Vicente de Paúl, Conferencia 096: Cordialidad, respeto, amistades particulares

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(02.06.58)

(Reglas comunes, art. 39 y 40)

Hijas mías, dice así el artículo 39 de vuestras reglas: «Puesto que ellas (hablando de vosotras) no tienen que demostrar demasiada cordialidad ni complacencia al hablar con otras personas, especialmente con las personas de otro sexo, etcétera».

Hijas mías, esta regla os manda dos cosas: una, la cordialidad la otra, el respeto que le debéis al prójimo y entre vosotras mismas. Pues bien, será preciso explicar qué es la cordialidad. La cordialidad, propiamente hablando, es el efecto de la caridad que se tiene en el corazón, de forma que dos personas que tienen en su corazón esa caridad mutua, que ha puesto allí el amor, lo demuestra también entre si. Si tenéis amor a los pobres, demostraréis que os sentís muy gustosas de verlos. Cuando una hermana tiene amor a otra hermana, se lo demuestra en sus palabras. Esto se llama cordialidad, esto, una exultación del corazón por la que se demuestra que uno está muy contento de estar con otra persona, hablándole de este modo: «Hermana, me siento muy alegre de poder estar con usted». Esta es la cordialidad que os recomienda vuestras reglas, de forma que conviene que os la demostréis las unas a las otras gracias a cierta alegría que se siente en el corazón y que se refleja en el rostro; pues cuando una persona siente alegría en su corazón, no la puede ocultar, sino que la notáis en su rostro. En tercer lugar, también se demuestra la cordialidad con palabras amistosas, como por ejemplo: «Hermana, ¡cuánto me alegro de verla! ¡bendito sea Dios que nos ha juntado!». O bien, cuando se acerca una hermana, mostradle una cara que le haga ver vuestra amistad, que os sentís muy dichosas de volver a verla. Obrar de esta manera es un testimonio por el que se demuestra que se siente cordialidad en el corazón mediante cierto gozo que se experimenta en nuestro interior y que nos hace poner una cara amable y graciosa cuando se habla con una hermana o con otras personas. Eso se llama cordialidad, que es un efecto de la caridad; de forma que si la caridad fuera una manzana, la cordialidad sería su color. Veis a veces a algunas personas que tienen un aspecto sonrosado que las hace hermosas y agradables. Pues bien, si la manzana fuese la caridad, su color sería la cordialidad. Veis, pues, cómo la cordialidad es una virtud por la que se demuestra el amor que se tiene al prójimo, y que es muy necesaria a las hijas de la Caridad para poder ser útiles a las personas con quienes tratan. También puede decirse que, si la caridad fuera un árbol, las hojas y el fruto serían la cordialidad; y fuera un fuego, la llama sería la cordialidad.

Por eso, hijas mías, es menester que os entreguéis a Dios para practicar esta virtud y para demostrar cordialidad a todas las personas, especialmente a vuestras hermanas y a los pobres. Hay personas que tienen la santa costumbre de no tratar nunca con nadie más que con un rostro alegre y sonriente y que demuestran siempre, con algunas palabras de cordialidad, la alegría que siente al volver a ver a los demás. Pues bien, hijas mías, me gustaría que os entregaseis a Dios para entrar en esta práctica; es lo que os enseña la regla y lo que Dios pide de vosotras.

Esto es la virtud de la cordialidad. Pero lo mismo que las demás virtudes (tenéis que fijaros bien, pues esta regla es de las más difíciles de explicar que hay), todas las virtudes tienen dos extremos a su lado, uno a la derecha y otro a la izquierda, y se encuentran en medio de dos vicios; lo mismo pasa con la cordialidad. Un defecto de la cordialidad es carecer totalmente de ella; el mostrarse duras y mal encaradas es un vicio; fijaos bien, eso es un vicio. Por eso, siempre que mostréis cordialidad a vuestro prójimo, practicaréis una virtud que merece la recompensa del cielo. Hacer lo contrario es mostrar un rostro triste y mohíno, que hiela los corazones de todos los que se os acercan. Mostrarse duro y displicente con los demás es un vicio opuesto a la cordialidad.

