(22.09.47)
El tema de la presente conferencia, mis queridas hijas, es sobre la perseverancia en vuestra vocación. El primer punto es sobre las razones que tenéis cada una para perseverar en la vocación hasta la muerte, mediante la gracia de Dios; y el segundo, sobre lo que hay que hacer cuando una se siente vacilar.
Hija mía, ¿quiere indicarnos sus pensamientos?
La hermana le entregó en la mano las notas que había escrito, y su caridad se tomó la molestia de leerlas.
Sobre el tema de la conferencia, que trata de las razones que tenemos para perseverar en nuestra vocación, he pensado que deberíamos mirar a su fundador, que no es otro sino Dios. En segundo lugar, he pensado que aquel joven del evangelio (1) que se retiró tan triste, al oír que nuestro Señor le decía que vendiese todos sus bienes para seguirle, cayó en el olvido de los hombres. De la misma forma, hay que temer que una Hija de la Caridad infiel a su vocación se vea olvidada de Dios y de los hombres.
El segundo punto es de lo que tenemos que hacer cuando estamos vacilantes. He pensado que había que repasar varias veces en nuestro espíritu los motivos que nos habían traído a entregarnos a Dios en esta vocación, y acordarnos del fervor con que, al comenzar, practicábamos lo que se prescribía.
Otro medio es ver muchas veces a nuestro Señor en medio de sus sufrimientos, que fueron tan grandes y que duraron toda su vida hasta su muerte.
– Bien, he aquí dos razones que nuestra hermana indica sobre el primer punto. La primera, acordarse de cuál es el fundador del género de vida que hemos abrazado, que no es otro sino Dios. Es verdad, hijas mías, esta razón es muy buena. Porque cuando la Hija de la Caridad que se vea tentada de abandonar su vocación llegue a considerar que ha sido Dios su autor, ¿no se dará cuenta de que es el diablo el que, con sus malas tretas, quiere sacarla de allí?
La segunda razón que propone para mantenerse firme es el temor de que nos suceda lo mismo que a aquel joven que fue a buscar a nuestro Señor para preguntarle lo que había que hacer para ganar el reino de los cielos; y, como nuestro Señor le respondiese que vendiera lo que tenía y le siguiese, nos dice el evangelio que se retiró lleno de tristeza, y luego ya no se ha-e ninguna mención de él ni se nos dice lo que le pasó. Pues bien, mi hermana quiere decir que lo mismo pasa con la persona que deja su vocación; al apartarse del lugar en donde Dios la había colocado, cae en el olvido de Dios y de los hombres. Esa joven que podía hacer tanto bien, que tenía talento para servir a los pobres con tanto provecho, que podía dar gloria a Dios con tantas buenas ocupaciones que habrían constituido su felicidad si se hubiese dejado conducir, esa hermana se retira, ya no se habla más de ella, nadie sabe lo que hace o deja de hacer, sino que se la deja allí, tal como es.
Sobre el segundo punto, nuestra hermana hace también dos observaciones: la primera es que recordemos los motivos que nos han traído a elegir esta vocación. ¡Oh! ¡qué gran medio es éste, hijas mías, para renovarse! Porque ordinariamente, cuando uno es tentado, se olvida de todo, y solamente nos parece razonable lo que nos presenta la tentación.
¡Oh, pero yo no sé si fue Dios el que me trajo a este género de vida! ¿Quién os pudo sacar de donde estabais sino Dios? ¿fue la sangre? ¿fue la carne? ¡Ay! Por la misericordia de Dios, ni la carne ni la sangre pueden encontrar su satisfacción en la Compañía.
Pero, dirá alguna, ¿puede una verse tentada de abandonar su vocación cuando viene de Dios? Y le respondo: Sí, hijas mías, puede ser. Pero, aunque la tentación durase un día entero, ocho días, un mes, aunque durase seis meses, aunque durase años enteros, hijas mías, eso no sería un argumento para creer que vuestra vocación no es de Dios.
