Vicente de Paúl, Conferencia 031: Sobre la santa comunión

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(18.08.47)

Hijas mías, el tema de esta conferencia es sobre la santa comunión. El primer punto es sobre las razones que tienen las Hijas de la Caridad, como todos los demás cristianos, para entregarse a Dios y comulgar bien; esto es, hijas mías, sobre la importancia que tiene el comulgar bien, por los bienes que de allí se derivan, o por los males que se siguen. El segundo punto, es sobre lo que hay que hacer para esto, o sea, sobre los medios que cada una haya juzgado necesarios y propios para hacer una buena comunión. No tenemos nada más que una hora, hijas mías, y hemos de procurar emplearla bien, con la ayuda de Dios.

¿Por qué razones, hermana, tienen que entregarse a Dios las Hijas de la Caridad para comulgar bien? ¿Qué bien se sigue de una buena comunión y qué mal de una mala?

La hermana respondió que le parecía que una persona que había comulgado bien, lo hacía todo bien.

-¡Oh! ¡Qué buena idea, qué buena idea! ¡La persona que ha comulgado bien, lo hace todo bien! Es verdad, porque ¿cómo podría hacer algo malo aquella que ha sido tan feliz después de haber hecho una buena comunión? Lleva a Dios en su corazón, lleva por todas partes un buen olor, no hace nada sino a la vista y por el amor de Dios. Así pues, hijas mías, estad seguras de que una Hija de la Caridad que ha comulgado bien, hará bien todo lo demás.

Su corazón es el tabernáculo de Dios; sí, el tabernáculo de Dios. La Hija de la Caridad tiene que serlo siempre, tiene que estar siempre en Dios y Dios en ella, y de esta forma no hará nunca una cosa que no esté bien. ¿Y qué mal, hermana mía, sucede a la persona que comulga mal?

La hermana respondió que esta persona perdía el mérito de todas las demás comuniones y podía incluso perder su vocación.

– Espere un poco, hija mía. He aquí dos o tres grandes males que ha observado nuestra hermana, y que tienen que ser debidamente pensados y considerados. La persona que hace una mala comunión perderá, dice ella, el fruto y el mérito de todas las comuniones pasadas; perderá el mérito de todas las que haga después, si no hace penitencia; perderá todo el bien que había hecho antes y que podría hacer. Todo esto le será tenido en nada y, para colmo de males, perderá su vocación. ¿No es eso lo que hizo Judas? Judas había recibido la gracia de nuestro Señor, lo mismo que los demás: había sido llamado al apostolado, había predicado, había hecho milagros, había tenido el honor de seguir al Hijo de Dios, asistió a la institución del muy augusto sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo. Comulgó indignamente, ¿y qué le pasó? Perdió inmediatamente su vocación, se retiró de la santa compañía de los apóstoles, donde estaba, fue a vender a su maestro y al final se condenó eternamente. Por tanto, nuestra hermana ha hecho muy bien en decir que se podría perder la vocación.

Incluso se la perderá infaliblemente, pues ¿cómo sería fiel a su vocación la que no es fiel a Dios? No se puede esperar otra cosa. La que no hace nada para hacerse digna de las gracias y de los frutos de la santa comunión no será tampoco exacta en la práctica de las reglas; caerá en la negligencia, luego en el disgusto, y finalmente en la pérdida total de las gracias que ha recibido de Dios. Tened cuidado, hijas mías; no hay que estar seguras de los primeros fervores que se tuvieron; poco a poco se olvida uno de todo aquello; y la que no guarda las promesas que hizo a Dios, tampoco guardará las promesas que haya hecho a los hombres.

¿Y qué bien, hija mía, podrá obtener una Hija de la Caridad que haya hecho una buena comunión?

La hermana respondió que, cuando una persona había comulgado bien lo hacía todo bien, que era más cariñosa, más caritativa con los enfermos y que daba mayor edificación a todo el mundo.

– ¡Oh! ¡qué buena observación, la de que la persona que ha comulgado bien, lo hace todo bien! Si Elías, con su doble espíritu, hacía tantas maravillas, ¿qué no hará una persona que tiene a Dios en sí, que está llena de Dios? No hará ya ciertamente sus acciones, sino que hará las acciones de Jesucristo; servirá a los enfermos con la caridad de Jesucristo; tendrá en su conversación la mansedumbre de Jesucristo; tendrá en sus contradicciones la paciencia de Jesucristo; tendrá la obediencia de Jesucristo. En una palabra, hijas mías, todas sus acciones no serán ya acciones de una mera criatura; serán acciones de Jesucristo.

