Vicente de Paúl, Conferencia 064: Extracto De Una Conferencia [Septiembre De 1655]

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LOS SACERDOTES

La depravación del clero es causa de la ruina de la iglesia. Los sacerdotes tienen que convertirse. Misión de la compañía en esta tarea.

¡Bendito seas, Señor, por las cosas buenas que se acaban de decir y que tú has inspirado a los que hablaban! Pero todo esto Salvador mío no servirá de nada, si tú no pones en ello tu mano; es menester que tu gracia lleve a cabo todo lo que se ha dicho, y que nos dé ese espíritu sin el que nada podemos. ¿Qué vamos a hacer nosotros, pobres miserables? ¡Señor, danos este espíritu de tu sacerdocio, que tenían los apóstoles y los primeros sacerdotes que les sucedieron! ¡Danos el verdadero espíritu de este sagrado carácter que pusiste en unos pobres pescadores, en unos trabajadores y hombres sencillos de aquel tiempo, a los que, por tu gracia, comunicaste este grande y divino espíritu! Porque, Señor, nosotros no somos más que unos pobres hombres, trabajadores y aldeanos, sin proporción alguna con esa misión tan santa, tan eminente y celestial. ¡Oh padres y hermanos míos, cuánto hemos de rezar a Dios por esto, y cuántos esfuerzos hemos de realizar por esta necesidad tan grande de la Iglesia, que se está arruinando en muchos lugares por la mala vida de los sacerdotes! Porque son ellos los que la pierden y la arruinan; es demasiado cierto que la depravación del estado eclesiástico es la causa principal de la ruina de la Iglesia de Dios. Hace pocos días estuve en una reunión, donde había siete prelados, que, al reflexionar sobre los desórdenes que se ven en la Iglesia, decían públicamente que la causa principal de los mismos eran los eclesiásticos.

Sí, son los sacerdotes; nosotros somos la causa de esa desolación que arruina a la Iglesia, de ese deplorable retroceso que ha sufrido en muchos lugares, habiéndose quedado casi totalmente asolada en Asia y en Africa, e incluso en gran parte de Europa, como Suecia, Dinamarca, Inglaterra, Escocia, Irlanda, Holanda y otras Provincias Unidas, y en gran parte de Alemania. ¡Cuántos herejes vemos en Francia! Y Polonia, muy infectada ya anteriormente por la herejía, pero ahora en inminente peligro de perderse totalmente para la religión, tras la invasión del rey de Suecia.

¿No creéis, padres y hermanos míos, que Dios quiere trasladar su iglesia a otros países? Sí; si no cambiamos, hemos de temer que Dios nos lo quite todo, sobre todo cuando vemos a esos enemigos tan poderosos de la iglesia combatir con mano fuerte. A ese terrible rey de Suecia, que en menos de cuatro meses ha ocupado gran parte de ese gran reino, mucho es de temer que lo haya suscitado Dios para castigar nuestros desórdenes. Son los mismos enemigos de quienes Dios se ha servido otras veces para lo mismo; de allí salieron los godos, visigodos y vándalos, de los que Dios se sirvió hace doce siglos para afligir a su Iglesia. Todo esto, por muy extraño que sea, tiene que ponernos en guardia. ¡Un reino de tanta extensión, invadido en un momento, en menos de cuatro meses! ¡Señor, quién sabe si tan tremendo conquistador se quedará allí! ¡Quién sabe! En fin, ab aquilone pandetur omne malum!; de allí salieron los males que sufrieron nuestros antepasados, y por ese lado es por donde hemos de temer nosotros.

Pensemos, pues, en la enmienda del estado eclesiástico, ya que los malos sacerdotes son la causa de todas esas desdichas, y son ellos quienes las atraen sobre la Iglesia. Aquellos buenos prelados lo reconocieron así por propia experiencia y lo confesaron delante de Dios. Nosotros hemos de decir: «Sí, Señor, nosotros hemos provocado tu cólera; nuestros pecados son los que han atraído esas calamidades; sí, los clérigos y los que aspiran al estado eclesiástico, los subdiáconos, los diáconos, los sacerdotes, nosotros que somos sacerdotes, somos los que hemos causado esta desolación en la Iglesia. ¿Y qué podemos hacer ahora, Señor, sino afligirnos en tu presencia y proponernos cambiar de vida? Sí, Salvador mío, queremos contribuir en todo lo que podamos a satisfacer por nuestras culpas pasadas y a mejorar el estado eclesiástico; para eso nos hemos reunido aquí y pedimos tu gracia».