¿Fueron tentados los santos? ¡Oh! Ciertamente, hijas mías, y con tentaciones muy fuertes.
¿Tanto tiempo como yo? Algunos, durante toda su vida. Y Dios lo permitió así para manifestar su gloria y su poder, para demostrar que, aunque el diablo ponga todo su interés en tentar a sus servidores, ellos no faltan a la fidelidad que le deben.
Pues bien, las tentaciones vienen de estas dos formas. Unas veces de parte de Dios, que presenta a sus servidores al diablo para avergonzarlo, tal como hizo con Job: «Fíjate, le dijo, en mi siervo Job, cómo es un hombre fiel a mi ley» (2). Y entonces el diablo le pidió permiso para tentarlo y Dios se lo concedió para hacer ver que su siervo estaba tan firme en medio de la prueba como lo había estado en medio de la tranquilidad, e incluso para darle ocasión de merecer la corona, ganando la victoria.
El diablo tienta también a los siervos de Dios por envidia del bien que se hacen a sí mismos y al prójimo; desean que caigan para impedirles continuar. Por ejemplo, una Hija de la Caridad que va a llevar el puchero a un enfermo. No es ninguna gran cosa; no es más que un poco de caldo. Pero, al llevárselo, dirá al enfermo alguna buena palabra, y Dios le tocará el corazón. ¡Oh! esto hace reventar al demonio de despecho. Aquella hermana le quita un alma que consideraba como suya; por venganza, hará todo lo posible para perderla también a ella, y empezará poco a poco: en primer lugar, haciendo que se canse de sus ejercicios; luego, procurándole pequeños pesares que la pondrán de mal humor; más tarde, inclinándola a que actúe con pereza y por dejarse llevar. Más tarde hará que se canse de las prácticas de la regla, después sentirá disgusto y acabará dejándolo todo. ¿Y cómo ha llegado a caer? ¡Oh! es que no estuvo firme a la hora de creer que su Instituto viene de Dios y que fue Dios el que la llamó para conseguir su salvación. Y por no haber tenido suficiente estima de lo que era, ahora se ve miserablemente caída. Pero, en fin, no nos pongamos a juzgar; solo Dios sabe lo que pasó.
Pero ¿qué pasara luego? Sucederá que aquella pobre hermana, por haberse hecho indigna de la elección de Dios, se verá despojada de la gracia que le había concedido, gracia suficiente para santificarse. Nosotros, los sacerdotes, cuando somos tan miserables que cometemos algún crimen que merece la muerte, somos condenados por los jueces y enviados al obispo para ser degradados. Cuando el criminal llega delante del obispo, lo revisten con las vestiduras sacerdotales, luego el obispo hace una imprecación en latín, diciendo que, por haber abusado desgraciadamente de su vocación, se ha hecho indigno de la casulla; y así le quitan en primer lugar la casulla. Luego el obispo prosigue y dice que, por haber abusado de su vocación, se ha hecho indigno de la estola santa; y le quita la estola. Luego el manípulo, el cíngulo, el alba y todas las demás vestiduras sacerdotales.
Pues bien, hijas mías, lo mismo pasa, delante de Dios, con una Hija de la Caridad que pierde su vocación. Dios la ha llamado misericordiosamente; le ha mostrado el bien que abrazaba; y le ha dado gracias para hacer lo que tenía que hacer. Pero esa hermana descuidará sus reglas, no tendrá en cuenta la obediencia, amará su propia voluntad, despreciará las amonestaciones que le den los superiores. Dios la sufre por algún tiempo, le manifiesta su estado, permite que sean conocidas sus faltas y que sea amonestada para corregirse. Y como lo desprecia todo, Dios dice: «Yo te había llamado de tal sitio para que gozases de las recompensas prometidas a los que me sirven, y tú te has hecho indigna; por eso daré a otra la corona que estaba preparada para ti»; y llamará a una joven de Turena, de Saintonge, de Bretaña, para venir a recibir la corona que había destinado a María, a Francisca, a Juana, a cualquier otra, a las que había llamado misericordiosamente y que se han hecho indignas. Esto es lo que Dios hace, hijas mías, cuando con nuestras cobardías damos lugar a que descargue sobre nosotros su justa cólera.