De esta forma, hermanas mías, la Hija de la Caridad que ha comulgado bien no hará nada que no sea agradable a Dios; porque hará las acciones del mismo Dios. El Padre eterno ve a su Hijo en esa persona; ve todas las acciones de esa persona como acciones de su Hijo. ¡qué gracia, hijas mías! ¡Estar segura de que Dios la ve, de que Dios la considera, de que Dios la ama! Así pues, cuando veáis a una hermana de la Caridad servir a los enfermos con amor, con mansedumbre, con gran desvelo, podéis decir sin reparo alguno: «Esta hermana ha comulgado bien». Cuando veáis a una hermana paciente en sus incomodidades, que sufre con alegría todas las cosas penosas con que puede encontrarse, estad seguras de que esa hermana ha hecho una buena comunión y de que esas virtudes no son virtudes comunes, sino virtudes de Jesucristo. Aficionaos, hijas mías, a imitar la sacratísima y augusta persona de Jesucristo, por él mismo, y porque él os hará agradables a Dios su Padre.

Creo, hijas mías, que como nos queda poco tiempo, lo que se ha dicho sobre la importancia de entregarse a Dios para comulgar bien bastará para daros a conocer las ventajas y desventajas que hay en comulgar bien o en comulgar mal, porque, si la persona que ha comulgado lo hace todo bien, como se ha dicho y es verdad, la que ha comulgado mal, lo hace todo mal.

¿Qué recibe aquél que comulga dignamente? Recibe a Jesucristo, y con él, mil gracias y mil bendiciones eficaces para lograr su salvación y contribuir con Jesucristo a la de los demás; recibe finalmente la vida eterna.

¿Y qué recibe aquel que comulga indignamente? Desgraciadamente hijas mías, recibe su condenación. San Pablo es quien lo dijo, y es cierto; porque el mundo se hundiría antes que la verdad de las palabras pronunciadas por los siervos de Dios, que eran los órganos del Espíritu Santo. Pues bien, lo dice la Sagrada Escritura y no hay que dudar. «El que recibe dignamente el cuerpo y la sangre de Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar tendrá la vida eterna, dice este gran apóstol; y el que lo recibe indignamente, recibe su condenación y será condenado eternamente, si no hace penitencia».

Por tanto, si el que comulga bien hace acciones que no son acciones ordinarias, sino acciones de Jesucristo, sin duda alguna el que comulga mal comete acciones no ya de hombre, sino de demonio, y si pudiera ser peores aún que de demonio. Porque ¿podría el demonio concebir algo tan sacrílego y tan abominable como lo que hizo Judas después de haber comulgado tan indignamente? ¡Sublevarse contra Dios después de haber recibido de él gracias tan señaladas! Parece que no hay nadie como el demonio capaz de esto. Y Judas lo hizo después de haber comulgado. ¡Abominación de abominaciones! ¡Abandonar el partido de Dios, rebelarse contra él, venderlo y entregarlo! ¡oh! ¡Que las que abandonan su vocación tengan mucho miedo de que no sea ése el castigo de sus comuniones mal hechas y sin corrección ni enmienda! No hablo de nadie en particular, sino únicamente advierto que se tenga cuidado de no abusar de la bondad que tiene Dios con nosotros en este santo y augusto Sacramento. Dios no nos castiga por las primeras faltas que cometamos contra él; pero tengamos miedo de que, por no corregirnos de esas faltas, lleguemos a comulgar mal, y que esa comunión mal hecha atraiga sobre nosotros el castigo de todos nuestros crímenes; porque Judas (vuelvo a este ejemplo) había cometido otros crímenes contra el Hijo de Dios; había concebido en su corazón contra él una envidia que había quedado sin efecto, pero apenas comulgó, el diablo se apoderó de su corazón y lo comprometió en sus abominables empresas. Pero, padre, diréis, ¿qué es una comunión mal hecha? Mis queridas hijas, ¡Dios nos guarde de eso! Espero de su bondad que ninguna de vosotras esté en pecado mortal. Pero hay que tener mucho cuidado en hacer las comuniones con fruto y provecho y, aunque por la misericordia de Dios, no tengamos conciencia de estar en ese estado, hemos de examinar todo lo que puede impedir nuestro progreso, y aunque no haya alguna indisposición para la comunión, ver también lo que es necesario hacer para comulgar bien. ¿Qué cree usted hermana, que es necesario para comulgar bien?

