Vicente de Paúl, Conferencia 004: Sobre la fidelidad al levantarse y a la oración

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(02.08.40)

En la reunión del jueves, día 2 de agosto de 1640, el padre Vicente, observando que algunas hermanas no habían venido sin excusa razonable, empezó por señalarnos cuán importante es perseverar en la vocación a la que Dios nos ha llamado.

Ved, hijas mías, cómo hemos de tener mucho cuidado en no perder ninguna ocasión de perfeccionarnos. Habéis visto que el designio de Dios, al llamaros para ser Hijas de la Caridad, es el de santificaros para honrar la voluntad de Dios y la de su Hijo, que pasó treinta años trabajando en la tierra antes de enseñar y de curar a los pobres enfermos. Por tanto, mis queridas hermanas, es preciso que trabajéis con plena conciencia. No os basta con llevar el nombre de Hijas de la Caridad, esto es, de hijas de Dios; hay que aprovechar además las ocasiones de aprender los medios de perfeccionaros, como son las conferencias, que pretenden precisamente eso. Dios tiene tantos deseos de que realicéis y sigáis la vocación a la que os ha llamado que, según dice un gran santo, si vuestro padre y vuestra madre, para impedirlo, se pusiesen a través de la puerta que tenéis que franquear, deberíais pasar por encima de ellos. Pero diréis: «Es mi padre, es mi madre». No importa, pasad por encima. Con mucha mayor razón, mis queridas hermanas, tenéis que superar todas las dificultades que se opondrían a las ocasiones de haceros perfectas Hijas de la Caridad. «Pero es mi superiora parroquial». Aunque fuera vuestro confesor, habría que pasar por encima.

Hijas mías, empezaremos esta conferencia hablando de la necesidad de que todas las cosas estén reguladas. Veis cómo el orden de Dios se manifiesta tanto en la naturaleza como en la gracia; veis cómo todas las estaciones no dejan de seguirse unas a otras: el día sucede a la noche; los pájaros tienen su lugar propio en invierno y en verano; las plantas dan flores y frutos en el tiempo oportuno. Finalmente, queridas hermanas, si no seguimos nuestras reglas, no haremos nada que valga la pena, porque el desorden es el camino de la perdición. Del infierno, que es su lugar, se dice que no solamente no hay orden, sino que hay un desorden y un horror sempiterno.

Os levantaréis a las cinco exactamente. De esta primera acción depende todo el orden de la jornada. Hay que adquirir animosamente esta costumbre, que no es muy difícil, con tal que tengáis salud y que hayáis tomado, por la noche, el descanso necesario, que tiene que ser de siete horas; porque, si os lo impide alguna enfermedad, habría que reparar por la mañana el tiempo que no hemos descansado durante la noche.

Se le preguntó entonces al padre Vicente si le estaba permitido a una hermana descansar por la mañana cuando un ligero dolor o cualquier otra preocupación la había despertado por la noche, o cuando, por culpa suya, no se fue a acostar a la hora debida, o también cuando, por estar un poco enferma, no suele dormirse habitualmente hasta por la mañana.

Hermanas mías, contestó el padre Vicente, no es razonable que se levante tarde la que, por culpa suya, no ha tenido descanso por la noche; esto sería un continuo desorden; sería salir del orden en que Dios quiere que estemos; es preciso que tenga cuidado de atenerse a las horas fijadas por la regla. Y además habría que temer que la naturaleza se acostumbrase a ese sueño de la mañana; esto llegaría a suceder infaliblemente.

Os diré sencillamente qué es lo que yo hago. Me sucede muchas veces que no duermo por la noche; pero, a no ser que la fiebre me obligue a sudar, me levanto siempre a las cuatro, que es la hora de la comunidad, pues tengo la experiencia de que me acostumbraría fácilmente a levantarme más tarde. Por eso, mis queridas hermanas, haceos un poco de violencia, y luego veréis cómo todo nos resulta fácil, ya que nuestros cuerpos son como los asnos: acostumbrados a un camino siempre lo siguen. Y para hacer que esta costumbre os sea más fácil, seguid la regla a la hora de ir a acostaros.

Como se indicase que las hermanas de las parroquias están obligadas a recibir a la gente, unas veces a los pobres, otras veces a los vecinos que impiden los ejercicios y hacen que no se puedan retirar siempre a la hora debida, respondió:

– Fijaos, hijas mías; hay que ser generosas para adquirir la perfección por medio de la práctica exacta de vuestras reglas. Decidles a los que os entretienen en la horas en que tenéis que ir a algún ejercicio: «Es el tiempo de nuestra comida, o el de retirarnos». Si se lo decís tranquilamente, no se enfadará sino por el contrario los edificaréis. Dios quedará glorificado, puesto que le sois fieles, y obtendréis de aquí una gran ventaja para vuestra perfección.