Usted, hermana, ¿quiere decirnos sus pensamientos?
– Yo he creído que una de las razones para estar fuertes en nuestra vocación, es que Dios es glorificado en ella por los ejercicios de piedad que practicamos todos los días al servir a los pobres. La segunda razón es que no está bien comenzar, si luego no perseveramos para aumentar la gloria de Dios.
– He aquí dos razones que nuestra hermana señala sobre el primer punto: que Dios, dice, es glorificado en nosotros por el ejercicio de las virtudes que practicamos, y que no está bien comenzar, si luego no perseveramos para aumentar la gloria de Dios. ¡Cuán bueno ha sido, hijas mías, al querer sacar su gloria de las acciones de una pobre campesina! Juana, María, Francisca, sufrirán de buena gana lo que les digan al pasar, cuando vayan a servir a los enfermos. He aquí una práctica de paciencia. Aquel enfermo no se quedará contento, y ellas harán todo lo posible para quitar su pesar, hablarle de Dios, enseñarle a hacer un acto de fe; he aquí una práctica de caridad. Si el enfermo les dice que está mal servido, se excusarán; he aquí una práctica de humildad. De esta forma encontrarán ocasión para practicar mil virtudes, por las que Dios será glorificado. Las hermanas que no tienen en cuenta su interés ni su comodidad, acuden en cualquier tiempo; ¿no es evidente que hay un Dios por el que ellas trabajan? Pero, cuando se vea que van aumentando en virtud y trabajan hasta morir, entonces demostrarán que verdaderamente aman a Dios y que nada puede separarlas de él.
Hija mía, ¿qué tiene que hacer una hermana que se sienta tentada y le entren deseos de dejarlo todo?
– Pienso que hay que abrirse a nuestros superiores, como a las personas que Dios nos ha dado como guías en nuestra vocación.
– ¿Creéis, hijas mías, que es éste un medio para vencer la tentación?
Sí, ciertamente, es un medio, y muy infalible, con tal que esto se haga sencillamente y con el deseo de seguir los avisos que se nos den; porque no hay nada que estropee tanto los golpes del diablo como manifestarlos; cuando él se ve descubierto, abandona la partida.
Por eso es conveniente, hijas mías, que las que se sientan tentadas se dirijan al superior y le digan con franqueza y verdad las cosas tal como son: «Padre, me siento tentada por tal y tal motivo; esto me da tales pensamientos y le ruego que me diga lo que tengo que hacer». Creed, hijas mías, lo que el superior os diga; pues, si le pedís consejo, hay que seguirlo. Cuando un enfermo manda llamar al médico para saber qué régimen tiene que seguir, si en vez de escucharle, hace todo lo contrario, se pondrá peor. Lo mismo sucede con las penas del espíritu, si no os conformáis con los consejos que Dios os da por vuestros superiores, y si, en vez de seguirles, hacéis lo contrario: «Oh! me ha dicho esto; pero no sabe lo que ha dicho», entonces estad seguras de que vuestro mal, en vez de corregirse, empeorará.
Hija mía, ¿es conveniente, cuando una persona se encuentra en este estado, ir a decírselo a otra?
– Padre, creo que no, porque a la que se lo dijese, le podría venir una tentación semejante.
– No, hija mía, tiene usted razón, no hay que decírselo nada más que a los que Dios les ha dado la gracia para asistiros. Una pobre hermana trabaja en paz sin pensar en otra cosa que en su faena; si vais a decirle vuestras penas, en vez de ayudaros, se encontrará ella misma apurada, y os perderéis las dos. Además, esto es de mal ejemplo; es escandalizarse a sí mismo. Esa hermana os creía de las más aficionadas a vuestra vocación, y se asustará al veros tentadas, sin saber que esto se hace por permiso de Dios; y en vez de ayudaros, saldrá perjudicada y se perderá quizás con vosotras.