Por el otro lado hay también otro vicio contra esta virtud, que es el exceso de cordialidad; por ejemplo, cuando se ve a una hermana demostrar excesivamente el afecto que tiene a otra y decirle: «¡Qué contenta estoy de verte!», y la toma en brazos, eso es un vicio entre las hermanas. Pero seria mucho mayor todavía si fuera con personas de fuera, sobre todo con las de otro sexo. Respecto a vosotras, cuando se habla del otro sexo, hay que entender que se refiere a los hombres, con los cuales tenéis que ser muy recatadas.

Así pues, ese vicio se llama exceso de cordialidad. Pues bien, el abrazar a una persona, como acabo de decir, es caer en el exceso. Y eso no hay que hacerlo nunca. Abrazarse con demasiada efusión, decirse una a otra: «¡Cuánto la quiero! ¡No querría por nada del mundo perder esta ocasión de abrazarla!», eso es un exceso de cordialidad. Acordaos, pues, del principio que hemos planteado, que no hay virtud que no tenga sus vicios. El exceso en demostrar el afecto a una persona es una cordialidad, pero una cordialidad viciosa.

El segundo vicio de la cordialidad es mostrarse triste y no demostrar amistad alguna. Cuando tratéis con el prójimo, es menester que os esforcéis en ejercer esta cordialidad, como, cuando sirváis a los enfermos, hacer que aparezca cierto gozo en vuestro rostro, para demostrarles el placer que sentís al servirles, y mostraros contentas de hablar con ellos; pero es preciso que sea una alegría moderada, no sea que os excedáis.

La liberalidad es una virtud. Pero, para que lo entendáis bien, tiene dos vicios: la avaricia y la prodigalidad. Avaricia es ser demasiado tacaña y no querer dar nada. La prodigalidad es un exceso de la liberalidad. Y entre esos dos vicios se encuentra la virtud de la liberalidad, lo mismo que entre el defecto de cordialidad y el exceso de cordialidad se encuentra la virtud de la cordialidad.

Hijas mías, os recomiendo que practiquéis esta virtud y que os acostumbréis a ser muy cordiales entre vosotras, con las damas con los enfermos y con todas las personas con quienes tengáis que tratar, con tal que observéis lo que os acabamos de decir, que no os excedáis. Fuera de eso, esforzaos en mostrar cordialidad con vuestras palabras y un rostro alegre, que demuestre que estáis satisfechas en vuestro corazón; pero con los hombres un poco menos que con las personas de vuestro sexo.

Pues bien, hijas mías, la cordialidad es la primera virtud que os señala esta regla. Pero hay también otra que les recomienda esta misma regla a las hijas de la Caridad, que es el respeto.

¿Qué quiere decir respeto, hijas mías? Respeto es una virtud por la cual una persona demuestra que siente deferencia y veneración por otra y que la estima mucho. Pues bien, esta virtud tiene dos vicios opuestos. El primero es una especie de alejamiento de la persona a la que se respeta, como si no se atreviera uno a acercarse a ella. Es ir de un extremo al otro. El segundo vicio es faltarle al respeto. ¿Qué significa faltar al respeto? Es tratar uno con otro de compañero a compañero, según se dice. Pues bien, Nuestro Señor quiere que os respetéis mutuamente, puesto que os ha elegido por esposas. Así pues, debéis trataros como esposas de Jesucristo, que reina allí arriba en el cielo. ¿No tiene esto que obligaros a una mutua estima? ¡Cómo! ¡Sé que mi hermana es esposa de Nuestro Señor y como hijas de Dios! ¿Y no voy a guardarle el debido respeto? ¿Habrá alguien que no respete a la esposa del rey? Hijas mías, tenéis que estimaros como esposas de Nuestro Señor e hijas de Dios; porque decir hijas de la Caridad es decir hijas de Dios; por eso, en cualquier parte en que os encontréis, respetaos mutuamente. Siendo tantas las virtudes que con frecuencia están ocultas en una hermana tantas las hermosas virtudes que en ella se encuentran, como bien sabéis, viendo la paciencia de unas, el amor a los pobres de otras, el gran celo por la observancia de las reglas en otras, ¿no será todo esto motivo para estimar a vuestras hermanas?

