Vicente de Paúl, Conferencia 020: Sobre Los Cargos Y Oficios

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(xx.xx.44)

Nuestro Señor, dueño del mundo, se humilló. Peligros a que están expuestos los que ocupan algún cargo. Medios para desterrar de la compañía la apetencia de cargos.

El padre Vicente concluyó esta conferencia poco más o menos con estas palabras:

No sé cómo hablaros de este tema, que me concierne. Luego, haciendo una pequeña pausa, se humilló interiormente delante de Dios y dijo: Os diré lo que pienso. Lo que más me ha impresionado de lo que se ha dicho hoy y el último viernes, es lo que se ha indicado sobre nuestro Señor, que era el señor natural de todo el mundo y que se hizo sin embargo el último de todos, el oprobio y abyección de todos los hombres, ocupando siempre el último lugar en cualquier sitio que se encontrase. Quizás creáis, hermanos míos, que un hombre es muy humilde y que se ha rebajado mucho cuando ha ocupado el último lugar. ¿Pues qué? ¿Se humilla un hombre ocupando el lugar de nuestro Señor? Sí, hermanos míos, el lugar de nuestro Señor es el último. El que desea mandar, no puede tener el espíritu de nuestro Señor; este divino Salvador no ha venido al mundo a ser servido, sino a servir a los demás; y esto lo practicó de forma maravillosa, no sólo durante el tiempo que permaneció con sus padres y con las personas a quienes servía para ganarse la vida, sino incluso, como muchos padres han señalado, durante el tiempo que los apóstoles estuvieron con él, sirviéndoles con sus propias manos, lavándoles los pies y haciéndoles descansar de sus fatigas.

Finalmente, reprendió a sus apóstoles, que disputaban entre sí sobre cuál era el mayor, diciéndoles: «Mirad; es menester que el que quiera ser el primero, se haga el último y el servidor de todos los demás». Fijaos, hermanos míos, es ese maldito espíritu de orgullo el que posee a los que desean ser elevados y llevar la dirección de los demás. Yo no sería capaz de expresar mejor ese deplorable estado más que diciendo que esas personas tienen al diablo en su cuerpo; porque el diablo es el padre del orgullo, del cual están ellos poseídos. Dios mío, cuando un espíritu perverso ha llegado a ese estado, ¡qué desgraciado es y cuán digno de compasión!… Fijaos, hermanos míos, en esa otra dificultad que hay para mantenerse en el mismo estado de virtud que se tenía antes de ocupar el cargo, y que pide trabajar incesantemente por anularse delante de Dios y mortificarse en todas las cosas. De lo contrario, es fácil que la preocupación y el ajetreo de los asuntos le distraigan de amar a Dios y de unirse a él por la oración y el retiro. ¡Ay! ¡Ya casi no le queda tiempo para pensar en sí mismo! Hoy le decía a un superior que me hablaba de algunos a quienes él destinaba a ciertos cargos: «¡Ay! le decía yo ; los va a estropear usted; son almas muy unidas a Dios; y decaer de su perfección, es echarlo todo a perder». ¡Pero qué se le va a hacer! Se trata de un mal necesario. Lo peor de todo es lo que le he oído decir a uno de los hombres más santos que he conocido, el señor cardenal de Bérulle, y lo he experimentado hace mucho tiempo que sucede casi siempre, o sea, que ese estado de superior y de director es tan malo, que deja de suyo y por su naturaleza una malicia y una mancha villana y maldita; sí, hermanos míos, una malicia que infecta el alma y todas las facultades de un hombre, de forma que, fuera del cargo, le cuesta enormemente someter su propio juicio y encuentra defectos en todas las cosas. ¡Es una pena!¡Cuánto le cuesta luego tener que obedecer! En fin, sus palabras, sus gestos, su manera de andar y su actitud conservan siempre algo que denotan su suficiencia, a no ser que se trate de un hombre lleno de Dios. Pero creedme, hermanos, que hay muy pocos de estos; los cargos llevan de suyo a parar en aquello.