¿Otro medio, hija mía? ¿no lo sabe usted?
Entonces la hermana respondió que había que resistir a las tentaciones tan pronto como se presenten, sin darles entrada en nuestro corazón.
– Este es el remedio más grande e importante, porque, si cerramos nuestro corazón y nuestros oídos a la tentación, entonces difícilmente se saldrá el diablo con sus planes. Para ayudarnos a ello, es conveniente recurrir a Dios, apenas la sintamos, y decirle: «Dios mío, ya ves de qué lado me ataca el enemigo, y sabes cuán débil me siento; ayúdame, y por favor, sostenme, no sea que caiga». Y sería conveniente que aquellas a ]as que Dios les ha dado la gracia de entregarse más perfectamente a él, y que ]e prometieron servirle en la Compañía, renovasen sus votos; ¡oh! sí, sería conveniente. Eso da nuevas fuerzas y atrae nuevas gracias. Las que puedan hacerlo y estén en ese estado, que tomen este medio con humildad y con confianza en la asistencia de Dios; las que todavía no están ligadas por los votos, que renueven su resolución tan pronto como se sientan vacilar: «¡Ay, Dios mío!, estoy a pronto de sucumbir, si no me sostienes; ten piedad de mi debilidad y no me dejes caer». Y que descubran su tentación.
Otra hermana dijo, sobre el primer punto, que la recompensa era una razón muy poderosa para perseverar. Otra dijo que era el temor de que Dios nos abandonase en un estado no conforme con su voluntad.
– ¿Y en qué se convierte, hija mía, una Hija de la Caridad que tuviese una bancarrota en su vocación?
– Creo que correría un gran peligro de perderse.
– ¡Dos mío!, dijo el padre Vicente, juntando las manos y con los ojos elevados al cielo, ¡Dios mío, Dios mío! ¡No hay que ponerse a juzgar! Eso está reservado a Dios. Hay que reza; por ella y humillarnos sin decir nada ni pensar nada sobre las que han salido. Hay motivos para creer que las que han muerto en la Compañía están ahora, por la misericordia de Dios, en el lugar del descanso. In nomine Domini!
Hermana mía, ¿quiere indicarnos sus pensamientos?
– Una razón particular que me obliga a permanecer en mi vocación es que he visto que la primera vocación viene ordinariamente de Dios, y que las siguientes son más bien tentación que vocación. Otra razón es que el final de todas nuestras buenas acciones corona toda la obra; por tanto, si queremos vernos coronadas, hay que perseverar hasta la muerte (3), según el ejemplo de nuestro Señor, que no se contentó con hacerse hombre, sino que perseveró en la obra de nuestra redención hasta la muerte.
Sobre el segundo punto me parece que cuando una se siente vacilar, tiene que procurar no dar entrada a estas desilusiones, huir de todo lo que nos las puede causar como de un veneno para nuestra alma, recurrir a Dios, decir lo que decía Pilatos del título de la Cruz: «Lo hecho, hecho está», y despreciar todo pensamiento contrario a nuestra primera resolución. Podemos también rogar a nuestros superiores que nos ayuden a resistir la tentación.
