(30.08.56)
Hijas mías, voy a hablaros de vuestro viaje, tocando tres puntos, ya que la divina Providencia os ha escogido para eso. El primero es de las razones que tenéis para entregaros a Dios en esto; el segundo, de lo que debéis hacer allí; el tercero, de los medios para hacer bien lo que Dios pide de vosotras.
En cuanto al primer punto, la primera razón que tenéis es el ofrecimiento que hicisteis a Dios de vosotras mismas para cumplir siempre y en todas partes su santísima voluntad; porque, hijas mías, ya no sois de vosotras mismas, sino que sois de Dios, de forma que podéis decir: «No somos de nosotras mismas; somos totalmente de Dios». ¡Qué consuelo, hijas mías, no ser ya de uno mismo y no pertenecer más que a Dios, tal como habéis hecho!
La segunda razón, hermanas mías, es que vais a un pueblo que sirve muy bien a Dios y que es muy caritativo; sí, son buenas gentes; y esto es un gran consuelo, pues si fuerais con gente mala, sería mucho más duro.
La tercera razón es que habéis sido escogidas para ello; hijas mías, ha sido Dios el que os ha elegido; no ha sido a esa otra hermana que está allí, sino que os ha escogido a vosotras, y no a otras. ¿Habría pensado usted en eso, hermana mía de la Misericordia, y usted, hermana de Orleans? ¿Quién lo habría dicho? Sin duda es Dios el que lo ha hecho, pues vosotras no habríais pensado nunca en ello; pero podéis creer, hijas mías, que vuestra vocación ha sido bien examinada y que lo demás viene de Dios.
El segundo punto, mis queridas hermanas, es de lo que vais a hacer. Vais a hacer lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra, pues no vino más que para dar vida al mundo, y vosotras vais a dar la vida a esos pobres enfermos tanto del cuerpo como del alma. ¡Qué dicha ir a echar los fundamentos e ir a fundar la Caridad en una ciudad tan grande y entre un pueblo tan bondadoso! Os han pedido para un año, o para seis meses, o quizás para siempre. Sea lo que fuere, va con vosotras una buena muchacha, que está toda llena de caridad; la honraréis mucho y la inclinaréis a hacer el bien a los pobres.
Lo primero que habéis de hacer es ir a saludar al señor obispo nombrado de Arras (2) para pedirle la bendición y recibir sus órdenes. También le pediréis la bendición al señor oficial y saludaréis a un gentilhombre que hay allí, y al señor gobernador, a quien le diréis que vais a recibir sus órdenes. Viviréis las dos solas y con nadie más. Veréis todo lo que os propongan para fundar la Caridad tan deseada, bien sea para toda la ciudad, o bien para cada parroquia; creo que esto sería lo mejor. Así lo he visto en Beauvais; al principio quisieron hacerlo así y la fundaron para toda la ciudad; pero esto duró poco tiempo y no resultó; la pusieron en cada parroquia y las cosas empezaron a ir mejor. Estudiaréis sus proyectos y les diréis qué es lo que acostumbráis a hacer en otras partes. Y en el caso de que piensen en una parroquia sólo, escogeréis la mejor para comenzar, con el parecer del señor obispo, y luego en otra; en fin, vosotras veréis. No os encarguéis de muchos enfermos a la vez; basta solamente con ocho o diez. Haréis todo tal como se acostumbra hacer aquí.
Aparte de esa buena muchacha que va con vosotras, habrá otras que puedan ir con vosotras a los enfermos; dejadles hacer, pero no os carguéis con muchas a la vez. Bastará con dos; cada una la suya; basta con eso. Decidles, lo mismo que a esa buena muchacha, que tenéis vuestras reglas y que es necesario que estéis solas. Guardad lo mejor que podáis el reglamento, a no ser que os lo impida el servicio a los enfermos; eso sería dejar a Dios por Dios.
La hermana dijo:
Padre, estamos tan acostumbradas a eso que ordinariamente no hacemos oración más que al ir y venir, o en la misa.
– Sí, hija mía, hay que hacerla en la misa, cuando os lo impida el servicio a los enfermos o buscar después de comer la hora que sea más oportuna.
Tomaréis por confesor al padre Canisio (el confesor de las religiosas de santa Brígida) y tendréis con él mucha confianza. Si se pone enfermo o se va por las aldeas, escribidnos y os diremos a quién habéis de acudir. Por favor, hermanas, escribidle a la señorita Le Gras todas las semanas, si podéis, y a mí con frecuencia.
Seguiréis en todo los consejos de las personas que os he dicho, con tal que no os ordenen nada en contra de vuestras reglas.
Os encontraréis allí con un padre de la Misión. Recibid también sus órdenes, con tal que no os mande nada en contra de vuestros ejercicios. Y si os dijera que hicierais algo contra vuestras reglas y contra las cosas que acostumbrabais hacer aquí, decidle: «Padre, eso no va con nuestras prácticas; le ruego que me excuse». En fin, no haréis nada contra vuestras santas costumbres.
La hermana dijo: Padre, me siento incapaz de hacer todo eso, pues me reconozco muy indigna y creo que no podré hacer más que cometer faltas. Será menester que Dios obre y trabaje por nosotras.
La otra hermana demostró los mismos sentimientos. Y nuestro venerado padre les respondió:
¡Dios las bendiga, hermanas! Los medios que tienen ustedes para hacer bien lo que Dios les pide es permanecer en esos sentimientos que tienen, pensar que no podrán hacer nada bien, que lo estropearán todo, creyéndose incapaces de hacer nada sin una gracia especial de Dios. Ese es un gran medio, hijas mías: tener mucha humildad y desconfianza en sí mismas.
El segundo medio es la caridad y la unión entre vosotras. Hijas mías, ¡mucha caridad y paciencia! Pues puede ser que surja entre vosotras algo que os haga sufrir; hermanas mías, soportadlo; y si alguna vez una disgusta en algo a la otra, inmediatamente tenéis que pediros perdón. Le ruego, hermana, que mire a la otra hermana como a la persona de Nuestro Señor; y a usted, que mire a su compañera como a la santísima Virgen.
El tercer medio es la humildad con los demás, mucha humildad con todo el mundo, estimar y preferir a todos por encima de uno mismo; incluso a esa buena muchacha cededle la delantera y tratad a todo el mundo con respeto. Cuando yo iba a misiones con alguno de los de Bons-Enfants, siempre les hacía pasar por delante con mucha humildad. Así pues, hijas mías, amad el desprecio con que podrían trataros, pues puede ser que os desprecien y que tengan mala opinión de vosotras; incluso, si se dijera que tomáis el dinero de los pobres o que no dais todo lo que se os da para los pobres, humillaos de corazón, pues si llevarais perlas al cuello, dirían que es a costa de los pobres, como se ha dicho de la señora duquesa.
Así pues, mis queridas hermanas, los medios son éstos: vuestra humildad; el segundo, caridad con todo el mundo, especialmente con los enfermos; el tercero, humildad con todo el mundo.
Pero como no podéis hacer todo esto sin una gracia especial de Dios, entregaos a él de todo corazón y pedidle su ayuda para esto. Así se lo ruego con toda mi alma para vosotras, mis queridas hermanas, aunque soy indigno de ello, y os pido a vosotras que roguéis a Dios por este miserable pecador. Le suplico que os conceda su santa bendición.
Benedictio Dei Patris…







