Festividad de todos los santos. Muerte de Dermot Duiguin.
Después de que nuestro veneradísimo padre hizo repetir a tres o cuatro personas los pensamientos que Dios les había inspirado en la oración, dijo a la compañía que debería elevarse a Dios en esta santa festividad de todos los santos y pedirle sus gracias para las necesidades de cada uno en particular y de la compañía en general. Fijaos, dijo, nuestro Señor acostumbra derramar sus gracias con mayor abundancia en este día sobre los fieles que se las piden como es debido, y esto por la intercesión de sus santos; pues, como hay más intercesores por nosotros delante de Dios, por eso no cabe duda de que las gracias que él derrama sobre los fieles en el día de hoy son mucho más abundantes que en las demás fiestas particulares de los santos. Lo que hemos de hacer, padres y hermanos míos, es agradecer a su divina Majestad todos los dones y gracias que ha querido conceder a todos los santos del cielo en general, y a cada uno de ellos en particular, por el buen uso que hicieron de aquellas gracias y la perseverancia que demostraron en la práctica de las buenas obras hasta el fin de su vida; dar gracias a Dios por todo esto y porque practicaron tan bien aquella primera lección que nuestro Señor les enseñó a ellos y a nosotros: «¡Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos!»
¡Oh hermosa y santa humildad! ¡Cuán agradable eres a los ojos de Dios, ya que el mismo señor nuestro Jesucristo quiso expresamente venir a enseñárnosla por su palabra y su ejemplo aquí en la tierra! Padres y hermanos míos, ¡ojalá el amor y el deseo de esta virtud estén siempre bien impresos en nuestros corazones! Sí, el amor al desprecio: aceptar de buena gana que se burlen de nosotros, que nos estimen en poco, que nadie haga caso de nosotros, que el mundo nos crea gente de poca virtud, ignorantes, que no sirven para nada.
No solamente debe querer esto cada uno de la compañía respecto a sí mismo, sino también respecto a la compañía en general. Sí, querer que se hable de ella como de la comunidad más inútil de la Iglesia de Dios, la más imperfecta; querer que digan de ella que es la más ignorante y que no sirve para nada. El hijo de Dios quiso pasar por ello; fue juzgado por el pueblo como un seductor, toleró que lo pospusiesen a Barrabás, que lo tuviesen por endemoniado, que el pueblo lo rechazase, en una palabra, el aceptó y quiso este estado. Y si el hijo de Dios amó este estado, ¿por qué no lo vamos a amar nosotros? Mirad, hemos de esforzarnos continuamente en querer el rebajamiento, la confusión por nuestras faltas; hay que odiar y detestar el mal cuando va unido al pecado, y hacer todo lo posible por corregirnos. Pero una vez cometido, hemos de querer la confusión que nos produce y aceptar vernos menospreciados por esa causa.
Conozco a una señorita que tenía una pierna más gruesa que la otra; como no pudiera por ese motivo ir al baile, etcétera, como las demás señoritas del mundo, se retiró a vivir en la soledad, sin casarse; luego, decía: «¡Bendita pierna, que has sido la causa de que me aparte del mundo! ¡Bendita confusión, que me has procurado tan gran bien!»
Ayer recibí una carta, en la que se me decía que la muerte de nuestro buen padre Duiguin ha causado muchas lágrimas en todo el mundo, al ver que perdían a su buen padre (por tal lo tenían); todos, grandes y pequeños, derramaban abundantes lágrimas; era su padre, pues los había engendrado en Cristo Jesús. Esto puede en principio dar motivos de aprecio a la compañía, al ver lo que pasó; pero lo que hemos de hacer en estas ocasiones, cuando veamos y oigamos estas cosas, es decir: «¡Señor, a ti solo la gloria! ¡A ti, Dios mío, toda la gloria!». Y de esta forma rebajar en nuestro interior todo lo que pudiera darnos algún pensamiento de vanagloria en particular o para la compañía en general. ¡Quiera Dios concederle a la compañía la gracia de dedicarse de forma especial y principal a los medios de adquirir esta santa virtud de la humildad y del rebajamiento de nosotros mismos! Sí, hermanos míos, lo repito, deberíamos buscar con todo nuestro entusiasmo la adquisición de esta virtud de la humildad. ¡Que su divina Majestad nos conceda esta gracia!







