(30.05.47)
Hijas mías, el tema de la presente conferencia es sobre la importancia que tiene guardar bien las reglas, sobre el bien y la utilidad que se saca de su observancia y sobre el mal que ocurre si las descuidamos. Esta conferencia se divide en tres puntos. Acabo de deciros el primero; el segundo es sobre las faltas que se cometen ordinariamente y en las que más fácilmente se cae; el tercero, sobre los medios para remediar los defectos que se hayan observado. Quiera la divina bondad concedernos la gracia de que todos saquemos mucho fruto y utilidad de esta conferencia.
Hermana, ¿quiere decirnos sus pensamientos?
Entonces la hermana respondió que era necesario guardar hasta la más pequeña de las reglas, porque si la naturaleza empieza a relajarse, irá pidiendo cada vez más. Si hoy se descuida una cosa, mañana se descuidará otra.
Entonces, nuestro veneradísimo padre dijo:
– Lo que quiere decir esta hermana es muy interesante; tenedlo en cuenta, hijas mías, porque es una sutileza de la naturaleza, que busca siempre su comodidad. Si hoy, por ejemplo, una se levanta tarde, mañana el cuerpo se encontrará más pesado, porque no habrá tenido tanto reposo; si hoy a una se le ocurre ir a pasearse tranquilamente, ir a hacer visitas, mañana el espíritu y el cuerpo no querrán sujetarse a estar metidas dentro de los límites de las reglas. Por eso, hermanas mías, no hay nada mejor que acostumbrarse a hacer todo lo que hay que hacer, para no encontrar nada difícil. Cuando el cuerpo se ha acostumbrado, ya no se cansa y se encuentra bien. Por ejemplo, un pobre soldado que haya estado mucho tiempo en el ejército, mal alimentado, acostándose sobre la paja, (se siente tan feliz! Al volver a su casa, cuando tiene ya un poco más de reposo, cuando tiene una cama mejor, se pone enfermo. Por eso, hijas mías, esta hermana tiene mucha razón al decir que si hoy se hace poco, mañana se querrá hacer menos. Continúe, hermana.
La hermana añadió que, para entrar en la práctica de las reglas, le parecía conveniente proponerse todos los días ser fiel a ellas, y por la tarde hacer el examen sobre este punto para ver en qué se ha faltado.
– Entonces, hija mía, cada día por la mañana, diréis: «Quiero guardar mi regla hoy (sin hablar de mañana); con la ayuda de Dios, no faltaré en nada». Y por la noche, incluso a veces durante el día, en los exámenes generales o particulares, veréis en qué habéis faltado. Yo creo que esto que ha querido decir, hermana mía, es para hacer penitencia; porque es necesario; hay que castigarse si uno ha faltado, diciendo por ejemplo una decena del rosario, o besando la tierra, o incluso tomando la disciplina. Si seguís este consejo, advertiréis enseguida el progreso en la observancia de vuestras reglas. Cuando el cuerpo se ve así tratado, se sujeta enseguida. ¡Dios le bendiga, hermana mía!
Y usted, hermana, ¿quiere decirnos lo que ha pensado?
– Yo he pensado que, desde la entrada en esta Casa, estamos obligadas a practicar las reglas, ya que hemos prometido a Dios vivir conforme a ellas y al espíritu de la Comunidad; y faltar sería ser infiel a Dios.
– Es verdad, sería ser infiel a Dios; tiene razón, hija mía, ¡sería ser infiel a Dios! Continúe, por favor.
La hermana añadió que, para ser verdadera Hija de la Caridad, no basta con llevar el nombre y el hábito, sino que hay que hacer obras; si no, se daría mal ejemplo a toda la Compañía. Lo cual sería un gran perjuicio. Sobre el segundo punto, dijo que los defectos más ordinarios son: la negligencia y el poco amor con que cada una acepta sus cargos, la falta de cordialidad, de paciencia y de deferencia con el juicio de nuestras hermanas, de donde se deriva habitualmente la poca caridad que hay entre nosotras; finalmente, las faltas al silencio en las horas debidas. Sobre el tercer punto, observó que un buen medio era tener a las reglas mucha estima y amor, ya que son el camino por el que llegaremos al Cielo; y que tengamos cuidado de no hacer nada que pueda desedificar a nuestras hermanas.
Otra hermana observó que no había mejor medio que la práctica de las reglas para agradar a Dios y progresar en la virtud, que se faltaba muchas veces hablando de los defectos de las demás y que ese defecto se corregiría ejercitándose en la presencia de Dios.
Otra hermana dio como razones para la observancia de nuestras reglas, que no hay nada en ellas que no tienda a la gloria de Dios, que nuestro Señor quiso cumplir fielmente en la tierra todo lo que los profetas habían dicho de él, sin dejar un sólo detalle, y que las reglas prescritas en las comunidades son otras tantas luces que Dios ha dado a los superiores para conocer quienes son los que desean abrazarlas y ser fieles. Sobre el segundo punto, una de las principales faltas es que no reflexionamos bastante en las excelencias de nuestras reglas; de ahí viene que no nos damos cuenta de su valor, y que poco a poco nos vamos dejando llevar por la negligencia. El remedio es animarse por las dos razones del primer punto, es decir, que damos gloria a Dios y le llenamos de contento.