La hermana respondió que le parecía necesario pedir a Dios esa gracia.

– Esto basta, hija mía, y por ahí es por donde hay que empezar. Pues, ¿quién puede esperar hacer una buena acción, si Dios no nos concede esa gracia? ¿Y quién puede por sí mismo formar un buen pensamiento? Ningún hombre, hijas mías, puede hacerlo por sí mismo; san Pablo es quien lo dice. ¡Ah! ¿quién podrá prepararse entonces para hacer una buena comunión, si Dios no le concede esa gracia? Esta hermana tiene mucha razón al hablar de este medio. Es la base y el fundamento de todos los demás; y Dios no se lo negará nunca a quien se lo pida como es debido. ¡Dios le bendiga, hija mía!

¿Y usted, hermana?, ¿qué otro medio cree necesario para comulgar bien?

La hermana respondió que le parecía necesario desearlo ardientemente.

– Hija mía, tiene razón. Observad, hermanas, lo que ha dicho: hay que desearlo ardientemente; ardientemente, porque Dios no quiere que lo deseemos fríamente, ni tibiamente, sino con toda la fuerza y todo el ardor de la voluntad, lo mismo que desea él comunicarse a nosotros. Cuando instituyó el santo Sacramento, dijo a sus apóstoles: desiderio desideravi hoc pascha manducare vobiscum; que quiere decir: he deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros. Pues bien, como el Hijo de Dios, que en la santa Eucaristía se da a sí mismo, lo deseó con un deseo tan ardiente, desiderio desideravi, ¿no es justo que el alma que desee recibir este soberano bien, lo desee con todo corazón?

Lo que les dijo a sus apóstoles, estad seguras, hijas mías, que os lo dice también a cada una de vosotras. Por eso hay que procurar excitar vuestro deseo con algún buen pensamiento. Deseas venir a mi, Señor mío; ¿y quién soy yo? Pero yo, Dios mío, deseo con todo mi corazón ir a ti, porque eres mi soberano bien y mi fin último. El difunto señor obispo de Ginebra decía que celebraba siempre como si fuera la última vez, y comulgaba como si fuese en viático. Esta práctica es excelente, y os la aconsejo, mis queridas hijas, todo cuando puedo.

Los días de vuestras comuniones están bastante regulados 4; podéis saberlos, y desde el día anterior, disponer vuestro corazón. Yo te recibiré mañana, Dios mío. ¡Ay! ¿cómo quisiera que fuese con la misma preparación que tuvieron la santísima Virgen y todos los santos! Me gustaría, Dios mío, tener todo el amor de los serafines para entregártelo. ¿Qué haré, Dios mío? ¿qué dirá mi entendimiento? ¿qué hará mi memoria? ¿qué te dará mi voluntad? Señor, Dios mío, pon tu mismo lo que quieras en mi. Que esta comunión repare todos los defectos de las demás, de las que he sido tan desgraciada que no me he sabido aprovechar, y que pueda, Dios mío, ser lo que me gustaría ser, si fuese la última vez de mi vida, y tuviese que morir inmediatamente después de haberla hecho.

Podéis, hijas mías, hacer también un acto de contrición de todos los pecados de vuestra vida pasada, una nueva detestación y resolución de evitarlos; y de esta manera, Dios bendecirá vuestra disposición y no dejará de comunicarse a vosotras y de daros su espíritu para realizar lo que quiere de vosotras para la vida o para la muerte.

¿Y usted, hermana, qué cree que hay que hacer para comulgar bien?

– Creo, padre, que es muy necesario, para aprovecharse de la santa comunión, tener mucho cuidado de dar gracias a Dios.

– Tiene razón, hija mía. Lo que antes dijimos se refería a la preparación; y después de la santa comunión es absolutamente necesario dar gracias a Dios. Si la esposa acogiese mal al esposo el día de la boda, que él estuvo deseando tanto tiempo y en el que espera tantos testimonios de afecto, ¡cuán herido se sentiría y lleno de dolor! ¡cuántos motivos tendría para quejarse del mal trata de su esposa! Y si fuese de tal condición que la honró mucho al casarse, ¡cuán ofendido e indignado se sentiría por ello!