– Hijas mías, antes de pasar adelante y para hacer saber a las que no lo saben lo que tratamos, es preciso deciros qué es la vocación. La vocación es una llamada de Dios para hacer una cosa. La vocación de los apóstoles fue la llamada de Dios para plantar la fe por toda la tierra; la vocación del religioso es una llamada de Dios a la práctica de las reglas de la religión; la vocación de las personas casadas, es una llamada de Dios para servirle en la formación de una familia y en la educación de unos hijos; y la vocación de una Hija de la Caridad es la llamada de Dios y la elección que su bondad ha hecho de ella, más bien que de tantas otras que se presentaron a él, para servirle en todos los quehaceres que son propios de esta clase de vida, a los que él permitirá que se dediquen. De tal forma, hijas mías, que a las que estáis con los niños, a las que estáis con los galeotes, en la Casa, en los hospitales, en las aldeas, en las parroquias, Dios os mira entre mil millones y ha dicho al escogeros a una de una parte y a otra de otra: «Quiero que esta alma se santifique sirviéndome en esta ocupación».
Esto es, hijas mías, vuestra vocación. La elección de Dios, que os llama algunas veces por unos medios que os son desconocidos, y ordinariamente por el deseo que os da y por la perseverancia que procuráis tener. Después de esto, hijas mías, no hay que preguntarse: «¿Pero es Dios quien lo ha querido?». Porque, cuando razonáis así, muchas veces es porque vuestro espíritu encuentra alguna dificultad en la práctica de la humildad, de la sumisión y de la obediencia, que os son necesarias y que el diablo intenta haceros imposibles. Dios se ha detenido en sus juicios, hijas mías. La salvación de las almas le es tan querida que toma todos los cuidados necesarios para ponerlas en el camino más fácil para llegar al cielo. Pero hay que procurar no salirse de él; pues, cuando un hombre al emprender un gran viaje abandona el camino principal o se aparta de él, corre el peligro de no encontrar más que senderos que lo aparten del lugar adonde iba.
El que trasplantase algunos árboles poco antes de la estación de los frutos, y luego se los volviese a llevar una vez más para trasladarlos de sitio, no recogería jamás ningún fruto; los árboles, al cambiar de lugar y de terreno, se verían incluso en peligro de morir.
Judas, al que Dios había llamado al apostolado y al que había concedido tantas gracias, creyó que sería mejor obrar de otra manera. Ya conocéis su historia y cómo se perdió. Pero, por la misericordia de Dios, su lugar no quedó vacío, y Dios llamó a san Pablo desde la gentilidad, donde estaba sumergido, para hacerle digno vaso de elección.
Prosigamos, in nomine Domini.
Hermana, ¿quiere decirnos sus pensamientos?
– La razón que tenemos para perseverar hasta el fin es que la perseverancia merece la corona, y que por el contrario, al no perseverar, podríamos perder el mérito de todo lo que habíamos hecho y caer en un deplorable abandono, en castigo por la pérdida de nuestra vocación; esto me impresiona tanto que todos los días pido a Dios morir antes que abandonar mi vocación.
Sobre el segundo punto, he pensado que es conveniente unirse fuertemente con Dios, que es inquebrantable; excitarse a las prácticas propias de nuestra vocación con la consideración de la gloria que podemos darle y con la esperanza de las recompensas prometidas a los que hagan lo que tienen que hacer; sobre todo, creer firmemente que hemos sido llamadas por Dios y que todo pensamiento contrario proviene del diablo; vigilar para no ponerse del lado de la tentación, sino exponérsela amorosamente a Dios, pedirle su asistencia y encomendarse al ángel custodio de la Compañía.
– ¿Y usted, hermana, por qué razón estamos obligados a perseverar en nuestra vocación?
– Porque Dios nos ha puesto en ella.
– ¿Habría algún peligro, hija mía, al salirnos del lugar en donde sabemos que Dios nos ha querido poner?
– Creo que eso sería irritar a Dios contra nosotros y obligarle a abandonarnos.
– Dios mío, ¡qué gran idea acaba de decir! Hijas mías, observadlo bien, por favor, ha dicho: «Porque Dios nos ha puesto en ella». ¿Habéis oído decir alguna vez que un soldado colocado en algún lugar por su capitán se haya apartado jamás? Un soldado colocado como centinela por su capitán, se queda allí, aunque caiga la lluvia, el viento, el granizo, aunque hiele de frío, aunque los cañones descarguen sobre él; no le está permitido retirarse, aunque tenga que morir. Y si es tan cobarde que se retira, no se tiene ninguna misericordia con él; es pasado por las armas, porque no se quedó en el lugar en que su capitán lo había puesto.
