Vicente de Paúl, Conferencia 016: Sobre la obra de los niños expósitos

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(07.12.43)

Una hermana ha creído que un motivo para servir a los pobres niños con gran cuidado y afecto era que su alma está hecha a imagen de Dios. También ha recordado que nuestro Señor amó siempre a los pobres niños, porque dijo a sus apóstoles que dejasen que se acercasen a él y nos enseñó que, para entrar en el cielo, hay que parecerse a ellos.

Para servirles bien es conveniente recordar todas estas verdades y esperar que sus pequeños ejemplos nos serán útiles para adquirir las virtudes por las que podamos ser considerados como niños por Dios.

¡Bendito sea Dios, hermana! Estoy muy consolado al ver los pensamientos que Dios os da a todas. No lo dudéis; hay motivos para esperar muchas gracias al servir a estas pobres criaturitas, abandonadas de todos, excepto de la divina Providencia, que os ha escogido para servirles.

Otra hermana dijo: Padre, tenemos que juzgarnos muy felices de que Dios nos haya dado el cuidado de estos niños, muchos de los cuales quizás den mucha gloria a Dios por sí mismos, o por las enseñanzas que podrán dar a los demás.

Otra razón es la seguridad que tenemos de que es la voluntad de Dios la que hacemos en este empleo, ya que él mismo se lo ha inspirado a nuestros superiores, y el miedo de que, si no lo cumpliésemos debidamente, Dios encomendaría esta obra a otras, que cumplirán mejor.

He pensado también que es para nosotras un medio de conseguir nuestra salvación, si cumplimos bien con este empleo.

Reflexiones de otra hermana:

– Padre, esos niños que están, con toda probabilidad, concebidos doblemente en pecado, representan para nosotros una planta llena de espinas que Dios no quiere arrojar al fuego, sino que quiere buscar rosas en ella; y esas son sus almas racionales que ha creado y redimido con la sangre de su Hijo. Este pensamiento me ha dado gran deseo de servirles.

Reflexiones de otra hermana:

– Padre, cinco razones principalmente nos deben dar gran deseo de servir a esas pobres criaturas, abandonadas por todo el mundo. La primera es la obligación de procurar la gloria de Dios en todo lo que podamos, como hacemos al servir a esos pequeños cuerpos por amor de Dios, formando sus almas y dándoles buen ejemplo, para que glorifiquen a Dios algún día en la eternidad.

Segunda razón. – Como esos cuerpecitos están doblemente concebidos en pecado, hay motivos para creer que el diablo tendrá mayor fuerza para inducirlos al mal, y realizará todos los esfuerzos para enviar la mayor parte de ellos a los infiernos; nosotras tenemos que impedirlo, ya que hay obligación, bajo pena de pecado, de arrancar al prójimo de la muerte cuando podamos, y la muerte del alma es mucho más importante que la del cuerpo.

Tercera razón. – El ejemplo que Dios mismo nos dio con un niño de esta condición abandonado por su madre Agar, quien recibió la visita de un ángel, y le ordenó, de parte de Dios que cuidase a su hijo. Ella lo recogió, se humilló, y con sus lágrimas tocó el corazón de la verdadera mujer de Abrahán, que la recibió en su casa 3.

Cuarta razón. – Tenemos que hacer mucho caso de los planes que Dios ha tenido al escogernos para esta obra, a la que tenemos que estimar por encima de todo lo imaginable.

Quinta razón. – El servicio que se les hace a los niños es uno de los motivos más poderosos que tenemos para perfeccionarnos; allí es donde aprendemos a superarnos en muchas de nuestras pasiones y a huir de la ociosidad.

– Un primer medio para servir a estos niños es pensar que no somos capaces de ello, y presentar muchas veces a Dios nuestra insuficiencia, pidiéndole la gracia de que nos enseñe a servirles bien y útilmente para su gloria y la salvación de ellos.

En segundo lugar, respetar a estos niños como a hijos de Dios, y acordarnos de que nuestro Señor nos ha recomendado que les demos buen ejemplo, por la razón de que sus ángeles ven continuamente el rostro de Dios.

En tercer lugar, tener mucho cuidado de lo que ellos necesitan y velar porque nada les falte.

Cuarto, no demostrar más cariño a unos que a otros, porque las diferencias originan celos y envidias, a lo que podrían acostumbrarse esos niños.

Quinto, velar por la práctica de las reglas, en primer lugar para ser fieles a Dios, luego por el bien de los niños que, servidos a sus debidas horas, se portarán mucho mejor.

– ¡Bendito sea Dios, mis queridas hijas, por los pensamientos que os ha dado a todas! Me siento muy consolado y no sabría expresaros el gozo que mi corazón siente porque casi todas habéis tomado la resolución, cuando la santa obediencia os envíe en ayuda de estos pequeños, de ir a servirles con caridad, mansedumbre y afecto. Es Dios, hijas mías, el que os da estos buenos deseos. Conservadlos con interés.

Al considerar el plan de la divina Providencia en este propósito, me he admirado mucho, hijas mías, de la elección que ha hecho desde toda la eternidad de vosotras, pobres muchachas de aldea, sin experiencia, sin ciencia, a excepción de algunas, para hacerle este servicio, el más importante que yo sepa, junto con el que le ofrecen las religiosas del Hospital. Hijas mías, ¡cuán agradecidas tenéis que estar a esta gracia! ¡Desde toda la eternidad, Dios pensaba en vosotras para un asunto de tal importancia! no solamente pensaba en fundar una Compañía para este objeto, sino que se preocupaba incluso de escogeros a cada una en particular para formar parte de ella. Hijas mías, si comprendieseis bien el plan de Dios sobre vosotras, os sentiríais felices de. esta misericordia. ¡Que nuestro Señor os conceda esta gracia!

Una segunda observación, mis queridas hermanas, es que esos niños pertenecen a Dios de una manera especialísima, ya que están abandonados por su padre y su madre, y sin embargo tienen almas racionales, creadas por la omnipotencia de Dios. Solamente le pertenecen a Dios, que les hace de padre y de madre y vela por sus necesidades.

Ved, hijas mías, lo que Dios hace por ellos y por vosotras. Desde toda la eternidad ha fijado este tiempo para inspirarles a muchas damas el deseo de cuidar de estos niños, a los que considera como suyos; desde toda la eternidad, os ha escogido, hijas mías, para el servicio de ellos. ¡Qué honor para vosotras! Si las personas del mundo se consideran muy honradas por servir a los hijos de los grandes, ¡cuánto más vosotras, por haber sido llamadas a servir a los hijos de Dios!

Estuve últimamente en un lugar por donde se paseaba el rey. «Señor,  – le dijo su señora ama, al ver al señor Canciller que entraba -, señor, dad vuestra mano al señor Canciller». «¡Dios mío!  – exclamó el señor Canciller haciendo una gran reverencia -, soy indigno de tocar la mano del rey; yo no soy Dios». Ved, hijas mías, por ser hijo de un rey, él es rey, y si el señor Canciller, que es uno de los primeros oficiales de su corona, no se atreve por respeto a tocarle la mano, ¡qué sentimientos tenéis que tener vosotras, al servir a esos niños, que son hijos de Dios! Hijas mías, entregaos a Dios para servirle con gran caridad y mansedumbre, y tomad la costumbre de ver a Dios en esto y de servirles en Dios y por su amor. ¡Qué motivo tan poderoso es este, hijas mías! ¡tenéis que concluir que Dios siente un gran placer viendo el servicio que les hacéis!

Otro motivo, hijas mías, es la gran complacencia que Dios siente por el servicio que hacéis a estos niños, así como se cuida de sus balbuceos e incluso de sus gritos y de sus llantos. Cada uno de esos gritos llena el corazón de Dios de confusión. Y vosotras, mis queridas hermanas, cuando procuráis calmar sus gritos, haciéndoles los servicios que necesitan por amor de Dios, y por honrar la infancia de nuestro Señor, ¿no estáis dando consuelo a Dios? ¿Y Dios no se siente honrado por el llanto de esos niños? ¡Animo!, ¡ánimo pues, hijas mías! Apreciad mucho el servicio de esos niños, por cuya boca Dios recibe una perfecta alabanza. No soy yo quien lo digo, hermanas mías, es el profeta: Ex ore infantium et lactentium perfecisti laudem tuam. Son unas palabras latinas, y significan:»En la boca de los niños que maman leche es perfecta tu alabanza». Hijas mías es verdad, porque lo afirma la sagrada Escritura.

Ved cuán felices sois por servir a estas pequeñas criaturas que dan a Dios una alabanza perfecta y en las que la bondad de Dios se goza tanto, un gozo que en alguna forma se parece al de las madres, que no sienten mayor consuelo que el de ver lo que hacen sus hijos. Ellas lo admiran todo y les gusta todo. Así también Dios, que es su padre, siente gran placer ante todo lo que hacen. Haced lo mismo vosotras, mis queridas hermanas; pensad que sois sus madres. ¡Qué honor estimarse madre de unos hijos cuyo padre es Dios! Y como tales, sentid mucho gusto en servirles, en hacer todo lo que podáis por su conservación. En esto, hijas mías, os pareceréis en cierto modo a la santísima Virgen, ya que seréis madres y vírgenes a la vez. Acostumbraos a mirar de esta forma a los niños, y esto facilitará la fatiga que sintáis junto a ellos, porque sé muy bien que no os faltará. Está también el amor que las buenas madres sienten por sus hijos. Hijas mías, ellas se expondrán a toda clase de males por salvarlos de una ligera molestia.

Y lo que os digo, es verdad incluso en las madres de los animales, como las codornices madres, que se dejan coger por los cazadores expresamente para salvar a sus pequeños. Cuando tengáis mucho cuidado de esos pobres niños y les deis todo lo que necesiten, entonces ocuparéis el lugar de sus verdaderas madres. Hijas mías, ¡qué contento estará Dios de vosotras, ya que haréis en esto su santísima voluntad, y sirviendo a esos niños, contribuiréis a darle la alabanza más perfecta, la cual no se la dan los doctores, sino la voz y las acciones de esas criaturitas!

El cuarto motivo es que todas las naciones adorarán a Dios, ya que esos niños han dado alabanza a Jesucristo…

¿No tenéis que consideraros muy felices, por honrar a Jesucristo en la persona de esos niños, y enseñarles a dar gloria y adoración a Dios?

Pero se me podría decir: «¿Cómo servir a esos niños tan chillones, tan sucios e hijos de malas madres, que los han dado a luz ofendiendo a Dios y que los han abandonado?» Hijas mías, tendréis una gran recompensa por todos estos motivos. En cierto modo repararéis la ofensa que esas malas madres hicieron abandonando así a sus hijos, cuando os preocupéis de servirles por amor de Dios y porque le pertenecen. Ved, hijas mías; si Dios no os hubiese llamado a su servicio, si os hubiese dejado en medio de los jaleos del mundo, hubieseis sido madres y vuestros hijos os hubiesen dado mucho más trabajo y más tormento que estos. ¿Y con qué provecho? Como la mayor parte de las demás madres, los habríais amado con un amor natural, los mismo que los animales aman a sus hijos. ¿Qué recompensa tendríais por ello? Simplemente, la recompensa de la naturaleza: vuestra propia satisfacción. Hijas mías, no ocurrirá lo mismo con el servicio que hagáis a esos hijos por el amor de Dios; porque nada hay que os induzca a ello; son sucios; además, el pensamiento de su madre os puede dar un poco de repugnancia. Dan mucho trabajo, es cierto; pero ¿dónde no hay trabajo? Lo hay en todas partes. Cuando estabais en el mundo, ¿no lo teníais acaso? Si todavía estuvieseis allí, ¿no lo tendríais? Sí, lo hay en todas las situaciones. Pero en la condición de las que sirven a los niños, lo mismo que en cualquier ejercicio de caridad, el trabajo está acompañado de una recompensa tan grande que debe ser un trabajo muy querido. Habríais sido madres en el mundo, pero no como lo sois ahora, ya que esos niños le pertenecen tan perfectamente a Dios que podemos decir que son hijos suyos, pues ningún otro cumple con ellos el deber de padre. Mis queridas hermanas, convenceos de esta verdad.

Estoy seguro de que tendréis gran consuelo en servirles, considerando que la perfecta alabanza que se da a Dios sale de su boca. Los profetas dicen que Dios es glorificado por los niños. ¿Por qué? Es que ellos saben agradecer el cuidado particular que se tiene de ellos. Hermanas mías, como nuestro Señor ha pensado en vosotras desde toda la eternidad para el servicio de estos niños que le glorifican, esto es para vosotras un gran honor y hay que considerarse muy felices por ello. Sí, ciertamente, tenéis que hacer mucho caso del plan de Dios sobre vosotras. EL os ha escogido, a vosotras que no pensabais en él. Ha dejado pasar un gran número de años, durante los cuales han muerto muchos niños, y en vez de dirigirse a otras muchas personas que su bondad hubiera podido escoger para su santa obra, ha aguardado que vosotras estuvieseis en situación de emplearos en ella. Hijas mías, ¡cuán agradecidas tenéis que estar por esta gracia!

¿Qué más? En el tiempo en que os escogió había otras muchas personas en la tierra, y os ha tomado a vosotras, Ana, Margarita y a todas las demás, para dejar a otras muchas jóvenes de vuestras ciudades y de vuestras familias. ¡Qué agradecidas tenéis que estar a Dios y cuán ingratas seríais si no tuvieseis gratitud por estas gracias y no os sujetaseis a lo que Dios espera de vosotras con estos niños! Espero, hijas mías, que así lo haréis; yo se lo suplico de todo mi corazón. No me digáis: «Pero, padre, ¿tan gran cuidado es el que hemos de tener de estos niños nacidos de tan malas madres y que nos causan tantos trabajos?» Sí, hijas mías, ya os lo he dicho; es verdad que suponen un gran esfuerzo, pero este esfuerzo es el que más le agrada a Dios. Y le agrada de tal manera que ciertamente se lo hace ver a sus santos, y sus santos le glorifican por ello. Hijas mías, si fuesen hijos del mundo, esto es, de familias honorables, os darían también mucho trabajo, quizás más todavía que el que estos os dan; ¿y qué recompensa? Salarios muy pequeños, y seríais consideradas como sirvientas. Pero por haber servido a estos pobres niños abandonados del mundo, ¿qué recibiréis? A Dios en su eternidad. Hijas mías, ¿hay comparación posible?

¿Y qué lugar ocupáis junto a estos niños? Sois de alguna manera sus ángeles buenos. ¿Pues qué, hijas mías, desdeñaríais estar al lado de estos pobres niños, mientras que sus ángeles buenos se consideran felices de estar allí continuamente? Si ellos ven a Dios, lo ven desde allí; si lo glorifican, lo hacen al lado de esos niños; si reciben sus órdenes, es también allí. Son ellos los que elevan hasta Dios la gloria que le dan esos pequeños seres con sus pequeños gritos y sus balbuceos. Y se juzgan muy honrados por hacerles esos servicios. Hijas mías, ¿obráis también vosotras de esta manera, ya que sois junto con esos gloriosos espíritus las comisionadas al lado de esos niños? Si lo hacéis con el mismo celo, viendo a Dios, en ellos, veréis cómo el cansancio que os dan os resultará muy ligero y fácil de soportar.

Un medio para servir bien a esos niños, hijas mías, es la indiferencia, que consiste en la disposición para dedicarse a este oficio, y en general, la de ir a cualquier parte a donde la obediencia os envíe. Sin eso no seríais verdaderas Hijas de la Caridad. Los animales obedecen a los hombres; ¿será posible que una hija de la Caridad se niegue a obedecer a Dios? Sí, hijas mías, los mismos caballos, cuando están destinados a la silla, no rehúsan someterse a ella; los que se enganchan a las carrozas, no se niegan nunca a conducir. Yo no he visto nunca caballos, a no ser una vez, negarse a ir adonde se les quiere llevar, a la derecha, a la izquierda, hacia delante, hacia atrás. Obedecen a quienes los guían. Y vosotras, hijas mías, ¿querríais que se os reprochase que los animales son mejores que vosotras en sumisión e indiferencia? Hijas mías, hay que guardarse mucho de ello; y para eso, acordaos con frecuencia de vuestras buenas resoluciones, pensando que el único medio de superaros a vosotras mismas en las dificultades, consiste en ver a Dios en esos pequeños y en pensar que ha dicho: «Hijas mías, el esfuerzo que realicéis por esas pequeñas criaturas, y el servicio que les hacéis, me es tan agradable que lo siento como si me lo hicierais a mi mismo».

Otro medio, hijas mías, consiste en observar exactamente las costumbres que se practican en la Casa. Todavía no tenemos el reglamento; si hubiera alguna cosa que corregir, lo haríamos. Pero hasta que se hayan puesto en limpio las reglas, estimad mucho las que aquí se observan y todo irá mejor.

«Yo así lo haría, me dirán algunas, pero estar con ésta o aquélla me resulta muy penoso». Hijas mías, no es ésa la práctica de vuestras madres ni es buen ejemplo el que dejaríais a las que vengan después de vosotras. Antiguamente, los hijos tenían tanto respeto a sus padres, que los querían imitar, incluso con peligro de sus vidas. Lo que ellos han hecho por cosas pasajeras y transitorias, ¿por qué no lo haríamos nosotros por las eternas? Las sagradas Escrituras cuentan que los hijos de Recab decían que sus padres no habían bebido nunca vino ni se habían alojado en castillos ni en casas; y por eso no querían beber nunca, ni habitar en otro lugar más que bajo tiendas. Y aunque esto no estuviese ya en uso, y aunque querían convencerles de que obrasen como los demás, jamás lo quisieron, tanto era el respeto que sentían por el ejemplo y las costumbres de sus padres; y decían: «¡Pues bien! Nuestros padres estuvieron trescientos años sin beber vino ni habitaron en casas; ¡no quiera Dios que jamás obremos nosotros en contra de sus costumbres!». Hasta el punto que prefirieron morir antes que dejar de obrar como sus padres; lo cual llenó de contento a Dios. Así es, hijas mías, como hay que habituarse a las costumbres usadas en la Casa, para imitar a las primeras hermanas de la Caridad, a fin de que las que vengan después de vosotras, os imiten como a sus madres.

Otro medio, mis queridas hijas, es representaros muchas veces la gracia que Dios os ha concedido al llamaros a que le sirváis en la persona de estos niños. Desde que empezasteis a asistirles, su número ha sido de más de doscientos, poco más o menos; todos han recibido el santo bautismo y quizás, si no hubieseis cuidado de ellos, hubieran muerto todos sin bautismo y hubieran quedado privados de la visión de Dios por toda la eternidad, que es la mayor pena de los condenados. Hijas mías, ¡qué felicidad para vosotras el poder contribuir a tan gran bien, y cómo tenéis que sentiros muy honradas por haber tenido esta gracia, y también la de que por vuestros cuidados vivan muchos de estos niños! Si esto continúa, dentro de diez años habrá por lo menos setecientos u ochocientos; y los que mueran bautizados irán a glorificar a Dios por toda la eternidad. Hijas mías,¡qué felicidad! Tenéis parte en las alabanzas que ellos dan a Dios; presentan a Dios el amor que con ellos habéis tenido y todos los trabajos que os han dado. Será una grandísima ayuda para conseguir vuestra salvación esa caridad ejercida con esas pobres criaturitas, a las que les dais la vida, o mejor dicho, les conserváis la que Dios les ha dado por el cuidado que de ellos tenéis. ¡Hijas mías, qué felicidad! Reconoceos muy indignas de esta gracia, y procurad haceros dignas de ella, por temor de que Dios no os la quite para dársela a otras, que harían mejor uso de ella y estarían más agradecidas a su bondad.

Además del mérito y de la recompensa que Dios da por servir a esos niños, motivos suficientemente poderosos para servirles con cuidado y diligencia, está algunas veces la satisfacción que se siente, y yo estoy convencido que sentís muchas veces gran cariño para con ellos. Hijas mías, nunca os lo diré demasiado, estad seguras de que nunca lo ofenderéis amando les mucho; son sus hijos y el motivo que os ha hecho poneros a su servicio es su amor. No sería lo mismo si fuerais madres en el mundo, ya que muchas veces el amor natural de las madres a sus hijos es ocasión de pecado; además, ellas tienen no pocas penas y sufren mucho con este motivo. Pero vosotras, hijas mías, seréis madres razonables si veláis por las necesidades de esas criaturas, las instruís en el conocimiento de Dios y las corregís con justicia acompañada de mansedumbre. Así es como seréis verdaderas y buenas madres. Y¿qué es lo que sucederá, hijas mías? Esos niños se acostumbrarán de tal forma a la virtud, que fácilmente se inclinarán al bien y darán a conocer el poder de Dios que produce buenos frutos de árboles malos.

Sufrid, pues con ánimo, mis queridas hermanas, las pequeñas penas que haya en este servicio, porque sé que las habrá; pero sobre todo cuidad de que, apenas comiencen a balbucear. pronuncien el nombre de Dios; enseñadles a decir: «¡Dios mío!», haced que hablen con frecuencia del buen Dios entre sí; decidles vosotras mismas algunas palabras según su capacidad; cuando les llevéis alguna cosa que ellos sientan como buena o como hermosa, que sepan y confiesen que es el buen Dios el que se la da.

Finalmente, hijas mías, como solamente el amor de Dios es el que os hace trabajar tanto por ellos, procurad imprimir fuertemente en su espíritu el conocimiento de las obligaciones que tienen para con Dios y un gran deseo de salvarse.

El bien que les hagáis no se terminará con ellos, porque, si viven, tendrán algún cargo en el mundo; si se casan, darán buen ejemplo a su familia y a sus vecinos; si se retiran del mundo, ¿cómo no serán entonces muy virtuosos con las buenas costumbres que han adquirido desde su infancia, y no edificarán a los demás? Honraréis mucho a Dios aceptando esta obligación; pero estad seguras de que Dios os honrará mucho más aceptando los servicios que le hacéis en esos niños y dándoos una gran recompensa en el cielo.

Así pues, poned un cuidado especial en acostumbrarlos a hablar de Dios. En cierta ocasión me dijo una madre, después de haber perdido a un hijo al que amaba tiernamente, y que había hecho muy buen uso de las instrucciones que le había dado: «Sí, padre, yo he estado horas enteras junto a su lecho, durante su niñez, esperando a que se despertase, para hacer que su primera palabra fuese: ¡Dios mío!» ¿Y sabéis por qué? Porque, cuando nos despertamos, el diablo procura poner en nuestro espíritu algún mal pensamiento, para que el resto de la jornada sea también malo.

Mis queridas hijas, el último medio que se me ocurre ahora es que os apliquéis a considerar la grandeza de vuestra vocación. Todos los que la conocen, la estiman muchísimo; apreciadla también vosotras mismas en todo su valor. Vuestra vocación, con la de las religiosas del hospital, es de las mayores que yo conozco en la Iglesia. Y Dios os ha escogido a vosotras, pobres jóvenes ignorantes, para una obra tan grande. No lleguéis en vuestra admiración a sentir orgullo por ello, porque lo ordinario es que Dios escoja a los sujetos más vulgares v más incapaces para hacer grandes cosas. Al servir a estos niños, al servir a los pobres enfermos, yéndolos a buscar, hacéis a Dios el mayor servicio que se le puede hacer, contribuís con todo vuestro esfuerzo a que la muerte del Hijo de Dios no sea inútil, honráis la vida de nuestro Señor Jesucristo, que muchas veces ha hecho esto mismo, y, al servir a los galeotes, honráis los sufrimientos y las calumnias que el Hijo de Dios sufrió en la Cruz. Hijas mías, seríais las más ingratas de la tierra si despreciaseis la gracia que Dios os ha hecho por una vocación tan santa. Pero tened cuidado, tened cuidado, os lo pido, de ser fieles a ella. ¡Qué desgracia! la felicidad de las que sean fieles será tan grande como la desgracia de las que no lo sean, porque no es razonable que se reciba el precio del trabajo que no se ha hecho. El ejemplo de Judas y de otros muchos tiene que ser para nosotros un motivo poderoso para perseverar. Dad gracias a Dios, hijas mías, por haber sido escogidas para una vocación tan perfecta, rogadle que os dé todas las gracias necesarias para serle fieles. Yo se lo suplico de todo mi corazón, y le pido para vosotras la gracia de imitar a la santísima Virgen, en el cuidado, vigilancia y amor que tenía para con su Hijo, a fin de que, como ella, verdaderas madres y vírgenes a la vez, eduquéis a estos niños en el temor y amor de Dios, para que puedan con vosotras glorificarlo eternamente. Es lo que deseo con todo mi corazón, hijas mías, rogándole a Dios que os bendiga. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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