(25.10.43)
Refutación de los pretextos que podrían alegarse para dispensarse de ellas. Cómo pueden participar en las mismas los hermanos coadjutores.
El tema de la oración de este día era el de dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Y a propósito de
la justicia, el padre Vicente se puso a hablar de las misiones que iban a empezar y se humilló mucho ante el hecho de que, siendo la costumbre de años anteriores empezar a principios de octubre, este año se había comenzado más tarde. Dijo esto con grandes sentimientos de temor ante el juicio de Dios; a continuación dijo muchas cosas hermosas para animar a los misioneros al trabajo y empezó por la obligación que tenemos de trabajar por la salvación de las pobres gentes del campo, ya que es ésa nuestra vocación, y de corresponder a los designios eternos que Dios tiene sobre nosotros. Pues bien, lo más importante de nuestra vocación es trabajar por la salvación de las pobres gentes del campo, y todo lo demás no es más que accesorio; pues no hubiéramos nunca trabajado con los ordenandos ni en los seminarios de eclesiásticos, si no hubiésemos juzgado que esto era necesario para mantener al pueblo y conservar el fruto que producen las misiones cuando hay buenos eclesiásticos, imitando en esto a los grandes conquistadores, que dejan una guarnición en las plazas que ocupan, por miedo a perder lo que han conquistado con tanto esfuerzo. ¿Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo? ¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Jesucristo tuvo en la tierra, sino los misioneros? No hablo solamente de nosotros, sino de los misioneros del Oratorio, de la doctrina cristiana, de los misioneros capuchinos, de los misioneros jesuítas. Hermanos míos, esos son los grandes misioneros, y de los cuales nosotros no somos más que una sombra. Ved cómo se van hasta las Indias, al Japón, al Canadá, para llevar a cabo la obra que Jesucristo empezó en la tierra y que no abandonó desde el instante de su vocación. Hic est Filius meus dilectus, ipsum audite!. Desde aquel mandato de su Padre, no cesó un solo momento hasta su muerte. Imaginémonos que nos dice: «Salid, misioneros, salid; ¿todavía estáis aquí, habiendo tantas almas que os esperan, y cuya salvación depende quizás de vuestras predicaciones y catecismos?».
Hay que considerar bien todo lo dicho, ya que Dios nos ha destinado en este tiempo para estas almas, y no para otras; y eso mismo es lo que vemos en la Escritura, donde leemos que Dios destinaba a sus profetas a tales personas y no quería que fuesen a otras. Hermanos míos, ¿qué responderemos a Dios si, por culpa nuestra, muriese alguna de esas almas y se perdiese? ¿No seríamos nosotros mismos, por así decirlo, los que la habríamos condenado? Porque ¿quién respondería de esa alma? Esto es tan cierto como que estamos aquí y que Dios, cuando muramos, nos pedirá cuenta de ello.
Pero también, si correspondemos a las obligaciones que tenemos, ¿qué sucederá? Sucederá que Dios irá aumentando de día en día las gracias de la vocación, dará a la compañía hombres de espíritu templado para obrar con el espíritu de Dios, y bendecirá todo lo que se haga dentro y fuera; en fin, las almas que se salven por nuestro ministerio le darán a Dios testimonio de nuestra fidelidad y bendecirán al grupito de misioneros que están ya en el cielo: el padre de la Salle, el padre de Sergis y todos los demás, junto con nuestro buen hermano Desfriches, que ha muerto hace poco, y que son todos los que componen ese grupito de misioneros en el cielo. In nomine Domini!
¡Oh! ¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: Evangelizare pauperibus misit me Dominus!. Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar por los pobres. Cuando se dirigía a los otros, lo hacía como de pasada. ¡Pobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a las pobres almas! Porque nos hemos entregado a Dios para esto, y Dios descarga en nosotros. Declinantes ab obligatione adducet Dominus cum operantibus iniquitatem. Quos non pavisti, occidisti. Este pasaje se entiende del alimento temporal, pero puede aplicarse al espiritual con la misma razón. Mirad, hermanos míos, cuántos motivos tenemos para temblar si somos demasiado caseros, si por la edad o con el pretexto de alguna enfermedad aminoramos la marcha y decaemos de nuestro fervor.
Pero quizás diga alguno: «¿Y si se me encarga de los ordenandos o de los seminaristas?». Esto está bien, cuando Dios quiere que nos ocupemos de ellos y la obediencia nos lo ordena; entonces, que sea en hora buena; pero incluso entonces, por lo que a nosotros respecta, deberíamos sentirnos como en una situación violenta, ya que, como os he dicho, se trata de cosas accesorias y no principales.
2.° Alguno podría quizás excusarse por la edad. En lo que a mí se refiere, a pesar de mi edad, delante de Dios no me siento excusado de la obligación que tengo de trabajar por la salvación de esas pobres gentes; porque, ¿qué me lo podrá impedir? Si no puedo predicar todos los días, ¡bien!, lo haré dos veces por semana; si no puedo subir a los grandes púlpitos, intentaré subir a los pequeños; y si no se me oyese desde los pequeños, nada me impedirá hablar familiar y amigablemente con esas buenas gentes, lo mismo que lo hago ahora, haciendo que se pusieran alrededor de mí como estáis ahora vosotros.
Hermanos míos, conozco personas ancianas que, en el día del juicio, se levantarán contra nosotros; entre ellos un santo varón, un buen padre jesuita, que predicó en la corte durante cerca de diez años. Cuando tenía unos sesenta años, le sobrevino una enfermedad que le puso a dos dedos del sepulcro, y como Dios le diera a conocer la vanidad de sus discursos elevados y de sus charangas, que deleitan mucho, pero aprovechan poco, y tuviera por ello remordimiento de conciencia, al recuperar la salud, pidió permiso para ir a las aldeas a catequizar y a predicar familiarmente a esos buenos campesinos, y perseveró en esta tarea durante veinte años hasta su muerte. Antes de morir, pidió que le hicieran un favor después de muerto, que le enterraran con la regla con que llamaba a los niños, como se acostumbra en esos sitios para hacer que contesten al catecismo, para que esa regla, según decía, diese testimonio de cómo había dejado la corte para seguir a nuestro Señor en el campo.
3.° También se podía alegar que así se acortaría la vida. ¡Hermanos míos! ¡y ¿qué?! ¿acaso es una desgracia para una esposa desterrada ir a reunirse con su esposo? ¿Es una desgracia para un viajero acercarse a su patria? ¿Es una desgracia para los que navegan llegar al puerto? ¿Pues qué? ¿Vamos a tener miedo de que llegue por fin algo que nunca desearemos bastante y que siempre llega demasiado tarde?
Finalmente nuestro padre concluyó de esta manera, dirigiéndose a los buenos hermanos:
Lo que les he dicho a los padres, os lo digo también a todos vosotros, hermanos; no creáis que estáis libres de la obligación de trabajar por la salvación de los pobres, pues también vosotros podéis hacerlo a vuestro modo tan bien como los mismos predicadores y con menos peligro. Por lo demás, estáis obligados a ello. La misma obligación que tenía la cabeza de nuestro Señor de llevar la corona de espinas para redimirnos, la tenían también sus pies de llevar y sufrir los clavos con los que estaban clavados a la cruz; y lo mismo que fue recompensada su cabeza, también lo fueron sus pies, y compartieron la misma gloria.