Otra hermana dijo otra razón: que, llamadas a donde estamos por la voluntad de Dios, tenemos que creer que es un camino seguro para llegar a la perfección adonde nos quiere llevar. La falta más general, fuente de otras muchas particulares, es el no estimar bastante nuestras reglas, el creer que podemos dispensarnos fácilmente de ellas por cualquier obstáculo que acontezca. El remedio para ello es concebir una alta estima de las mismas y entregarnos a Dios totalmente de nuevo para entrar en una práctica más fiel de ellas.
Otra hermana dijo que, si guardamos nuestras reglas, también estas reglas nos guardarán; que una falta bastante frecuente es faltar a la mansedumbre y compasión con los enfermos; que un buen remedio es movernos, al comienzo de nuestras acciones, a hacerlas por amor de Dios.
Hablaron otras muchas hermanas, pero como la mayoría no lo llevaban escrito, no se ha podido tomar nota de todo. La señorita, invitada por nuestro veneradísimo padre a decir lo que pensaba, leyó sus notas que decían lo siguiente:
Una razón es el reconocimiento de las obligaciones que tenemos con Dios, que sabe que necesitamos de las reglas para nuestra salvación, y nos ha dado este medio para cooperar por ellas con su gracia. Otra razón es que, si en las Compañías no se observan las reglas, tanto en lo que aconsejan como en lo que prohíben, serían continuos el desorden y la desunión y Dios sería entonces más deshonrado que glorificado.
Las faltas más ordinarias son el poner poco cuidado en dedicarse a la oración, el no estimar bastante nuestras reglas, el estar convencidas de que no nos obligan, el ver mal que nuestros superiores tengan conocimiento de nuestras faltas y el tomarse la libertad de manifestar las faltas ajenas las unas a las otras, lo mismo que nuestras penas y pequeños descontentos, murmurando muchas veces contra los superiores.
Como medio, hacer todo lo contrario, informarse muchas veces de cuáles son nuestras reglas, declarar a nuestros superiores lo antes posible las faltas que hemos cometido contra ellas, entregarse a Dios todos los días para practicarlas, pedir su gracia y rezar a la santísima Virgen y a nuestro ángel de la guarda.
Nuestro veneradísimo padre, después de haber aprobado todo lo que se había dicho, tanto las razones como las observaciones y los medios, empezó su discurso poco más o menos de esta manera:
– Doy gracias a Dios, mis queridas hijas, por las luces que ha dado a vuestros espíritus en el presente tema, que son tales, por su misericordia, que en vuestros mismos rostros se puede ver que han sido tocados vuestros corazones. Me parece que leo en ellos el deseo de entrar con generosidad en la práctica fiel de vuestras reglas. Veo en vuestro aspecto algo distinto de lo ordinario. Por esto le doy gracias con todo mi corazón y suplico a su bondad que nos haga entrar en el verdadero conocimiento de la gloria que con ello alcanzará.
¿Sabéis, hijas mías, cuál es un motivo poderoso para abrazar vuestras reglas? Vosotras mismas lo habéis dicho; es que Dios se las ha inspirado a los superiores para que os las den a vosotras. Habéis dicho que Dios era quien las había hecho. No sois vosotras las que habéis dicho esto; es san Pablo, hijas mías: «Todo bien, dice este gran santo (1), viene de Dios»; nada se hace por Dios que no sea él mismo quien lo hace. Pues bien, hijas mías, ¿en qué otra obra ha tenido Dios más parte que en la vuestra? ¿quién habría podido hacerla como él la ha hecho? ¿qué otra cosa hubiera podido hacer Dios para hacerla mejor?
En primer lugar, Dios tomó a unas mujeres pobres. Si hubiese tomado a unas mujeres ricas, ¿hubiesen hecho lo que estas hacían? ¿Hubiesen servido a los enfermos en los servicios más bajos y penosos? ¿Hubiesen ido a llevar un puchero, una cesta al mercado, comprar las provisiones? Y aunque, por la gracia de Dios, haya ahora entre vosotras personas de muy buena condición, podemos creer que, en el comienzo, ellas no lo hubiesen hecho así.
Después de esto, ¿podía Dios haber hecho algo mejor que poner entre vosotras la frugalidad que aquí se observa? ¿Y no es ésta una señal de que se trata de Dios? Si hubiese s estado bien alimentadas, si hubieseis tenido manjares delicados, entonces, hijas mías, la naturaleza, que busca su comodidad, no se habría preocupado de ir a socorrer a los demás; os habríais puesto a holgazanear con la buena comida; entonces, nadie os hubiese querido; pues, como tenéis que gastar poco para no ser ninguna carga a los lugares que os pidan, necesariamente tenéis que vivir con esta frugalidad de vida, que es una señal muy segura de que vuestra obra es obra de Dios.
