[Agosto 1649]
Padre.
Después de escribir esta carta, he creído que sería mejor enviársela a usted, por la necesidad que tiene este asunto de una pronta solución, por ello le envío la de la hermana Juliana que le pondrá al corriente de todo. El padre Lamberto sabe de qué se trata, todo el daño ha venido del apego a los confesores. Es muy necesario pensar en lo que puede hacerse para evitar estas cosas tan desagradables. Siento mucho tener que causarle tantas molestias por mi mala forma de gobernar. Acuérdese usted de que ya le había hablado de esa pobre hermana joven que usted propuso que se la despidiera. Pero está muy decidida a no marcharse y la Renata le ha aconsejado que se deje meter en el coche y que baje un poco después de haber salido. Son personas atrevidas, capaces de hacer mucho daño; y por eso hay que tener piedad de ellas. Yo creo que esta desgracia les ha venido por el atrevimiento suyo de recibir los sacramentos con todas estas malas disposiciones. Que Dios tenga misericordia de nosotros, y que me conceda la gracia de ser siempre, mi queridísimo padre, su muy obediente servido y humilde hija,
L. DE MARILLAC







