Vicente de Paúl, Conferencia 034: Sobre el buen uso de los avisos

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

(22.01.48)

Primer punto: las razones que tenemos para desear que nuestras faltas sean conocidas y que os avisen.

Segundo punto: los medios para aprovecharnos de los avisos que se nos dan.

Hace mucho tiempo, hijas mías, que no hemos tratado de un tema de tan gran importancia. Se trata de señalar las razones por las que es conveniente e incluso necesario, que sean conocidas nuestras faltas y que nuestros superiores u otras personas nos hagan la caridad de advertírnoslas. Se trata de una práctica que repugna a la naturaleza; pero la gracia nos la hará fácil, si estamos en la verdadera disposición que Dios pide de nosotros en la manera de vivir elegida por su bondad para nos otros.

Hijas – mías, ¿es conveniente que nuestros superiores conozcan nuestras faltas?

– Sí, padre.

– ¿Por qué es necesario que las sepan?

– Porque esto nos obliga a velar más sobre nosotras.

– Y usted, hija mía, ¿cree conveniente que, cuando hemos faltado, lo sepan nuestros superiores?

– Sí, padre; porque a veces cometemos faltas sin conocerlas; y cuando nuestros superiores nos hacen la caridad de avisarnos, las conocemos y procuramos evitarlas.

– Pero, hija mía, ¿y si se trata de una falta de la que uno se reconoce culpable y, sin embargo, quiere seguir cometiéndola? ¡No creo que haya ninguna en la Compañía y Dios nos guarde de eso! pero puede suceder alguna vez. Una hermana tendrá alguna pequeña indisposición, en la que verá un obstáculo para levantarse por la mañana, y, por miedo a sentir más molestias, se quedará en la cama. Sabe que va contra la regla; pero, como ve algunas razones para eximirse, se cree exenta; ¿es bueno que la superiora lo sepa?

– Sí, padre; porque la advertencia de la superiora combatirá esa pereza que nos impide hacer lo que debemos.

– Y las hermanas que no están en la Casa, hija mía, como las que están en las parroquias, en los pueblos o en los hospitales, ¿es conveniente, si cometen algunas faltas, que las sepan, bien sea la señorita, si puede hacerse desde ese lugar, o bien la hermana sirviente de los lugares en donde están?

– Padre, yo creo que en cualquier sitio que estemos, si cometemos algunas faltas, es necesario que sean conocidas por nuestros superiores y también por los otros, porque la confusión que de ahí se sigue nos impediría volver a comenzar.

– ¿Pues qué, hija mía? Si algunas veces se os atribuyese, alguna falta injustamente, ¿qué habría que hacer? ¿no sería mejor demostrar que están engañados?

– Yo creo, padre, que sería más agradable a Dios no decir nada y sufrir esta calumnia con humildad, puesto que cometemos muchas otras faltas que no se conocen.

– Por lo que veo, hija mía, cree usted que, si le reprendiesen injustamente de alguna falta, sería más conveniente sufrir la corrección sin decir nada, que justificarnos. ¡Oh! Ciertamente, soy de su misma opinión, y creo que, a no ser que el silencio sea un pecado o que se perjudiquen los intereses del prójimo, es mucho más conveniente hacerlo así. Eso es imitar a nuestro Señor. ¡Cuántas personas le acusaban, reprobaban su vida, reprendían su doctrina, vomitaban blasfemias execrables contra su persona! Sin embargo, nadie le vio nunca excusarse. Fue llevado a Pilato y a Herodes, y sin embargo no dijo nada para excusarse y finalmente se dejó crucificar. No hay nada mejor que seguir el ejemplo que nos dio. Mis queridas hermanas, os diré a este propósito que no he visto nunca que haya sucedido ningún inconveniente a nadie por no haberse excusado; jamás. No somos nosotros los que tenemos que dar aclaraciones; si se nos imputa algo que no hemos hecho, no nos toca a nosotros defendernos. Dios quiere, hijas mías, que le dejemos el discernimiento de las cosas. El sabrá, en tiempo oportuno, dar a conocer la verdad. ¡Si supieseis qué bueno es abandonar en sus manos todas estas preocupaciones, hijas mías, jamás os preocuparíais de justificaros! Dios ve lo que se nos impone, y lo permite sin duda alguna para probar nuestra fidelidad. El conoce la forma con que lo aceptáis, el fruto que de ello sacáis o el mal uso que de ello hacéis; y si por entonces permite que quedéis mal, ya sabrá algún día manifestar la verdad. Es una máxima verdadera e infalible, hijas mías, que Dios justifica siempre a los que no quieren justificarse.

Dígame, hija mía, ¿es bueno no decir nada, cuando se nos amonesta por alguna falta que no hemos cometido? ¿tenemos algún ejemplo de eso? ¿Nuestro Señor nos ha dado alguno?

– Sí, padre.

– Sí, hijas mías, tenemos en él muchos ejemplos, no en una sola acción, sino en todo el curso de su vida. Una buena práctica, hija mía, es acordarse en estas ocasiones de nuestro Señor delante de Pilato, cuando el populacho le acusaba injustamente sin que él se defendiera.

