(1638-1642)
Me encargaron un día que le rogase al señor cardenal de Richelieu que asistiese a la pobre Irlanda en tiempos de la guerra de Inglaterra contra su rey.
Al hacerlo así, me dijo: «¡Ay, padre Vicente! ¡El rey tiene demasiados asuntos para poder atender a ése!».
Le dije que el papa le ayudaría y que le ofrecía 100.000 escudos. Y me contestó: «Cien mil escudos no son nada para un ejército; se necesitan muchos soldados, mucho equipo, muchas armas y muchos medios de transporte; el ejército es como una gran máquina que cuesta mucho mover».