¿Y no se ve también todo esto claramente en su comienzo y en sus progresos? Una señal para reconocer las obras de Dios es, dice san Agustín, que se hacen por sí mismas. Empiezan de una manera que nadie puede observar; y finalmente se llevan a cabo sin que se pueda decir cómo ha sido. Así ha ocurrido con vuestra fundación, mis queridas hijas, porque nadie puede decir cómo se hizo, ni quién la hizo, a no ser Dios. Preguntad a la señorita Le Gras si pensaba en ello. Ni mucho menos. De mi, os puedo decir delante de Dios que jamás lo había pensado. Entonces, ¿quién pensaba en ello? Era Dios, hijas mías, el que sabía muy bien lo que quería hacer. Por tanto, amad su protección sobre vuestra Compañía y apegaos al espíritu que él ha puesto en ella y a la práctica de las reglas que ha introducido, las cuales contienen los medios más seguros para vivir como verdaderas cristianas. Y no solamente esto, sino que, observadas en el espíritu de Dios, os harán alcanzar la más alta piedad religiosa y la más sólida virtud que pueda practicarse en el cristianismo.
En primer lugar, esas reglas son conformes con el Evangelio. Contienen todo lo que nuestro Señor nos ha enseñado de más perfecto, todo el camino que ha indicado para llegar al reino de los cielos. Las reglas os lo señalan; me gustaría hacéroslo ver en todo, si no estuviese con prisas; pero señalaré solamente dos o tres artículos.
El primer consejo evangélico enseña la pobreza, y es por donde nuestro Señor empieza cuando enseña el camino de la perfección a quien quiere seguirle; y por la misericordia de Dios, hijas mías, es por donde vosotras comenzáis. Porque, al entrar aquí no poseéis nada; si tenéis algo, renunciáis a ello, según el precepto evangélico; en la casa tenéis la pobreza en todo: vestís con la tela más basta, no hay ningún tocado más sencillo que el vuestro, en vuestro vivir se observa la frugalidad que os decía hace poco que era la señal de la protección de Dios sobre vuestra obra; y todo lo demás, por su gracia, se encuentra en una grandísima pobreza.
Hijas mías, para vuestro consuelo os diré que no hay nada tan santo ni tan perfecto en los consejos evangélicos como aquello que se os escribe en las reglas que Dios os ha dado; y es esto, por su gracia, lo que todas vosotras hacéis.
Después de la pobreza, nuestro Señor ordena abandonarse sí mismo; ¿no es esto, mis queridas hijas, lo que hacéis al venir a la Compañía de Hijas de la Caridad? Porque, de todas las órdenes que hay en la iglesia de Dios, ¿quién tiene que renunciar tanto y tan continuamente a sí mismo como vosotras? No conozco ninguna otra. Abandonar la propia voluntad desde que se viene, no tener ningún pensamiento de poder satisfacerse en nada, estar en una continua y entera dependencia de la voluntad de los superiores para ir, para quedarse, para tener este oficio o aquel otro, todo esto es renunciar a sí mismo.
En tercer lugar, el Señor aconseja el desprecio de sí mismo, y por su infinita misericordia, es lo que vosotras buscáis. ¿Hay algo tan despreciable a los ojos del mundo como una pobre Hija de la Caridad? Las santas reglas que la bondad de Dios ha querido daros ¿no os enseñan el desprecio, cuando os ordenan que sometáis vuestro juicio, que tengáis siempre una alta opinión de vuestra hermana y que creáis que todo lo malo proviene de vosotras?
Hijas mías, ¡cuánta perfección contienen vuestras reglas y cómo tenéis que estar seguras de que es la mano de Dios la que os las ha dado, ya que están llenas de las prácticas más santas que Jesucristo enseñó a los que quieren seguirle, y las observaron los apóstoles y los santos! Una de vosotras ha dicho, y es cierto, que es muy difícil perseverar en la vocación si se descuidan esas reglas. Hijas mías, es Dios el que la ha hecho hablar de esta forma; porque no solamente es difícil, sino diría yo imposible; pues ¿cómo se hará una persona digna de las gracias de la perseverancia si desprecia estas reglas? Y es un desprecio el no guardarlas. Habéis dicho también que, si las guardáis, ellas os guardarán. ¿De qué creéis, hijas mías, que os guardarán? Os guardarán de ser infieles a Dios; porque no se ha visto todavía que una persona aficionada a la práctica de sus reglas haya caído en la pérdida de su vocación. Si comete otras faltas, Dios le da gracias para arrepentirse de ellas.
Este es un poderoso motivo, hijas mías, y una razón válida para animaros al cumplimiento y a la práctica de vuestras reglas. Lo habéis dicho vosotras mismas, y no yo. Pero insisto en ello para señalar su importancia, que es tal, si bien lo pensamos, que en ello va la salvación eterna; pues, aunque no estéis obligadas a vuestras reglas bajo pena de pecado, es cierto que, puesto que estáis en la Compañía, estáis obligadas a observarlas. Es un camino que Dios ha señalado; son los senderos por donde quiere conduciros; y si os apartáis, creed, hijas mías, que hay mucho peligro de perderse.
