25 julio 1649.
Sigo pensando en lo que le dije a propósito de los que van y vienen fuera de casa: que conviene seguir la práctica de Nuestro Señor, cuando enviaba a sus discípulos de dos en dos. Le resulta a usted muy fácil, mientras sigue en el seminario interno, dar un compañero a los que salgan para ir a la ciudad o a sus alrededores; incluso esto podrá servir de recreo a los seminaristas, que a veces lo necesitan. Y aunque no tuviera usted el seminario, la cosa merece que le dé a usted una persona expresamente como ayuda en lo posible o para hacer en casa lo que otro tuviera que hacer mientras acompaña a los que salen. Le digo esto por lo que se refiere a los que salen a pie, pues los que tengan que ir a caballo más lejos, bastará con que los acompañe un criado.
No hay que extrañarse mucho de esas pequeñas disensiones que brotan; los mismos ángeles y los apóstoles cayeron en ellas y Nuestro Señor las permite dentro y fuera de las comunidades para mayor bien; pero nos corresponde a nosotros evitar sus tristes consecuencias y procurar la unión de todos lo más íntima y rápidamente que se pueda. ¿Qué pasaría, padre, si todo el mundo aprobase nuestro parecer en todas las cosas y si no encontráramos nunca nada que reprochar en la conducta de los demás? Sería necesario que Dios cambiase la naturaleza humana. Sé muy bien que esos dos padres tienen buena intención y que sabrán mantener la unión entre ellos, si quieren imitar, como estoy seguro de ello, la mansedumbre de Nuestro Señor y la paciencia que tanto nos recomendó.







