como si llevase un anillo. Cuando veo en nuestra casa que la gente se levanta a las cuatro, que acuden a la oración, que luego se preparan para decir misa (las primeras horas se emplean en eso casi por completo), entonces digo dentro de mí: «¡Dios mío! ¡No cuesta trabajo obrar bien, cuando se acostumbra a ello!». Del mismo modo, las que se acostumbran a la práctica de las reglas, lo hacen sin dificultad; y si les cuesta algún trabajo, es que no saborean el espíritu de Dios, que está dentro de ellas. Decidle a un mal sacerdote, como soy yo: «¿Le cuesta decir el oficio?», y os responderá: «Sí, me resulta muy largo». Preguntadle a una buena hija de la Caridad cómo cumple las reglas que le habéis entregado v os dirá que las observa sin ninguna dificultad. Si hay alguna a la que le cuesta demasiado guardarlas, es que todavía no se ha acostumbrado debidamente. Hijas mías, pedidle a Dios, especialmente mañana, día de santa María Magdalena, la gracia de guardar bien vuestras reglas y entregaos a Dios para ello; así como también para observar las reglas de la distribución del día, que os voy a leer, pues ya están las reglas acabadas.
Este es el orden de distribución del día…
¡Lo que se dijo de la distribución del día en esta conferencia va unido a otra conferencia que se tuvo sobre el mismo tema el día 6 de octubre siguiente).
¡Señor! ¡Señor! Tú has formado esta pobre Compañía de pobres mujeres. Tú quisiste nacer de una doncella pobre, aunque de estirpe real, y quisiste que estas hermanas hicieran lo que hizo tu padre san José; tú quieres que ellas se conformen con lo que tú y tu madre hicisteis en la tierra. Te suplicamos, Señor, que concedas a esta Compañía de hermanas la gracia de que, en el mismo momento que reciban la bendición, se sientan eficazmente movidas a entrar en esta práctica. Concédenos la gracia de observar nuestras reglas de la misma manera que tú observaste las que te dio tu Padre. Señor, no queremos hacer jamás otra cosa. Nuestras queridas hermanas no desean abolirlas, sino cumplirlas; no desean abreviarlas, sino ampliarlas; desean cumplir tus mandamientos y tus consejos guardando sus reglas. Concédeles esta gracia. Te lo pedimos por el amor de Nuestro Señor y por el amor de su santa Madre, por el amor de santa María Magdalena, tu querida amante; que, como ella fue fiel en guardar las reglas que tú le diste, también ellas lo sean a las que les has dado. Salvador mío, concédenos esta gracia por el amor de santa Marta y también de santa Juana de Cusa, de modo que estas hermanas no tengan más placer que el de observarlas. Así te lo suplico con todo mi corazón y, de tu parte, les daré la bendición.