Hijas mías, hay tantas razones para estimar a vuestra compañera que no hay excusa alguna que os pueda dispensar de ello, incluso aunque no la conocierais. Y aunque no hubiera más motivo que el que Jesucristo ha muerto por nosotros, ¿no es eso bastante para estimar a una persona? Jesús nos ha demostrado tanta estima que ha querido morir por nosotros, probando de esta forma que nos ha estimado más que su preciosa sangre, que derramó para redimirnos, como si quisiera demostrar así que más que a su sangre aprecia a todos los predestinados y a las hijas de la Caridad, por las que ha dado hasta la última gota. Si esto es así, ¿no hemos de entregarnos a Dios para tener una estima muy alta del prójimo?

Además de eso, una persona que está siempre acompañada de un ángel, puesto que vuestros ángeles de la guarda os acompañan por todas partes, ¿no merece ser honrada?

Hijas mías, tenéis que honraros mutuamente como esposas de Nuestro Señor, y también a las personas de fuera; porque, hijas mías, es menester que estas dos virtudes de la cordialidad y del respeto se encuentren en las hijas de la Caridad, juntamente las dos, porque si sólo demostráis tener cordialidad con una persona, no le guardáis respeto, y si sólo le demostráis respeto, todavía os falta la cordialidad. Dios quiere que nos respetemos: «Honraos y mostraos respeto los unos a los otros» (1). Por consiguiente, en esta regla se os recomienda que seáis tan cordiales que esto no impida el respeto que habéis de tener a las personas. No sé si entendéis bien lo que os digo. La cordialidad, hijas mías, es una virtud que os hace demostrar el amor que tenéis a todo el mundo; el respeto es un testimonio de la estima en que tenéis a la persona que respetáis. La cordialidad procede del corazón; el respeto tiene su fuente en el entendimiento, pues procede del conocimiento del mérito de la persona a la que se cree digna de honor. Con vuestras hermanas y con los hombres habéis de proceder de tal manera que les demostréis vuestra cordialidad, pero sin llegar al exceso. No sé si me he explicado bien, pues ésta es una de las reglas más difíciles de comprender.

Hija mía, dijo el padre Vicente, dirigiéndose a una hermana, ¿qué es lo que acabo de decir?

– Ha dicho usted que hemos de amarnos mutuamente, pero que no lo hemos de demostrar demasiado.

– Entonces, hermana, si una hermana se pone a abrazar a otra, como acabo de decir, y a hacer todas esas boberías, ¿es eso cordialidad?

– No, padre.

– No, hijas mías, eso sería un vicio.

Y dirigiéndose a otra:

– Hermana, ¿qué es lo que la regla os recomienda?

– Una cordialidad respetuosa, padre.

– Mirad, hijas mías, hay que pedirle a Dios la gracia de casar bien esas dos virtudes. Tenemos la cordialidad en el corazón, porque el corazón es el signo del amor; pero no vemos lo que hay en el corazón, si no lo demostramos fuera. Pues bien, cuando demostramos el amor que tenemos a una persona en la forma que acabamos de decir, ¿practicamos una virtud?

– No, padre; nos ha dicho usted que eso era un vicio.

Luego preguntó a otra hermana:

– ¿Qué quiere decir cordialidad, hermana?

– Es tener amor una a la otra.

– Y cuando demostramos el amor que llevamos en el corazón por medio de nuestras palabras y nuestro rostro, ¿cómo se llama eso?

– Cordialidad.

– Y cuando demostramos excesiva cordialidad, ¿es una virtud?

– No, padre, es un vicio.

– Entonces, hija mía, ¿tiene que ir la cordialidad acompañada de respeto?

– Sí, padre.

– Así, pues hijas mías, ya veis cómo la virtud de la cordialidad no debe ir sola, sino que necesita de otra virtud, que es el respeto. Conviene demostrar cordialidad con las otras hermanas, y así os lo recomiendo? con tal que no sea cogiéndola del brazo, besándola, hablando con ella como os he dicho, ya que no se trata de esa manera a una persona a la que se respeta.

Hermana, ¿qué es lo que acabo de decir?

– Padre, ha dicho que no hay que hacer ver demasiado el amor que nos tenemos, que sí hay que demostrarlo, pero no tanto que faltemos al respeto.

– ¡Bendito sea Dios, hijas mías! Me alegro de ver que lo entendéis bien; en adelante tenéis que ejercitaros en esto y, cuando una hermana tenga que hablar con otra, que se acerque a ella con un rostro gracioso, pero respetuoso; y la otra, lo mismo. Para que lo hagáis mejor, os ruego, hijas mías, que toméis un mes entero para hacer sobre esto el examen de conciencia, para ver si os excedéis en la cordialidad o si no tenéis bastante y si, al ejercer esa cordialidad, habéis sido respetuosas. Y si encontráis que todo va bien, bendito sea Dios.

En la referente a las personas de fuera, ved si las tratáis con el debido respeto. Si veis que faltáis en algo, pedidle perdón a Dios, examinándoos, como os he dicho, para ver las faltas que cometéis en ello, hasta que veáis que os acercáis a los pobres, a las hermanas y a toda clase de personas con cordialidad y respeto.

Y con esto baste para la regla 39; pasemos a la 40, que habla de las amistades particulares.

Regla 40: «Aunque todas deben tenerse un grande amor, se guardarán no obstante con mucho cuidado de las amistades particulares, que son tanto más nocivas cuanto menos lo parecen, por ir disfrazadas ordinariamente con el velo de la caridad, no siendo en realidad más que un desordenado afecto de la carne y sangre. Por eso huirán de ella con tanto y aún más cuidado que de las aversiones, por ser capaces, estos dos extremos viciosos, de perder en poco tiempo toda una Compañía».

Hijas mías, acabamos de hablar de la cordialidad y del exceso de esta virtud. Esto es una cosa de casi la misma naturaleza, pero viciosa. Hay que saber que los cristianos tienen dos clases de amores: uno humano, que les es común con todos los demás hombres; el otro es el amor cristiano. Por consiguiente, todos los hombres tienen este amor y están inclinados naturalmente a amar. Pero unos aman por inclinación y otros por la razón. El amor cristiano, en una hija de la Caridad, le hace amar a todo el mundo por amor de Dios, empezando por sus hermanas, y extendiéndose luego a los pobres y a todos nuestros prójimos. Pues bien, amar de este modo es un amor cristiano y un amor de religión. El otro amor es un amor de inclinación, por el que se ama a una persona más que a otra, ya que se siente hacia ella una cierta inclinación que no se siente por las demás. Se trata de un amor de inclinación. Así vemos que se ama a los padres, al propio país, a ciertas cosas, más que a otras. Las personas de una comunidad tienen estas dos clases de amores: el uno es amar al prójimo por amor de Dios; el otro es un amor de inclinación, como acabo de decir; y éste es un amor de bestia, pues amar por inclinación es amar como las bestias, según dice el bienaventurado obispo de Ginebra. Por consiguiente, este último amor se extiende solamente a algunos, y el otro se extiende a todos: ese es el buen amor. Pues bien, hijas mías, Dios os recomienda que améis a todas vuestras hermanas con este segundo amor y os prohíbe que améis por este amor de inclinación. Cuando este amor reina en las comunidades, con frecuencia se observa que se siguen muy malos efectos. Una hermana siente inclinación por otra: le dirá todo lo que tiene en el corazón, todo lo que ve y lo que no ve; le consagrará todos los sentimientos de su corazón y no reservará nada para los pobres y para las demás hermanas, que para ella no valen nada al lado de la otra; y así ni tiene amor a Dios ni al prójimo. ¿Por qué? Porque sólo tiene un amor animal. Prefiere el amor de esa criatura al amor del Creador, a quien debería amar por encima de todas las cosas, y luego al prójimo por amor de Dios.