Así pues, después de levantaros a las cinco, adoraréis a Dios de rodillas, os entregaréis a su bondad, le daréis gracias por todos sus favores y le pediréis su santa bendición. Os vestiréis, haréis la cama y a las cinco y media os pondréis en oración. ¡Oh, hijas mías! estimad mucho este santo ejercicio de la oración y sed cuidadosas con él, porque es el vivero de toda la devoción

Es menester que os diga a este propósito que uno de estos días he recibido una gran edificación de un magistrado que hizo su retiro hace un año en nuestra casa. Al hablarme del examen que había hecho sobre su reglamento de vida, me dijo que, por la gracia de Dios, no creía que hubiese faltado dos veces en hacer su oración. «Pero, ¿sabéis, padre, cómo hago mi oración? Examino de antemano lo que tengo que hacer durante la jornada, y de allí derivan todas mis resoluciones. Tendré que ir a palacio; tengo tal causa en que pleitear; me encontraré quizás con alguna persona de condición que, con sus recomendaciones me querrá corromper; con la gracia de Dios me guardaré mucho de ello. Quizás se me haga algún regalo que me agrade mucho; no lo tomaré. Si tengo que desechar a alguien, le hablaré con mansedumbre y cordialidad».

Pues bien. ¿Qué os parece, hijas mías, esta manera de oración? ¿no os sentís edificadas por la perseverancia de este buen magistrado, que podría excusarse con la cantidad de sus quehaceres, pero que no lo hace, por el deseo que tiene de ser fiel a la práctica de sus resoluciones? Podéis hacer vuestra oración de esta manera, que es la mejor; porque no hay que hacerla para tener pensamientos elevados; para tener éxtasis y raptos, que son más dañosos que útiles, sino solamente para haceros perfectas y verdaderamente buenas hijas de la Caridad. Vuestras resoluciones, por tanto, tienen que ser de esta manera: «Yo iré a servir a los pobres; procuraré hacerlo de una forma sencillamente alegre para consolarles y edificarles; les hablaré como a mis señores. Hay algunos que me hablan raras veces; lo sufriré. Tengo la costumbre de contristar a mi hermana en tal o tal ocasión; me abstendré de ello. Ella me está fastidiando a veces en esta cosa; la soportaré. Esa dama me huye; esa otra me injuria; procuraré no salir de mi habitación y demostraré el respeto y el honor al que estoy obligada. Cuando estoy con esa persona, casi siempre recibo algún daño para mi perfección; en cuanto sea posible evitaré la ocasión». Así es, según creo, hijas mías, cómo tenéis que hacer vuestras oraciones. ¿No os parece este método útil y fácil?

Tal fue el parecer de todas las hermanas y nuestro muy honorable padre añadió:

– Pues bien, mis queridas hermanas, practicadlo de esta forma, por favor.

Como algunas le indicasen la dificultad que tenían en hacer oración les respondió:

– Una señora que he conocido se sirvió mucho tiempo de la mirada de la santísima Virgen para todas sus oraciones. Miraba primeramente a sus ojos, y luego decía en su espíritu: «¡Qué ojos tan hermosos y tan puros!; jamás los has utilizado más que para dar gloria a mi Dios. ¡Cuánta pureza resplandece en tus santos ojos! ¡Qué diferencia con los míos, por los que he ofendido tanto a Dios! No quiero concederles tanta libertad, sino que, por el contrario, los acostumbraré a la modestia».

Otras veces miraba su boca y decía: «¡Oh santa boca! ¡Cuántas veces te has abierto para alabar a Dios, para instruir al prójimo, para edificarlo! Jamás te has abierto para cometer un pecado. ¡Qué diferencia con la mía que ha hecho siempre lo contrario! Quiero, mediante la gracia de Dios y de tu caridad, Virgen santísima, vigilar más de cerca mis palabras y particularmente abstenerme de las que son de mala edificación y que contristan al prójimo».

De esta forma, aquella dama miraba particularmente a la santísima Virgen. Y esto le sirvió varios años como tema de oración.

Se indicó al padre Vicente que a veces las dos hermanas de la parroquia no sabían leer, y se le preguntó si era conveniente que se detuviesen en los principales misterios de la vida y pasión de nuestro Señor, de los que habían oído hablar más frecuentemente. El respondió:

– Eso está bien, hijas mías; pero sería de desear que meditaseis los días de fiesta en los evangelios que entonces se leen. Y estos evangelios podréis aprenderlos por medio de un constante uso en la casa, porque es necesario que las hermanas amen el lugar en donde tienen que ser formadas, para hacerse capaces de trabajar en la santificación de los demás y en el servicio de los pobres. He conocido a algunas personas que no sabían leer y escribir, y que, sin embargo, hacían perfectamente bien su oración. Mis queridas hermanas, os basta con amar a Dios para ser muy sabias.