La hermana le respondió que esta práctica le parecía buena y útil, porque ordinariamente nuestros sentimientos se sublevan y la naturaleza se empeña en dominarnos, si nosotros no ponemos cuidado.

– En ese caso, hija mía, ¿no sería conveniente ir a buscar a una de las hermanas, a la más íntima, y manifestarles nuestro disgusto: «Acabo de hablar con la superiora, que me ha dicho que había cometido tal falta. Sin embargo, no es verdad. Yo dije eso, pero no en el sentido que ella lo entiende. ¿No me estará permitido justificarme?¡Dios mío! ¿tendrá que ser así toda mi vida?» ¿Qué os parece esto, hija mía? ¿podría haber algún inconveniente en descargarse de esta manera?

– Sí, padre, respondió la hermana, porque podría seducir a esa hermana, y en vez de obrar bien, haría mal murmurando y le daría motivo para que murmurase ella otra vez, cuando se sintiese descontenta de alguna cosa.

– Entonces, hija mía, ¿cree que sería malo murmurar?

– Sí, padre.

– ¡Oh! Tiene razón; y un mal tan grande que en la Sagrada Escritura se mencionan siete pecados que Dios aborrece, y de esos siete pecados se dice que la murmuración es abominable delante de Dios. Sí, hijas mías, entre esos siete pecados no hay ninguno que parezca que Dios aborrezca tanto como la murmuración; y aunque entre esos siete se especifica el ases nato y el robo, sin embargo la murmuración es una falta más abominable. Todas vosotras sentís horror al oír hablar de asesinato; sin embargo, si no tenemos bien sujetas nuestras malas inclinaciones, nos dejaremos llevar con frecuencia a la murmuración. Tened mucho cuidado, hijas mías. ¿Qué creéis que es la murmuración en vuestra comunidad? Es una peste que lo inficiona todo. Basta con que haya una sola que murmure y otra que la escuche, para echarlo todo a perder. Es la madre de la división.

Dígame, hija mía, ¿de dónde proviene que uno se excuse ordinariamente de las faltas que se le dicen haber cometido?

– Creo, padre, que tiene la culpa el orgullo, y lo digo porque yo he sentido muchas veces en mi misma y me he dejado llevar en algunas ocasiones de ciertas murmuraciones contra mis superiores y superioras, por las que pediré perdón a Dios, a usted, padre mío, y a todas mis hermanas.

– ¡Bendito sea Dios, hija mía, por el conocimiento que le ha dado del origen de ese mal! Es muy cierto que proviene del orgullo, que no puede soportar que se piense de nosotros algo que no esté bien. Por eso, hijas mías, hay que esforzarse en arrancar ese vicio pernicioso y detestable de la Compañía; y para llegar a ello más fácilmente, nos hemos puesto de acuerdo con la señorita en que será conveniente, en las conferencias ordinarias de los viernes, cuando os acuséis, que si alguna no se acusa de una falta, alguna de las hermanas que haya sido testigo de esa falta se ponga de rodillas y diga: «Hermana mía, con espíritu de caridad le advierto que últimamente cometió usted tal falta. Yo soy tan miserable que he cometido muchas otras que no conozco; pero, puesto que la regla lo ordena, le aviso de ésta; y si alguna ha observado las mías, le pido con toda humildad el favor de avisarme». De esta forma hemos creído conveniente que se amoneste de las faltas; con estas palabras o algunas semejantes, pero siempre con humildad y caridad. ¿Cree, hija mía, que esto servirá?

El padre Vicente tuvo la caridad de ir preguntando una tras otra a varias hermanas, incluso a las mayores, y luego a todas en general; y todas estuvieron de acuerdo.

La señorita respondió que resultaba muy necesaria esta práctica, con tal que la Compañía no sólo la aceptase como buena, sino que la desease, viendo el bien que de allí se seguiría.

Entonces nuestro veneradísimo padre dijo:

– Habéis visto, hijas mías, la gran ceguera que nos cierra los ojos ante nuestros propios defectos; habéis visto también el progreso que podemos hacer, si se nos avisa de la forma conveniente; habéis aprobado igualmente el medio que os he propuesto; ¿lo deseáis, hijas mías?

Todas dijeron que lo deseaban.

La señorita le suplicó que permitiese a una de nuestras hermanas que le hiciese también la caridad de avisarla. Entonces él indicó:

– No sería justo, señorita, que, teniendo todas nuestras hermanas esa dicha de poder ser avisadas de sus faltas, usted y yo fuéramos los únicos privados de ese bien y tuviéramos la desgracia de no recibir este favor de nadie. En ciertas comunidades hay una persona especialmente encargada de amonestar a la superiora. Así pues, será menester que una hermana, que sea como su coadjutora y que ocupe su lugar en su ausencia, reciba las quejas que se le puedan dar, y que después de escucharlas, haga oración sobre ello y se las diga. Pero yo tengo que quejarme del que se encarga de amonestarme, porque no tiene suficiente caridad y me deja pasar muchas faltas considerables.