En quinto lugar, la práctica de las reglas es meritoria y satisfactoria para las personas que las han abrazado. Todo pecado merece castigo, o en este mundo o en el otro. Pues bien, si una persona de buen corazón se entrega a Dios en un género de vida que tiende a su gloria, para reparar allí el tiempo perdido, todas sus observancias le serán satisfactorias por las penas debidas a los pecados que cometió, de forma que puede aplicar todo lo que sus reglas le ordenan en reparación de sus pecados pasados. Hijas mías, ¿quién de vosotras menospreciará esta ventaja? ¿quién no ha tenido vanidad alguna vez? ¿cuántas mentiras, maledicencias, malos pensamientos, y cuántas otras faltas que no conocéis, por las que nuestras reglas nos sirven de dulce penitencia?
Son también meritorias por sí mismas, ya que, al satisfacer por los pecados pasados, adquieren nuevo mérito, y tal mérito, que solamente se necesita esto para hacer que una persona sea santa, si permanece fiel a ellas. Yo he visto a un santo papa, que era Clemente VIII, un hombre muy santo, tan santo que los mismos herejes decían: «El papa Clemente es un santo». Se sentía tan tocado de Dios y tenía el don de lágrimas en tal abundancia que, cuando subía por unas escaleras que se llaman la Escala santa (2), se llenaba de lágrimas. Pues bien, aquel santo personaje decía: «Que me traigan a una persona religiosa, bien sea una joven o una mujer, que haya perseverado en la obediencia a sus reglas, que me den suficiente testimonio de ello, y no necesito ninguna otra señal de su santidad para canonizarla. Yo no quiero ninguna resurrección de muertos, ninguna curación de enfermos, ni otros milagros, sino solamente que haya guardado sus reglas; la haré inscribir en el calendario e instituiré su fiesta».
Este gran personaje, que ha sido un papa de nuestro tiempo (3), estimaba mucho la práctica de las reglas. Ved pues, mis queridas hijas, cuánto mérito tienen éstas delante de Dios y a qué perfección de vida conducen a las almas que las cumplen con exactitud, ya que aquel hombre tan santo no pedía más testimonio de santidad que la fidelidad a las reglas para canonizar a un alma. ¿No es éste un motivo suficiente para amarlas, para tenerlas en gran estima y para no faltar nunca a ellas?
¿No basta acaso creer que se cumple la voluntad de Dios, para sentir por ello gran satisfacción? ¿Hay algo más poderoso? Un alma deseosa de amar a Dios ¿puede desear otra cosa que hacer su voluntad? Al hacer lo que os prescriben vuestras reglas, hijas mías, podéis estar tan seguras de que cumplís la voluntad de Dios que, aunque él os lo dijera por su propia boca no podríais estarlo más. Es que vuestras reglas vienen de él, vuestra Compañía viene de él, y él os ha llamado para hacer lo que les ha ordenado a todas las demás. ¡Bendito sea Dios, hijas mías! Entreguémonos a él para cumplir siempre esta santísima voluntad.
He aquí, pues, mis queridas hijas, algunos motivos para excitaros al amor, a la estima, y a la fidelidad que debéis a vuestras reglas. El primero es que vuestra obra es una obra de Dios; el segundo, que vuestra regla contiene los medios para encaminaros a la perfección cristiana; el tercero, que son conformes con el Evangelio y compuestas de lo que allí está tan claro para encaminar el alma hacia la virtud; que es difícil perseverar en la vocación si se descuidan estas reglas; que son meritorias y satisfactorias; y que, aunque no hubiese más motivo que el de creer que así se cumple la voluntad de Dios, ese motivo sería lo bastante poderoso para obligarnos a no apartarnos de ellas jamás. Ahora quedan por señalar los medios; ¡in nomine Domini! Entre todos los medios que Dios os ha inspirado, hijas mías, encuentro especialmente uno de una eficacia maravillosa, el de pedir esta gracia a Dios, pero pedírsela de buena manera, esto es, con el deseo de corresponder a ella con todo nuestro poder, con el deseo de ser fieles hasta los más pequeños detalles, porque como habéis señalado, el que es fiel en lo poco y en las pequeñas cosas, lo será también en las cosas grandes (4). Pues bien, hijas mías, no hemos de pensar que haya cosas de poca importancia en las reglas; porque todo lo que se refiere a Dios y a su gloria es sagrado y augusto, y no tenemos que dejar cosa alguna que esté en nuestro poder. Hay que pedírselo a Dios todas las mañanas, hay que pedírselo a lo largo del día, hay que pedírselo por la noche y no hay que dejar nunca de pedírselo.
Pero, padre, me objetará alguna, eso es muy fácil de decir, pero es muy difícil poder hacer todas las cosas tal como se nos dice. Sobrevienen mil ocasiones que nos impiden hacer en las horas determinadas lo que se hace en la Casa. Hijas mías, para el consuelo de la que está en quehaceres difíciles, os diré que no se admite retraso alguno cuando se trata del servicio a los pobres. Si, a la hora de vuestra oración, por la mañana, tenéis que ir a llevar una medicina, marchad tranquilamente; después de un acto de resignación con la santa voluntad de Dios, ofrecedle vuestra acción, unid vuestra intención a la oración que se tiene en la casa, o en otras partes, y marcharos sin ninguna preocupación.