Pero, me dirán algunas, los libros y las ciencias ayudan mucho a ello. Os engañáis, si así lo creéis. Un día, un hermano de la Orden de san Francisco decía a san Buenaventura: «¡Qué feliz es usted, padre mío, por ser tan sabio y por hacer tan bien la oración! ¡Cuánto le ayuda a ello!». «Hermano mío, para hacer bien la oración, la ciencia no es necesaria, sino que basta con amar mucho a Dios. Por eso, la mujer más humilde y el hermano más ignorante del mundo, si aman a Dios, hacen la oración mejor que yo». Esto alegró a aquel buen hermano hasta tal punto que, saltando de gozo, dijo: «Amemos, pues, mucho a Dios, nosotros los ignorantes, y haremos bien la oración».

Otro, al preguntar a santo Tomás de qué libros sacaba aquellos conceptos tan hermosos y tan altos que tenía de Dios, recibió esta respuesta: «Señor, si le parece, le llevaré a mi biblioteca». Y santo Tomás lo llevó delante del crucifijo y le dijo que no estudiaba otra cosa que aquél.

Mis queridas hermanas, aquellas de vosotras que no sepan leer, harán muy bien, mientras no se aprendan los evangelios de las fiestas del año, en detenerse en la pasión de Nuestro Señor. Los religiosos de san Francisco no toman jamás otra materia. Se me ocurre que les sería provechoso utilizar estampas. Ved cuán útil resultó esto a la señora de que os he hablado. Tened estampas un poco grandes de los principales misterios de la vida y pasión de Nuestro Señor; y por la tarde, después de las oraciones del examen, en vez de la lectura, que la superiora enseñe una de esas estampas a su hermana y le diga: «Hermana, he aquí mañana el tema de su oración». Luego, que la coloque en un sitio donde puedan reunirse al día siguiente por la mañana. Si os faltan los pensamientos, mirad esa imagen, utilizad el método de aquella buena señora, y no os olvidéis tampoco del que usaba el magistrado en vuestras resoluciones, que han de ser el punto principal de nuestra oración.

Algunas hermanas se quejaron entonces de que se olvidaban de las resoluciones o de algún otro tema, y el padre Vicente les respondió:

– Hijas mías, he conocido a otra señora del mundo muy virtuosa que llevaba en su manga una estampita. La sacaba, sin que nadie se diese cuenta, la miraba, tenía algunas aspiraciones hacia Dios y se la volvía a meter con toda tranquilidad. Esta práctica la tenía muy unida a la presencia de Dios. Habituaos, por favor, también vosotras, a esta santa presencia, que os es muy necesaria. En ella encontraréis ayuda para vuestra protección. Hay diversas maneras de practicarla: podéis ver a Dios en el cielo, considerarlo en todas partes, o bien en particular, en cada criatura visible o incluso en vuestro corazón.

Algunas hermanas observaron que les resultaba difícil hacer la oración antes de salir para llevar los remedios a los enfermos, sobre todo en verano, a causa del calor.

El padre Vicente les dijo:

– Mis queridas hermanas, haced siempre lo que podáis, a fin de que, siendo la oración vuestra primera ocupación, vuestro espíritu se llene de Dios para todo el resto de la jornada. Es verdad que hay que preferir, en caso de necesidad, el servicio a los enfermos; pero, si tenéis cuidado, encontraréis tiempo para todo. A los enfermos no se les purga durante los calores excesivos. El diablo hace todo lo que puede para impedirnos hacer oración, porque sabe muy bien que, si es él el primero en llenar nuestro espíritu de pensamientos frívolos, será también el dueño para toda la jornada. Por eso, hijas mías, os exhorto todo lo que puedo a que hagáis vuestra oración antes de salir y a hacerla juntas. Sin embargo, si os veis justamente impedidas, la haréis más tarde y en la iglesia. Pero que esto sea lo más raramente posible. Sed exactas, por favor, en la práctica de este santo ejercicio, y rendid cuentas la una a la otra del empleo del tiempo de vuestra oración y especialmente de vuestras resoluciones, lo que tenéis que decir con toda sencillez.

Después de haber oído a algunas hermanas que se lamentaban de que se dormían en la oración, el padre Vicente añadió:

– Hay que tener mucho cuidado con esta tentación, porque es una de las más ordinarias. Es verdad que el sueño puede estar motivado por una mala noche, o por el excesivo trabajo del día anterior. Pero es la excepción. Si una se acostumbra a dormirse en la oración, para romper esta costumbre sería menester estar de pie, besar la tierra, o renovar de vez en cuando la atención, porque, si no lo remediamos, esta mala costumbre volverá todos los días. ¿No sabéis que hay un diablo, cuyo ejercicio consiste en adormecer a las personas que rezan? Agita todos los humores del cuerpo de tal forma que llena la cabeza con los vapores que adormecen.

Pues bien, hijas mías, pido a Dios que os santifique por la práctica de vuestras reglas, que os conceda la gracia de imitar a su Hijo, que quiso trabajar treinta años antes de enseñar al prójimo, y que os dé su santa bendición para ello. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así sea.

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