27 junio 1649.
¡Gloria a Dios, hermano mío, y a usted mil bendiciones del cielo por la firmeza que tiene en su vocación, en la que su divina bondad quiere sin duda alguna santificar su querida alma! ¡Qué grande será su consuelo en la hora de la muerte, al haber superado de este modo las dificultades! Ruego a Nuestro Señor que fortifique cada vez más su espíritu, para que le sea siempre fiel.
Ya le he pedido que regrese usted a La Rose y quizá le encuentre allí ya esta carta; en ese caso, alabo a Dios de antemano; pero si sigue usted en Condom, despídase amablemente del señor obispo lo antes posible, a pesar de que él le diga lo contrario; siempre le estimará al verle tan decidido a seguir la voz de Dios, que le llama a La Rose.
Le aseguro, mi querido hermano, que su hermano sigue en Saintes, muy contento y como muy buen misionero. Está también con él su hermano menor, a quien hemos enviado allá a tomar aires,- ya que no se encontraba bien aquí.
Adiós, mi querido hermano. Le ruego que pida a Dios por mí.