Así pues, hijas mías, son éstos los medios de los que Dios quiere que se sirva la Compañía para trabajar en su progreso y en la destrucción del orgullo. Si hay alguna que no pueda sufrir las advertencias, sería una mala señal, un indicio de que quiere dejarse llevar por el orgullo; y había que temer que, sin una gracia especialísima, no podría hacer ningún progreso. Se haría indigna de aprovecharse, si no se preocupase oportunamente de utilizarlos. Si la hermana que no está en disposición es joven, y después de haber sido amonestada no cambia, creo que la Compañía no debe mantenerla; si es antigua, ¡oh!, es preciso, al precio que sea, el que se corrija, porque tiene que dar ejemplo. Sabed, hijas mías, que no es posible que unas sean de un sentimiento y las otras de otro; es menester que todo sea uniforme, y que todas, con la ayuda de Dios, permanezcáis en el deseo que acabáis de manifestar.

Un rey tenía varios hijos, diez o doce, no lo sé. Antes de morir, quiso mostrarles cuán necesaria era la unión para la paz de un Estado y para la felicidad de todos. Hizo que trajesen a su lecho un gran manojo de flechas y dijo al más pequeño: «Ven, hijo mío, toma este manojo de flechas y rómpelo en dos». «Padre, le dijo éste, no puedo». Se dirigió a otro, que le respondió lo mismo; luego al tercero, al cuarto, al quinto, al sexto, y a todos los demás, que terminaron reconociendo su impotencia. Entonces el padre dijo al mayor: «Toma una sola flecha y mira si eres capaz de romperla». El mayor lo hizo con toda facilidad. El padre añadió: «Hijos míos, esto os enseña que mientras estéis unidos y estrechamente ligados entre vosotros, todos los poderes del mundo serán incapaces de destruiros; pero, apenas empecéis a dividiros, fácilmente os veréis destrozados».

Lo mismo os digo, hermanas mías; si conserváis todas siempre la misma voluntad, el mismo acuerdo, entonces vuestra Compañía, que la bondad de Dios se ha preocupado de formar, se mantendrá con fruto y con ejemplo, y todos los poderes del mundo y del infierno no podrán nada contra ella; pero, apenas haya alguna que se apegue a su sentimiento particular, ¡adiós las pobres Hijas de la Caridad, si Dios no pone una mano! ¡Oh! ¡quiera su bondad que jamás, mientras el mundo exista, esta pobre comunidad salga de los límites que se le han prescrito, y que pueda con toda humildad dar al prójimo la ayuda y la asistencia a que está obligada!

Como se va haciendo tarde, hijas mías, y la mayor parte de vosotras sois de lejos, acabaremos la presente conferencia otro día. Entre tanto, pidamos a Dios que bendiga la resolución que habéis tomado ahora de querer todas, mientras viváis, ser avisadas de vuestras faltas de la forma y por la persona que se permita, sin conservar ningún sentimiento contra quien las haya manifestado. Quiera su divina Majestad recibir con agrado la disposición que tenéis, y bendecir por sí mismo el comienzo, mientras, a pesar de mi miseria, pronuncio las palabras:

Benedictio Dei Patris…

Pensamientos de la señorita

La primera razón para aceptar que se nos avise de nuestras faltas es que, si las conocemos bien, tendremos más temor de los juicios de Dios.

La segunda es que, si aceptamos con facilidad el que se manifiesten nuestras faltas, y esto nos da a conocer nuestra debilidad, soportaremos con mayor facilidad y caridad a nuestro prójimo.

La tercera es que somos ciegas en este asunto, y si, por haber sido amonestadas, las conocemos mejor, sacaremos mucho provecho para nuestro progreso en la perfección que Dios quiere y pide de nosotras, y para darnos a conocer las obligaciones que tenemos con la humanidad santa de nuestro Señor; esto nos ayudará a aumentar el amor y la gratitud que hemos de tener para con él.

Uno de los medios para sacar provecho de las amonestaciones es demostrar que queremos, no solamente que se nos advierta de nuestras faltas, sino también que se advierta de ellas a nuestros superiores.

El segundo medio es poner buena cara y demostrar cariño la hermana que nos haya hecho este favor. Otro medio, si sentimos que nuestro corazón se subleva por la soberbia y queremos murmurar contra la que nos haya hecho ese bien, es ponernos de rodillas al pie de la cruz, si podemos, o tomar nuestro crucifijo entre las manos, y pensar cuántas veces fue acusado nuestro Señor injustamente, sin que se quejase, y que por el contrario dijo que, si le habían visto faltar, se lo dijesen.

Mi resolución ha sido, con la gracia de Dios, utilizar mejor de lo que lo he hecho en el pasado cualquier palabra que se me diga para avisarme de alguna falta, confesando delante de Dios y de usted, padre mío, y de todas mis hermanas que he faltado a ello por mi orgullo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *