(11.12.44)
El 11 de diciembre de 1644 se reunieron todas las Hermanas de la Caridad, por orden de nuestro muy honorable padre Vicente, para la conferencia sobre el mal que nos hace el excesivo amor a nuestro cuerpo y espíritu cuando nos dejamos llevar de él.
Una hermana puso como motivo que cuanto más abandonamos la preocupación por el cuerpo, más fácilmente nos unimos con Dios.
– Al renunciar a este amor, que nos ata a la carne y nos hace carne, venimos a ser un mismo espíritu con Dios, que nos llena de su santo amor, y nos da un santo odio hacia nos otros mismos. Yo he ofendido a Dios por un excesivo cuidado de mi comida y vestido; no he sido creada para ocuparme en cosa tan poco importante, y cada vez que me he dejado llevar por esta preocupación he caído en sensualidad y vanidad. El medio más seguro y mejor para corregirme es acudir a mis superiores en todas mis necesidades y preocupaciones y considerar a Jesús en su cuna, sin ayuda ninguna en medio de sus necesidades, y a san Juan en medio del desierto, vestido pobremente y alimentado de igual manera.
La hermana que habló a continuación no pudo encontrar ninguna razón; dijo:
– Creo que ofendo a Dios por el excesivo cariño que me tengo a mí misma a propósito del vestido y de la comida. Debería esperarlo todo de mis superiores, y no preocuparme de nada, sino de hacer la santísima voluntad de Dios. Ese cuidado excesivo de lo que deseo me puede llevar a la gula en el alimento y a la vanidad en los vestidos.
– ¿Y usted, hermana, qué ha pensado?
– Padre, yo he pensado que es muy peligroso dejarnos llevar por los afectos a los que nos lleva la naturaleza. Tenemos que deshacernos de ellos, ya que son un gran impedimento para el amor de Dios, que es el único que puede contentarnos. Hay motivos para temer que nos suceda como a la higuera que no tenía fruto en la estación oportuna, y por eso fue maldecida por nuestro Señor (1). Caeríamos en esa desgracia, si Dios nos arrojase de su presencia, por no tener su santo amor.
El segundo punto de nuestra oración es de los pecados que esos excesivos afectos nos hacen cometer. Nos llevan a despreciar los consejos de nuestros superiores, con el pretexto de que no estamos obligados a seguir tantas reglas. Excusamos nuestra pereza con el pensamiento de que nos cuestan demasiado. La pereza nos mete la idea de que no tenemos que levantarnos tan temprano. Pecamos también cuando, por ese afecto, deseamos sin gran necesidad más de lo que tienen nuestras hermanas, u otra cosa distinta de lo que tienen: lo cual puede llevarnos hasta los celos.
He pensado, padre, que hay que pasar con coraje por encima de todas las dificultades y decir en nuestro interior: «¿Por qué estoy en este lugar? No es ciertamente para dar reposo o descanso a mi cuerpo»; y si estuviese tan descuidada que me sintiese apegada a algunos de estos afectos y satisfacciones, debería decírselo a mis superiores, para que, si lo creen conveniente, me alejen de ellos.
– Bien dicho, hija mía. Ved, hermanas mías, cómo no hay mejor remedio. Si así lo hacéis, pronto os veréis libres de esos pequeños y molestos afectos que pueden perjudicar tanto a vuestra vocación. ¡Bendito sea Dios, hermanas mías!
¿Y usted, hermana, qué pensamientos le ha dado Dios?
– Padre, sobre el primer punto he pensado que los afectos excesivos al espíritu como al cuerpo, nos impiden tener amor a Dios que tanto nos quiere, que es dejar el cielo por la tierra, y también que el cuidado excesivo de nosotros mismos nos impide trabajar en nuestra perfección.
Me he preguntado luego de cuántas maneras puede esta costumbre hacernos ofender a Dios, y he visto que pecamos contra el primer mandamiento de Dios, de amarlo sobre todas las cosas, porque la búsqueda de estas satisfacciones sólo proviene de nuestro amor propio; pecamos también contra el Espíritu Santo que, por su bondad, nos da tantas inspiraciones. Esta costumbre impide el cuidado vigilante y celoso que hemos de tener con nuestros pobres enfermos si, por ese afecto, no los socorremos cuando lo necesitan, dejándolo para más tarde; impide también mucho la práctica de nuestras reglas; nos puede ocasionar algún menosprecio de nuestra vocación e impedir tener cordialidad y mansedumbre con nuestras hermanas, cuando deseamos lo que les está prohibido darnos. Un medio para romper con estos afectos demasiado grandes, es pensar muchas veces cuán austero ha sido el Hijo de Dios, y cómo todos los santos lo han querido imitar.
He tomado la resolución de abandonar todos los afectos a los que hasta ahora he estado demasiado apegada y tenerlos solamente para con Dios, que tanto me quiere; y los afectos que quiero tener para con él se los ofreceré en la persona de los pobres, a los que serviré por su amor. Suplico a su bondad que me conceda esta gracia.
– Hijas mías, ¡bendito sea Dios! Así es como tienen que obrar las Hijas de la Caridad.
Que hable la hermana siguiente.
– Padre, mi primera razón ha sido que trabajar en destruir las delicadezas que me tengo a mí misma es alejarme de mi; y cuanto más alejada esté, más amor tendré para con Dios, que es mi soberano bien.
Otra razón es que estos afectos me pueden llevar a poseer alguna cosa en particular, lo que sería contra mi regla, y de esta forma iría en contra de la voluntad de Dios.
Sobre el segundo punto, he visto que esos afectos son causa de muchos pecados; porque nos excitan siempre a desear algo en especial; lo cual produce envidia contra las demás, nos mantiene incesantemente ocupadas en nosotras mismas y nos impide pensar en Dios. Además, las satisfacciones que buscamos nos apegan demasiado a las criaturas.
He tomado la resolución de no detenerme en estos apegos espirituales y corporales sin ver de antemano si van contra la voluntad de Dios; no demostrar amistad particular con ninguna de mis hermanas; no tener ninguna preferencia por el vestido o el alimento; no buscar ningún gusto, porque todo esto es contrario a las Hijas de la Caridad; y romper con todo afecto que no sea el amor de Dios; así espero hacerlo con su santa gracia.
– Hable, hermana.
– Padre, una razón para deshacernos de los afectos excesivos que nos tenemos a nosotras mismas es que nos impiden la unión con Dios. Cuando se nos dice: «Se hace algo contra usted», nos sentimos tan turbadas que nos ponemos de mal humor y nos hacemos insoportables a nuestras hermanas e incluso a nosotras mismas.
Otra razón es que Dios me ha concedido la gracia de llamarme a la Compañía, a la que tengo que estimar más que todos los contentamientos del mundo; pues bien, si me tengo demasiado afecto a mi misma, la observancia de mis reglas y de las enseñanzas tendrá que resentirse.
Los apegos a cosas espirituales son causa de que murmuremos a veces contra nuestros superiores, especialmente cuando, en la confesión, no nos sentimos satisfechas ni de lo que hemos dicho ni de lo que nos hubiera gustado que nos dijesen. De esos apegos nacen con frecuencia pequeñas envidias y celos contra aquellas hermanas que creemos que son preferidas, y manifestamos estos sentimientos. Igualmente, en las cosas corporales, miramos si las otras son mejor cuidadas que nosotras, y si lo creemos así murmuramos contra ellas. Esos apegos son un obstáculo para que nos soportemos. Hacen, por ejemplo que una hermana más educada que las demás se burle de las otras, cuando ve en ellas alguna grosería.
Mi resolución ha sido, mediante la gracia de Dios, esforzarme en romper con estos apegos, para evitar todas estas imperfecciones y estos pecados.
Otra hermana dijo:
– Padre, una razón para romper con los afectos desordenados que tengo hacia mí misma, son las faltas que he cometido, ya que por ellas me he visto impedida de practicar las virtudes y particularmente lo que nos mandan nuestras reglas.
Sobre el segundo punto, he pensado que este afecto demasiado grande nos lleva a buscar siempre nuestras satisfacciones, a no querer sufrir nada y a apegarnos a las criaturas; de lo que se sigue que, cuando querernos rezar a Dios, nuestro espíritu piensa en otra cosa. He tomado la resolución de pedir muchas veces a Dios, por intercesión de la santísima Virgen, la gracia de despegarme de las criaturas para unirme más fuertemente a él.
-¿Y usted, hermana? Díganos sus pensamientos.
– Padre, una razón para despegarme de mis afectos es que, según creo, sería así más agradable a Dios. Quizás sea éste el motivo por el que me ha llamado a la Compañía de las Hijas de la Caridad y me ha procurado la felicidad de poder imitar la vida de Jesucristo y la de la santísima Virgen, que en todas las cosas podían haber tenido sus comodidades, pero que sin embargo sufrieron muchas incomodidades durante todo el tiempo que estuvieron en la tierra, empezando desde el día de su nacimiento. También he pensado que no haya un camino más seguro para ir al cielo, ya que los apóstoles y todos los santos pasaron por él, y que, para purificar el alma, hay que donar el cuerpo. He tenido mucha confusión al verme tan poco inclinada a la práctica de esta virtud.
Podemos pecar en este punto por sensualidad en nuestro comer y dormir, por vanidad en nuestro vestido, por muy pobre que parezca, y por murmuración contra las hermanas que ocupan un cargo en la casa.
El mal que se desprende de los apegos espirituales es grande. Nos inclinan hacia conversaciones particulares y a otras satisfacciones semejantes, que no sirven para perfeccionar nuestra alma, sino solamente para mantener nuestro amor propio.
He resuelto, mediante la gracia de Dios, trabajar en deshacerme de este gran defecto, no mirar más que a Dios en todo y unirme fuertemente a él, pensando en los sufrimientos de nuestro Señor durante su vida y en la cruz, y teniendo en cuenta a la santísima Virgen.
– ¿Y usted, hermana?
– Padre, he considerado que el día en que abandonó el seno de su Padre, el Hijo de Dios dejó también sus delicias para sujetarse a las penas y sufrimientos. Por tanto, es razonable que, escogida desde toda la eternidad para rendirle en la Compañía de las Hijas de Caridad servicios desconocidos a los hombres y trabajar en mi perfección, me esfuerce en superar estos apegos que constituyen tan gran impedimento.
Sobre el segundo punto, he pensado que ofendería a Dios si desease, en mi vestido y en mi calzado, algo especial; mis hermanas murmurarían de ello. Iría también en contra de nuestras reglas y en contra de la obediencia si desease mejor alimento que la comunidad, o si murmurase de ser tratada de manera diferente a como a mi me gusta.
Por lo que atañe a las satisfacciones del espíritu, he pensado que podemos ofender a Dios con nuestras pequeñas envidias; por ejemplo, si creemos que nuestros superiores se preocupan más de las demás que de nosotras, si tenemos apego a nuestro confesor, o si tuviésemos alguna devoción particular contra la voluntad de Dios.
He tomado la resolución de vigilar cuidadosamente sobre mi misma, de no tener estos pensamientos y deseos en mi corazón y de abandonarme por entero a la divina Providencia.
– ¿Y usted, hermana?
– He pensado, padre, que no puedo tener un medio mejor para deshacerme de estos afectos excesivos que me tengo, que el de desprenderme de todo y el de apreciar la confusión que estos defectos traen sobre mi. En el segundo punto, he pensado que ofendemos a Dios cuando nos preocupamos de las cosas temporales y cuando tenemos repugnancia de obedecer a las órdenes que van en contra de nuestro parecer. He tomado la resolución de abandonar todos los afectos que pueden impedirme ser verdadera Hija de la Caridad.
Otra hermana dijo:
Padre, una razón para deshacerme del amor a mi misma, es que cada vez me apega más a mi propia voluntad y me impide hacer la de Dios. Estos apegos nos impiden muchas veces seguir nuestras reglas y comprender la felicidad que tenemos de ser llamadas por Dios para este género de vida. He tomado la resolución, cuando sienta ganas de tratarme con delicadeza, de animarme a no hacer nada de eso, por amor de Dios.
– ¡Bendito sea Dios, hermanas mías! He aquí unos buenos pensamientos. Díganos los suyos, hermana.
– -He pensado, padre, que era muy razonable que me corrigiese de estos afectos, porque solamente proceden del amor propio, e impiden el amor que debería tener a mi Dios. Nos hacen caer en impaciencia contra nuestras hermanas, y provocan antipatías y aversiones contra las que nos niegan lo que nos gusta, para poder satisfacernos. Para luchar contra esto, he pensado, padre, que tenía que ser indiferente a todo, no amar más que la voluntad de Dios, y contentarme con lo que se me dé para comer, vestir, y todo lo demás. Dios me conceda la gracia de cumplir perfectamente las resoluciones que me ha dado su bondad.
Otra hermana dijo:
– Una razón para librarnos de nuestros afectos es que el amor propio, al tener nuestro espíritu demasiado ocupado en las cosas que deseamos, lo separa del pensamiento de Dios, nuestro creador y nuestro bienhechor, e impide en nosotros la morada del Espíritu Santo, que es un Dios de paz, y que no quiere la inquietud en nuestros espíritus. Además, estos afectos le disgustan a Dios, nos hacen débiles y son la fuente de muchos pecados. Nos apartan de la práctica de las reglas y nos llevan a murmurar contra nuestros superiores, cuando nuestro espíritu no está satisfecho. He resuelto pedir muchas veces esta gracia a Dios, con gran deseo de mi perfección, y esforzarme en la mortificación.
– ¿Y usted, hermana?
– Padre, la mayor razón para luchar contra las inclinaciones que me llevan muchas veces a buscar mis propias satisfacciones, es que nuestro Señor, que tenía un cuerpo muy delicado, no ahorró ningún esfuerzo. Este ejemplo me enseña a sacrificarme también yo, pobre y desdichada criatura, que no soy más que vicio e imperfección, si quiero participar de su santo amor y de los méritos de sus sufrimientos, para gozar algún día de su gloria.
Sobre el segundo punto, he pensado que nuestros apegos espirituales nos hacen ofender a Dios. La sequedad y la aridez nos desaniman y nos hacen descuidar y omitir nuestros ejercicios; cuando nuestros superiores nos amonestan caritativamente de nuestros defectos, murmuramos en nuestro interior o testimoniamos nuestro descontento, lo cual es un gran mal.
Un gran medio para luchar contra estos apegos es, cuando dude de si lo que deseo es conveniente para mi perfección, proponérselo a mis superiores y someterme a lo que me digan. Nuestro excesivo amor propio nos hace caer en dos clases de afectos perjudiciales a nuestra perfección, uno espiritual y otro corporal. De estos dos afectos tenemos mucho interés en librarnos: nos impiden obrar por la gloria de Dios y su amor, y aprovecharnos de los consejos de las personas que pueden ayudarnos en nuestro progreso, cuando no son de nuestro gusto. Además, hemos de temer encontrar en esas sensiblerías la recompensa de lo que podamos haber hecho, en vez de esperarla de Dios por la liberalidad de su amor.
Las faltas que cometen los que se dejan llevar por esos afectos son muchísimas: desprecian a las personas que no les agradan y murmuran contra ellas, se sienten apegadas a sus propios gustos, no se someten a la dirección de la divina Providencia, y no reciben lo que les sucede por orden de la voluntad de Dios. Las sensiblerías corporales nos rebajan, en cierto modo, al estado de las bestias; nos llevan a criticar todo lo que se hace en contra de nuestros sentimientos, y de esta forma son un obstáculo para la unión cordial. Por lo que a mi se refiere, por la costumbre inveterada que tengo a estos afectos por mi propio cuerpo, cometo muchas faltas, desedifico a mis compañeras y doy mal ejemplo a toda la Compañía.
Para deshacerme de estos afectos, mediante la gracia de Dios, tengo muchos deseos de honrar la forma de vivir del Hijo de Dios que, por hacer la voluntad de Dios su Padre, no tenía ningún apego a las criaturas, ni excesiva preocupación por las necesidades corporales, y no buscaba en todo más que el cumplimiento de esa santa voluntad, que era el alimento y la ley de todas sus acciones. También me serviré del ejemplo de los santos y me cuidaré mucho de mortificar mis sentidos y pasiones, y como no puedo, a causa de mis enfermedades, vivir como mis hermanas, me humillaré por mis necesidades y le ofreceré a Dios todas las penas que permita vengan sobre mi, y las aceptaré como ejercicios de su justicia sobre mi.
– Hijas mías, os puedo decir que entre todos los temas que podríamos escoger, no hay ninguno que sea de tanta importancia como este. ¡Bendito sea Dios por haber permitido que tengamos estas conversaciones! Nuestro bienaventurado padre el obispo de Ginebra tenía este tema en gran estima; decía que estos afectos y satisfacciones no son más que amor propio. Pues bien, el amor propio produce estos deseos de afecto a nosotros mismos de dos maneras: una corporal y otra espiritual. La primera, como dice la meditación, se refiere a los vestidos, al alimento y a los cargos; la segunda consiste en amar los propios pensamientos y sentimientos. Pues bien, hermanas mías, este tema interesa especialmente a las Hijas de la Caridad, cuya vida tiene que ser de total renuncia a sí misma. Estáis por necesidad en la práctica de esta renuncia; ¿no estáis entonces, más que todas las demás, obligadas a ejercitaros en ella? Hijas mías, tenéis que aceptarla voluntariamente por amor de Dios.
La primera razón es que no hay nada que nos recomiende tanto la Sagrada Escritura. Escuchad a nuestro Señor: «El que quiera venir detrás de mi y seguirme, que renuncie a sí mismo y que tome su cruz». Fijaos, hijas mías, renunciar a sí mismo es romper con esos afectos que solamente están en nosotros por el amor desordenado a nosotros mismos. En otro pasaje dice nuestro Señor: «El que no se odia a sí mismo, no puede ser mi discípulo» y también: «El que no odia a su padre y a su madre, a sus hermanos y hermanas, no es digno de ser hijo de Dios»; esto es, hijas mías, que hay que odiarlos cuando nos impidan dejarlo todo, para poder seguirle. Y también nos lo dice san Pablo. Hijas mías, por tanto, hay que morir a los propios sentimientos, morir a los propios deseos de estar con esta o con aquella. Ved, hijas mías, cuán contentos estamos de poder estar con Dios, y sin embargo nos gustaría tener de todo en abundancia, ser amadas y estimadas, especialmente por las oficiales de las parroquias en donde servimos a los pobres, ser llamadas a las reuniones y exponer allí nuestros pensamientos; lo cual nos lleva a murmurar de todo lo que ocurre en contra de nuestro sentimiento, porque no estamos satisfechas; y luego nos escapamos diciendo; «Pero, ¿por qué esa superiora? Aquella otra sería mucho más indicada». Y así con todo lo que se hace en las Caridades. Hijas mías, ¡qué desgracia si esto llegase a arraigar en vuestra Compañía! Guardaos mucho de ello, y Dios no lo quiera permitir.
Eso por lo que se refiere al primer punto, que es el de deshacernos de los efectos a las buenas satisfacciones que se pueden tener en el vestido, y del placer que la carne y la sangre quisieran tener en la comida, y es Dios nuestro Señor quien os lo pide, diciendo que si queréis seguirle, hay que renunciar a vosotras mismas. ¿Lo rechazaréis acaso? Ni mucho menos; estoy seguro, hijas mías.
Otra razón es que, como las primeras, casi todas habéis sido sacadas de una baja condición y, por consiguiente, esas vanas satisfacciones no os son naturales, ni estabais acostumbradas a ellas en vuestra juventud. ¡Qué dichosas sois, y yo con vosotras, por habernos concedido Dios la gracia de escogernos de las heces del mundo para servirse de nosotros! Siendo así, ¿vamos a hacernos los presumidos? ¿Nos vamos a elevar por encima de lo que somos? Si el mundo no lo tiene en cuenta haciendo de nosotros más caso de lo que merecemos, ¿vamos a abusar nosotros, hijas mías? Más aún, aunque fueseis de condición noble, como hay algunas entre vosotras, deberíais prescindir de ello y estaríais también obligadas a deshaceros de todos los afectos y vanas satisfacciones que la naturaleza y el hábito os hubieran hecho adquirir. El Hijo de Dios ¿no era más que vosotras, no sólo como Hijo de Dios, sino incluso como hombre? ¿no era de la familia real? Sin embargo, ya veis su humillación, su trabajo y su mortificación continua, en medio de tan gran pobreza, que tenía que ganarse la vida con san José. No, hijas mías, no sería razonable que os elevaseis por encima de lo que sois. ¡Estaría bonito ver que una muchacha acostumbrada a vivir toscamente, que no ha conocido nunca los buenos bocados ni las vanidades, que vino a París con el aparente deseo de servir a Dios y cumplir continuamente su santa voluntad, y apenas llegada, se olvidase de que ha salido de unos padres de baja condición, en casa de los cuales se había alimentado siempre con un poco de caldo, de leche, y raras veces de carne, y quisiera elevarse por encima de lo que tiene que ser! Hijas mías, ¡qué deplorable sería semejante conducta! Guardémonos bien de dejarnos engañar por nuestras inclinaciones, que infaliblemente nos causarían esta miseria, si los quisiésemos escuchar. Hijas mías, pongamos mucho cuidado. Si hemos hecho a Dios el don de todo lo que somos por la gracia de nuestra vocación, ¿no tenemos motivos para estar muy agradecidas? ¿Os creéis que sois las únicas llamadas a una continua mortificación? ¡Cuántas personas de condición, por el mismo motivo del ejemplo de nuestro Señor, lo dejan todo, sus padres y sus bienes y su propia satisfacción! ¡Si supieseis qué ventaja hay en ser de Dios, despreciaríais por entero las vanas satisfacciones del mundo!
¿Y por qué creéis que en estos últimos siglos ha surgido en la Iglesia una Compañía que le rinda unos servicios más importantes que cualquier otra, que yo sepa, y cuya utilidad sólo Dios conoce? ¡Pues qué, hijas mías! Abandonarlo todo, sin esperanzas de poseer nada, sin saber lo que pasará, ni tener más seguridad que la confianza en Dios, ¿no es esa la vida de nuestro Señor Jesucristo? ¿Y hay algo más grande, algo más alto? Os aseguro, hermanas mías, que pienso en ello muchas veces, y os puedo decir que no veo nada semejante. Sin embargo, a pesar de tratarse de algo tan grande, nuestro Señor ha escogido los medios más bajos para que su obra se reconociese con mayor facilidad y para que su Padre fuese más honrado en ello. De forma que tenéis que consideraros muy felices por haber sido escogidas, humillaros mucho por ello y ser fieles, pues, aunque os consideréis como sujetos débiles y aunque quizás no conozcáis la grandeza de vuestra vocación, Dios la sabe por vosotras. ¿No ha querido él que su Hijo aceptase ser de una condición tan baja, cuando le veían hacer algunas obras por encima de lo que aparentaba, el pueblo exclamaba «¿No es éste Jesús, el hijo de José el carpintero?», Ved, hijas mías, cuán ocultos son los planes de Dios. Por eso, las que entre vosotras sean de condición más elevada tienen que ajustarse a vuestra manera de vivir y de vestir, y hacerse en todo como aldeanas para seguir el plan de Dios en vuestra fundación y para hacerlo subsistir, ya que, sin el fundamento de esa bajeza todo se vendría abajo.
Ved esos dos extremos en el Hijo de Dios. ¿Hay algo tan grande como el Hijo único de Dios, algo más grande, en cuanto hombre, que nacer de sangre real, y hay algo más bajo y ruin que su necesidad y su manera de vivir? Hijas mías, humillaos todo lo que podáis. El os invita a seguirle e imitarle; y aunque lo imitéis muy de lejos, su bondad y su amor son tan grandes que quiere sentirse honrado con ello. Esto es admirable. Creed también, hermanas mías, que cuanto más os rebajéis, más seguras estaréis.
Como la manera de vivir de las Hijas de la Caridad consiste en imitar la del Hijo de Dios, no tienen que tener más práctica que la penitencia y la mortificación. Para esto hay que negar al cuerpo y al espíritu sus sensiblerías y vanas satisfacciones. El espíritu os pedirá quedaros en una parroquia o con una hermana determinada, ir a una iglesia para realizar allí una devoción especial. Hijas mías, son engaños del espíritu maligno, que os sugiere pretextos muy bonitos, incluso en la elección que os gustaría hacer de un confesor. El cuerpo os pedirá pequeños consuelos, dispensarse de las prácticas de las reglas, si no en todo, al menos en alguna parte; le gustará estar bien vestido y con esmero, aunque sea de una manera vulgar, y os insinuará que, para la conservación de sus fuerzas, necesita un alimento más abundante o mejor. Hijas mías, guardaos mucho de todo esto, para no ser del número de aquellos de los que san Pablo decía que hacen de su vientre un Dios (7). Eso no sería escuchar el designio que Dios ha tenido al llamaros a la Compañía de las Hijas de la Caridad, ni demostrar que queréis honrar su santa vida en la tierra. ¿Y por qué creéis que él quiso carecer de todo en este mundo, si no para enseñaros a practicar la pobreza? ¿Qué es lo que se diría, hermanas mías, si quisierais ser unas criadas caras? Si así lo hacemos, si amamos la vanidad (sabed que, en medio de nuestra vulgaridad, podemos tener estos defectos), seríamos dignos de desprecio y lástima. De esta forma saldríamos de la sencillez de nuestra vida aldeana. Y vosotras, las que sois de condición más elevada, os habéis entregado a Dios para la práctica de esta manera de vivir, y no podéis olvidarlo. Hijas mías, guardémonos mucho de irritar a Dios.
El medio para no caer en este inconveniente, es renunciar continuamente a nuestros defectos, que nos llevan a querer esto o aquello. El día en que cambiéis vuestra manera de vida tosca y sencilla, vuestros vestidos pobres y humildes, vuestro tocado y todas las prácticas que os llevan a la humillación, comenzaréis a apartaros, primeramente de la gracia de Dios, y luego de la estima que los demás tienen de vosotras. Ahora sois honradas por todos, porque parecéis humildes y virtuosas en vuestra manera de vivir; las damas os estiman y os quieren. Muchos piden vuestra presencia. Pero, hijas mías, si la virtud no es sólida en vosotras, y decayeseis, tened miedo. Sé que muchas de vosotras preferirían morir antes que ser infieles a su vocación, pero no todas. Os ruego, por las entrañas de Jesucristo, que toméis nuevas resoluciones de perseverar en vuestra manera de vivir y en vuestro vestir. Esas damas, que tanto os veneran, que os quieren y que tanto se preocupan de vosotras, esos señores párrocos que tanto hablan de vosotras, ¿qué pensarían si cambiaseis, si os viesen caprichosas, si apareciese por fuera vuestro interés y vanidad? En seguida cambiarían también ellos, porque toda la estima que os tienen y el afecto que os demuestran, no es más que por el bien que creen que hay en vosotras; y si se diesen cuenta de lo contrario, veríais cómo el afecto y la estima que os tienen no se debe a vuestras personas. Seríais despreciadas por todos; os abandonarían y tomarían otras; ¡qué pronto se olvidarían de vosotras! Sucedería lo que le sucedió a aquel apóstol del que se dijo: «Hay que quitarle su cargo y entregárselo a otro».
Pues bien, hermanas mías, ¿qué hay que hacer para no causar tanta desgracia? Tenemos que entregarnos enteramente a Dios y pedirle la gracia de conocernos a nosotros mismos. Porque, cuando queremos elevarnos demasiado, cuando buscamos nuestras propias satisfacciones, la ceguera de nuestro amor propio es la que nos oculta este conocimiento, que nos impide ver que todo lo bueno que en nosotros se aprecia, no es de nosotros. Al que nos preguntase: «¿Cómo habéis entrado en la Compañía, quién os ha dado el primer pensamiento?», no se lo sabríais decir con facilidad. Ha sido la gracia la que ha causado este efecto en vosotras, y no la naturaleza, que solamente accede a ello lo más tarde que puede. No, hijas mías, la naturaleza, no nos inclina a abandonarlo todo, a abandonar a nuestros padres, nuestros bienes y amigos para ir a un lugar apartado, entre personas de las que no conocemos la vida, ni el humor, para pasar nuestra vida entre ellas. Solamente pertenece a Dios hacernos abandonar todo, a nosotras que somos criaturas malas y objeto de su justicia, para hacernos objeto de su amor. ¡Dichoso intercambio! ¡abandonar un amor terrestre por el celestial, eterno y totalmente divino! Dirijamos hacia él todos nuestros afectos y abandonemos todas nuestras satisfacciones particulares. Es preciso resolverse a ello.
Alguna hermana me podrá decir: «Pero, padre, todo eso cuesta mucho. ¿Será necesario, si estoy de mal humor con una hermana que la soporte?». Otra será poco mortificada y no podrá sufrir nada: «¿Estoy obligada a sufrirla?». Sí, hermanas mías, porque si no soporta a aquella hermana y no sufre a aquella otra, es que es usted la poco mortificada. Hermanas mías, todo esto os costará algún tiempo, pero lo que os parece fatigoso ahora, os resultará fácil mañana. Sí, hijas mías, sabed que llegará el tiempo en el que lo que os disgusta ahora, os causará luego placer, y hay algunas en la Compañía que podrían aseguraros muy bien que tienen ahora sus delicias en las dificultades que encontraron al principio para vivir o vestir pobremente. Así sucederá con vosotras. Solamente se necesita un poco de coraje; esto se lo merece. Lo sabéis muy bien, hijas mías, las que ya os habéis esforzado en ello. Acordaos de que, para llegar a esta situación, es preciso sentir desprecio de vosotras mismas; el Hijo de Dios os lo pide para que podáis seguirle.
El tercer medio es la oración. Si no podemos tener un buen pensamiento sin la gracia de Dios, con mucha mayor razón hemos de creer que no podríamos alcanzar esta virtud, tan necesaria para la perfección, sin esa misma gracia. El Hijo de Dios nos da ejemplo de ello, al recurrir a la oración en las necesidades de su vida humana. Cuando sintáis antipatía contra el humor de una hermana, que os han dado como compañera, elevad vuestro espíritu a Dios para pedirle esa fuerza que necesitáis para soportarla Si por amor a vosotras mismas, sentís repugnancia de esta manera de vivir y de vestir, acordaos inmediatamente de que se trata de la voluntad de Dios, ya que habéis sido llamadas a la Compañía, y entregaos de nuevo a él para mortificar ese amor propio y salir de vosotras mismas, a fin de que sea él el que vive en vosotras.
El cuarto medio es hablar mutuamente de la felicidad de las almas que tienen esta virtud. Decid: «¿No os acordáis de que aquellas hermanas nuestras difuntas se esforzaban en mortificarse? ¡Qué felices son ahora! ¡Cómo gozan de la recompensa de sus esfuerzos!». Estos son, mis queridas hermanas, los principales medios para ayudarnos a luchar contra nuestro amor propio desordenado, de donde se derivan todos esos apegos que nos causan tanta pena.
Hijas mías, ¡qué felices seremos si, por estos medios, logramos llegar a ese desprecio contra nosotros mismos tan necesario para nuestra perfección! Sí, hijas mías, os lo he hecho ver por las advertencias que nuestro Señor nos dio en la tierra. El mal amor nos hace faltar a Dios en nuestro prójimo, nos pone en peligro de no poderlo amar jamás. Si, por el contrario, os despreciáis a vosotras mismas, por un mal amor que perdéis, viviréis un amor sobrenatural, que es el único amor verdadero. Hijas mías, sé muy bien que, por la gracia de Dios, hay entre vosotras alguna que ha progresado en este celestial amor y que os esforzáis en él casi todas. Consolaos, si no avanzáis tan pronto como quisierais. Y vosotras, hermanas mías, las que sois nuevas en la práctica de esta ciencia, tened ánimos; no temáis, nuestro Señor os ayudará.
Una hermana expuso entonces su pesar por el hecho de que esos afectos le habían hecho caer en muchas faltas, especialmente contra la práctica de las reglas: y nuestro veneradísimo padre dijo:
– ¡Bendito sea Dios, hermana mía! Que su bondad le conceda la gracia de aceptar este acto de penitencia para satisfacer por las faltas que reconoce en usted. Sí, hermanas mías, es un acto de penitencia el manifestar las faltas en público y esto puede ser muy agradable a Dios. Es preciso que os diga, hermanas mías, lo que he aprendido desde hace tiempo de un gran prelado de nuestro tiempo, el cardenal de La Rochefoucauld, de ochenta años de edad. Es tan exacto en su manera acostumbrada de vivir que no quiere faltar nunca a ella, aunque su edad y otras muchas razones podrían muy bien dispensarle. También vosotras, hijas mías, a las que Dios ha llamado a una manera de vivir, no faltéis nunca a ella.
Pues bien, hijas mías, ruego a nuestro Señor Jesucristo, que vino a la tierra para enseñarnos ese despego de nuestro amor propio y para ayudarnos con su ejemplo, a él que no tuvo una piedra donde reclinar su cabeza (11) y cuyas acciones no eran más que una mortificación continua, le ruego que nos obtenga, por sus méritos, el poder despojarnos de toda sensibilidad contraria a su santa voluntad, y con esta enseñanza os doy la bendición, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.