Si, cuando estáis de vuelta, vuestra comunidad os permite hacer un poco de oración o de lectura espiritual, ¡estupendamente! Pero no tenéis que inquietaros por ello, ni creer que habéis faltado, cuando la perdáis; porque no se la pierde cuando se la deja por un motivo legítimo. Y si hay algún motivo legítimo, mis queridas hijas, es el servicio del prójimo. El dejar a Dios por Dios no es dejar a Dios, esto es, dejar una obra de Dios para hacer otra, o de más obligación o de mayor mérito.
Dejáis la oración o la lectura, o perdéis el silencio por asistir a un pobre: pues sabed, hijas mías, que hacer esto, es servir a Dios. ¡Qué consuelo para una buena Hija de la Caridad pensar: «Voy a asistir a mis pobres enfermos, pero Dios se complacerá más en esto que en la oración que tenía que hacer ahora»! Y marchar alegremente a donde Dios la llama.
Cuando Moisés leyó al pueblo de Israel la ley que Dios le había dado escrita en la piedra, le preguntó «¿Cumpliréis esto?». Se elevó una voz que dijo: «No podríamos hacerlo por nosotros mismos, pero se lo pediremos a Dios». Así ocurre con vuestras reglas, hijas mías. Por vosotras mismas no podréis nunca ser exactas en ellas; pero hay que pedírselo a Dios. ¡Ah, mi Señor Jesucristo! Es verdad que, por nosotros mismos, somos unos pobres seres capaces solamente de ofender a tu divina Majestad y de deshonrar por nuestra cobardía la elección que tu bondad ha hecho de nosotros para servirte en la manera de vivir adonde nos has llamado. Pero, confiando en esa misma bondad y misericordia divina, te pedimos con todo nuestro corazón la gracia, para todas las que estamos y estaremos en nuestra Compañía, de cumplir las reglas que nos has querido dar, de la forma con que tú cumpliste en este mundo la santísima voluntad de tu Padre eterno, de morir antes que cometer jamás una sola infidelidad con conocimiento, y, si somos tan frágiles que nos dejamos caer, que nos des tu mano compasiva, por tu inmensa caridad, para levantarnos de nuestras caídas. Te lo pedimos todas unánimemente, Dios mío, y protestamos que queremos morir antes de faltar a un solo punto de lo que quieres de nosotras. Quiera tu bondad concedernos abundantemente la gracia de cumplirlo con la perfección que tú deseas. Tal es, mis queridas hijas, la oración que elevo con todo mi corazón a Dios por vosotras; le suplico que quiera responder al deseo que tenéis todas. Si le pedís muchas veces la gracia de cumplir vuestras reglas y os entregáis a él para practicarlas, él no permitirá que caigáis en la infidelidad.
Otro medio, y muy eficaz, hijas mías, es que queráis ser advertidas de las faltas que cometéis contra vuestras reglas, aceptando que os adviertan y os reprendan los superiores, sufriéndolo con espíritu de mansedumbre, contentas de que se os haga esta caridad, y pidiendo a la hermana con quién estáis que nos lo comunique a la señorita o a mi, pero esto con toda bondad y sinceridad: «¡Dios mío! Hermana, le ruego, por amor de Dios, que advierta al padre Vicente y a la señorita de las faltas que me ha visto cometer».
Hijas mías, no podéis imaginaros cuán útil resulta esto; porque, desgraciadamente, nosotros no advertimos nada más que una mínima parte de nuestras faltas; perdemos incluso de vista algunas faltas de condenación, como sucedió a David, después de haber matado a Urías. El no pensaba en ello, y Dios le envió un profeta para amonestarle por su falta, y enseguida la reconoció. «Sí, dijo, ¡yo he cometido ese pecado!». Y se le quedó tan impreso este sentimiento que después decía todos los días; «Señor, perdona mis pecados». Y san Pedro, cuando renegó de nuestro Señor, no pensaba que obraba mal. Pero cuando fue amonestado, no dejó de llorar, al conocer que había sido una falta enorme.
Pero ¿creéis, hijas mías, que hay en vuestra Compañía y entre vosotras alguna que tenga esta disposición de querer ser advertida de sus faltas y que quiera que se avise a los superiores? ¡Oh! Por la misericordia de Dios, sí que las hay; hay, lo sé muy bien, quienes querrían que fuesen conocidas todas sus faltas; y sé que hay algunas muy contentas de que se las comuniquen y se las digan a los superiores. Más todavía, hijas mías; quiero creer que todas vosotras tenéis esta disposición, no solamente de ser advertidas en particular, sino incluso en público. Ved, hijas mías, las misericordias de Dios con una alma de vuestra Compañía (no la nombraré, al menos por ahora). Desde el pueblo en donde está, escribe a su hermana que ha venido a París; he aquí lo que le dice: «Mi queridísima hermana, la saludo al pie de la cruz de nuestro querido Salvador que sufre por nosotros. Le dirijo estas palabras para rogarle que haga el favor de avisar de todas mis faltas a la señorita, sin ocultarle nada; ese será el mayor testimonio de amor que puede usted demostrarme, pues, si me ama, querrá también mi perfección, y al hacer esto, no me negará lo que puede contribuir tanto a ella. Y para obligarle más a hacer lo que le pido, le envío una estampa de la Virgen, que la invita, por los méritos de su Hijo Jesucristo, a que no me niegue una cosa tan justa como esta; pues ya sabe, mi querida hermana, el bien que se hace cuando se hace esto; crea pues, por favor, que esto me aprovechará con la ayuda de Dios. Esperándolo así de su caridad, quedo para siempre, en el amor de nuestro querido Salvador, su muy humilde servidora, sor…».
He aquí, hijas mías cuáles son los sentimientos de una de vosotras, pero no la nombraré al menos por ahora. ¿Qué decís a esto, hermanas mías? ¿Puede acaso ella, para pedir algo que le sea tan ventajoso, poner más insistencia de lo que ha hecho para suplicar que se digan sus faltas? «Y para obligarle, dice, le envío una estampa de la Virgen, que la invita por los méritos de su Hijo Jesucristo». Observadlo bien: ofrecer un regalo a una persona para que diga sus faltas, y regalarle una Virgen, una imagen que quizás le era muy querida, para que, si se olvidase su hermana, se acordase al verla. ¡Oh! ¡que Dios la bendiga! Creedlo, hijas mías; si somos fieles a la gracia, la gracia producirá admirables efectos en nuestras almas. He visto algunas personas que incluso han llegado a querer que todo el mundo estuviese al tanto de sus faltas. Una vez confesaba en el campo a una pobre mujer que hablaba en voz alta, de forma que todos podían escuchar lo que decía, y le dije: «Hija mía, hable bajo, la oigo bien». «No importa, padre, me respondió ella, quiero que todo el mundo sepa que yo he sido tan miserable que he hecho todas estas cosas malas». Dios le había concedido estos sentimientos a una pobre mujer de aldea. Conozco también a un pobre hombre que, después de haberse confesado, me dijo: «Padre, si me lo permite, iré por toda la tierra publicando mis pecados, para que todos me conozcan tal como soy».
Estos son, hijas mías, los efectos de la gracia en las almas que no la resisten. Creedme, hay que llegar hasta ese punto. El que quiera avanzar en la virtud tiene que querer que sean conocidas sus faltas; tiene que descubrirlas él mismo, y sentirse feliz porque los otros las descubran. Cuando vengáis a esta Casa no dejéis de decir nunca en qué habéis faltado a vuestras reglas. Si vuestra hermana viene antes que vosotras, pedidle que indique a la señorita en qué os ha visto fallar. Si no podéis ver a la señorita, decídselo a la hermana Juana, decídselo a la hermana Ana, de írselo a alguna otra; decídselo, por favor, y no faltéis en esto.
Estos son, hijas mías, algunos medios que os hemos dado; estos son algunos motivos para inclinaros a la observancia de vuestras reglas. Pero he aquí uno más, hijas mías, que Dios os envía. Hasta el presente habéis trabajado por vosotras mismas y sin otra obligación, delante de Dios, que la de satisfacer al orden que se os había prescrito y a la manera de vivir que se os había dado; hasta el presente no habéis sido un cuerpo separado del cuerpo de las damas de la cofradía de la Caridad; y ahora, hijas mías, Dios quiere que seáis un cuerpo especial, que, aunque sin estar separado del de las damas, no deje de tener sus propios ejercicios y sus funciones particulares. Hasta ahora habéis trabajado sin otra obligación; y ahora Dios os quiere ligar más estrechamente por la aprobación que ha permitido que se haga de vuestra manera de vivir y de vuestras reglas por monseñor el ilustrísimo y reverendísimo arzobispo de París.
Tengo aquí la petición que se le presentó, las reglas, v luego la aprobación. Os las voy a leer una tras otra.
Entonces su caridad se tomó la molestia de hacerlo, aunque había muchas escrituras.
El primer artículo de la regla dice que la Compañía estará compuesta de viudas y de doncellas, que elegirán a una de ellas por mayoría de votos para ser superiora durante tres años, y podrá seguir siéndolo otros tres, y no más. El padre Vicente dijo que esto se entendía después de que Dios hubiese dispuesto de la señorita, la cual se puso de rodillas y le suplicó que empezase desde ahora. El respondió:
– Sus hermanas y yo, señorita, tenemos que pedir a Dios que os deje todavía largos años. La voluntad ordinaria de Dios es conservar por medios extraordinarios a los que son necesarios para el cumplimiento de sus obras. Y si se fija usted, señorita, ya hace más de diez años que no vive, al menos de una manera ordinaria.
