Otra serie de consejos, como la anterior, sobre la piedad, la vida de comunidad y las reglas y métodos de trabajo en las misiones.
Someterse con gusto e indiferentemente a todos los superiores que nos asignen, sobre todo en las misiones.
Honrar la pobreza de vida de nuestro Señor; contentarse con lo que disponga el superior; no quejarse nunca de ello ni mucho menos admitir conversaciones sobre ese punto.
Evitar como una peste de la comunidad toda clase de alianzas, partidismos y amistades particulares.
No hablar nunca de la dirección de los asuntos de la casa ni de la de los particulares.
Estimar los reglamentos y ser fieles en su cumplimiento.
No omitir nunca en las misiones la lectura en la mesa, ni en todo ni en parte, ni siquiera después de haber terminado y clausurado la misión.
No hablar de las predicaciones, catecismos o confesiones para alabar o criticar a nadie, por haber tenido en ellos algún éxito o fracaso.
No intentar establecerse en los espíritus, evitando para ello las visitas y el trato con las personas de calidad, ni buscando que nos escriban, a no ser por asuntos de la Caridad o para el mantenimiento de la juventud en la devoción.
No emprender ninguna avenencia difícil, o que pida algún tiempo, sin órdenes del superior.
Demostrar mucho honor y respeto a los señores párrocos y vicarios de los lugares adonde vayamos; no emprender nada contra su gusto, ni incluso sin habérselo dicho, sobre todo en las cosas importantes, como son la fundación de la Caridad, la comunión de los niños, la procesión y las avenencia de importancia, sin su aprobación.
No ir nunca a comer a casa de otros durante la misión, ni tampoco fuera de ella, a no ser por gran necesidad y con el permiso del superior.
No convidar ni admitir nunca a nadie en nuestra mesa durante la misión, a no ser a los señores párrocos, y ello muy pocas veces.
No recibir ningún regalo de nadie, por pequeño o grande que pueda ser.
No comentar las dificultades que se presenten para resolver, sino hablar de ello con el superior, el cual se conformará en esto con las normas de la Misión y según Dios le inspire.
Huir de las pompas y de la aparatosidad extraordinaria en las procesiones y comuniones de la juventud.
Sufrir de buen grado que nos quiten las predicaciones y catecismos que hubiéramos comenzado en una misión, para que hablen otros en nuestro lugar; e incluso, en el pequeño catecismo, dejar que nos interrumpan y que otro ocupe nuestro sitio, si le parece bien al superior.
Cuando haya que confesar a mujeres o señoritas, acercarse a ellas lo menos posible y, para ello, hacer que se retiren todos los que estén alrededor. Además del cuidado que cada uno tendrá que tener en este punto, el superior irá de vez en cuando a ver si lo observan y poner orden en ello.
Amonestarse caritativa y humildemente los unos a los otros de las faltas que se hayan observado. Y que esta práctica se mantenga en vigor y florezca entre nosotros.