Si un amigo, separado desde hace mucho tiempo de otro amigo, desease con pasión volver a verlo, mantuviese en sí mismo esa esperanza, se alegrase con el pensamiento de este consuelo, y si, el día en que le ve de nuevo, en vez del amigo que se prometía, encuentra un enemigo, dispuesto a darle una puñalada en el pecho y quitarle la vida, ¿qué pasaría? Ese esposo, en vez de una esposa, se encontraría con una desvergonzada; y ese amigo, en vez de con un amigo, se encontraría con un enemigo. Pues bien, hijas mías, así es Jesucristo con las almas que se han entregado a él. Es un esposo mejor que todos los esposos de la tierra, y de una manera completamente distinta, por ser celestial y divina. Es un amigo mejor que todos los amigos del mundo, porque ha dado su sangre y su vida por la salvación de cada alma. ¿Qué dirá pues, si habiendo deseado con un gran deseo (desiderio desideravi) unirse a vosotras, haceros partícipes de sus gracias, de sus méritos y de su gloria, qué dirá si, permaneciendo en el silencio y en la ingratitud, lo despreciaseis y le volvieseis la espalda.? ¿No tendría motivos para enfadarse con toda justicia y retirar todas las gracias que os había distribuido tan abundantemente? De ahí es, hijas mías, de donde se siguen las pérdidas de la vocación, y ese ha sido el motivo por el que el desgraciado Judas se vio abandonado en manos del demonio, que le tentaba. Judas habría recibido remedio contra la tentación, si hubiese querido servirse de ello; pero lo despreció, y ya sabéis lo que le pasó.

Me acuerdo de que hace seis o siete años el difunto rey Luis XIII estuvo siete u ocho días molesto porque, a la vuelta de un viaje, como hubiese mandado aviso al Delfín para verlo, éste no le quiso ver (era todavía un niño) y le volvió la espalda. El rey, enfadado, la tomó con los que estaban al lado de Delfín y les dijo: «Si hubieseis dispuesto bien a mi hijo, si le hubieseis mostrado cuánto le conviene verme, habría venido a mi presencia, como era su obligación, y habría demostrado su alegría por mi retorno».

Pues bien, hijas mías, si un rey de la tierra se molesta con razón porque su hijo, a su llegada, le vuelve la espalda, ¿qué hará Jesucristo, rey del cielo y de la tierra, en cuya comparación no son nada todos los reyes? ¿Qué hará, digo yo, si se encuentra con alguna de vosotras que, por no haberse preparado por la consideración de lo que es Dios y del bien que trae a su alma, en vez de poner todo su empeño en darle gracias, en ofrecerle su corazón, en entregarle su alma, en abandonarse totalmente en sus manos, se quedase fría e inútil? ¡Oh! ¡cuántos motivos tendría para sentirse ofendida su divina bondad! Hijas mías, tengamos mucho cuidado, os lo ruego, tanto por el amor de lo que le debemos a Dios, como por el bien que con ello obtendrán nuestras almas y por la gloria que daremos a Dios, si no nos hacemos indignos de las gracias que él quiere hacernos.

Y usted, hija mía, ¿qué es necesario hacer para comulgar bien?

– Creo, padre, que, si comulgamos bien una vez, esa comunión servirá de preparación para comulgar bien otra vez; y así atraeremos las gracias de Dios sobre nosotras para no hacer nunca una mala comunión.

– Está muy bien, hermana mía. Quiere decir que, cuando nos hayamos preparado bien una vez, comulgaremos con la resolución de permanecer fieles a Dios; que nos esforzaremos en ello todos los días, porque, mis queridas hijas, allí es adonde hay que llegar; y que, para comulgar bien, tendremos cuidado de dar gracias a Dios, para que esa comunión nos sirva de preparación para hacer la siguiente, y así también la otra; y de esta forma atraeremos nuevas gracias de Dios para subir hasta el más alto grado de amor y de perfección.

¿Y usted, hermana mía, tiene algún otro medio?

– Señor, me parece que una de las cosas necesarias para disponerse a comulgar bien, es mantenerse retirada, como lo hacía la santísima Virgen, sin hacer ninguna visita inútil y hablando poco.

– Así pues, hermana mía, ¿cree que para comulgar bien hay que hablar poco y no hacer visitas en la ciudad?

– Padre, este es mi pensamiento.

