(05.07.1640)
El tema de la conferencia es sobre lo bueno que es ser Hijas de la Caridad: lo que significa y lo que es necesario para ser verdaderas y buenas Hijas de la Caridad.
La felicidad del cristiano está en permanecer siempre en el estado que los hace más agradable a Dios, de forma que no haya nada en ellos que le pueda disgustar.
Dos clases de personas en el mundo pueden permanecer en este estado: las primeras están en su ocupación y solamente se preocupan en el cuidado de su familia y en la observancia de los mandamientos; las segundas son aquellas a las que Dios llama al estado de perfección, como los religiosos de todas las Ordenes y también aquellos que El pone en comunidades como las Hijas de la Caridad, las cuales, aunque por ahora no tengan votos, no dejan de estar en este estado de perfección, si son verdaderas Hijas de la Caridad.
Pues bien, para ser verdaderas Hijas de la Caridad, es preciso haberlo dejado todo: padre, madre, bienes, pretensión de tener un ajuar; es lo que el Hijo de Dios enseña en el Evangelio. Además hay que dejarse a sí mismo, pues, si se deja todo y se reserva uno su propia voluntad, si no se deja a sí mismo, no se ha hecho nada. Ser Hijas de la Caridad, es ser hijas de Dios, hijas que pertenecen por entero a Dios, pues el que está en la caridad está en Dios, y Dios en él. Hay que cumplir enteramente la voluntad de Dios observando sus mandamientos y los de la santa Iglesia, obedeciendo a los superiores, observando el reglamento y guardando la uniformidad. Sí, hijas mías, hay que trabajar seriamente en todo esto.
Hasta ahora mis quehaceres me han impedido ayudaros; pero muchas veces los remordimientos de conciencia que siento, me hacen tomar la resolución de hablaros cada quince días sobre este tema. Por tanto, hay que revisar vuestro reglamento y obrar de manera que, aunque estéis en diversos lugares vuestros ejercicios, vuestra oración y vuestras preces antes de la comida se tengan a la misma hora.
Pasemos a los medios para ser buenas Hijas de la Caridad. Hay que pedírselo a Dios con frecuencia en todas vuestras oraciones, ofrecerle todas vuestras acciones por este fin, ya que por vosotras mismas no podéis obtener este gran bien. Pobres aldeanas, porqueras como yo, no tenemos que presumir de nosotros mismos.
El segundo medio es querer ser verdaderas Hijas de la Caridad. ¿No lo queréis así todas? ¿No os decidís ahora a ello?
Después de haber obtenido el consentimiento de todas, el padre Vicente añadió:
Haced ahora este acto; decid todas en vuestros corazones: «Sí, Dios mío, deseo con todo mi corazón y quiero ser verdadera Hija de la Caridad, con la ayuda de tu santa gracia». Así es como se hacen los actos interiores, como también los de fe, esperanza y caridad.
Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra. ¿Y qué es lo que hizo principalmente? Después de haber sometido su voluntad obedeciendo a la santísima Virgen y a san José, trabajó continuamente por el prójimo, visitando y curando a los enfermos, instruyendo a los ignorantes para su salvación. ¡Qué felices sois, hijas mías, por haber sido llamadas a una condición tan agradable a Dios! Pero habéis de tener también mucho cuidado en no abusar y en trabajar por perfeccionaros en esta santa condición. Tenéis la dicha de ser las primeras llamadas a este santo ejercicio, vosotras, pobres aldeanas e hijas de artesanos. Desde el tiempo de las mujeres que servían al Hijo de Dios y a los apóstoles, no se ha hecho en la Iglesia de Dios ninguna fundación para este fin. Humillaos mucho y velad por haceros todas perfectas y santas, puesto que no podéis esperar que las que vengan después de vosotras, para seguir vuestro ejemplo, sean mejores que vosotras, ya que de ordinario cada cosa produce algo semejante a ella misma. Por tanto, no rebajéis vuestra condición, o, más bien, no la deshonréis, no seáis causa con vuestro ejemplo de que unas mujeres imperfectas se vean encargadas de un oficio tan digno.
Como, en el decurso del tiempo, las hermanas habían tomado algunas costumbres que perjudicaban a su perfección, se plantearon dos cuestiones; en primer lugar, si ofendían a Dios quejándose de sus compañeras unas con otras. El padre Vicente respondió que nada rompía tanto la unión y la caridad como este defecto, y que antiguamente, en una comunidad, cuando los religiosos se visitaban su primera palabra era: «Hermano dígame alguna buena palabra que me edifique». Igualmente, añadió nuestro veneradísimo padre, cuando os visitéis, cuidad de no decir nada que os escandalice. Si sois hijas de la Caridad, es preciso ante todo que la tengáis entre vosotras; ¿no lo queréis así?
Y preguntando a todas, les hizo prometer que se excusarían entre sí.
También preguntaron si, cuando estaban descontentas, bien sea de su superiora, bien del trabajo que tenían con los enfermos o en la casa, o bien cuando tenían alguna tentación y tristeza y cuando todas estas penas les hacían pensar en salirse de la Caridad, hacían bien las hijas en consolarse entre sí, y si, cuando el superior o la superiora eran avisados de sus faltas, podían dirigir sus sospechas sobre ésta o aquélla, enfadarse y murmurar de ella.
Sobre el primer punto, el padre Vicente, nuestro veneradísimo superior nos hizo ver que estos desahogos son contagiosos y que las hermanas que se consuelan de esta forma comunican su mal a las demás y quizás las hieren de muerte. Si éstas murmuran y salen de la Caridad, las que les han desedificado con sus malas conversaciones tendrán que responder ante Dios de toda la gloria que ellas le hubieran dado, de todo el servicio que ellas hubieran podido hacer y de todo el bien que hubieran hecho en la Compañía. De esta forma hemos visto cuán grande era ese mal y con qué cuidado teníamos que evitarlo.
A propósito de los avisos de las faltas, el padre Vicente dijo:
Hijas mías, no solamente no tenéis que enfadaros cuando sabéis que algunas de vuestras acciones han sido manifestadas a vuestros superiores, sino que tenéis que desearlo. ¿Por qué creéis que todas las órdenes religiosas y todas las comunidades lo hacen así? Sin ese bien no podrían subsistir, ¿Cómo podría un superior guiar a los suyos, si están a cien leguas, poco más o menos, sin esta ayuda? ¿Cómo podríamos nosotros, en nuestras casas, y en las parroquias, guiaros sin estas advertencias? ¡Oh! Creed que es totalmente necesario y una de las mejores prácticas de las comunidades. Un superior o una superiora encargada de muchos asuntos no podría saber lo que sucede en la casa sin ese medio. Pues bien, hijas mías ¿no creéis que es esto necesario?
Así lo confesaron todas y prometieron no tomarlo nunca d mal, ni quejarse de ello, como también no desahogarse de esas penas.
¡Animo, hijas mías! ¡bendito sea Dios por las buenas resoluciones que acabáis de tomar para su servicio! Ellas os perfeccionarán en la vocación a la que se os ha llamado. Suplico a su bondad que os dé las gracias necesarias para guardarlas, y para uniros cada vez con mayor perfección en su santo amor. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.