Luego continuó la lectura hasta el artículo que dice: Será una cofradía que llevará el nombre de Cofradía de Hermanas de la Caridad sirvientes de los pobres enfermos+. Entonces exclamó dulcemente:
– ¡Ah! ¡qué hermoso título! Hijas mías, ¡Qué hermoso título y qué hermosa cualidad! ¿Qué habéis hecho a Dios para merecer esto? Sirvientes de los pobres, que es como si se dijese sirvientes de Jesucristo, ya que él considera como hecho a sí mismo lo que se hace por ellos, que son sus miembros ¿Y qué hizo él en este mundo, sino servir a los pobres? ¡Ah! mis queridas hijas, conservad bien este título, porque es el más hermoso y el más ventajoso que podríais tener. No sé si os lo he dicho ya, ¿sabéis qué título toma el papa? Su título más hermoso y más venerable, el título del que se sirve en la expedición de los asuntos más importantes, es «Siervo de los siervos de Dios». Se dice: tal persona, Clemente, Urbano, Inocencio, actualmente Siervo de los siervos de Dios. Y vosotras, hijas mías, os podéis poner siervas de los pobres, que son los predilectos de Jesucristo. San Francisco, cuando dio su regla, tomó el título de menor, que quiere decir pequeño. Si aquel gran patriarca se llamó pequeño, ¿no tenéis que considerar como un gran honor el seguirle y llamaros sirvientes de los pobres?
Nuestro veneradísimo padre prosiguió la lectura hasta el artículo que dice que las hermanas que están en la Casa se alimentarán con las pequeñas rentas de dicha Casa y con el trabajo y el ahorro de las hermanas. Luego dijo:
– Hijas mías, ¡qué hermoso es esto!: vuestros ahorros, esto es, lo que podéis reservar con vuestra frugalidad de vida; y vuestro trabajo manual; fijaos, trabajo manual quiere decir lo que hacéis fuera de las horas en que estáis ocupadas con los enfermos. En el tiempo que os quede, tenéis que ganar para contribuir a mantener a otras, que harán luego lo mismo que vosotras. ¡Oh! ¡Que Dios os bendiga, hijas mías, y os dé abundancia de gracias!
El padre Vicente prosiguió la lectura de la regla, y se detuvo en el artículo que habla de evitar ofender a Dios mortalmente, sobre todo en lo que se refiere a la castidad, tomando toda clase de precauciones para conservarla, sin dejar entrar a los hombres en la habitación y no entreteniéndose a hablar por la calle con personas de sexo diferente. Y, si se ven obligadas, tienen que hilar muy fino.
Hijas mías, dijo, esto se entiende de los hombres, con los que no os detendréis nunca por la calle, a no ser por extrema necesidad. Hay que hilar muy fino. Decidles lo que tengáis que decirle lo más sucintamente que se pueda, y después, despedíos de ellos.
A continuación, el padre Vicente siguió leyendo el reglamento; al llegar al artículo sobre el silencio, añadió:
– También yo, hijas mías, os exhorto a ello. Honrad durante ese tiempo la vida oculta del Hijo de Dios. Pero, padre, dirá alguna, eso es muy difícil; tenemos que trabajar en esas horas. ¡Ah! En ese caso, hijas mías, acordaos de lo que os decía hace poco sobre la oración, que servir a un enfermo es hacer oración. Lo mismo pasa con el silencio; pero al menos habrá que guardarlo exactamente desde la lectura de la noche y desde que os levantáis por la mañana hasta el final de las oraciones. Y si lo tomáis con cuidado, nadie os lo puede impedir. Solamente se necesita un poco de cuidado y de reflexión, pero sobre todo deseos de cumplir con la regla.
Después de haber acabado con la lectura del reglamento, nuestro veneradísimo padre añadió:
– Hemos querido, hijas mías, que se dijese de vosotras lo que se dijo de nuestro Señor, que empezó primero a hacer, y luego a decir. Lo que acabáis de oír, hijas mías, ¿no es lo que ya hacéis? ¿Hay algo que no hayáis hecho? No, por la misericordia de Dios; lo que hoy se os manda, ya lo hacíais. Es verdad que ya había recibido yo la aprobación del difunto papa (7); pero no teníais todavía un mandato expreso. Miles de años antes de que nuestro Señor viniese al mundo, Dios envió a Moisés, dándole una ley, figura de la que nuestro Señor tenía que traer. El pueblo la observó. Pero, cuando nuestro Señor dio la suya, se atuvieron a ella. No es que nuestro Señor destruyera la primera, ya que los mandamientos contenidos en ella están también en la nueva, sino que la perfeccionó.