Pues bien, hijas mías, este amor de inclinación es muy peligroso y puede hacer mucho daño y hasta arruinar a toda una comunidad; y las hermanas que se sienten inclinadas a amar de esta manera son capaces de muchos males. Esto es muy indicado para hacer capillitas: cuando están juntas, hablan de la superiora o de la hermana sirviente; y si hay algo que no les gusta de ellas o de su forma de gobernar, se ponen a murmurar: «Hace esto y esto; ¿por qué obrará de ese modo?»; y así dan motivo a que las demás desprecien a los superiores y critiquen sus órdenes. «Esta gobierna de tal modo; sería preciso que nombraran a esta otra». Las personas que se aman con un amor de inclinación obran de esta manera; y son una peste de la comunidad. Lo digo por experiencia. Una peste no haría tanto mal como hacen ellas. ¡Que Dios os guarde! Una peste no traería tanto desorden a una casa como esas personas con sus zalamerías. Pues, como no se aman más que por inclinación, hablan unas veces de una y otras de otra. Son capaces de causar la desunión no sólo de las hermanas, sino entre las mismas oficialas. Por eso vuestra regla os recomienda que améis a vuestras hermanas de tal manera que vuestro amor sea igual para con todas y que no demostréis más afecto a aquella por la que sentís inclinación que a la que os resulta poco agradable. Al contrario, para romper con vuestra inclinación, tenéis que ser reservadas y no dar a conocer cuál es a la que amáis por inclinación. Hijas mías, tened cuidado con esto; y apenas os deis cuenta de que amáis a alguna por inclinación, dirigid vuestro amor hacia otro lado.

¡Dios mío! ¡Qué ordenadas son vuestras reglas! Así pues, este artículo prohíbe expresamente las amistades particulares.

Acordaos de que el amor de inclinación es un amor de bestias y que una persona que ama sólo por inclinación ama realmente al estilo de las bestias; es un amor de caballo y de borrico. ¡Salvador mío! ¡Dios nos guarde de que el amor de las hijas de la Caridad sea de este estilo! Las que se sientan llevadas hacia él tienen que esforzarse en deshacerse de él cuanto antes. Cuesta hacerlo y se necesita mucho trabajo, pues, cuando se siente una inclinación, es preciso violentarse mucho. Por eso os ruego que os entreguéis de corazón a Dios para ejerceros en esto. Y para que os sirva todo lo que he dicho y saquéis alguna utilidad de lo dicho en esta conferencia, será conveniente que cada una examine si tiene alguna amistad particular. «¿No tengo yo más inclinación a esta que a aquella? He vivido con esta en aquel sitio; ¿no la he querido más que a las otras?». Hijas mías, tenéis que examinaros para ver qué es lo que más amáis. Y esto tiene que ser ahora mismo, mientras estoy hablando, preguntándoos: «¿Hacia quién siento alguna inclinación? ¿Es la gracia la que me mueve a amar, o la naturaleza?». La gracia no ama más que por amor a Dios y no tiene más fin que el de ayudar a los que se ama a que alcancen la santidad. Por el contrario, la naturaleza busca sus propias satisfacciones.