Está además la cuenta tan exacta que Dios les pide a quienes se encargan de los demás, aunque sólo sea de un hermano a quien se tiene como compañero en un oficio. ¡Ay, cuán miserable soy! ¿Qué le responderé yo a Dios, dado que durante tanto tiempo…? ¡Que Dios me lo perdone, si así lo quiere! Hermanos míos, habrá que darle cuenta a Dios de las palabras, acciones, posturas que hayan podido desedificar a las personas de quienes hemos estado encargados, si no les hemos amonestado sus faltas cuando era preciso y con el debido espíritu de mansedumbre, de humildad y de caridad, atendiendo a estas circunstancias: la primera vez, con mucha bondad y mansedumbre, aprovechando la ocasión; la segunda, con un poco más de severidad y de gravedad, pero acompañada siempre de mansedumbre, utilizando súplicas cariñosas y demostraciones llenas de bondad; la tercera, con celo y calor, indicándoles incluso qué será lo que tendremos que hacer con ellos. A este propósito, sabido es lo que hizo el cardenal Belarmino, siendo arzobispo de Capua, cuando le avisaron que un obispo de su diócesis estaba peligrosamente enfermo; fue a verlo, y habiendo visto en él mucha paz y tranquilidad de espíritu, esto le extrañó y le hizo sospechar que estaría padeciendo seguramente una ilusión del espíritu maligno. Dicentes: pax, pax, et non erat pax. Se decidió a desengañar a aquel obispo, diciéndole: «Monseñor, ¿cómo es que goza usted de tan gran paz, tan extraordinaria para las personas de nuestra condición en semejante ocasión? ¿Ha pensado usted bien y ha ponderado debidamente las palabras del apóstol: Argue, obsecra, increpa in omni patientia et doctrina?. ¿Es posible que no se encuentre usted culpable delante de Dios en este punto de tanta trascendencia? Si no es así, desengáñese usted señor obispo, pues indudablemente hay una ilusión en su manera de actuar». Esto le impresionó al obispo y, lleno de lágrimas, se excitó a la contrición o, mejor dicho, se turbó de tal manera que fue necesario que el arzobispo viniera a verle expresamente para concederle la paz por otro medio. ¡Dios mío! ¿quién no temblará en ese momento terrible, sobre todo si ha cooperado en obtener cargos?

Le preguntaba hace poco a un obispo si, cuando subía las montañas para ir a su obispado, no se le había ocurrido pensar en el peso de su carga. «¡Ay, padre, no he tenido que esperar para entonces, ya que, tres semanas después de ser consagrado, sentí unos remordimientos tan punzantes, que me arrepentí y ;me hubiera gustado mucho volver a comenzar!». Sin duda alguna, la mayor parte de los que son elevados a las dignidades, se encuentran en esta situación antes o después; pero ¿qué haremos para desterrar por completo de la compañía ese espíritu maldito y diabólico de aspirar a los cargos?

1.° Os diré que si hay alguien entre vosotros que no se sienta impresionado sensiblemente, sí, sensiblemente, del pesar de haber pretendido los primeros cargos, y no se encontrase todavía dispuesto a aborrecer este apetito y esta maldita afición a los cargos y dignidades, está en un deplorable estado y es digno de compasión. Deberá mortificarse con cilicios, disciplinas y demás mortificaciones, hasta que Dios le conceda su misericordia. Y tiene que ir ante el santísimo sacramento para quejarse ante Dios: «¡Dios mío! ¿qué he hecho? Realmente estoy lleno de pecados. Pero, Dios mío, ¿por qué permites que me aleje tanto de ti por un espíritu maldito y diabólico? ¡Dios mío, ten misericordia de mí!».

2.° Me gustaría, hermanos míos, que toda la compañía le agradeciese a Dios la gracia que le he concedido de no permitir que este espíritu de mandar y ser superior se apoderase de los que ocupan cargos; por el contrario, todos los superiores de las casas de esta pequeña compañía me escriben de todas partes (excepto uno, recientemente nombrado); generalmente no dejan pasar seis meses sin escribirme, pidiéndome todos ellos con insistencia que los separe del cargo. Finalmente, el de Roma 5, que ha sido ya depuesto, me ha escrito con tantos sentimientos de alegría y de gratitud que no es posible imaginar más. Me hubiera gustado leer su carta a la compañía, pero siento habérmela olvidado. Hermanos míos, ¡cuántas bendiciones recibirá la compañía mientras quiera Dios conservarla en ese espíritu, que es el espíritu de la humildad, el espíritu de nuestro Señor! Hay que darle gracias a Dios y pido a nuestros hermanos que se acuerden de ello en la comunión, y los sacerdotes en la santa misa; sería muy conveniente celebrarla por esa intención. ¡Cuántas oraciones y misas han dicho algunos superiores de la compañía para que quisiera Dios permitir que dejasen el cargo! In nomine Domini!

Cuando es la obediencia la que nos pone en el cargo, enhorabuena, hemos de someternos; es lo que ordenó el señor obispo de Ginebra 6: que cuando una religiosa fuera elegida para algún oficio, aunque se creyese indigna, se sometiese a ello y acudiese a la reja para recibir la bendición y esperar de Dios las gracias necesarias para desempeñar su cargo; porque, cuando Dios nos llama a ello, hermanos míos, o es porque ve en nosotros disposiciones, o porque está decidido a dárnoslas.

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