¡Ay, padres! ¿qué podemos hacer? Dios nos ha confiado a nosotros esta gracia tan grande de contribuir a la restauración del estado eclesiástico. Dios no se ha dirigido para esto a los doctores ni a tantas comunidades llenas de ciencia y santidad, sino que se ha dirigido a una miserable, ruin y humilde compañía, la última y la más indigna de todas. ¿Qué es lo que Dios ha visto en nosotros para tan gran tarea? ¿Dónde están nuestros títulos? ¿Dónde las acciones ilustres y brillantes que hemos hecho? ¿Dónde esa capacidad? No hay nada de todo eso; ha sido a unos pobres idiotas a los que Dios, por pura voluntad suya, se ha dirigido para intentar una vez más reparar las brechas del reino de su Hijo y del estado eclesiástico. Padres, conservemos bien esta gracia que Dios nos ha hecho, por encima de tantas personas doctas y santas que la merecían mejor que nosotros; pues, si llegamos a hacerla inútil con nuestra negligencia, Dios nos la retirará para dársela a otros y castigarnos por nuestra infidelidad.

¡Ay! ¿Quién de nosotros será la causa de tan gran desdicha y privará a la Iglesia de tanto bien? ¿No seré yo, miserable? Que cada uno de nosotros ponga la mano en su conciencia y diga dentro de sí: «¿No seré yo ese desgraciado?». ¡Ay! ¡Basta con un solo miserable, como yo, para apartar con sus abominaciones los favores del cielo a toda una casa y hacer caer sobre ella la maldición de Dios! ¡Oh Señor, que me ves totalmente cubierto y lleno de pecados, que me llenan de confusión, no prives por ello de tus gracias a esta pequeña compañía! Haz que siga sirviéndote con humildad y fidelidad y que coopere en los designios que tú pareces tener, de realizar por su ministerio un último esfuerzo por contribuir a restablecer el honor de tu Iglesia.

¿Y cuáles son los medios para ello? ¿Qué hemos de hacer por el buen resultado de esta próxima ordenación? Hay que rezar mucho, dada nuestra insuficiencia; ofrecer para ello durante este tiempo nuestras comuniones, mortificaciones y todas nuestras oraciones y plegarias, orientándolo todo a la edificación de los señores ordenandos, con los que hemos de tener además toda clase de respeto y cortesía, sin hacernos los entendidos, sino sirviéndoles con cordialidad y humildad. Esas deben ser las armas de los misioneros; por ese medio alcanzaremos nuestro mayor éxito: por la humildad que nos hace desear la confusión de nosotros mismos. Pues creedme, padres y hermanos míos, es una máxima infalible de Jesucristo, que muchas veces os he recordado de parte suya, que cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; Dios es el que entonces mora y actúa en él; y el deseo de la confusión es el que nos vacía de nosotros mismos; es la humildad, la santa humildad; entonces no seremos nosotros los que obraremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien.

Los que trabajáis directamente en esta obra, los que habéis de poseer el espíritu sacerdotal e inspirarlo a quienes no lo tienen, vosotros a quienes ha confiado Dios esas almas para que las dispongáis a recibir ese espíritu santo y santificador, no miréis más que a la gloria de Dios, tened con él sencillez de corazón y sed respetuosos con esos señores. Sabed que es así como podréis aprovechar; todo lo demás os servirá de poco. Solamente la humildad y la pura intención de agradar a Dios es lo que ha hecho prosperar a esta obra hasta el presente.

Os pido también que cuidéis las ceremonias y que la compañía evite las faltas que ordinariamente se hacen. Es verdad que las ceremonias no son más que la sombra, pero la sombra de otras cosas mayores que requieren que las hagamos con toda la atención posible y que observemos un religioso silencio y una gran modestia y gravedad. ¿Cómo queréis que las hagan bien esos señores, si no las hacemos bien nosotros? Que se cante con pausa y moderación, que se note en la salmodia un aire de devoción. ¡Ay! ¿qué le diremos a Dios cuando nos pida cuentas de estas cosas, si las hemos hecho mal?

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