Después de reconocer por este examen a quién tenéis ese amor brutal, tenéis que pedirle a Dios que os conceda la gracia de acabar con él y luego buscar algún medio para ayudaros a esto. Hijas mías, os aconsejo lo siguiente: decid en vuestro interior, si reconocéis que sentís alguna inclinación por alguna de las hermanas: «Resulta que me gusta tratar con tal hermana; hablo con ella de cosas de las que no debería hablar. Me propongo, mediante la gracia de Dios, romper con esta inclinación». ¿Y cómo? «La veré con menos frecuencia y, cuando la vea, sólo hablaremos de cosas buenas; si ella quiere contarme algo de lo que pasa, le diré que, aunque a veces lo habíamos hecho así, me han dado a conocer que eso no está bien y que, por eso, será mejor que dejemos esas cosas». Si ella continúa, vedla lo menos posible y, si os encontráis con ella, habladle de cosas buenas, como de la oración de la mañana o de alguna práctica piadosa. Así es como Dios os concederá la gracia de apartar vuestro corazón de aquella hermana, a la que lo teníais apegado, para amar a todas vuestras hermanas igualmente con un santo       amor.

Hijas mías, decidámonos a hacerlo así. ¿No es acaso una gran traición obrar de otra manera? Una hermana que tiene un corazón para todas sus hermanas se lo quita a todas para entregárselo a una, amándola al estilo de las bestias, como si dijera: «Tómalo, te lo entrego; no hay en él lugar más que para usted». ¡Jesús mío! ¡Qué injusticia!

A continuación, el padre Vicente le preguntó a una hermana:

– Hija mía, ¿son buenas las amistades particulares?

– No, padre; son un amor de bestias.

– Hermana, ¿cuántas clases hay de amistad?

– Dos clases: una nos hace amar igualmente a todas las hermanas por amor de Dios; la otra es el amor de inclinación.

– ¿Hay que amar con este amor de inclinación?

– No, padre; pues eso es amar sólo a una persona.

– ¿Y es eso peligroso?

– Sí, padre; y puede hacer mucho daño a la casa.

– ¿Qué hay que hacer para corregirlo?

– Hay que dejar de hablar con la persona a quien se ama o, si se habla con ella, tiene que ser de cosas buenas.

– ¿Tiene usted ganas de obrar así?

– Sí, sí, padre; con la gracia de Dios.

– Mirad, hijas mías, es necesario que tengáis todas este mismo deseo y que las que se sientan llevadas a amar por inclinación no amen nada por ese amor solamente, aunque pueden amar por amor de Dios. Pues no está permitido odiar a una hermana. Sino que, para orientar bien ese amor, tienen que cambiar su objeto, para no odiar a aquellas a las que se ama por inclinación, sino amarlas por amor de Dios, que nos manda amar al prójimo.

Y dirigiéndose a otra hermana, le preguntó:

– Hermana, ¿es un gran crimen el amor particular?

– Sí, padre.

– Y cuando uno siente que ama a una persona por inclinación, más que a otra, ¿está bien que se lo diga?

– No, padre, porque es un vicio.

– ¿Cómo tienen que amarse las hijas de la Caridad?

– Padre, tienen que amarse todas de igual manera por el amor de Dios.

– Veo bien que lo entendéis todas y doy gracias a Dios por ello. Pero de nada sirve entender una cosa si no se la practica. He aquí los medios que os indica la misma regla; dice así: «Por esto huirán de ellas con tanto y aun más cuidado que de las aversiones». Por consiguiente, hay que huir de esas amistades particulares, ya que pueden hacer tanto o más daño que las aversiones y enemistades. Sí, una persona que siente enemistad con otra puede romper con ella de diversas maneras: pidiéndole a Dios la gracia de vencerla, mediante alguna inspiración que tenga o algún sermón que oiga. Pero una persona que sienta alguna inclinación hacia otra no busca los medios para salir de esa situación; al contrario, la fomenta más con su trato, de forma que es capaz de crear la división entre todas las hermanas, ya que, cuando están juntas, no hacen más que hablar de las demás y de cosas que no deberían: «¿Qué me dice de esta o de aquella? Fulana me ha dicho esto y esto. Cuando la vea, tengo que decirle unas cuantas cosas».