Pues bien, hijas mías, aquí están las reglas, aprobadas por la misericordia de Dios, que os convierten en una cofradía de la Caridad separada de la cofradía de las damas de la Caridad, con las que estabais ligadas hasta ahora. No os hacen romper con la de las damas, a las que seguís estando sujetas en todo lo que se refiere al servicio de los enfermos; pero os hacen diferentes en vuestra manera de vivir; de forma que la cofradía que formabais con las damas ya no es para vosotras más que como la ley de Moisés en comparación con la de Jesucristo. Tenéis que considerar estas reglas como dadas por la mano del mismo Dios, ya que os han sido dadas por orden del señor arzobispo, de quien dependéis. ¡Qué consuelo, hijas mías, tenéis que tener al ver este efecto de la dirección y del espíritu de Dios sobre vosotras! Dadle gracias porque ya las habíais guardado, dadle gracias porque ahora estáis todavía más obligadas a guardarlas y porque ha querido su divina bondad que se os de una orden y por esto mismo, os da el testimonio y la seguridad de que le agradáis. Que vuestra próxima comunión, mis queridas hijas, sea para darle gracias. Dadle gracias todas en la santa comunión del domingo, y yo lo haré también en las del día de Pentecostés y de la Trinidad; que las tres sean por esta intención, y también para agradecer a Dios vuestra vocación y pedirle nuevas gracias para su gloria y para el cumplimiento de su obra.
Cuando Moisés leyó la ley de Dios al pueblo de Israel, le dijo, después de haber visto los deseos que de ella tenía: «Pueblo, esta ley se os ha dado de parte de Dios. Si la observáis, os prometo de su parte mil bendiciones en todas vuestras obras: bendición cuando estéis en vuestras casas, bendición cuando salgáis de ellas, bendición en vuestro trabajo, bendición en vuestro descanso, bendición en todo lo que hagáis, bendición en todo lo que no hagáis; en una palabra, todas las bendiciones abundarán en vosotros y sobre vosotros. Si en vez de guardarla, la despreciáis, os prometo todo lo contrario de lo que os acabo de decir; porque tendréis maldición en vuestras casas, maldición fuera de vuestras casas, maldición cuando entréis, maldición cuando salgáis, maldición en todo lo que hagáis y maldición en todo lo que no hagáis; en una palabra, todas las maldiciones vendrán a vosotros y sobre vosotros».
Lo que dijo Moisés al pueblo de Dios, os lo digo yo a vosotras, hijas mías. Estas son las reglas que se os han enviado de parte de Dios. Si sois fieles en observarlas, todas las bendiciones del cielo caerán sobre vosotras: tendréis bendición en el trabajo, bendición en el descanso, bendición al entrar, bendición al salir, bendición en lo que hagáis, bendición en lo que no hagáis, y todo quedará lleno de bendición por medio de vosotras.
Si, lo que Dios no quiera, alguna no tuviese este deseo, yo le digo lo que les dijo Moisés a los que no cumplieran la ley que les daba de parte de Dios: «Tendréis maldición en la casa, maldición fuera, maldición en lo que hagáis y maldición en lo que no hagáis, etcétera».
Ya os he dicho otras veces, hijas mías, que el que entra en un barco para hacer un largo viaje, tiene que sujetarse a todo lo que se hace en el barco; si no se sujeta a todas las leyes que allí se guardan se pone en peligro de perecer. Igualmente, las que han sido llamadas por Dios para vivir en una santa comunidad, tienen que observar todas sus reglas.
Creo, por la misericordia de Dios, hijas mías, que cada una de vosotras tiene el deseo de ponerlas en práctica. ¿No tenéis todas este sentimiento?
Todas a una sola voz respondieron que sí.
Y nuestro veneradísimo padre prosiguió:
– Cuando Moisés dio la ley al pueblo de Dios, todos estaban de rodillas, como estáis vosotras ahora, y espero que su misericordia secundará vuestros deseos haciendo cumplir lo que se pide de vosotras. ¿No os entregáis a él con todo vuestro corazón, hijas mías, para vivir en la observancia de vuestras santas reglas?
Todas respondieron: ¡Sí!
Y él continuó:
– ¿No queréis con todo vuestro corazón vivir y morir en ellas?
Todas respondieron: ¡Sí!
– Pues bien, yo pido a la soberana bondad de Dios que quiera, por su infinita misericordia, derramar abundantemente toda clase de gracias y de bendiciones sobre vosotras, para que podáis cumplir perfectamente y con buenos deseos su santísima voluntad, en la práctica de vuestras reglas.
Entonces una hermana y otras varias pidieron perdón por las faltas que habían cometido.
– Ruego a Dios con todo mi corazón, hijas mías, que os perdone vuestras faltas. Y también a mi, miserable como soy, que no guardo mis reglas. Os pido perdón a todas. Yo soy muy culpable con vosotras en lo que se refiere a vuestra obra. Por favor, rogad a Dios que me conceda su misericordia. Por mi parte, pediré a nuestro Señor Jesucristo que os dé él mismo su santa bendición y no pronunciaré hoy las palabras, porque las faltas que he cometido con vosotras me hacen indigno de ello. Pido, pues, a nuestro Señor que lo haga él mismo.
Entonces besó la tierra. Al ver esto la Señorita y todas nuestras hermanas, afligidas porque no quería darnos su bendición, se lo suplicaron repetidas veces, con tanta insistencia e importunidad, que terminó por ceder.
– Pedid, pues, a Dios que no mire mi indignidad ni los pecados de que soy culpable, sino que, concediéndome su misericordia, derrame sus bendiciones sobre vosotras al mismo tiempo que pronuncio las palabras.
Benedictio Dei Patris…