¿Qué otra razón, hija mía, puede indicarnos?
– Me parece, padre, que habría sido mejor no haber venido nunca antes que salirse, porque entonces se tendría atormentada el alma y no se podría descansar.
– Desde luego, hija mía, no podría ser de otro modo. Sé muy bien que hay algunas que están todos los días detrás de mi rogándome, por mediación de toda clase de personas, que las vuelva a admitir. Ayer vinieron a hablarme de una, el otro día de otra, y me decían: «Padre, esa pobre muchacha ya no tendrá descanso; se consume de tristeza». Pues bien, hijas mías, no todas son así, porque hay algunas que son insensibles. Pero la mayor parte están tan inquietas que no saben de qué lado ponerse; y es muy cierto que valdría más que no hubiesen venido nunca. ¡Ay! ¡no podrían imaginarse las gracias que han perdido! El Maestro de las Sentencias cree que la perseverancia de una joven y de una mujer es tan importante, que dice: la mujer que sabe resistir a las tentaciones, precipita al demonio en los infiernos. El diablo está condenado a estar eternamente en los infiernos; y aunque sale de allí para tentar, no deja de llevar el infierno consigo. Y la mujer que tiene la fuerza de resistirle, le confunde, de forma que le precipita en el fondo de los infiernos para no salir nunca de allí. Es el Maestro de las Sentencias el que así habla, hijas mías, el primer autor de teología. Pues bien, lo mismo que esto hunde al demonio en una profunda tristeza, también da gozo a Dios, sí da gozo a Dios. ¡Que una mujer, que una pobre joven, pueda causar gozo a Dios! ¡Oh, sí, puede hacerlo! Dios mira y se goza al ver nuestra fidelidad en medio de las tentaciones. Y se alegra cuando, a pesar de todos los combates de la carne y de la sangre, a pesar de todas las astucias del espíritu maligno, perseveramos en lo que hemos emprendido por su amor.
¿Y usted, hija mía, qué hay que hacer cuando uno se siente tentado? ¿Qué medio cree que nos puede servir para resistir?
La hermana respondió que era conveniente volver a leer las resoluciones tomadas durante los retiros.
– Hijas mías, ¡éste es un buen medio! Porque hay pensamientos que nos han venido de Dios en el tiempo en que tratábamos más familiarmente con él; son otras tantas provisiones que nos da para el caso de necesidad. Por eso es conveniente recogerlos para utilizarlos cuando es necesario. Que las que no saben leer, se los hagan leer y que cada una piense: «¿No es Dios el que me ha dado este pensamiento? ¿no tomé yo esta resolución, impulsada por algún buen motivo?» ¡Oh!, allí encontraréis, hijas mías, un medio excelente para volver a poneros a seguir lo que habíais comenzado.
Alguna dirá: «Pero ¿no hay nadie que no se sienta tentado? Porque se trata de un yugo muy difícil. ¿Qué medio hay para conocer si son tentaciones?» A esto, hijas mías, os contesto que sí: Hay personas que no son tentadas nunca, y estas personas son de dos clases. Las primeras son las que hacen todo lo que se les ocurre. Cuando tienen ganas de algo, lo hacen. Esas no sienten nunca la tentación, porque enseguida la aceptan. Y como no resisten, dicen que no son tentadas. Las otras son personas espirituales, para quienes las cosas de Dios son tan dulces y tan suaves, que jamás sienten disgusto en ellas. Pero os respondo que, generalmente hablando, todos los siervos de Dios son tentados. San Pablo es quien lo dice. Yo no he conocido nada más que a dos siervos de Dios que no hayan sido tentados. El uno se había convertido de la religión y se había hecho sacerdote. Desde su conversión no tuvo jamás una pena, un disgusto, ni un solo pensamiento contrario a la perfección, y estaba tan contento en su estado que no podía imaginarse otra cosa.