En fin, hijas mías, la experiencia demuestra que se derivan grandes males de esas amistades particulares y que ese vicio puede echar a perder a toda una comunidad. Para que no os suceda a vosotras esa desgracia, esforzaos en adquirir el amor de Dios y en querer a todos vuestros prójimos. Para que os animéis a ello, pensad lo siguiente: «No hago un solo acto de amor a Dios o de amor al prójimo por amor de Dios, sin que adquiera alguna gracia meritoria, con tal que ame con ese amor que acabo de decir».

Pues bien, hijas mías, estando las cosas de la forma que os acabo de decir, ¿no queréis que tanto vosotras como yo nos entreguemos a Dios para servir a los pobres de la manera que hemos enseñado? ¿No queréis entregaros a Dios para no amar nunca a nadie por inclinación, sino amar a todo el mundo por amor de Dios? ¿No queréis hacer durante un mes el examen sobre este punto para ver si tenéis quizás alguna amistad particular y esforzaros en cambiar, de modo que no sigamos nunca nuestras propias inclinaciones? ¿No queréis también, hijas mías, que en el examen particular veamos si hemos sido muy cordiales con nuestras hermanas, con los pobres y con las demás personas, y si nuestra cordialidad ha sido debidamente respetuosa? ¿No vais a prometerle a Dios no ser parciales, sino demostrar que tenéis amistad a todas vuestras hermanas? ¿Verdad que lo vais a hacer así, hijas mías?

Si quisiera Dios concederles a las hijas de la Caridad la gracia de ser siempre fieles a esta práctica, ¡cuánto progresaríais en la virtud al poco tiempo! Si quisiera Dios concederos esta gracia, no amaríais más que por Dios. Y así, permaneciendo en la caridad, seríais miradas siempre con agrado por su divina majestad. Si no lo hacéis así y amáis por inclinación, ya no tendréis esa vestidura de la caridad que hermosea al alma y la convierte en un objeto digno del placer de Dios; porque, hijas mías, apenas una persona se deja llevar solamente por la inclinación en el amor a los demás, ya no tiene esa hermosa vestidura de la caridad y deja de ser agradable a Dios.

¡Salvador mío! Si concedieras a nuestras hermanas la gracia de ser fieles a la práctica de sus reglas y de amar a todo el mundo en general por amor a ti, ¿qué ventajas supondría esto para ellas? Que recibirían de ti la aprobación para poder ser verdaderas hijas de la Caridad, ya que sus almas estarían adornadas de la caridad, y decir hijas de la Caridad y verdaderas hijas de la Caridad quiere decir hijas de Dios. Mis queridas hermanas, si obráis de la forma que hemos dicho, estad seguras de que recibiréis muchas gracias de Dios; pero, si somos débiles y pobres de ánimo hasta el punto de caer en una condición de bestias, ya no estaremos revestidas de la vestidura nupcial, esto es, de la gracia de Dios, que es el ropaje del alma. ¿Creéis acaso que os basta el hábito para ser hijas de la Caridad? Ni mucho menos; el verdadero hábito tiene que ser el amor de Dios, el amor del prójimo y el amor a todos, pues la caridad no es nunca interesada. Vistámonos de este ropaje, no amemos nada más que por Dios y en Dios, renunciemos a las amistades particulares, temámoslas como un vicio que puede echar a perder a la Compañía. Esta es, hijas mías, la gracia que le pido a Dios, rogando a su infinita bondad, tanto para las presentes como para las que están ausentes, que se vean excitadas por esta misma gracia a entrar en la práctica de lo que aquí hemos dicho.

Pido a Nuestro Señor que os conceda esta gracia. ¡Señor! Así te lo pido con toda la ternura de mi corazón, para que quieras darnos esa viva llama de tu amor que destierre de nuestros corazones todo el amor desordenado a las criaturas. Y esto te lo pedimos para todas las que están presentes y para las ausentes. Hijas mías, recurramos a la santísima Virgen. Ella podrá alcanzárnoslo. ¡Quiera la bondad de Dios concedernos esta gracia por la bendición que de su parte voy a daros!

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