– ¡Oh! ¡Que Dios la bendiga, hija mía, tiene mucha razón! ¿Hay algo que disipe tanto el corazón como las palabras y que dañe tanto al recogimiento y al progreso espiritual como las visitas inútiles? ¡Oh! Si alguna de vosotras, hijas mías, bajo algún aparente y piadoso pretexto, que sería el único que pudierais tener, se dejase llevar a algo de donde no sacaría ningún provecho delante de Dios, que se deshaga de ello cuanto antes. La santísima Virgen salía por las necesidades de su familia y para aliviar y consolar a su prójimo; pero era siempre en la presencia de Dios; y fuera de eso, permanecía siempre tranquila en su casa, conversando espiritualmente con Dios y con los ángeles. Pedidle, hijas mías, que os obtenga de Dios este recogimiento interior para disponeros a la santísima comunión del cuerpo y de la sangre de su divino Hijo, para que podáis decir: «¡Mi corazón está preparado; Dios mío, mi corazón está preparado!».

¿Y usted, hermana, qué cree necesario? Indíquenos algún buen medio para comulgar bien.

La hermana respondió que le parecía necesario, no solamente no tener ningún afecto al pecado mortal, sino incluso deshacerse de todo lo que pudiéramos tener de vicioso, bien sea en el modo de ser, bien en la voluntad, etcétera.

– Ved, hijas mías, no basta, para comulgar muchas veces, no tener ningún afecto al pecado mortal, sino que además es preciso deshacerse de todo afecto desordenado, porque todo afecto desordenado es vicioso. Pues bien, amar ardientemente a una hermana y apegarse a ella, es un afecto desordenado; preferir estar en un lugar más que en otro, o en un cargo más que en otro, es un afecto desordenado, y hay que romper con él para hacerse digna de comulgar muchas veces.

¿Y usted, hermana, tiene algún otro medio?; díganos qué es lo que hace cuando quiere prepararse para la santa comunión.

La hermana respondió que se entregaba totalmente a Dios, diciendo con santa Teresa: «Dios mío, tú te das totalmente a mi, yo me doy totalmente a ti»; y que era necesario, para aprovecharse de la santa comunión, mortificar los sentidos y especialmente las curiosidad de ver y de escuchar cosas inútiles, que nos ocupan el espíritu y nos impiden la unión con Dios.

– ¿Quiere usted, señorita, decirnos sus pensamientos sobre estos puntos?

Entonces la señorita dio lectura a sus notas, que había redactado en estos términos:

– Sobre el primer punto, creo que hay dos razones principales, en las que están comprendidas todas las demás: una el temor y otra el amor. El mandamiento de la iglesia de comulgar todos los años bajo pena de pecado mortal nos da a conocer que Dios quiere absolutamente que comulguemos; y hay motivos para creer que con esta amenaza nos advierte que comulguemos con mayor frecuencia, so pena de perder muchas gracias que se nos darían por la santa comunión.

También nos importa mucho entregarnos a Dios para comulgar bien, ya que sin esto estaríamos en peligro de que las amenazas, tanto a quienes no comulgan, como a quienes comulgan mal, se dirigiesen a nosotras para castigarnos.

La otra razón que tenemos para entregarnos a Dios y comulgar bien es el reconocimiento que hemos de tener del gran amor que nos muestra, al entregarse a nosotros en la santa comunión; esto lo podemos hacer solamente testimoniando a nuestro Señor un amor en cierta forma recíproco, deseando recibirlo con todo nuestro corazón, ya que él se quiso entregar a nosotros con todo su corazón. Su amor me ha parecido todavía mayor en que, habiendo bastado su encarnación para nuestra redención, parece que se entrega a nosotros en la santa hostia solamente para nuestra santificación, no sólo para la aplicación de los méritos de su encarnación y de su muerte, sino también por la comunicación que su bondad desea hacernos de todas las acciones de su vida, y para ponernos en la práctica de sus virtudes, deseando que seamos semejantes a él por su amor.

Sobre el segundo punto, que es sobre lo que nos conviene hacer para entregarnos a Dios para comulgar bien, me parece que es preciso que tengamos tan alta estima de la comunión, que sintamos miedo de no tener en nosotras las disposiciones para comulgar bien, y que, como uno de los efectos de la santa comunión, y el principal, es unirnos a Dios, tenemos que quitar en cuanto podamos, los impedimentos para esta unión. Viendo que el más peligroso de todos es estar demasiado apegadas a nosotras mismas, por el amor a nuestra propia voluntad, es necesario que nos entreguemos a Dios para no tener nada más que una misma voluntad con él, para participar de los frutos de la santa comunión; es lo que yo deseo hacer según lo que tantas veces me ha dado a conocer Dios de que soy incapaz de toda clase de bien y muy indigna de la santa comunión.