El otro era una mujer que se había dedicado a las buenas obras y a la devoción, en la que hacía grandes progresos. Nunca sintió una tentación contraria al bien que hacía. Pues bien, ¿qué pasó a esas dos personas? Sintieron la tentación de no ser nunca tentadas, y decían: «Sé muy bien que todos los siervos de Dios son probados y están sujetos a tentaciones y que el diablo no deja en descanso nada más que a los que le pertenecen. Entonces, ¿cómo es que yo no soy tentado, que no siento nada contrario?; sin duda, Dios no se preocupa de mi». El no ser tentados era para ellos una tentación más fuerte que si lo hubiesen sido; aquella era la cruz más pesada que tenían que soportar.
Hermana, díganos, por favor, ¿qué pensamientos ha tenido sobre el tema de la conferencia?
La hermana respondió que, mientras amemos nuestras reglas, Dios no permitirá que perdamos nuestra vocación.
– ¡Bendito sea Dios, hijas mías!; he aquí un gran número de motivos y de medios para ser fieles a vuestra vocación y resistir a las tentaciones que tengáis. El tiempo urge y no puedo detenerme en resumirlas; pero os diré algo sobre lo último que se ha dicho. Es verdad, hijas mías, que, mientras améis las reglas, Dios no permitirá que perdáis vuestra vocación. Entre las que habéis visto salir, ¿había alguna que fuese exacta en sus reglas? No la encontraréis; una faltaba a un artículo, otra a otro; ninguna sentía afecto a todos. Veíais en su porte cierta negligencia en hacer las cosas para ir tirando, y nunca ese espíritu de fervor y recogimiento que hay que tener cuando se trata de agradar a Dios. Así pues, mis queridas hijas, amad vuestras reglas y consideradlas como el camino por el que Dios quiere conduciros hasta él, y estad seguras de que, mientras las sigáis, Dios, que os las ha prescrito, que os las ha dado y que os ha puesto en el camino de practicarlas, estad seguras, repito, de que no permitirá que os extraviéis.
Cuando nuestro Señor dijo a los apóstoles todo lo que tenían que hacer, no les prometió ningún bien en este mundo; no les dijo: «Tendréis descanso, estaréis en paz, no tendréis que hacer otra cosa más que servirme, nada os molestará», sino: «Tendréis que responder delante de los reyes, etcétera» (6), Les prometió cruces, penas y sufrimientos, y en ellos a todos los que quisieran seguirle. San Pablo no se vio libre de tentaciones. Las padeció muy penosas y muy violentas. No nos extrañemos, entonces, hijas mías, si a veces también nosotros tenemos que sufrirlas, pero utilicemos los medios que Dios nos da para resistir y, sobre todo, pidámosle la gracia para nosotros y para todas nuestras hermanas de morir mil veces, si pudiera ser, antes que ceder a las tentaciones que nuestro enemigo podría ponernos contra nuestra vocación.
Es lo que te pido, Dios mío, para todas estas hermanas aquí presentes, y para todas las que no están. Somos débiles, Dios mío, y capaces de sucumbir al primer asalto. Nos has llamado por pura misericordia; que nos conserve tu infinita bondad, si así lo quieres; por nuestra parte, mediante tu santa gracia, contribuiremos con todo nuestro esfuerzo a rendirte todos los servicios y toda la fidelidad que esperas de nosotros. Dios mío, danos, pues, la gracia de perseverar hasta la muerte Es lo que te pido, por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, con la confianza de que me lo concederás. Pronunciaré las palabras de la bendición, con la que te suplico des a toda la Compañía el espíritu que desde toda la eternidad has querido que tuviese.
Benedictio Dei Patris…