Lo que creo que hay que hacer es poner una mayor atención en las acciones del Hijo de Dios, para procurar unir a ellas las mías, con la ayuda de su gracia. Y puesto que sé que Dios lo ve todo, creo que es preciso que tengamos siempre una recta intención para comulgar, sin mezcla de ningún respeto humano, sino por el amor que hemos de tener a la humanidad santa y divina de Jesucristo, para ser fieles en corresponder al amor que nos tiene en este santísimo Sacramento.

El conocimiento que Dios me ha dado del abuso que muchas veces he hecho en mi vida de la santa comunión, llevando una vida que me hacía indigna de ella por la violencia de mis pasiones, me ha inspirado el deseo de esforzarme en mortificarlas, para que no tenga que experimentar el odio de Dios, sino su amor, en el caso de que continuase usando mal este divino alimento.

– Ved, hijas mías, cuántos medios suficientes hay para disponeros a comulgar bien y aprovecharos de vuestras comuniones. Y cuando comulguéis de esta forma y con las disposiciones que vosotras mismas habéis dicho, ya que la bondad de Dios os ha comunicado todas estas verdades, y yo no he hecho nada más que recogerlas, cuando – repito – comulguéis de esta manera, podréis estar seguras de que habéis comulgado bien. Habéis dicho que se necesitaba pedir a Dios esta gracia. No hay nada tan fácil como pedírsela, y la alcanzaremos si se la pedimos como es debido, esto es, con buen corazón, con el deseo de utilizarla bien.

Los medios no faltan: mortificar las pasiones, mortificar los sentidos, hablar poco, no hacer ninguna visita inútil, disponerse con una comunión para la otra, y en este tiempo, hijas mías, progresar siempre algunos grados en virtud y en amor de Dios, y todos los demás medios eficaces de los que habéis hablado, sobre los que no he tenido que hacer nada más que algunas observaciones. Hay un medio, hijas mías, del que no habéis dicho nada, que es confesarse; ¡sí, hijas mías, hay que confesarse! Esa es la preparación próxima y la que repara las faltas que podría haber en todos los demás. Suple a su imperfección y confiere la gracia que hace a nuestras almas tan agradables a Dios. Por tanto, hay que confesarse siempre que se pueda; por que no estaríamos nunca demasiado puros para acercarnos a Dios; pero, sobre todo, hay que ir con resolución de esforzarse en nuestra enmienda.

Otro medio para obtener también el perdón de todas las faltas que podemos haber cometido en nuestras comuniones, tanto vosotras, hijas mías, como yo, miserable pecador, es pedir misericordia a Dios por el pasado, y gracia para el porvenir. Haced esta petición con todo vuestro corazón, cada una en particular; y yo, como el más culpable de todos, la haré en alta voz, por vosotras y por mí, con el corazón lleno de confianza en que Dios no mirará mis pecados, sino vuestro deseo.

Dios mío, con todo mi corazón te pido misericordia. ¡Misericordia Dios mío, misericordia por todos los abusos que hemos hecho de tus gracias! Por la negligencia que hemos tenido en corregirnos de las faltas que te disgustan en nosotros, ¡misericordia, Dios mío! Por todas las veces que hemos tratado indignamente tus sagrados misterios, ¡misericordia, Dios mío! No te acuerdes de nuestros pecados. ¡Que queden borrados esos días desgraciados y que tu misericordia los olvide para siempre! ¡Te lo pido, Señor mío, por toda esta Compañía y por mi, y al mismo tiempo te suplico, Dios mío, que nos concedas la gracia de que nunca nos acerquemos a tus santos altares más que con la preparación que deseas, para que podamos practicar los medios que nos has dado a conocer, tan necesarios para esto y para que podamos ser fieles a tus gracias y a tu santo amor. No consideres, Dios mío, la voz del pecador que te habla, sino dígnate mirar los corazones de los que te suplican esta misericordia y esta gracia y concédeme a mi, aunque el más indigno, que no deje de pronunciar las palabras de bendición que confieren tu espíritu y tu gracia, confiando en tus promesas. ¡Quiera tu bondad, según las vaya pronunciando, llenar de ellas los espíritus de quienes las reciben de tu parte!

Benedictio Dei Patris…

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